Michelle, primera de su nombre, reina de los Ándalos, los Rhoynar y los Primeros Hombres

Michelle Loretto Márquez

Guadalajara, Jalisco, 2003. Estudiante de la Licenciatura en Escritura Creativa del CUCSH. Ganadora del XV Concurso Literario Luvina Joven en la categoría Luvinaria / Ensayo.

Vi Game of Thrones (las 8 temporadas) en menos de un mes. Los capítulos duran más de una hora cada uno, y hubo un día en el que vi una temporada entera. Esto se resume en muchas horas, no tengo ganas de hacer la cuenta. A lo mejor porque me sentiré culpable de hacerla. Lo peor de todo es que la vi con mi papá, quien ya la había visto en su momento cuando estaba en emisión. Mi papá tampoco se perdió ni un solo capítulo; el día que vimos la temporada entera no puso objeción alguna. Recuerdo que fue más o menos desde las 3 de la tarde hasta las 12, aproximadamente. Y eso porque me da sueño y mi papá quita los capítulos en cuanto me empiezo a dormir, de lo contrario podríamos haber seguido. Me cuesta vivir con la existencia de esta serie, pero si no fuera esta, sería cualquier otra. No puedo parar. Me cuesta tanto trabajo no hacerle caso a lo que el Ello me exige. Es como si mi Yo le pidiera disculpas al Superyó por preferir pasar tiempo con el otro. Como ahora, que estoy escribiendo esto con el tiempo encima porque hoy terminé la primera temporada de House of Dragons (que es la precuela de GOT). Le dije a mi papá que tenía mucha tarea y me insistió que la hiciera, y que mañana viéramos la serie. Yo lo convencí de que no era para tanto, que la haría rápido. Como si yo fuera el Ello de mi papá.

Ayer, en uno de los capítulos, hubo una escena donde Rhaenyra y Laenor hablan. Laenor, marido de Rhaenyra, se disculpa por no haber sido un buen compañero, le dice que se siente muy culpable, le explica sus razones y le jura que ama a sus hijos. Rhaenyra le dice que es un hombre muy honorable. Yo dije: «Wow, de verdad es un muy buen hombre». Mi papá y yo nos quedamos callados y yo añadí: «¿Sabías que tuvo que nacer gay para ser un buen hombre?». Porque los buenos hombres son difíciles de notar en esta cochina serie medieval. Y si los hay nunca piensan en otros (o en las mujeres, por lo general); siempre son guiados por el honor y por su hombría. Lord Laenor sabía lo que Rhaenyra estaba sintiendo y sabía que le dolía porque a él le dolía su naturaleza, su sexualidad. Me hizo pensar en la serie que vi primero, donde el personaje más consciente de todos durante las 8 temporadas fue Tyrion Lannister que, casualmente, era una persona de talla baja. Todo lo que este hombre sufrió, aprendió y empatizó fue debido a una condición con la que nació. Los personajes que padecían algo que no podían controlar, eran a menudo aquellos que trataban mejor a las demás personas, que veían por otros, que se cuestionaban las cosas. Ellos tuvieron que nacer así. Y desde el primer capítulo hasta el último, nunca se tomó en serio a Tyrion, se rieron de él en el primer capítulo y se rieron de él en el último. Aun cuando decía lo más sensato que había por decir. 

Me pregunto cuántos de nosotros hemos sido el Tyrion Lannister de nuestro entorno, porque yo me he sentido como él la mayor parte de mi vida. Como Sandor, que tenía traumas sin resolver. Como Davos, que nació pobre. Como Laenor, que no podía aceptar abiertamente su sexualidad. Como Jon, que nació bajo la concepción de que era un bastardo.

Todos ellos bajo una forma de opresión distinta, algo que los encadenó a la conciencia que forjaron a base de humillaciones o malos tratos.

Tengo un trastorno del neurodesarrollo, el cual me heredó mi papá. Por lo general hay 3 tipos de personas cuando les explico cómo es tenerlo y lo que sucede. Quienes me dicen que todos tenemos eso y que a todos nos pasa (la mayoría). Quienes creen que no existe y es sólo una justificación para tus errores o tus actitudes (mi mamá). Y quienes, a pesar de no entenderlo, se esfuerzan por hacerlo (mis amigos). Sin incluir, obviamente, a la gente que batalla con algo similar a lo mío y está informada de las distintas discapacidades mentales que existen. 

Bueno, este acompañante dentro de mi cabeza me impide rechazar estímulos y me pide más todo el tiempo. Es como si estuviera encadenado, o como si tuviera las cosas en los ojos que le pusieron al tipo de La naranja mecánica para que no los cerrara. Lo que dice la mayoría es, con toda la simpleza del mundo, levántate y haz lo que tienes que hacer. El problema es que, de verdad, yo nunca he sentido eso. Nunca he podido decirle a mi cerebro «Levántate». No sin tener que ofrecerle algo a cambio (séase negativo o positivo). Hay cosas que para todos son muy normales, que a mí nunca me han pasado por la cabeza. Yo no tenía ni idea, hasta hace poco, de que la gente neurotípica no se olvidaba de sus relaciones con las personas si no las veía en mucho tiempo. La gente a la que dejo de frecuentar la olvido, la dejo de extrañar. Como no me producen ningún estímulo, mi cerebro las hace a un lado. Me pasa con mis parejas, todo el tiempo las quiero terminar única y exclusivamente porque en este momento, que no estoy con ellas, no me están representando entretenimiento.

Lo importante es ser consciente, siempre lo he pensado. De todo, del privilegio, de tu condición, de tus dificultades. Antes envidiaba mucho a una amiga mía porque se había metido a clases de baile y ya no tenía tiempo para verme. Lo detestaba, yo tenía que ensayar por mi cuenta y bailar en el metro cuadrado que es mi casa. ¿Por qué ella podía mejorar y yo no? ¿Por qué ella cuando yo lo merezco más? Cuando yo me esfuerzo más, cuando me apasiona más. En el momento en que entendí que no podía comparar mi proceso con el de ella por nuestras diferencias económicas, sentí paz. Me alegré por ella y hoy en día somos buenas amigas y bailamos juntas.

Mi papá, todos esos personajes y yo tuvimos que hacernos a la idea de ese tipo de cosas porque los demás no nos entendían y nos relegaban. Porque somos diferentes al resto. Porque tengo menos dinero, porque tengo un trastorno, porque soy una disidencia de género, por mi orientación sexual. No planeo encasillarme en ninguna de esas categorías, pero soy todo eso. Una vez mi abuelita me dijo que dejara de decir que somos pobres porque lo atraigo. «¿A qué le tiene miedo?», me pregunté. Porque claro, todo el mundo piensa en el pobre como aquel que vive en la calle y se droga. Les asusta lo cerca que podrían estar de pertenecer a ese sector. Les asusta pensar en que están a un mal día de vivir como ellos, y a una vida entera de vivir como los ricos. Aunque eso no lo sepan, o más bien no lo quieran saber. Si lo intento explicar sólo pueden decir que mi papá me metió esas ideas en la cabeza, porque fue el primer trastornado en darse cuenta de que la organización familiar y las cosas de las que se hablaban en la mesa no estaban bien. Una tía una vez me dijo que no debía pensar que tenía algo porque después me lo iba a creer, y que mi trastorno se iba a comer mi identidad. No es mi identidad, pero es parte de ella y cuando no sabía que lo tenía, me preguntaba qué estaba mal conmigo. Los neurotípicos juran que ahuevo queremos que nos diagnostiquen y tener algo, pero no saben que eso es sólo una explicación para nosotros, un cierre. No soy yo el problema, no actúo así porque quiero. Pero, si yo hubiera nacido como ellos, en su misma burbuja, tal vez no lo entendería. Tal vez haría a un lado a mi papá también. Tal vez sería como Cersei Lannister y creería que todos aquellos diferentes a mí son un problema.

En lo último que me quedé de House of Dragons fue en que su abuelo (el supuesto rey de Poniente) le dijo a Aegon, su nieto, que su padre nunca hubiera querido que fuera rey. Aegon se hace el muy machín, pero después su mamá lo encuentra llorando. Ella no dice nada y se va. No sé lo que piensa, pero su hijo le ha importado tan poco emocionalmente hablando que me pregunto si se cuestionó, por un segundo, si todos los errores que Aegon estaba cometiendo eran culpa de ella, de él, o de algo que desconocemos dentro de su mente. Yo creo que más bien pensó que la única intención de Aegon era chingar al prójimo, como piensa mi mamá y como piensan todos aquellos que no lo van a vivir nunca.

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