Aguascalientes, 1969. Este texto forma parte del libro inédito Pequeñas variaciones del alma, obra ganadora del Premio Nacional de Cuento Corto Eraclio Zepeda 2025.
Julián no tenía por qué levantarlo, pero lo hizo.
Estaba medio enterrado a la orilla del arroyo, entre ramas y lodo, un brazo entero de bronce, casi sin óxido. Era el derecho, cerrado en un puño. Musculoso, militar, sin el menor gesto de ternura. Se imaginó que alguien lo había amputado de una estatua grande, o de un monumento que nadie quiso armar. Lo agarró sin pensarlo mucho. Lo enjuagó en el arroyo, lo secó con una franela y lo echó en su costal.
No se lo enseñó a nadie ese día. Lo dejó en su casa, recostado contra la pared. Su mujer, Carmen, pensó que era otra de esas cosas viejas que él llevaba: llantas, radios rotos, pedazos de mecedoras.
Al tercer día, cuando lo tocó de nuevo para moverlo de sitio, sintió una punzada leve en la mano derecha. No como dolor, sino más bien tensión, como si el brazo lo reconociera. De pronto le pareció que pesaba menos que la vez anterior. También le pareció que no era un objeto, sino un gesto.
Esa noche, Carmen sirvió el arroz sin sal. Julián le puso la mano en el hombro y, sin decir nada, la miró fijamente. Ella se sobresaltó. Bajó los ojos, se fue corriendo y al minuto ya estaba hirviendo agua con sal para corregir la comida. Nunca antes le había hecho caso, no sin una discusión de por medio.
—Quedó mejor —dijo él—. Ora sí, siéntate a comer.
Ella asintió, agradecida.
El brazo seguía en la sala, apoyado en la pared. Parecía brillar.
La gallina mayor, la de plumas doradas, nunca dejaba que Julián se le acercara. Picoteaba. Corría. Le daba guerra. Hasta que un día Julián la rozó con el brazo. No fue intencional, iba a moverlo y la gallina se le cruzó. Al tocarla, el ave se quedó quieta. Le empezó a temblar el cuello. Y lo siguió, mansita, como perro hambriento.
Carmen se empezó a despertar de madrugada para preparar café, antes de que él lo pidiera. Ponía su ropa lista, le almidonaba la camisa. Empezó a hablarle menos, a mirarlo distinto, no con miedo sino con una especie de respeto que Julián no le conocía. La mujer le hacía sentir que él había hecho algo enorme, pero no sabía qué.
—Viejo, ¿ese brazo de dónde lo sacaste? —le preguntó un día.
Él no supo bien qué responder.
—Yo digo que es de Morelos.
Carmen asintió, y dio esa simple explicación por buena. Raro en ella.
En el diminuto pueblo, el brazo empezó a tener fama. Julián no decía mucho, pero la gente notaba cosas: que los perros no le ladraban, que su hijo mayor, que vivía en la capital y apenas se dignaba escribirle, le empezaba a mandar telegramas. Que la cosecha de todos mejoraba. Que la lluvia caía a tiempo.
Algunos empezaron a visitarlo. Le pedían que bendijera machetes, que tocara cuadernos escolares, que pusiera la mano en la frente de niños enfermos. El brazo de bronce del generalísimo estaba siempre en la mesa, envuelto en una tela blanca. Nadie lo tocaba pero todos sabían que hacía algo.
—Es el brazo de José María Morelos —dijo uno de los habitantes más viejos del pueblo—, el único héroe verdadero que hemos tenido en este miserable país.
Los demás asintieron. Julián no.
Julián nunca había querido ser jefe. No sabía mandar ni a los caballos, ni siquiera a los perros, mucho menos a Carmen y a sus hijos. Pero poco a poco empezaron a obedecerlo. Los del pueblo le preguntaban su opinión sobre cosas que antes no importaban. Dónde hacer el pozo, cuándo sembrar, o si convenía hablar con los de la cooperativa.
El brazo del generalísimo, mudo y brillante, se quedaba en casa. Pero él lo sentía, incluso estando lejos, como si llevara una medalla invisible en el pecho. Empezó a hablar con frases más cortas, a mirar más fijamente, a no reírse cuando alguien contaba un chiste en la cantina. Carmen lo miraba con ojos bajos, pero con ternura, entendiendo, sin esperar de él ninguna disculpa por el nuevo tono de autoridad.
Un día llegaron unos hombres de Chilpancingo. Querían saber qué hacía Julián, por qué en el pueblo se hablaba tanto de él. Llevaban botas limpias y preguntas sucias. Uno de ellos se burló del brazo.
—Eso ha de tener como 100 años, y aparte está mal hecho.
Julián no respondió, pero lo miró largamente con ojos inexpresivos.
Esa noche tuvo fiebres. Soñó uniformes y batallas, temblores en sus centros la tierra, el sonoro rugir del cañón. Vomitó.
Algunos querían que se postulara como regidor. Otros decían que era mejor que los del partido. Unos cuantos murmuraban que tenía pacto con el diablo, que había hecho brujería. Julián no respondía. Seguía cultivando, caminando por el pueblo, sin cambiar de rutina. Pero todo era distinto.
Una noche Carmen le dijo:
—Ya no eres el mismo.
Un niño murió de diarreas en el pueblo de al lado. La madre fue a ver a Julián. Le pidió que tocara el cuerpo, que hiciera algo. Julián la recibió con calma, la oyó, fue agarrar el brazo envuelto y lo posó sobre el pecho del niño.
Nada.
La madre se fue sin llorar, apenas se cubrió la cabeza con un pañuelo y le dijo:
—Gracias de todos modos.
Esa noche Julián soñó que el brazo se movía solo. Que le apuntaba.
Por fin, bajó de nuevo al arroyo donde lo había encontrado. Iba cargando el brazo envuelto. Se sentó en una piedra, lo sacó de la tela. El bronce relució. Lo puso erguido frente a él. Esperó.
No pasó nada.
Lo metió en el costal, se fue caminando y lo aventó al arroyo. Regresó a casa con las manos vacías. Carmen lo miró largo rato. No le dijo nada, nada más movió la cabeza. Sobre la mesa, la gallina miró a Julián desde la esquina.
Esa noche, antes de quedarse dormido, sintió algo raro en la palma de la mano. Un calorcito, un cosquilleo. No supo si era el brazo que aún lo acompañaba o si esas punzadas eran suyas desde el principio. Lo que sí supo es que al día siguiente tendría que seguir oyendo, tomando decisiones, resolviendo disputas. Con brazo o sin él, algo había cambiado. Nadie lo iba a desobedecer.
Tampoco a consolar.