Páramos y manglares [Fragmentos]

Dancizo Toro-Rivadeneira

Quito, Ecuador, 1985. Su libro más reciente es Arribo y defaunación del fuego (Calambur, 2021).

LA FLORACIÓN DE LA PAPA
Florece la papa
cuando el sol quiebra su cántaro
y abren las urnas del rocío en la forma del abismo,
encogiendo en cimas mudas —aceñas de la piedra—.

Florece la papa, espesura entre llamas y azorellas,
y en el celeste prenden lívidos granates, pétalos
silentes, muelles incensarios —cálices de hielo—.

Florece la papa, y la luz ordena el salmo del mundo:
sombras de celajes, óndulas en serenos pajonales,
bendicen el manto labrantío, el giro triste del azadón.

¿Cuál es el ángulo y entre qué vectores se extiende
tu meteoro en la fría rizosfera? ¿Cómo son tus fuerzas?
¿Cuál es tu medida, impulso? ¿En horas-hombre, en joules,
en caballos de fuerza, en adenosín trifosfato (ATP)?
¿Qué desplazamiento has realizado, para que todo humano
dignamente halle en ti su ángel de la guarda y su gusano?
EL FRAILEJÓN
Hoy, junto al frailejón, siendo diciembre,
a baja presión de atmósfera y muy eréctil,
abierto, azul, entre las inflorescentes copas,
palpitando, memoria del sol, gravedad del aliento,
he comprobado, a páramos, los números oscuros.

Se agrupan, como girasoles lentos, en la altura:
enjambres tibios en las hojas firmes más peludas,
igual a los meteoros de la niebla, pubescentes,
en corimbos de crecimiento leñoso, bien erguidos,
claros y viscosos, para no escarchar, si mojan,
en la saliva, alquímica siquiera, del procaz molusco.

Ayer, cercado por la inteligencia, hubiese
visto cifras de mesura o de constante ritmo,
números reales, cifras enteras o fractales,
fórmulas binomiales, accidentes dicotómicos,
y, apresurando, las respuestas habría dicho:

Sí, es diciembre, época de lluvias y de truenos;
en cada quien, según sus genes, el impulso;
de cada cual, según su trabajo, la bella forma.
Las proteínas levantan el sendero de los cuerpos,
entre el hocico negro de las moscas errantes
y el amarillo lívido en lígulas y brácteas sagradas.

Cosas semejantes habría —dicho y hecho—.
Pero hoy he visto, a páramos, los números oscuros:
el límite preciso de una cualidad naciente, duración
ininterrumpida, casuales púlsares sostienen al insecto,
en cada extremo del néctar, la dispersión de un átomo.

Y, emocionado ante mí mismo te, neciamente, pregunto:
¿florezco en lo que a ti se me ha dado de razón oscura?
Parvas en la penumbra del diciente, la del dedo indeciso,
que señala, y no, entre los fardos de la infinita piedra,
a causa de no saber qué, la condición del ser posible: cómo.
Cosas semejantes ya no piensa uno frente a un frailejón.
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