Madrid, España,1961. Su último libro de cuentos es Las primaveras de Verónica (Páginas de Espuma, 2018).
Una cordera, una cordera de tanto acariciarla se volvió fiera.
Tonadilla gitana
El rebaño se apresura por las callejas, los animales apretados unos contra otros, cascabeleándose en los oídos, untando el pueblo con su olor a oveja paciente y tontorrona. La cojitranca se ha quedado atrás.
«¡Aamo borrée-gaa!», grita Eutimio el pastor. «¡Pilaríi-ca! ¡Vente pacá,
Pilara, que te coge el mastín!».
La borrega le mira ojienjuta, retadora. Desde que empezó a crecerle la barriga, tan de repente, tan sin permiso, se ha vuelto huraña. Por las noches llora con un desconsuelo que parte el corazón. Eutimio se las pasa acariciándola, pobre ovejita mía, ya verás cómo todo sale bien. Cosas de primerizas, ¿qué puede ser si no?
Nadie, ni ella misma lo sabe, pero ¡cuánto sufre! Por dentro le carcome una obsesión: quiere averiguar qué es lo que piensa, si es que piensa, o mientras rumia, o cuando sigue a las demás dondequiera que las lleven, o mismamente cuando les roban la lana.
Ahí está ahora, parada en medio de la plaza, calva toda ella, atascado el llanto en los ojos turnios, preguntándose por qué, por qué y por qué. «¿Por qué qué? A ver, ¿qué?, ¿qué de qué?». Se pierde, se pierde en sus propias palabras. Da pena, pobrecita, que fue a nacer borrega y encima paticoja y tuerta.
«¡Pilara, el patadón que te voy a arrear!», grita Eutimio ya lejos, dándose por vencido. A las preñadas es mejor dejarlas con sus chifladuras. ¿Pues no está igual de tonta su mujer, que no hace más que soñar que da a luz flotando por los aires?
Eutimio encierra el ganado y al rato no se escucha nada. Una tarde sin sol va cayendo sobre el pueblo. El silencio empieza a pitar. La oveja esquilada sigue inmóvil, parece una estatua. «Tengo la cabeza como llena de bultos negros. Bultos que dicen cosas que no puedo oír», le ha confesado esta mañana a la Gorda. Y la Gorda, la que más memoria tiene de todo el rebaño, ha buscado durante horas en sus recuerdos para luego decirle que pensar no es propio de los animales. «¿Te acuerdas de cómo acabó Fulanita, verdad? Pues a comer, a parir y a callar». Pero Pilar tiene esa comezón interior que es peor que la sarna y ha decidido, osada, ignorante, plantarle cara a su insípido destino cueste lo que cueste, siempre tan terca.
Sólo cuando el silencio llega a hacerse insoportable recobra la oveja conciencia de su situación. La plaza, de pronto, le parece extraña: muy alargada y sucia y con los muros torcidos.
«¿Dónde están las demás?», se pregunta, asombrada, ante esa plaza vacía e inmensa.
«¿Será este mi Pueblo?», duda despacio, muy despacio, con prudencia, no vaya a perder el hilo de sus propios pensamientos. «El pueblo, sí. Pero… ¿Y qué es un pueblo? Pues casas, casas en la tierra. Una tierra que termina donde empieza el cielo. Un cielo a veces pálido, otras lleno de sol, cada tanto negro y… ¿Y si se cayera el cielo?». Ahí pierde el compás y le invaden las imágenes. Imágenes del pueblo aplastado bajo el cielo, del cielo mezclado con la yerba, de las estrellas ahogadas en los ríos.
«¿Qué quedaría entonces ahí arriba? Nada. Claro, nada… ¿Y qué es la nada?».
La nada no tiene imagen y a Pilar le produce vértigo. Aún no se ha movido del sitio, pero siente que se le enredan los pies, que le da la tembladera. Una tembladera que le impulsa a romper el aire tan quieto con un balar entrecortado. Siente fuego en el pecho y lo lanza afuera con desesperación más allá de los muros de piedra y su canto, si es que a eso se le puede llamar un canto, vuelve a donde está ella, vuelve fuerte, como enardecido…
«¿Por qué vuelve?». No lo sabe, pero vuelve y la envuelve. Y quizá sea esta la primera vez que se escucha a sí misma, que se ve. Y ve a una oveja sola balando en un pueblo a punto de dormir, bajo un cielo estrellado. Un cielo que bien podría ser un gran bulto negro, como esos suyos que no ha logrado entender. Sí, pero en grande, en muy grande. Un grandísimo bulto negro que en vez de estar colgado adentro de su cabeza, o quién sabe si no del vientre hinchado, pende del espacio.
«¿Y cómo pende? ¿De qué pende?».
«¡Basta! ¡Lo importante es que uno tiene el cielo adentro! ¡Oh, revelación divina: el secreto es UNO! ¡Que todo el mundo lo sepa!».
El miedo, ese miedo atávico tan propio de su especie, se ha transformado en una oleada de amor que le nace del ombligo, muy cerca de donde se aloja el retoño y, dispuesta a abrirles los ojos a sus congéneres, lanza a berrido limpio un pregón que ella misma titula «La Gran Revelación»:
«¡UNO! ¡Uno solo! ¡Uno solo rasgando el aire, respirando! ¡Uno sintiéndose UNO!»
Y así, de pronto, le ha brotado de las entrañas una furia rebelde, una autoestima sin igual.
«¡Uno! ¡Uno! ¡Uno!». Bala incansable, bien alto, con seguridad, con rabia, con todo lo que hay que tener. «¡Uno, uno, uno, uno, uno!».
Transcurridos los minutos gloriosos, que tal vez ella nunca pueda explicar, ni siquiera recordar, sucede lo inevitable: el concepto se diluye, convirtiéndose en algo absurdo, en un sinsentido. ¿Pues qué esperaba esta oveja engreída? ¿Pretendía quizá poseer el don de la clarividencia?
«U-no… no… no… Unn… Uu… Nn… Oun… Oo».
«¡Ooh!». Berrea Pilar completamente desquiciada. «¡Oh! ¡No!». La oveja ha roto a llorar.
Mientras tanto, atraídos por tan extraño comportamiento animal, los vecinos del pueblo se han ido congregando en la plaza y ríen a mandíbula batiente.
—Mira por dónde nos sale la cojitranca! —dice el carnicero.
—¡Menudo concierto, Eutimio! ¿Qué les das a las preñadas que se ponen así? —grita el boticario.
Eutimio no sabe dónde meterse, tan sólo desea que no le dé también a su mujer por cantar. —¡Ya verás, Pilara, cuando vaya el perro, Pilara, cómo entras en razón!
Pilar se calla de un golpe. Truenan las risas y a su espalda percibe el jadeo caliente del mastín. Tras varios segundos de indecisión explota en un balar desgarrado, salvaje. Entonces todo vuelve a detenerse a su alrededor. La gente está boquiabierta. Nadie grita ni ríe ya. El mastín se ha parado frente a ella y la mira con los ojos fijos, como presa de una alucinación. Eutimio palidece.
Faltan pocas horas para que el veterinario le diagnostique la rabia a la oveja paticoja y tuerta.
—¿Rabia en un borrego?
—¡Claro, mujer! ¿Pues no tuvo lo mismo otra de las del Eutimio? Fulanita me parece que fue.
—¡Ah, sí! Pero esa no estaba preñada…
—¡Que te lo crees tú!