El mundo no funciona como nos han contado

Daniel Centeno

Los Mochis, Sinaloa, 1991. Su libro más reciente es Extinguirnos fue tan fácil (Universidad Autónoma del Estado de Morelos, 2025). 

Todo comenzó con una carretera obstruida por los cuerpos de una familia igual a la mía. Miento, no era igual. Ellos habían sido 4 hasta que llegó el quinto, luego aquello les pasó y se restaron 3 miembros mientras nosotros seguíamos vivos y atorados en la carretera, intactos en número. Si desde niños nos enseñaran a contar con personas en lugar de con abstracciones, personas como un hermano muerto o una madre que ya no volverá a casa, aprenderíamos que la diferencia entre 4 y 5 es abrumadora, que restarle 3 a 5 es insoportable. Decir que 3 no importan sólo es creíble para quien habla fríamente de millones; aunque restarle 3 al todo, sea cual sea la totalidad, es a fin de cuentas quitarle una parte. Quizá así aprenderíamos que nuestra propensión infantil a sumar sufre una mutación que lo invierte todo y comenzamos a restar a todas horas cuando crecemos. Un día nuestra realidad, aquel 100% antes compuesto por un par de gentes, se vuelve tan grande como el mundo y, aun así, cada pérdida es tan dolorosa como restarle 1 al 2. 

Quizá el padre se aburrió de conducir como yo me aburría en clase de matemáticas, por considerarlo un asunto mecánico que no requería el esfuerzo de prestar atención. Por eso acabó durmiéndose a 120 kilómetros por hora. No me lo supe explicar entonces, no imaginaba que alguien se aburría a esa velocidad. Esa velocidad sólo existía en las películas de acción. A mi padre le encantaban esas películas. Le fascinaba cómo el tiempo se pasa volando entre persecuciones, peleas y explosiones de toda clase, como si la velocidad de los autos obligara al conductor a saltarse el tiempo muerto que es el resto de la vida. 

Quizá eso fue lo que pasó entonces, cuando el padre no pudo ver que el auto de la familia iba a parar debajo de un tráiler, con lo grandes que son. Yo no alcanzaba a imaginar a 2 cuerpos de tal magnitud superponiéndose con esa desesperación, como si fueran los últimos en un juego de sillas musicales y ninguno quisiera perder. 

El padre sobrevivió, siempre es así. Si nuestro auto se hubiese estrellado aquel día, mi padre también habría sobrevivido. De eso no tenía dudas. A lo mejor todos sobrevivían menos yo: nunca he tenido buena fortuna, o quizá lo que tengo son problemas de perspectiva. Sin mí, ellos podrían haber seguido, pero sin ellos, ¿qué iba a ser de mí? Aquel escenario me pasó por la cabeza por primera vez. Si yo era el menor, ¿les iba a sobrevivir? ¿Iba a estar ahí al final, cuando nuestro mundo se acabara? Entonces vislumbré una verdad, quizá la primera que descubría por mí mismo: el fin inevitable de la vida es restarle a uno todo hasta quedarse sin nada. 

La madre alcanzó a poner el bebé de sus brazos detrás de sus piernas. Quizá gritó «¡Cuidado!» a los mayores mientras cobijaba al menor tras sus piernas, ocultándolo de la muerte como si le mintiera a la cara. «Sólo tengo 2 hijos, muerte», la imaginé diciendo, como un niño que oculta los dedos tras la espalda cuando miente para así sentir que no miente y también salvarse del castigo. 

La muerte se llevó a la madre y a los 2 hijos mayores. 3 cuerpos en la carretera que mis propios padres no evitaron que yo viera, y como no pudieron evitarlo me mintieron al afirmar que todo estaba bien, que volviera a meter la cabeza en lo que sea que estuviera haciendo. Ni siquiera pudieron calmarme con propiedad. No podían recordar qué estaba haciendo yo antes de detenernos. Ni podían recordar la prisa que parecíamos llevar unos momentos antes. Nos habíamos detenido por completo, pasmados; mi padre con la mano en la puerta del auto y mi madre con las manos en la boca. Mentir requiere esfuerzo y ellos no podían con más que el peso de sus propios miedos. 

A media espera llegaron oficiales, quienes comenzaron a entrevistar al conductor del tráiler. Este se rehusaba a salir del vehículo porque no toleraba mirar el rastro de su viaje, un rojo igual al que teñía el interior de sus ojos que lloraban lágrimas incalculables, incluso sin atreverse a echarle un vistazo a lo que dejó atrás. No sé qué le habrán dicho, no sé cómo se le dice a alguien que 3 personas han muerto y que, aunque no es su culpa, sus muertes estarán para siempre atadas a él. Le habían sumado sus ausencias. 

En ese entonces, la única presencia que creía atada a mí era mi ángel de la guarda, otra de esas mentiras que le cuentan a uno de niño para que no crea que acabará siendo una mancha en la carretera. Supongo que esos niños, los hijos que ya no se levantarían nunca más ni se quitarían las sábanas blancas que los oficiales acabaron por ponerles, también pensaron que sus ángeles los cuidarían; quizá no del asfalto, quizá no de perder la cabeza; ellos debieron tener sus propios miedos e inseguridades. Ellos se volvieron mi miedo como alguien más era el suyo. Yo, como el conductor, me até del cuello para siempre a los 2 niños, me sumé sus ausencias no mucho mayores a la que habría dejado yo, mientras el padre y el bebé eran llevados a otro lado, aliviándonos a todos del ruido de sus gritos y de mirar cómo el padre resistía desmayarse sólo porque no quería matar a su otro hijo al dejarse caer. 

Cuando movieron el cuerpo más alto, la que debía ser la madre, abrieron el paso de un carril en la carretera y nos permitieron seguir hacia nuestros destinos. El nuestro, vacaciones en la playa, diversión, mar, mucha arena, parecía cobrar de pronto una doble función: ya no sólo nos haría olvidar el tedio normal, sino el miedo extraordinario también. Visto en retrospectiva, el miedo de aquella escena no me resulta extraordinario, pero entonces debió serlo. 

Cuando nuestro auto rodeó el camino, dejando atrás a la familia reunida de pronto por última vez, mi padre encendió la radio y fingió que nada pasaba. Fingió que no habían muerto, ni que habían puesto el cuerpo de la madre y de los hijos muy cerca, como si los oficiales le concedieran al cuerpo proteger a los hijos con un abrazo. 

Carraspeando cada tanto, parecía pedirle a mi madre que fuera ella la que rompiera el silencio, no quería ser él quien nos arruinara la vida con lo que sea que nos fuera a decir. Con la verdad. Ella sabría decir mejor lo que tuviera que decirse. Era necesario mentir. 

Pero mi madre tampoco supo qué decirnos. Comenzó por preguntarle a mi hermana y luego a mí si estábamos bien. Mi hermana no paraba de mirarme. Mi hermana siempre cuidaba de mí. Dijo que todo estaba bien, que cómo no habría de estarlo; me dio palmaditas esperando que yo no me hubiera dado cuenta de nada. Desde que nos detuvimos en la carretera mi hermana intentó entretenerme: me hizo cosquillas y me contó un chiste tan gastado que creí que se rompería mientras lo contaba. No quería contradecirla. Decepcionarla habría sido fatal. Si yo había sido contaminado con la muerte, si le mostraba las ausencias que me había echado encima, habría sentido que todos sus esfuerzos no habían valido nada. 

—Yo estoy bien. ¿Por qué? —le dije. 

Fingí no entender qué estaba ocurriendo. Mentí por omisión porque sabía que su pregunta llevaba implícito un deseo de mentira. Si yo decía que tenía los cuerpos grabados desde entonces y para siempre como una soga hecha de manos entrecruzadas alrededor de mi cuello, me habrían explicado que la muerte es una cosa terrible que les había pasado a ellos pero que no me pasaría; yo no quería que rasgaran tanto la verdad con una mentira tan atroz. 

Cuando llegamos a la playa, una hora después de retomar el camino, mi padre esperó a que mi hermana y mi madre se fueran hasta el cuarto donde pasaríamos 2 noches. Pensé que me diría que no entrara al agua yo solo, que no querría sacarme, otra vez, a punto de ahogarme como las otras veces que fuimos al mar. En cambio, tomó mi hombro, sin gentileza pero sin presión, me acercó hasta él y me dijo muy quedo: —Aquella familia se murió porque su padre se quedó dormido. Yo no voy a quedarme dormido. Nunca. 

Pero luego de un rato me asomé a su cama y lo hallé dormido, como esperaba. 

Aquellas vacaciones mis papás estuvieron más divertidos que de costumbre. No sólo querían hacernos olvidar un accidente; debíamos olvidar la muerte, esa extraña que de niños ignorábamos porque la muerte empieza cuando crecemos y no habíamos crecido todavía. O eso pensaba hasta entonces. Aquellos niños de la carretera se volvieron la prueba que destruyó mi hipótesis. 

A veces imaginaba que mi hermana me encontraba muerto, pero temí que si me moría tan joven murieran muchos de sus sueños. 

Mi madre no mencionó el tema de la muerte. Preguntaba cómo estaba, pero lo hacía sonriendo, como si quisiera saber qué tan feliz era y no qué tan traumatizado había quedado su hijo. 

Así pasamos las vacaciones. 

Cuando volvimos no supe a quién contarle lo que pasó. Volvía a la normalidad, donde los números son figuritas abstractas que representan cosas más importantes que las cosas que aluden. 

Si por casualidad mencionaba la sangre que formaba signos en la carretera, mis compañeros se horrorizaban y se alejaban de mí tan rápido como se huye de una tragedia o un asesino. Al final, no los culpo: era yo quien les presentaba el problema de sus muertes. En aquel entonces, si alguna vez oíamos a un vecino pasar por las mañanas gritando alguna noticia fatal, diciendo el nombre de otro vecino muerto a balazos por alguna deuda indecible, nos sorprendíamos horrorizados. Era tan atípico que escuchar a aquel hombre (el anunciante de la muerte, el vocero de las restas, qué sé yo, alguien cuya voz conocíamos pero no tenía rostro; a lo mejor era la muerte misma), o escuchar que alguien mencionara a la muerte en las noticias, suponía un asunto que podíamos recordar con el detalle de quien almacena en el secreto de su cabeza un álbum de raras cartitas coleccionables. Hace una semana que no muere nadie, hace un mes, hace 6. Quizá morían más y simplemente no lo decían, quizá nos mentían a la cara porque no había nadie que desmintiera sus palabras. Nadie llevaba realmente la cuenta. 

Como haya sido, mi anécdota de los cuerpos no fue grata para ninguno de mis entonces amigos. No entendían por qué quería contar algo así. No comprendían mi necesidad de darle peso a la resta absoluta de sus vidas, que no podía callarme porque la sentía en el cuello como si me faltara la tráquea, la necesidad de contar cómo pasé las vacaciones; seguía pensando en eso aunque no pudiera expresarlo jamás en voz alta. Me urgían las palabras aunque no supiera cuáles eran. 

Hay números que se vuelven incomunicables cuando se restan.

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