Parábola del traductor perfecto

Kit Schluter

Boston, Estados Unidos, 1989. Su libro más reciente es Cartoons (City Lights Books, 2024).

Traducción del inglés de Vincent Lane

Sucedió con gran sencillez, sin afectación.

Virgilio Piñera

Una tarde de principios de mayo, en un café de la rue Scribe, un hombre extraño se presentó a sí mismo ante los estudiantes universitarios como el traductor más grande de Francia. Sin embargo, cuando estos estudiantes buscaron por el nombre que este hombre les había dado, no hallaron rastro alguno de él ni de su trabajo. El desconocido se quedó alrededor de media hora, y luego de comprobar que los estudiantes se interesaban más en beber junto a sus jóvenes amistades que en teorizar sobre la traducción con un viejo y desconocido personaje, se marchó. 

A la semana siguiente, el mismo día y a la misma hora, aquel traductor apareció en el café favorito de los estudiantes en la rue Scribe. Esta vez, dijo, traía evidencia de su maestría. Dejando caer un horrible maletín sobre la mesa, sacó un ejemplar en tapa dura de Cuentos fríos de Virgilio Piñera, junto con lo que parecía ser un manuscrito de traducción en una carpeta rotulada Contes froids, el cual, incluso a primera vista, los estudiantes determinaron que era una copia manuscrita entera del mismo libro de Piñera en español.

—¡Farsante! Lo único que hiciste fue escribir lo mismo que el original —reclamaron los veinteañeros golpeando sus jarras de medio litro de Carlsberg sobre la mesa.

—Ahí es donde se equivocan, mis incipientes eruditos. Lo que tienen en sus manos es una traducción perfecta.

Los estudiantes, sin lograr discernir si decía todo esto en broma, conversaron entre sí en tono y términos excluyentes, hasta que el traductor, carente de los dones sociales necesarios para perforar la burbuja de su charla, volvió a marcharse del café, sin molestarse en llevar consigo ni el libro ni el manuscrito. 

En el transcurso de la semana siguiente, los 3 estudiantes que no consideraron la situación del todo ridícula se reunieron para escrutar el manuscrito en busca de divergencias con respecto al original de Piñera en español. Pero no, lo que tenían en sus manos en efecto parecía ser, tal como habían dicho los demás, una transcripción completa y fidedigna. Se devanaron los sesos frente a aquel artefacto, y 2 de ellos incluso llegaron a tachar a este autoproclamado traductor de psicópata sin talento. Pero sería injusto para con su memoria afirmar que no demostraron señal alguna de desilusión cuando, a la semana siguiente, el traductor no apareció a la hora en que se le esperaba.

A estos 3 estudiantes —y un par de amistades poetas que no tenían nada mejor que hacer con sus vidas— se les podía encontrar aguardando pacientemente a la 1, a las 2, a las 3 y media, pero para las 5 de la tarde el apático grupo comenzaba a reducirse, ridiculizados por los alardes borrachos de aquellos que desde un comienzo le habían llamado canalla. Y a eso de las 9, sólo quedaba una estudiante, que aguardaba mientras hojeaba el manuscrito en el intento de encontrar alguna fracción de motivo para seguir esperando, algún rastro de información de contacto más allá del mero nombre que ella pudiera ocupar para localizar al traductor, cuando, muy a su sorpresa, descubrió que era perfectamente capaz de leer el español de Piñera escrito en puño y letra del traductor, como si hubiera escrito los cuentos en francés. Yo persistía como yo, y sin embargo se leía como je; caída, como chute; mandíbula, como mâchoire. Frases enteras en esa lengua, que hasta momentos antes habían carecido de todo sentido, ahora florecían ante ella en plena complejidad. La única dificultad —o más bien tedio—, pues lo que ella deseaba era poder leer de corrido, sin impedimentos —provenía de la falta de prolijidad en la caligrafía del traductor.

Hechizada, la estudiante acudió a la primera edición de los cuentos de Piñera, encuadernada y distribuida en Buenos Aires en 1956 —un espléndido ejemplar, realmente, un testamento a la avidez con que el traductor coleccionaba las ediciones más finas de los libros con los que trabajaba— y, sin embargo, mientras miraba el español impreso, la estudiante sintió que bien pudiera haber estado ante ecuaciones que ni siquiera un físico de buena formación podría haber descifrado sin grandes sacrificios en su vida doméstica o su propia salud. 

¿Había imaginado, acaso, aquella repentina sensación de fluidez? Al mirar el manuscrito del traductor una vez más, volvió a sentir la pura y transparente facilidad de comprensión que, por un instante, había temido fuera producto de alguna fase temprana de demencia o estado de ebriedad. Y al echar una nueva mirada reacia al tomo de Cuentos fríos, encontró que el español de Piñera recobraba su frustrante opacidad, como una sonrisa de dientes ensangrentados.

Ahora bien, al día siguiente, esta estudiante compartió su experiencia con sus amistades quienes, aunque desde luego dudaron de ella en un comienzo, experimentaron uno a uno el mismo fenómeno de súbita comprensión del manuscrito del traductor y la subsecuente perplejidad ante el texto idéntico impreso de Piñera. Aunque se convirtió en material de leyenda en el departamento de literatura de la universidad, en la víspera del día anterior, poco antes de las 9, el extraño hombre se había arrojado a un lastimero canal parisino, donde se ahogó creyéndose un fracaso.

Comparte este texto: