Los dueños de la calle

Hiram Ruvalcaba

Zapotlán el Grande, Jalisco, 1988. Su libro más reciente es Los inocentes (Era, 2025).

Era su primera salida con su hijo ciego desde el accidente; por eso, durante todo el trayecto en el coche Valerio se había sentido tenso, como si caminara en la cuerda floja con los ojos cerrados. Seguramente —pensó— así era la vida para su hijo ahora. Seguro que así se sentía Lucas todo el tiempo. 

Avanzó entre los asientos a tropezones, pisando un par de veces a otros espectadores que lo miraban con reprobación y le susurraban alguna ofensa. «Compermisito, perdón, compermisito, perdón», repetía tratando de excusarse. Frente a él, el pequeño Lucas caminaba con sumo cuidado, sonriéndole a la gente, disculpándose también por su torpeza, visiblemente incómodo. Por fortuna, nada más con ver su bastón blanco y sus lentes oscuros los otros espectadores se movían serviciales para dejarlo pasar. El eco de los vendedores destacaba a pesar de la música y los gritos de la gente. Las donaaaaaas, lleve las donaaaaas. Paaaaalomitaaaaas, compre sus palomitaaaaas.

Llegaron a sus lugares cuando la función ya había empezado. Había poca gente en el pequeño gimnasio de Tlayolan. Quizás 100 personas, pero no muchas más. Habían dispuesto las sillas y el cuadrilátero sobre la cancha de básquet, un intento que parecía improvisado pero que se repetía mes con mes en el pueblo. El aire estaba denso, con un aroma a cerveza, humedad y comida que se quedaba en la nariz y por un instante les hizo tener la impresión de que estaban en una fiesta. Desde la entrada, Valerio se sorprendió por los coros de la gente, la música de fondo —cumbias en su mayoría— y el claroscuro en el que se disputaría la lucha de esa noche. En la arena, Goliat —un luchador muy alto, entrado en carnes, quien había sido el héroe de Lucas en los últimos años— yacía hincado con la vista clavada en la lona, como si estuviera en un campo de batalla perdido. En la esquina contraria, el Perro del Mal —joven, moreno y con una melena que caía por debajo de los hombros— se alzaba sobre la primera cuerda exhibiendo un traje que pretendía simular vestimenta apache. Alzó los brazos y gritó la celebración de una victoria indisputable: «Gracias, gente hermosa, gracias porque vinieron a apoyar al Perro». 

Los abucheos y aplausos resonaron en el pequeño gimnasio. Hay que cagar, el culo no es bodega. Hay que cagar… Goliat y su pareja, el Dragón Ancestral, lo miraron ofendidos desde el extremo opuesto del cuadrilátero. 

—Aquí vamos a ver bien, Lucas. Siéntate, ándale, dame tu suéter. 

—Así estoy bien, papá. 

—Pásame tu bastón, mira. Lo voy a poner aquí al lado. 

—Ya, señor, ¡acomódese! 

—En serio estoy bien, hay que sentarnos.

—Perdón, ya me siento. Ya me siento. 

Se ubicaron en la segunda fila. Desde ahí tenían una vista bastante clara del cuadrilátero; la pareja del Perro, el Chacal Asesino, caminaba de un lado a otro frente a ellos, animando a la gente que velaba por la victoria de los rudos. Padre e hijo quedaron en un silencio expectante: frente a ellos, el Perro del Mal estrellaba una silla en la espalda de su rival para deleite de los espectadores. Atrás de Valerio, dos hombres bebían cerveza y coreaban con furia cada golpe del luchador. 

Valerio abrió su mochila y sacó unos chocolates y un refresco que entregó a su hijo. Sintió alivio: aunque jamás le llamaron la atención las luchas, había sido buena idea venir. La gente se escuchaba entusiasmada por la «Pelea del año», una lucha en parejas de luchadores de poca monta que se anunció durante semanas en los postes y paredes de Tlayolan. Miró a su hijo: Lucas se removía en su butaca, todavía inseguro pero tratando de sumarse a los gritos. Valerio le dio un trago a la coca cola y se dedicó a increpar contra los luchadores que ya se trenzaban en una llave en el centro del cuadrilátero. 

—¡Pégale duro, Goliat! —decía, mientras agitaba la mano en el aire.

Lucas estaba melancólico. A pesar de que se esforzaba por compartir el júbilo de su padre, era evidente que se sentía abrumado. No era para menos. Desde que perdió la vista se había vuelto retraído y cada día resultaba más difícil hacer que saliera. Con dificultades lograron convencerlo para que siguiera asistiendo a su preparatoria, y fue porque algunos de sus compañeros de clase habían ido hasta su casa para darle ánimos. Pero, ¿salir a divertirse?  

—Deben tener mucha paciencia —les dijo el oftalmólogo que llevó el caso de Lucas desde el principio—. Perder la vista es un proceso, la adaptación es lenta y cansada. Necesitará todo el apoyo que le puedan dar: psicológico, sí; médico, también, pero sobre todo de ustedes, el amor de sus papás. 

Y aunque nunca pensaron que sería fácil, lo cierto es que en más de una ocasión el cansancio o la desesperación hicieron que Valerio pensara en tirar la toalla. Le daba vergüenza admitirlo, pero lo sentía de verdad. Se había imaginado tan diferente esta etapa: su hijo y él por el mundo, jugando futbol, caminando por el cerro, o aprendiendo a manejar el viejo Jetta automático, regalo de su suegro «para que no anduviera a pie el chamaquito». Cómo hablaron de aquellas clases de manejo, con qué emoción le recordaba Lucas cada vez que subían al carro que ya quería ser dueño de la calle. En cambio, tuvo que aprender a andar con su bastón, a cuidar las grietas en el asfalto, a aguzar los oídos en un pueblo que no quería ser tierra de ciegos. 

Valerio sentía que todo sueño había quedado atrás y eso lo deprimía. No obstante, era su amor de padre el que le daba ánimos, el que lo ayudaba a hablar con su hijo, integrarlo a actividades cotidianas y, en general, a tratar de que llevara la vida de un muchacho normal. 

Fue su mujer la que tuvo la gran idea. 

—Pero, Mariana, yo nunca he ido a las luchas.

—Pues a él le gusta, Valerio. Yo lo llevaría, pero ya es hora de que te conectes con él. Lo evitas como si fuera la peste.

—No es eso. Claro que no lo… —se interrumpió. Del cuarto contiguo, les llegaba el eco de la música de Lucas, quien seguramente estaría acostado en su cama concentrándose en las canciones. 

—Ve con él, Vale, acuérdate que son estas pequeñas cosas las que curan el corazón. Lo necesita. Tú también lo necesitas. 

Era cierto. De camino al negocio, Valerio compró los boletos para la función del fin de semana que darían en un gimnasio pequeño cerca de casa. Al verlos en su mano se había sentido inseguro, pero ahora que estaban ahí, la posibilidad de hacer feliz a su hijo disipó todas las dudas. 

—¿Cómo te sientes? ¿Estás bien? 

El muchacho asintió. La incomodidad se le notaba en la dureza del gesto. 

—Estoy bien, papá, nada más que… 

—Dime, mijo, ¿qué te falta?

Lucas carraspeó y volteó a verlo. Sonreía.

—Es que no sé qué está pasando —dijo y se recargó en el respaldo, con desgano.

Valerio trató de sonreír. Volteó hacia el frente y luego de regreso a su hijo y se rascó la nuca. El coro de las gradas cimbraba el techo de lámina y lo hacía sentir una felicidad desconocida, sobrecogedora. Gooooliat, Gooooliat, chingas a tu madre, Goooooliat. En todo el camino jamás se le había pasado aquel problema por la cabeza. Cuestión de acostumbrarse. El cuadrilátero se abría como un coliseo salvaje. El Perro del Mal había arrojado a Goliat hacia las cuerdas y lo remató contra el suelo con la ayuda de su brazo derecho. La gente abucheaba a Goliat por su falta de esfuerzo, parecía que la pelea estaba perdida. Valerio se rascó la cabeza y repasó los movimientos de los luchadores, pensando qué decirle a su hijo para animarlo y esconder la derrota de su ídolo.

—Mira… están abrazados en el centro del ring. Goliat le atrapó una mano, pero el Perro no se deja, le está pegando manazos en el pecho y en la cara. ¡Ya se soltaron! El Perro lo volteó de espaldas, lo tiene hincado en el piso y ¡le quiere arrancar la máscara!

Miró de reojo a su hijo, que sacudía la cabeza y dejaba ver el atisbo de una sonrisa.

—Pero Goliat acaba de echar una maroma y arrojó al Perro al otro lado del cuadrilátero. ¡No jodas, voló como 5 metros en el aire! ¡Qué grande eres, Goliat! Está caminando hacia el Perro, lo agarró de las greñas y lo está paseando por toda la arena como si fuera una bestia. ¡Pinche Perro ridículo! —gritaba Valerio. Mientras, en el ring, Goliat se arrastraba hacia la esquina buscando la mano de su compañero. 

El accidente no había sido muy aparatoso. Un poco más fuerte de lo normal, sin heridos «graves» había escuchado decir a los de Protección Civil. Valerio tuvo moretones en los brazos y el torso, así como un impacto que le dejó la cara hinchada durante varios días. Pero Lucas había recibido el golpe de su lado, y los cristales que salieron disparados entraron en sus ojos, apagándolos para siempre. «Tuvo mala suerte», dijo uno de los paramédicos cuando pensó que no lo escuchaban, «tantito más atrás que hubieran pegado y seguro no le pasaba nada». 

Durante todo el trayecto en la ambulancia, Valerio trató de hablar con él, de mantenerlo consciente. Por debajo de las gasas, un hilito de sangre se colaba como una única lágrima interminable. Cuando terminó la cirugía, el doctor se quedó solo con Valerio y Mariana. Con voz amable les dijo que el muchacho sobreviviría, aunque sus dos ojos estaban perdidos. Valerio sintió que lo arrojaban a un pozo y en esa caída escuchó la explicación del joven médico, que anunció que la siguiente etapa sería difícil pero la voluntad del ser humano se impone y su hijo es un muchacho optimista. Y el optimismo es esencial para reintegrarse a la vida. 

—Ea, culero, ¡no me dejas ver a mi Perro! —el grito provenía de uno de los hombres que bebían en el asiento de atrás; en su voz no sonaba la jovialidad del resto de los espectadores. Valerio lo ignoró. 

—Ahora el Dragón le está haciendo manita de puerco al Perro del Mal. Y el otro no tiene fuerzas ni para moverse. Ya se lo llevó a una esquina y lo está estrellando contra el poste, ¡toma!, ¡toma! —Lucas volteó hacia la esquina, de donde le llegaban los gritos de los luchadores—. Lo está ahorcando contra las cuerdas, ¿lo escuchas? ¡Lo escuchas!

—Sí, papá, creo que sí… —divertido, el muchacho clavó sus lentes negros hacia el ring, ubicando el sitio donde se oían los golpes con una precisión sorprendente.

—Ya lo aventó al otro lado del cuadrilátero. El Perro del Mal rebotó contra las cuerdas y está corriendo hacia el Dragón, que lo recibió con una patada en la panza. ¡Uf! Ahora sí le sacó hasta los tamales de la mañana. El Dragón ya se arrojó al suelo, lo está trenzando para el conteo, pero aquí viene el Chacal Asesino que le dio una patada por la espalda. 

—¡Tramposo! ¡Coyón! —gritó el muchacho. Valerio lo miró de reojo, contento de ver que aquella explicación, por lo menos, mantenía despierto su interés.  

A veces, sobre todo en las primeras semanas, le preocupó pensar si en aquella operación no se habría muerto una parte de Lucas. De un día para otro la vida se tuerce y el accidente había venido a cambiarle todo el futuro a la familia. Mientras esperaban sentados en la sala del hospital, Valerio sacó cuentas de todas las cosas que planeó para su hijo y que ahora iban a cambiar. Enseñarle el negocio de la carpintería estaba fuera. Adiós al plan de pedirle que lo llevara de un lado a otro en su coche. En las siguientes semanas, mientras el oftalmólogo les explicaba todos los cambios en la vida de Lucas, Valerio tuvo que repetirse una y otra vez que tener un hijo ciego era mucho mejor que tener un hijo muerto.  

—¡No chinguen! ¡Esta pinche pelea viene con un narrador medio pendejo!

Los hombres de atrás siguieron reclamando. De vez en cuando volteaban hacia Valerio, cuchicheaban, o peleaban en voz alta. «No me distraiga, señor», «Yo también pagué mi boleto», pero él siguió sin hacerles caso. En su lugar, narraba los pormenores de la pelea, deteniéndose de vez en cuando cada vez que no reconocía una llave. 

—Goliat se subió hasta la tercera cuerda. Se está preparando, voltea a ver al público, al réferi. ¡Salta, cabrón! ¡Salta! ¡Se aventó una plancha! Le sacó el aire y el Perro se está retorciendo de dolor en el piso. 

—¿Cuál plancha, viejo pendejo? El Perro tiene bien torcido a tu Goliat con un escorpión —dijo uno.

—Pues qué el ciego no es su hijo —respondió el otro, al tiempo que reían y coreaban juntos: ¡Pe-rro! ¡Pe-rro! ¡Pe-rro!

Avergonzado, Valerio trastabilló, quiso seguir narrando, pero las voces de los hombres lo distraían. La gente alrededor volteaba a verlos con desagrado, pero ninguno se atrevía a callarlos. Frente a ellos, en una esquina del ring, el Dragón Ancestral pareció darse cuenta del conflicto pues volteó directamente hacia Valerio y Lucas y luego hacia los hombres de atrás, con desaprobación. 

—Tenle tantita lástima al morro, imagínate lo difícil que es mear sin verte el pito.

Valerio quería voltear, retarlos, pelearse con ellos, pero tampoco veía en eso una solución. Mucho menos en ese espacio lleno de desconocidos, con su hijo ciego a su lado. Pensó en irse, en alejar a Lucas de aquella experiencia que ya no era buena, pero no se atrevía a quitarle aquel momento de felicidad. El Dragón Ancestral, desde la esquina, le dirigió una mirada inquisitiva, y señaló a los 2 hombres detrás de él. Después hizo una seña con las manos, llamando la atención de los otros atletas. 

Vencido, Valerio carraspeó y se recargó en el asiento. Apretó la mano de su hijo: 

—Perdóname, mi niño— musitó. 

—No pasa nada, papá. De todas maneras, el ruido me ayuda a imaginar lo que está pasando —la voz de Lucas sonaba calmada, se acomodó en su asiento y cruzó las manos sobre sus piernas. Luego agachó la cabeza, como si tratara de seguir con los ojos el movimiento que hacían sus dedos.

En el hospital, Mariana había escuchado el diagnóstico estoica, sin derramar una lágrima. Pareciera que se había endurecido a voluntad, preparándose para lo que estaba por venir. Hizo algunas preguntas generales sobre los cuidados después de la operación, pidió informes para la rehabilitación visual, pero nada más. Y Valerio no pudo entender por qué no le reclamó nada. Por qué no concluyó, como él, que por culpa de su imprudencia su hijo ya no sería el mismo. Algunas noches más tarde, la primera vez que llegó hasta su habitación el llanto que Lucas intentaba contener, sólo entonces, Mariana lloró. Y ese llanto se quedó clavado en el cuerpo de Valerio y le dolió todos los días en todas partes. 

Por un momento, Valerio pensó en la gente que los había señalado en la calle, las miradas fastidiosas de los vecinos, las preguntas incómodas. Y pensó también en todos los cambios que Lucas había tenido que padecer, las clases de Braille, las sesiones de rehabilitación, las terapias psicológicas para él, para los padres. No era justo. No se lo merecía. Lo menos que podía hacer era ayudarlo a divertirse, aunque eso significara romper el mundo en pedazos. 

Se levantó del asiento, con la vista hacia el frente se dispuso a gritar. 

—Y ahora, Goliat está aplicando una llave matona, mientras el Perro del Mal grita de dolor, grita, pero no cede. El réferi se está acercando para ver el estado del luchador, y el Perro aprovecha para zafarse… 

—¡Que ya te sientes, pendejo! Te voy a poner en tu madre.

—Y los 2 ojetes de acá atrás se pueden ir a la chingada, yo puedo gritar lo que quiera. Goliat y el Perro están girando en el piso. Son guerreros. Ninguno va a dar su brazo a torcer. 

Sintió que los gritos a sus espaldas se intensificaban y tuvo que gritar más fuerte para ahogarlos. Había llamado la atención de muchos, pero nada de eso parecía importarle. Los luchadores detuvieron su danza y ahora lo miraban fijamente, justicieros, expectantes. Lucas, aunque estaba nervioso, sonreía abiertamente como si los gritos del padre le contagiaran una felicidad que no podía disimular. Sus brazos estaban temblando. 

—El Dragón Ancestral viene hacia el público, se está acercando con mirada de matador. ¿Qué va a hacer? ¿Qué va…?

Valerio sintió el golpe en la espalda y tuvo que aferrarse de la persona del frente para no caer. En un segundo, un segundo impacto lo alcanzó en los hombros. Y un tercero, y un cuarto. «¡Te dije que te sentaras, culero!», decía uno de los hombres mientras lo vapuleaba. Trató de incorporarse y se acercó a Lucas, que volteaba a todas partes, tratando de comprender lo que pasaba. «No te preocupes, mijo, ¡todo está bien!», le gritó, mientras lo cubría con su cuerpo. Los gritos de la gente se sucedieron en cascada. Los más cercanos se levantaron de sus lugares y atacaron a los dos borrachos. Una pareja que estaba sentada junto a ellos intercedió por Valerio y hasta Lucas alzó su bastón y lo agitó a diestra y siniestra, tratando de alcanzar a los alborotadores hasta que, finalmente, decidió arrojárselo. Valerio se esforzó para empujar a su hijo hacia la salida. Se movieron a empellones entre la gente que, al ver a Lucas, hacía un esfuerzo por darles paso. No les dio tiempo de hacer nada más; padre e hijo avanzaron abrazados, como si estuvieran entrando en una tempestad o saliendo de ella. 

Atravesaron el gran portón del gimnasio y se vieron envueltos por la fría oscuridad. Avanzaron en silencio durante unos minutos. Valerio miraba las luces de los faroles que caían temblorosas sobre la calle, el aroma del viento sugería una lluvia próxima. Cuando llegaron al carro sintió una punzada en la espalda, en el lugar donde lo habían golpeado. Se estiró. Emitió una serie de quejidos que no aliviaron su dolor ni siquiera un poco. La calle estaba sola. En unos minutos, cuando el resto de la gente empezara a salir, aquello se llenaría de coches. Se sobó la espalda mientras escuchaba la voz de su hijo, preguntándole si estaba bien. Lo miró un segundo: el muchacho seguía desorientado pero en su rostro podía notar que cualquier miedo o peligro o sorpresa había quedado atrás. 

Estaba satisfecho. La claridad de su rostro inflamó el pecho de su padre. 

—Vente, Lucas, siéntate de este lado —le dijo. 

El muchacho vaciló.

—¿Cómo? ¿Para qué?

—Córrele, menso, no tenemos tiempo —dijo, mientras lo encaminaba al asiento del conductor—. Mira, te ayudo, súbete al coche. Así, ponte el cinturón. Acomódate bien. ¿Sí alcanzas los pedales? Bueno…

Lucas se dejaba llevar por el entusiasmo. Valerio cerró la puerta y rápidamente fue a sentarse al asiento del copiloto. Tomó la mano de su hijo. 

—Mira, aquí se mete la llave. Pisa el freno, es el pedal de la izquierda. ¿Lo sientes? El de la derecha es el acelerador, le vas a apretar muy despacito. No lo metas mucho porque nos metemos un chingadazo. 

—No puedo, papá —reía el hijo—. No sé ni qué hacer. Mejor… mejor no.

—Claro que puedes, es lo más fácil del mundo. Izquierda, freno. Derecha, acelerador. Pisa el freno —encendió el coche—. ¡Eso! Déjalo así, ¿sientes cómo tiembla? No te asustes, todo está bien. Ahora voy a meter la marcha. Suéltalo poco a poco, no aceleres ni nada. Nomás déjalo que se vaya solo. 

—Papá… no sé… 

Valerio bajó la palanca y el coche avanzó muy despacio. Frente a ellos la calle no tenía fin: discurrían con suavidad sobre el asfalto como si estuvieran en una barca. En poco tiempo el coche se ladeó hacia la izquierda y se raspó con los carros estacionados. Valerio carraspeó.  

—¡No pasa nada! Es un besito. Tuércelo poquito para acá. Así, vas muy bien, hijo. No pasa nada. La calle es tuya. 

Lucas reía. Primero su risa era muy baja, nerviosa por los golpes aquí y allá mientras el auto avanzaba hacia el final de la noche. Inevitablemente, fue creciendo poco a poco hasta contagiar a Valerio, hasta que el sonido de sus risas era mucho más grande que los rayones de los otros carros o las burlas de la gente o los vidrios rotos en cualquier parte del mundo. 

—Oye, papá, ¿en dónde quedaría mi bastón? 

El eco de sus carcajadas retumbó sobre la calle desierta.


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