Xalapa, Veracruz, 1992. Su libro más reciente es Lucine en espirales (Palabra Herida, 2023).
madrugadas horribles
noches perdidas penas
y días días días
viento miserias frío
enfermedad tristeza.
Idea Vilariño
1
Es cuestión de números. Así funcionan. Hicieron trizas la pretensión pitagórica de encontrar la armonía del cosmos en estos símbolos y con los fragmentos esparcidos en el suelo armaron su bisutería entretejida con hilos de avaricia. Tener una vivienda digna es difícil, pero se complica más porque, a menos que se pertenezca al 1% más rico, en una pesadilla de proporciones malthusianas mientras los salarios aumentan aritméticamente, las rentas aumentan de forma geométrica. O si se prefiere de otra forma, mientras ganar más requiere de múltiples acrobacias, paciencia, brincar de un trabajo a otro, o depende de a quién se conoce, los lugares en renta se encogen y pierden comodidades básicas en la proporción con la que aumentan de precio.
2
En julio de este año, Maddie y yo decidimos mudarnos. Ella iniciaría una maestría y yo cambiaría de centro de trabajo como profesor. Lo planificamos con antelación, ya que el departamento en el que vivíamos había presentado varios problemas: la colindancia con un bar que abría de las 10 de la noche a las 5 de la mañana, la pared del estudio expulsaba moho y salitre con la indisposición del propietario a repararla y en la calle de atrás habían iniciado la construcción de un edificio. Durante el tiempo que vivimos ahí construyeron los cimientos del primer piso: martillazos, sierras, taladros y polvo de 7 a 7 toda la semana.
Aspirábamos a un lugar no tan alejado del centro. Incrementamos 25% nuestro presupuesto porque queríamos que el espacio fuera un poco más grande. Al buscar, nos dimos cuenta de que ese porcentaje era inferior a lo que habían aumentado las rentas de 2023 a 2025.
3
Las posibilidades de que coincidieran las ideas, los cálculos en la cartera y lo ofrecido eran bajas. Tras varias visitas, creímos encontrar un departamento. Estaba cerca del centro, era más amplio y había un jardín detrás. Sin construcciones ni bares cercanos.
Confiamos en la señora S cuando dijo que el inmenso calentador instalado dentro de la cocina y sin tubo de ventilación sería reemplazado por uno que pondrían fuera. Tenía sentido porque, sin que lo pidiéramos, agregó que cambiarían la tarja rota de la cocina, pintarían las paredes y era pertinaz en que mandaría a cortar el jardín, por más que comentáramos que la hierba crecida no era un problema. Aprovechando su disposición, preguntamos si podía cambiar la tapa quebrada de la taza, agregó que también arreglaría la chapa de la puerta del departamento. Quedamos de mandarle copias de la documentación para rentar. Ella se comprometió a realizar los arreglos antes de mudarnos. Nos ofreció darnos las llaves unos días antes para cambiarnos con calma. Iniciaba agosto y nuestra intención era estar ahí antes del 15.
4
Mandamos los documentos. Realizamos el depósito. Acudimos por la mañana al departamento. S nos presentó al doctor R, dueño del inmueble y para quien, nos dijo, colaboraba; también al jardinero. El calentador seguía en la cocina como un rinoceronte moviendo su cornamenta y alisando el piso con la pata delantera. S nos dijo que por instrucciones de la unidad, no podían colocarlo fuera. R tomó la palabra y dijo que en realidad antes estaba en el exterior porque donde está era el patio de servicio, sin embargo, decidió agrandar la cocina. Se jactó de cómo en ese tiempo los vecinos se quejaron porque podía ser un muro de contención lo que rompió, pero no, que todo lo hizo con arquitecto y protección civil. Entonces vimos el rinoceronte, pero ya habíamos pagado el depósito, renunciado al lugar en el que vivíamos. S agregó que de todas formas se iba a cambiar por uno eléctrico. Nos dijo que el contrato aún lo estaba elaborando el abogado de R. Esa mañana podíamos adelantar la firma de los pagarés para entregarnos las llaves.
Después de firmar, Maddie y yo caminamos por el departamento. No se había hecho ninguna modificación. S comentó que como se dedica a administrar esa y otras propiedades de R, no pudo gestionar los trabajos. Pero que iban a correr por cuenta de ellos, que únicamente le hiciera el favor de recibirla con los trabajadores. Que tenía el calentador y la tarja, pero el instalador estaba fuera de la ciudad.
Al cerrar la puerta del departamento noté lo que entonces pensaba era polvillo de madera. Hay polillas, dije. S puso cara de sorpresa, que el departamento tenía fallas porque el inquilino anterior nunca le decía nada, pero lo arreglaría. Entonces, no podríamos adelantar la mudanza pues, aunque teníamos pocos muebles, varios eran de madera.
5
En los albores de los e-readers, los defensores del libro impreso destacaban su fortaleza ante lluvias y caídas. Sin embargo, nunca leí sobre los peligros de los xilófagos. De forma general, las termitas se agrupan en inferiores y superiores. Las primeras, con el tiempo, pueden acabar con la estructura de una construcción y viven en grandes colonias bajo tierra. Las segundas, más evolucionadas, pueden formar su colonia dentro de un mueble y ahí reproducirse por años. El polvillo no es madera, son sus heces. Las termitas son peores que la polilla.
Sospecho que las que encontré eran del grupo superior, pues no cayeron en el cebo que dejé, no hacían túneles de barro y el aceite de neem junto con el ácido bórico ayudaron a mantener los muebles y libros a salvo de las amantes de la celulosa. Mi material de trabajo sobre todo es la lectura. Mis exiguos salarios se han ido en mi biblioteca. S jamás entendió que no tuviéramos televisión.
6
Me escribió el jardinero para decirme que iría a hacer los trabajos. Pregunté cuáles. Pintaría y si le quedaba tiempo, continuaría el jardín. A mí me importaba la puerta. Después de consultarlo con S dijo que eso haría. Llevaba un líquido transparente con olor intenso a químicos. Lo esparció con una brocha. En cuanto terminó, cerramos. Al día siguiente volvería. Disponía de poco tiempo, pues también trabajaba en la misma oficina pública que R.
Trabajar mis secuencias didácticas, acomodar cosas y estar yendo al departamento me resultó cansado. Le comuniqué a S que mejor nos mudaríamos el 14 y le pregunté si podía darle una copia de la llave para que mejor ella se organizara con sus trabajadores. Al verla notamos su gesto de molestia envuelto en palabras de amabilidad.
7
Un día antes de la mudanza, fuimos a dejar cosas pequeñas al departamento. S nos había escrito para informarnos que habían pintado. Al llegar todo seguía intacto. Mientras acomodábamos, escuchamos que alguien abría la puerta. Entró un señor con un bote de pintura, tenía la copia de la llave. Dijo no haber tenido tiempo porque trabajaba en la oficina pública de R. Nos marchamos antes que él y confiamos en que las pocas cosas que habíamos movido estaban seguras con un extraño.
8
Desmontamos, desarmamos, descolgamos. Organizamos, doblamos, guardamos. Envolvimos, descansamos, continuamos. Empujamos, cargamos, sudamos. Manejamos, bajamos, metimos, pagamos.
Nos mudamos. Pero no éramos amos del departamento.
9
Por la noche, mientras armábamos la base de la cama, volvió el pintor. Esta vez tocó la puerta. Me preguntó cuáles serían los lugares a retocar. Revisamos y decidimos lo que alcanzaba para el galón que le habían dado. Dijo que antes los 2 cuartos tenían clóset y fue él quien los sacó porque estaban podridos de la humedad. Fue conversador, con la información que me dio fue fácil deducir que R y S eran pareja.
10
Confiar. Como un oso polar deslizándose de panza sobre el hielo, como un salmón nadando a contracorriente, como la mamá pingüino que le entrega el huevo al macho para ir a alimentarse, como un perro que ve partir a su dueño hacia el trabajo y por la tarde le espera, como el ave [que] canta aunque la rama cruja/como que sabe lo que son sus alas.
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Pagar el depósito, la renta, cajas, traslados de un lugar a otro, la mudanza, el cambio de domicilio del internet, muebles para poder acomodar cosas ya que ahora reparábamos en que el departamento estaba pelón para guardar platos, poner la parrilla eléctrica, acomodar libros, organizar la ropa, cortinas y cortineros. Girar tornillos, apretar tuercas, taladrar. Cargar gas estacionario y que el despachador dijera que no le puede poner mucho porque está muy oxidado, comentárselo a S para que responda que ya lo sabía, culpa del inquilino anterior. En la jerga legal se llaman vicios ocultos y el dueño debe pagarlo.
Decirle ya todo con cuidado a S porque el día de la mudanza, durante la noche, nos comunicó en un audio de varios minutos que había cotizado la instalación del calentador eléctrico y quedaba fuera de su presupuesto. Posteriormente, vimos que, al usar el agua de la tarja, el agua se filtraba de la pared hacia el exterior, su respuesta: «Me da mucha pena que este espacio les esté ocasionando muchos temas […] por lo que sería bueno que consideraran rescindir el efecto de renta y mejor buscar un espacio que tenga las condiciones necesarias, este espacio por lo que estamos analizando requiere mucho trabajo y reparaciones para poder ponerlo en renta. […] el inquilino pasado no me comentó nada. Cada quien es diferente».
Recordé que Marx refiere la falsa libertad del obrero para vender su mano de obra cuando el dueño de la fábrica le da un contrato con terribles condiciones. Si no lo acepta, se queda sin trabajo, pero el patrón conseguirá a alguien más. Si todo esto nos lo hubiera dicho antes de mudarnos. ¿La empezábamos a cansar o desde un principio deseaba que nosotros pagáramos todos los arreglos? Ahora vislumbrábamos el verdadero rostro, el del tono agresivo con que se dirige a las personas y maquilla con palabras de amabilidad.
Sólo nos quedaba ceder. No estábamos negociando nada. En la noche fue con R, quien me llamaba con énfasis «profesor» esperando que yo le llamara «doctor». Empecé a desconfiar. Una breve búsqueda sirvió para confirmar que R no es doctor.
Para rentar, hay que entregar varios documentos como INE, comprobantes de ingresos, aval, depósito, póliza, referencias. Pero se debe confiar en que el arrendador es quien dice ser. Porque si se le pidiera algo de esto, la indisposición sería clara.
R notó que el problema de la fuga no tenía relación con el cambio de tarja. Aun así, S no se disculpó. Orienté la conversación a que habían sido malentendidos en la comunicación escrita. Dijo que no había avanzado en los arreglos porque había estado ocupada en la constructora, para la que no entendimos si trabaja o es la dueña. La prioridad sería arreglar la fuga de la pared. Que esa semana quedaba todo. Pagué la renta del primer mes y se fueron sonrientes. Nosotros nos quedamos ansiosos.
12
Fueron varios días en que S me escribía temprano para decirme que iría el fontanero. Hacía mis cosas desde casa por si él llegaba; cuando en la tarde le escribía para informarle que no había ido, me respondía que le habían cambiado de día. Pasé la semana encerrado. Le dije que podía conseguir uno. Cuando fue, le pregunté frente a S si también podía arreglar lo del calentador. S arrugó el rostro, dijo que priorizáramos la fuga, después que se pondría de acuerdo con él.
Cuando el fontanero arregló la tubería, no colocó el céspol porque dijo que, si se iba a cambiar la tarja, no tenía caso. S dijo que se coordinaría con él, después de que alguien de la constructora se la había llevado por error y que la instalación la haría otro trabajador.
13
R y el pintor fueron con herramientas una noche a intentar colocar el céspol. El olor a caño era fuerte. No pudieron. Más tarde llegó el fontanero que consiguieron, quien como los demás, trabajaba en la oficina de R. Dijo que las piezas que llevaron no eran de la medida. Consiguió otro céspol y embarró sus manos de un pegamento que llevaba para sellar el arreglo. La tarja quedó inclinada por su instalación inapropiada. S dijo que él también podía instalar una regadera eléctrica. S y R dijeron que les diera tiempo para conseguir los materiales. Aquella noche también se suponía iban a darle otra pasada a la puerta que seguía expulsando polvillo. Le rociaron insecticida comercial.
Al día siguiente comenté a un amigo sobre la regadera. Me dio las medidas de seguridad para la correcta instalación. Solicité el contacto del instalador. Me llamó R con el mismo discurso del mensaje de S hace un mes. Ahora agregaba, como hicieron en comunicaciones posteriores, que el departamento no estaba en condiciones de ser habitado por nadie. Que mejor nos marcháramos y que el último mes podía correr a cuenta del depósito. Estaba en un café, habían sido meses estresantes, entonces, otra vez, ante una llamada imprevista, tuve que ceder. Pedí que me esperase a hablar con Maddie, pero que consideraran darnos hasta diciembre para poder buscar otro lugar. R respondió que sí, y agregó que eso era ya un aviso.
14
Más que armonía, los números me generaron caos. Los números son amables, la avaricia no. Los números son una armonía, su cariz capitalista no. ¿Cómo separar los números de lo financiero? Cuando estudié economía me gustaba leer teoría económica, pero no hacer los cálculos; saber las explicaciones, evadir las operaciones. Por eso abandoné la carrera.
15
¿Seré delicado?
Como un colibrí en vuelo, como una libélula estática en el aire, como la flor de loto reverberante en el río moteado, como una orquídea en la altura, como una melipona polinizando la vainilla, como un jaguar brincando al agua, como una estructura de palabras fundada en la métrica, como el lenguaje de una pareja construido en lustros, como las proporciones áuricas del cuerpo, como los algoritmos calculando las probabilidades estadísticas de la existencia de un verso pero sin escuchar su música, como sentir su música sin poder ver los números, como el aleteo de una monarca en Michoacán, como la sonrisa del ajolote, como el canto de la oropéndola, como un ecosistema hasta que llega mi hermano el hombre.
Entonces sí, espero.
16
Marcharse también fue terrible. S buscó el conflicto. Pensaba que pagaríamos los arreglos o nos resignaríamos a vivir con el temor al monóxido de carbono (en los días en que escribo me entero de que una joven falleció por esto en CDMX), a un incendio (como ocurrió en Guadalajara a un estudiante de medicina) y molestias posteriores, como encontrar nuestra ropa llena de hongo por una pared maquillada con pintura que filtraba demasiada humedad. Después de la llamada en el café, Maddie y yo nos enojamos. Preferimos aceptar que el último mes corriera a cuenta del depósito. Aun así, se indignaron. R estaba ansioso por mi decisión, dijo S.
Un amigo abogado me recomendó que firmáramos un acta circunstanciada debido a los pagarés. Se ofreció a ayudarme. Fue paciente cuando S nos cambió la fecha varias veces para adelantarla. Llegado el día, S continuamente me interpelaba buscando una reacción de mi parte. La ignoré. Después, porque había perdido el recibo de luz, me gritó, me señaló diciendo que todo era culpa mía, que ellos confiaban plenamente en la palabra y era innecesaria el acta.
Le había dicho a Maddie que no hablaría, pero S insistía en que era grosero, aunque no contestaba me acusaba de gritar. Aunque no hablaba, decía que le hacía caras. Continuó largos minutos hasta que Maddie intervino. Después le gritó a ella también, al abogado. Me estaba haciendo más daño guardarme el enojo. Le dije que seguiría escuchando lo que tuviera que decir, pero cuando terminara, me tocaría hablar. Pasó más tiempo y cuando fue mi turno, no lo respetó, siguió gritando. Sin levantar la voz, dada la imposibilidad de dialogar, también monologué. Salió corriendo del departamento. Hizo una llamada. Terminamos el acta y la imprimí. Volvió y firmó.
Nos sentimos estafados. Pero lo peor fue el tiempo que nos hicieron perder, la ansiedad que nos provocaron. Estos días, desde el nuevo hogar, vuelve a mí uno de los maravillosos epigramas de Oscar Wilde: Nowadays people know the price of everything and the value of nothing.
Para S ella fue la víctima, en sus términos, cambiamos la toma de decisiones […] cuando el flujo de dinero había disminuido. La perjudicábamos con lo del recibo de luz porque al día siguiente haría entrega del departamento ante notario; lo había vendido. Omitía referir que adelantamos la devolución de las llaves porque había dicho que estaría en el Puerto con R por unas construcciones. Pero asistió sin R pretextando que él estaba en un congreso en otro estado.
Mentir requiere inteligencia porque hay que sostener la verosimilitud. Le hubiera dicho a S que es más sencillo decir la verdad, pero tendría que admitir que no es una víctima y lo tomaría como una agresión; preferirá continuar con la construcción de castillos de papel y limitar las cosas a su precio. Es más fácil pensar que los números son sólo representaciones financieras, sin alcanzar a levantar levemente el velo para descubrir que quizá siempre nos revelan algo más, pero a veces somos sordos y únicamente escuchamos el violín más pequeño del mundo.
