Traumas consecuentes de la caída de un helado

Héctor Corbalá

Guadalajara, Jalisco, 1993. Su publicación más reciente es «El Edén no existe es todo monte» (Casa del Tiempo, núm. 20, abril-mayo 2025). 

He venido a traer la locura al orden de las cosas.

Leopoldo María Panero

El cigarro cruje, la imagen arde. Quien esté vivo hoy en día se limitará a asentir cuando le diga que la vida es un rave colectivo en el que pocas veces entiendes lo que sucede y te limitas a dejarte arrastrar; otra forma de asentir.

Leo los horóscopos para sentirme cerca de mi madre, habitar su lenguaje cada vez más holístico. Desconfío de todo lo que aprendo hasta que lo veo funcionar. Muchas de mis obsesiones jamás van a funcionar. Estudié filosofía, pero lo que me gusta es la ficción. Soy un degenerado. La literatura nunca está terminada. Ningún cuerpo nunca estará terminado. 

Los cuerpos se gestan con lo que resta del vacío. Se me pega el texto conforme pasa la vida. Verdaderamente creo que hay pocas cosas tan neuróticas y compulsivas como el pretender representar la realidad a través de palabras. El cigarro produce otra sensibilidad al consumirse. Seleccionarlas. Apilarlas, darles un orden. Un sentido. Sólo entre el ruido se existe. No me he sentado a escribir versos tristes. Quizá mediocres, pero tristes no muchos.

Cuando tenía 5 años mis tías me llevaban al parque a correr y jugar entre la tierra. Por lo general terminábamos el recorrido con un helado de fresa bañado en chocolate. El camino a la heladería me era un indicador de que todo estaba bien. Siempre pedía el chocolate derretido encima con las chispas de colores. Nunca le tomé especial sabor al chocolate endurecido, y las chispas me gustaban por sus formas. Por sus colores, más que por su sabor, lo que valoraba era cómo se veía el helado. Su derretir lo proyectaba en mi mente por más que no tardara en llegar a mi estómago. Rosado, cremoso, de fresa. Bañado en una capa de chocolate endurecido. Un día, la capa de chocolate fue muy sólida como para arremeter rápido una primera mordida. Lucía, como siempre, más deseable de lo que era. El día que estoy recordando en específico, mis cuidadoras tenían cosas por hacer, y el tiempo encima así que aceleramos el paso al salir de la heladería. En el crucero siguiente, saliendo del local, un carro frena su marcha para dejarnos pasar, y al momento de comenzar a trotar, la bola de mi helado cae al suelo, perfecta. Solitaria. Dispuesta a derretirse en el asfalto. Es necesario saber soltar los afectos. Que se inmolen sobre su propia naturaleza. Toda pérdida exige su propia teoría.

He renunciado a toda teoría. El ser humano contemporáneo es totalmente somático. Responde a estímulos. En la mayoría de los casos, podríamos decir, se encuentra anclado a ellos. Los recuerdos, más que los sucesos, son pedacitos de ficción en los que nos volvemos a sumergir cada que habitamos una memoria, una huella, un registro. Son intervenibles. Nietzsche propone la perspectiva del niño para afrontarlos. Panero, la locura. Yo, la imbecilidad. Producirla, dejarla que rebase y vuele por sobre todo lo que existe como una espora anterior al lenguaje. Una imbecilidad predatoria de imbecilidades estériles. La síntesis última de todas las imbecilidades. El delirio es una pista de baile.

Es una hora concurrida, lunes antes del mediodía. No hay sombra en el exterior. Un hombre ingresa a los vagones del metro bajo los efectos del alcohol o del lenguaje. Toma un asiento. No tiene cejas ni pestañas, fueron quemadas. Se queja. Vocifera. «Ay, ay, ay, esta sequedad, un hermano que me pueda ver y me alivie esta sequedad que no puedo ahora». Se retuerce por los asientos. Invade otros espacios. «No puedo con ella, ay, ay, ay, no necesito de nadie, conmigo es suficiente… conmigo…». Je, je.

Saca pasta de dientes y comienza a untarla como si fuera combustible sobre su piel, sobre su abrigo de visón. Satinando su cuerpo en blanco, verde y azul. El vagón huele a menta, las personas retroceden evitando levantarse. No imaginan de qué manera se seguirá desbordando. El hombre prende un cigarro y comienza a vociferar: 

Somos la poesía de la excepción, aquella que sólo se puede escribir con microplástico en el cerebro. Postpoetas en forma de peces nadando en el Ganges de los signos. Peces que habitan entre los ríos que son el cadáver del signo. Viven de él. Una espora gigante lo abraza todo hasta a Dios. Es la lengua, yo lo vi. 

Pero la normalidad se ha restituido. La masa de cuerpos invade su espacio personal nuevamente. El hombre, tras los fallidos intentos de incendiar su visón, se apaga el cigarro en la frente, se come el filtro, prende otro cigarro y sale disparado a la estación tras el abrir de puertas. Los rostros dialogan serenos con sus pantallas, otros rostros o el vacío.

Un rave de burocracia, lentitud administrada y procrastinación en el que, despersonalizados, nos vemos desde lejos para contemplar lo impoluto de nuestros sneakers. Rulfo a la inversa. Pasiones intactas, lo que arde es el letargo. 

Los ingenieros del fin del mundo han logrado erradicar las propiedades sensibles que el signo imprime sobre el cuerpo a través del lenguaje, a punta de saturación cognitiva. Burroughs en cuadratura con el cuerpo humano moderno. Pero no discriminemos, hagamos un espacio inclusivo a nuestra aristocracia en el presente gulag de lujo videograbado 24/7; Burroughs al infinito.

Los ingenieros del fin del mundo no han perfeccionado el lenguaje, simplemente lo han drenado. Baños de hielo a las 4 de la mañana para comenzar el día, escuchemos a Wim Hof antes de que salga el sol en altavoces colectivos para recobrar el sentido. Los recuerdos ya no arden, ahora caducan.

Un empresario levanta el dedo y dice que lo compra; por mí que los encierren a todos 3 meses con cocaína y cámaras en los baños y alacenas y que administren sus empresas desde dentro y que sean ellos sus propios patrocinadores.

Que no salgan hasta que actualicen este mundo inhabitable del que nadie quiere salir, y se comprometan a pavimentar cada paisaje exótico que le ha regalado la madre naturaleza a nuestro siempre mejorable proyecto humano. ¡Mejorar hasta que ya no sientan! ¡Porque quiero ver las caries en las muelas de sus sonrisas mientras diseñan un futuro mejor para nuestros niños!

El ruido excesivo me produce silencio. No sé si algún día voy a ser capaz de hablar fluidamente el idioma de mi madre, decirle que la amo en un lenguaje mutuo, sin ruido, sin anuncios. Degustemos todos este sushi radioactivo llamado texto, en la noche del sentido que se cierne sobre nosotros para celebrar su defunción; gracias, signos muertos que nos permiten gestar textos.

Ya no encuentro cómo escribir lo que estaba escribiendo, me apetece frenar aquí, solicitar un abrigo exótico de la China, que vuelvan los teléfonos de cable, para trenzar el hilo con los dedos al platicar y que bailen como la bailarina encadenada que es el arte. El pensamiento es un baile. Tengo un dolor en mi madre, llegó a escribir Derrida. Derretirse en el abrazo del delirio.

Desierto de spam. Rulfo en trígono con el vacío.

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