Mexicali, Baja California, 1984. Su libro más reciente es La novia del león (Nitro/Press, 2024).
Cherín se dejó caer sobre el columpio, de mal humor. Acababa de enterarse de lo de Lorisbeth y necesitaba un momento a solas. Apoyó la servilleta sobre sus piernas. La desdobló y se echó a la boca 2 panecillos rellenos de crema. Sus papilas gustativas se estremecieron. Contuvo las lágrimas. Cherín había defendido a Lorisbeth cuando las gemelas la acosaron en la biblioteca. La habían acorralado en un cubículo donde Sandra, de un manotazo temerario, había dispersado por el suelo las 379 fotocopias que Lorisbeth ordenaba con pulcritud, mientras Sofía la amenazaba con rociar su cabello de goma líquida. Un grupo de mirones murmuraba que el padre de las gemelas pagaba la colegiatura de Lorisbeth porque la mamá de Lorisbeth era una señora sin moral, y la colegiatura no era barata en un instituto como ese, en el que se ingresaba a maternal y se egresaba licenciado. Decían que por su culpa, la mamá de las gemelas estaba en un retiro.
Que era como los adultos llamaban a los hospitales psiquiátricos. Que era donde los maridos internaban a sus esposas para poder vivir con sus amantes. Cherín pensó que el pretexto era malo porque las gemelas siempre habían sido crueles y abusivas. También pensó que una gran parte de los mirones que murmuraba solía ser blanco habitual de las gemelas, y después de eso, durante un rato ya no había pensado nada. Cherín era una pelirroja tímida y rolliza, de hombros corpulentos y piernas cortas. Su piel, plagada de simpáticas manchitas anaranjadas, era tan transparente que recordaba a esos pequeños domos de cristal que hacen nevar al agitarse. Tenía ojos oscuros y saltones que parecían estar siempre entrecerrados y que daban a su rostro pálido cierta dulzura somnolienta. Cherín no causaba problemas y nadie la molestaba: un poco porque era la más fornida de la primaria, un poco porque en realidad no era desagradable y, un poco más, porque su hermano era el capitán del equipo de lucha en la preparatoria.
El columpio rechina bajo el peso de Cherín. Con sus deditos esponjados como si fueran de suflé, desdobla otra servilleta y da cuenta de otros 2 pastelillos. Recuerda a Lorisbeth en medio de las burlas de las gemelas. Aterida. Sudando frío. Recuerda las cosas que escuchó. Recuerda haber pensado que eran las cosas más hirientes que podían decirse a una niña. Recuerda estar frente a ellas pisando las copias del capítulo 12 de Historia europea contemporánea, y recuerda el subapartado 7.3 del subcapítulo 9 arrugado por la rabia de las gemelas, que no soportaban que alguien se hubiera atrevido a desafiarlas. Recuerda la sorpresa de los mirones cuando decidió intervenir, la gratitud silenciosa de Lorisbeth y la cara de las gemelas cuando les dijo arpías. Recuerda que retrocedieron, que una de las gemelas resbaló y que algunas hojas revolotearon. Recuerda que la página 93 del resumen sobre el aparato de administración nazi planeaba entre las gemelas ajena a cualquier tragedia: la que narraban sus letras y la que ocurría en el lugar.
Cherín había presentado un ensayo sobre los órganos de propaganda del Tercer Reich. Una impecable redacción de plagios de la Enciclopedia moderna. Recuerda que no entendió nada sobre Max Amann y la desnazificación. Recuerda cuando las gemelas dijeron a Lorisbeth que su madre era una arribista y a Cherín le parecieron las más bobas y las más ridículas y les dijo que siendo tan horribles y tan idénticas, era obvio que sólo podían llamarse Sandra y Sofía: las gemelas SS. Recuerda el gesto extrañado de Lorisbeth y las carcajadas de los mirones que estaban en su misma clase. Las carcajadas habían sido escandalosas y habían hecho aparecer a la bibliotecaria, que había salido a buscar al prefecto, que le preguntó por la ciática de su tía y después le preguntó que cuándo iba a decirle que sí. Y la bibliotecaria se había sonrojado y el prefecto le había dicho algo al oído, y la bibliotecaria había corrido a los lavabos y se había puesto compresas de agua fría en el cuello y para cuando recobró la compostura, el prefecto jugaba cascaritas con los educadores del jardín infantil.
Las SS se marcharon con la mirada baja y un apodo que las iba a perseguir el resto de su vida. Incluso a la hora del café en la sala de maestros, para hablar de lo mal portadas que eran las gemelas, los profesores dirían cosas como: las SS son unas majaderas. A lo que se escucharían respuestas como: las SS necesitan una tunda de reglazos o tal o cual correctivo. Seguidas de alguna opinión más conciliatoria: pues es que con la situación de las pobres niñas, y tal expresión de lástima por su futuro como vándalas o grafiteras o abogadas. A lo que no faltaría quien agregara novedades del chismorreo: que el papá de las gemelas y la mamá de Lorisbeth en una clínica de fertilidad, que la casa nueva o que si ya se supo que pagaron otro año en el pabellón de psiquiatría. Y en ese punto alguien soltaría el chistorete de la verdadera causa de que la mamá de las SS hubiera dado al manicomio. Y otro más señalaría que la causa nada tenía que ver con el desbraguetado del esposo. Al sonar el timbre, los profesores reirían.
Cherín ayudó a Lorisbeth a levantar las copias de Historia europea contemporánea, la escuchó desahogarse y, mientras la reconfortaba, la noticia de su hazaña pasó al edificio de secundaria, a la zona de recreo, al gimnasio, al auditorio, a la sala de maestros y de la conserjería llegó al edificio de preparatoria, donde los miembros del equipo de lucha liderado por su hermano habían contraído los bíceps con los brazos en alto y habían lanzado un gruñido en señal de triunfo. Y después, habían aparecido en el edificio de primaria para gritar 3 hurras por Cherín y habían llevado a las niñas a la cafetería de su edificio y les habían comprado malteadas. Y las chicas del edificio de preparatoria que eran novias o amigas de los chicos del equipo de lucha le dijeron a Cherín que unos ojos tan bonitos necesitaban tal o cual maquillaje y esas pecas tal o cual producto y le recomendaron usar una faja moldeadora lo que restaba de su prepubertad.
También le aconsejaron olvidarse de los lácteos y Cherín decía sí, gracias, o qué interesante, nunca lo hubiera imaginado, aunque no le parecía interesante ni tema para desperdiciar la imaginación. Y como las chicas mayores eran tan liberales que podían ser novias o amigas de los chicos del equipo de lucha, le habían dicho a Lorisbeth que sí, que su madre era la amante del padre de las gemelas, pero que eso no significaba que su madre no tuviera moral ni que el padre de las gemelas fuera un sinvergüenza, pero definitivamente sí quería decir que las SS eran sus hermanastras. Y Lorisbeth estuvo al borde del llanto y los chicos grandes se habían enternecido y uno le prometió ir con ella a la graduación de la primaria sólo para que las SS regurgitaran de envidia y los miembros del equipo de lucha contrajeron los bíceps con los brazos en alto y lanzaron un gruñido que sellaba la promesa. Y una de las chicas había dicho al hermano de Cherín que Cherín era valiente y encantadora. Y Cherín y Lorisbeth contrajeron los bíceps con los brazos en alto y lanzaron un gruñido que sellaba su amistad.
Una tarde Cherín y Lorisbeth miraban una telenovela donde 2 señoras muy elegantes, una con collar de perlas, otra con collar de rubíes y ambas con el cabello lleno de laca, se insultaban, se gritaban arribista, arribista y rodaban una y otra vez por las escaleras de una enorme mansión, hasta que en un giro o ruedo impredecible, rodaban al jardín y del jardín rodaban a la cochera y en la cochera, la señora de perlas atropellaba a la señora de rubíes. Ninguna de las señoras se despeinaba. Luego la señora de perlas inculpaba a su chofer y el pobre chofer iba 20 años a prisión por un crimen que no había cometido. Había venganzas. Había monólogos que explicaban la trama. Había herederos perdidos. Había esposas de choferes en prisión por crímenes que habían cometido señoras con el cabello lleno de laca.
Había secretos y extorsiones. Había risas malévolas acompañadas de un acento musical. Y cuando la señora de perlas recordaba a la señora de rubíes se ponía muy enojada y repetía arribista, arribista. Y Cherín y Lorisbeth se habían reído tanto que la mamá de Cherín les apagó la televisión y las hizo tomar té de manzanilla. Y más tarde llegó el hermano de Cherín con su novia o su amiga, esa que había dicho que Cherín era valiente y encantadora, y las había besado una vez en cada mejilla y se habían sentido adultas y refinadas y antes de subir a la habitación del hermano de Cherín, la chica les había puesto labial. Desde esa tarde, Cherín y Lorisbeth empezaron a saludarse con un arribista, madmuasel, y un beso ruidoso en cada moflete. También les gustaba cantar 10 arribistas esquían en la nieve una se desnuca y quedan 9.
Con hastío, Cherín deshace otro envoltorio de servilletas y come los pasteles. 9 arribistas gordas pelean por bizcochos, una revienta y quedan 8. Cherín empuja el bolo de masa para poder tragarlo. La deglución le provoca calambritos en los lagrimales. Respira. Pone otra envoltura sobre sus rodillas. La mamá de Lorisbeth y el papá de las SS se casaron. Entre los invitados distinguidos estaban el gobernador, el presidente municipal, el obispo y la mamá de las SS acompañada de una enfermera. La enfermera limpiaba su saliva, empujaba su silla de ruedas y explicaba que el cerebro se le había quedado frito gracias al paquete de terapias especiales solicitado por su exesposo. 8 arribistas salen a bailar, una es muy fea y hasta tiene juanetes —Cherín pregunta a la enfermera en qué consisten exactamente las terapias especiales—, le dicen que se vaya y quedan 7.
En la fiesta de la boda, la mamá de Lorisbeth conoció al papá de Cherín. El columpio oscila. Rechina. 6 arribistas dieron un brinco, una se cayó y quedaron 5. Las SS fueron las primeras en darse cuenta de que su papá pasaba más tiempo en el psiquiátrico que con su nueva esposa. Cherín y Lorisbeth no lo mencionaban, aunque de pronto la mamá de Lorisbeth tenía preguntas acerca del gen recesivo responsable del cabello rojo, y le había contado a Lorisbeth que en algunos países los pelirrojos habían sido históricamente discriminados. Hitler tenía campos de concentración especiales para pelirrojos. Te das cuenta, decía la mamá de Lorisbeth bebiendo de un trago su enorme copa de vino, no tenían que ser judíos, sólo tenían que ser pelirrojos. Luego le hacía una señal que significaba acerca la botella a tu madre porque es tu madre, no tiene que levantarse si quiere beber más vino, y cuando Lorisbeth acercaba la botella, hacía otra señal que significaba hala, ve a jugar con ese bombón de pelirroja que es amiga tuya.
Y una vez, Lorisbeth encontró a su mamá repitiendo una lista de términos despectivos contra los pelirrojos. Los estaba memorizando. Los memorizaba porque era una señora precavida que tenía muy claras 2 o 3 cosas acerca de las relaciones humanas y una de ellas se trataba de las maravillas del lenguaje: si una frase desdeñosa es pronunciada entre ronroneos, es capaz de conseguir un regalo de diamantes; si la misma frase es pronunciada con frialdad, puede otorgar la última palabra en las discusiones. A la mamá de Lorisbeth le gustaba sentir que llevaba cierta ventaja. Ventaja sobre las circunstancias de la vida en general y no particularmente sobre cierto caballero que le despertaba anaranjadas pasiones.
Ese verano, el hermano de Cherín fue a la universidad y la mamá se internó en un retiro. Antes de la Navidad, la madre de Lorisbeth contrató a un abogado de divorcios. 4 arribistas en bicicleta, 1 es hombre y se llama Andrés las arribistas sólo son 3. Cherín visitaba a su mamá cada semana y cada semana le parecía menos su mamá porque recibía el paquete de tratamientos especiales. Estaba desorientada y paranoica y tenía breves accesos de amnesia. Aquel domingo le había hablado de una conspiración mundial orquestada por panaderos sin escrúpulos, que en colaboración con los grandes emporios farmacéuticos, habían producido la enfermedad celíaca, una enfermedad que atacaba solamente a los pelirrojos. La había abrazado y había llorado. Le había dicho mi pobre nena. Y después le había apretado el brazo hasta hacerle daño y la había llevado a su habitación y había arrastrado una silla para alcanzar un ducto del techo del que había sacado una bolsa de plástico. Y había dicho mi escondite secreto y la obligó a ocultar la bolsa entre su ropa y después le dijo que se marchara y llevara ese regalo a su nueva mamá.
Cherín se había puesto tristísima. Había ido a buscar a Lorisbeth y había tocado su timbre hasta que la vecina de Lorisbeth, asomándose desde su patio, la había mirado con reprobación. Cherín se sintió avergonzada, abrazó la bolsa que le había dado su mamá y se dirigió a su casa y entonces había distinguido a Lorisbeth paseando de la mano con las gemelas. Cherín cruzó la acera y las siguió a poca distancia. Se reían. Hacían bromas y parecían divertirse y el corazón de Cherín se encogió como si se lo hubieran apretujado. Doblaron la esquina rumbo al parque y Cherín logró escuchar que Lorisbeth repetía a las SS los modos horribles en que se podía llamar a un pelirrojo. Y las SS llamaban al papá de Cherín vikingo bebedor de kétchup y gnomo sobrealimentado con zanahorias. Después decían bajezas sobre la mamá de Cherín. Lorisbeth dijo que la madre de Cherín era una señora loca y que el padre de Cherín era un sinvergüenza. Las SS dijeron que toda esa familia merecía estar en el manicomio. Lorisbeth dijo que Cherín le repugnaba. Que su cara parecía un enorme queso rancio.
Que si la tuviera enfrente la tiraría por las escaleras y la haría rodar al jardín y del jardín la haría rodar a la cochera y entonces la atropellaría y acusaría a su hermano el luchador de haberla atropellado, porque los pelirrojos del mundo eran arribistas, arribistas. Las gemelas SS se contorsionaban de risa. Siguieron con las burlas. Dijeron las cosas más hirientes que se podían decir a una niña. Cherín caminó por el parque sin saber a dónde ir. Necesitaba un lugar para estar sola y detrás del tobogán llegó al cementerio de juegos en desuso. Se dejó caer sobre el columpio, malhumorada. La bolsa que le había dado su mamá estaba llena de envoltorios hechos con servilletas. Contenían pan. Eran las porciones diarias que el hospital servía a sus pacientes. 2 pastelillos rellenos de crema en cada uno. Su madre no los había comido en varias semanas porque los panaderos y las farmacéuticas tenían un complot para asesinarla. Por eso los había envuelto en servilletas de papel y los había guardado en una bolsa y ahora Cherín comía los panecillos rellenos aunque sabían a viejo, aunque estaban duros y aunque probablemente también estaban sucios. Los comía porque se los había dado su mamá. Los comía porque quizá fueran la última cosa que su mamá le daría.
Escucha las carcajadas de Lorisbeth y las SS acercarse. 2 arribistas cantan canciones, una desafina y la otra se la come. Hablan de Patea a un pelirrojo, un juego en el que pateas a un pelirrojo cuando lo ves. Cherín levanta el rostro manchado de azúcar y morusas de pan y mira a las SS. Piensa que tal vez las gemelas tienen una condición, que tal vez no lo había notado pero que puede ser que las gemelas padezcan algo que se manifiesta en forma de estupidez. Y también mira a Lorisbeth y mira a una señora muy triste que es la mamá de Lorisbeth.
La primera patada la derriba de bruces.
Una sola arribista busca fortuna, le dan una tunda y no queda ninguna. Las SS son metódicas y van a patearla por turnos. Mientras Sofía le muestra a Cherín el charol de sus zapatos, Sandra y Lorisbeth se impulsan en los columpios. Su balanceo es apacible. Cherín no escucha ningún rechinido.
