Guadalajara, Jalisco, 1964. Su publicación más reciente es la reedición de su novela La sed (Paraíso Perdido, 2023).
Que eran infinitas, dijo (para sí), las hojas amarillentas de los árboles, meciéndose en angustiosa armonía en su transición del moribundo verde pálido a la llamarada final de su acabamiento aquella tarde triste, tristísima, sin más sonido que la lluvia leve pero insidiosa, tarde casi sin luz. Como infinitas eran las gotas de agua que se disolvían una en la otra para ser, precisamente, lluvia. Infinitas las hojas, las gotas, nada más porque no podía contarlas; porque nadie podía; porque en cualquier momento innumerables hojas, innumerables gotas, estaban cruzando el límite entre su ser y su disolución. Porque el número quizá existía, en alguna conciencia inimaginable y monstruosa (monstruosa por su totalidad impenetrable), pero no había conciencia humana que pudiera conocerlo nunca, aunque algunas quizá en ese momento se afanaban en fabricar complicadas aproximaciones abstractas, con sus números.
Veía por la ventana el borrón indistinto de apenas verde e incipiente amarillo y lluvia, consciente de que la posibilidad de la existencia del número (el de las hojas, el de las gotas) en ese momento único entre otros también inagotables, momento que dejaba continuamente de ser ese momento para pasar a ser uno de los otros en los que se continuaba la articulación del pensamiento, estaba a punto de convertirse en una obsesión. Inútil, como su alma esa tarde, de pronto vacía.
Alguna vez había creído en la infinitud de las almas. Con ojos muy abiertos, luminosos (si de fiebre o deseo, no lo sabía), se había adentrado en el mundo que había sido cerrado como un puño y ahora, inexplicablemente, se desplegaba como un abanico en cada calle, a cada paso bajo los cambiantes cielos con la ilusión de incalculables posibilidades. Ver a través de todos los ojos, comulgar con todos los cuerpos, con sus hambrientos corazones; pasar en vela las noches imantadas de esa apertura iniciática para conversar con todas las voces, beberse todas las palabras, compartir todos los sueños, las visiones, los anhelos; ser partícipe de toda la creación renovada a diario en todas las manos, todos los prodigiosamente disímiles vehículos de la ilimitada imaginación. En la estela de excitación que dejaba cada uno de esos encuentros imaginaba todas las almas que habían sido, en todos los tiempos pasados, en hasta el más olvidado rincón de la tierra, y en todos los tiempos que habrían de venir. Innumerables, como las estrellas que vemos incluso cuando ya no están ahí, o como eran en otro tiempo muy anterior a nuestra mirada, y todas las que no vemos.
El arco de lo innumerable siempre llevaba a la unidad incognoscible. El 1 incontable que contenía todos los números y los disolvía en sí mismo, siendo él mismo incontenible. No sabía por qué la múltiple, cansada, cansina humanidad le había llamado Dios, un pobre dios hecho a su imagen y semejanza. Ni por qué esa misma humanidad se afanaba en contenerle: contener lo incontenible, medir lo inconmensurable. Por qué una humanidad que, en cuestiones de metafísica tanto como de la más elemental inteligencia, apenas había aprendido a atarse las correas de los zapatos, creía que podría determinar un día si el universo era infinito o no, y ahora bregaba jugando con sus pueriles abstracciones de lo que entendía por infinito en sus innumerables máquinas —jugando con estupidez, con arrogancia, con desesperación, con una malignidad apenas consciente, como mal adiestrados animales, y sin la cadencia de las inconscientes hojas oscilando bajo los listones transparentes de la lluvia.
No, no había infinitas almas, le había dicho alguna vez lo que había interpretado como su propia voz, pasado ya el tiempo deslumbrante y feliz de la inocencia. Había un alma sola, única, y no humana nada más, pues era indivisible del alma del mundo, de todos los mundos, del alma del universo, y era, esta sí, infinita, revelada a la percepción humana en su manifiesta multiplicidad. La revelación había sido un momento de sobria exultación, pero sobre ese momento transitorio también había pasado la marea incontenible de lo que la humanidad llama tiempo, oscureciendo el júbilo con insolubles preguntas. ¿Por qué la exultación había sido «suya» solamente? O de otros hombres y mujeres también, pero aislados, en momentos distintos de la historia, a menudo enmudecidos de tanta soledad. ¿Y por qué esa sola alma infinita se presentaba ante los ojos humanos como un espejo fracturado? ¿Por qué su manifestación humana eran todas esas esquirlas, erráticas, desencantadas, idólatras del límite? En su propio desencanto, en ese preguntarse, ¿estaba, pese a todo, buscando a un dios?
Pero buscar era la negación del infinito. Era partir del límite hacia lo otro, lo que siempre quedaba más allá, cuando, si el infinito era cierto, debía encontrarse aquí y en todo otro lugar, ahora y en todo otro momento, y el alma no tendría siquiera que anhelar, porque no habría nada fuera de ella, nada qué desear que no fuera ya ella misma. Todos esos hombres y mujeres que, con los más altos ideales (algunos), se empeñaban en responder las preguntas, resolver la paradoja de la multiplicidad y la unidad, del límite y lo ilimitado, conjeturaban, calculaban, medían, computaban, y forzaban en ocasiones revelaciones deslumbrantes y sin duda muy hermosas, sin comprender que sus afanes eran ciegos; que constreñían, circunscribían, ponían nombres utilizando cada vez más complicados lenguajes para lo que estaba, siempre, más allá del lenguaje. Su afán era el intento fútil de la violación de lo inefable, y no podían evitarlo, porque humana era su condición. La separación. La caída, y la única forma posible de formularse estas preguntas, aunque quizá no valiera la pena formularlas, porque nadie sabía a ciencia cierta si el conjeturado Dios, o el absoluto, habría querido realmente conocerse a través de ese roto espejo.
En tardes como aquella, no sabía por qué, estas reflexiones le cargaban el corazón con una tristeza que tampoco conocía medida, aunque mañana quizá sólo sintiera júbilo otra vez; mañana, cuando hubiera salido el sol, ardería como fuego el follaje del otoño y la lluvia de ayer, en el recuerdo, sería nada más lluvia, limpia.
Pero ahora: esta tarde, hoy, en este instante, no podía evitar el terror de imaginar el posible número concreto de hojas en los árboles, o caídas de los árboles o a punto de caer; el número de gotas que conformaban esta lluvia. El terror de pensar que eran contables. Que alguien, algún día, pronto, vendría a espetar las últimas investigaciones según las cuáles ese número, hoy, en este instante, era, es, X.
¿Qué tenía que ver el infinito con lo contable o lo incontable? ¿Y qué tenía que ver con nuestro anhelo? Si, en su humana conciencia, pudiera ser como la hoja nada más, meciéndose con las otras en una armonía que no sería ni angustiosa ni carente de angustia; si pudiera ser como la gota de lluvia, con su único y casi inaudible rumor al caer en la hoja (audible solamente por la multiplicación de hojas y de lluvia), sin discurrir, sin preguntarse, envejeciendo en mansedumbre igual que las hojas, evaporándose con la misma aquiescencia del agua, entonces, sin conocerlo (sin el acto que inevitablemente tiende de lo uno a lo otro que es todo conocer) sería el infinito. Sin fe, sin ciencia, sin anhelo ni indiferencia.
Ahí, al alcance de sus manos y en sus manos. No al alcance de la mirada, sino la mirada misma. ¿Por qué el dolor, entonces? ¿Por qué la aflicción, la orfandad? ¡Ah, si hubiera un dios, le pediría misericordia para la mente humana, el humano corazón!
No creyó haber formulado la plegaria. No tenía voz. Ni dios. No se dejó seducir por el súbito espejismo de una respuesta, que habría significado la anulación del 1, el estallido que deja al que pide por un lado, por otro al que otorga. Escuchó nada más el silencio, hecho del susurro de tantas gotas de agua cayendo sobre tantas hojas.

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