La duda / José Ángel Cuevas Sánchez

Mi hermano fue a entregar unos muebles al hombre más rico que vivió en nuestra localidad, en las afueras, en plenas montañas; tenía una mansión y un territorio extenso de bosque. Iría solo, la camioneta estaba cargada con los muebles que elaboraba en su carpintería. Subió a la camioneta y yo, sin que se diera cuenta, me escabullí y escondí entre los muebles.
       Cuando íbamos por la carretera contemplé los árboles y la pomposa vegetación. Llegamos a la entrada de la mansión, imposible entrar sin permiso; un hombre aciago, de gran estatura, reconoció a José y lo dejó pasar. 
       José apagó la camioneta, luego escuché sus pasos, sentí escalofríos.
       –Ya bájate, no te hagas pendejo –me dijo.
       ¿¡Cómo se dio cuenta de que iba en la camioneta!?
       Bajamos los muebles y los colocamos en las posiciones como nos indicó El Negro. Los muebles eran ceremoniosos, de color entre marrón y café, brillaban por el barniz. El Gran Señor estuvo contento con el trabajo. Su casa olía a madera y a libros viejos. No era el hombre más rico sólo de la localidad, tal vez también de todo el mundo, pero a la vez se desprendía de lo material, era una especie de monje. Extrañamente se dirigió a mí y dijo:
       –¿Por qué no eres feliz?
       Sentí su cercanía, pareció un fantasma, un ser sin cuerpo pero con un alma titánica, llena de luz. ¿Cómo supo que no era feliz? Intuí que me había estado esperando desde hacía mucho tiempo atrás. Luego salió su hija, era muy hermosa, nos miramos. Ella se sentó en el suelo, traía una falda larga, floreada, que le llegaba hasta las zapatillas.
       –No soy feliz porque no puedo estudiar, tengo que trabajar para comer y para medio vestirme y no me alcanza para mis estudios.
       Entonces Luz India dijo:
       –Pues deja tu trabajo y dedícate a estudiar.
       ¿Acaso no había entendido? ¡Caramba! Ella qué diablos sabía de sufrimientos para sobrevivir en la jodida sociedad, en donde el gobierno todo te cobra. Ella tenía todo, era fácil dar esa respuesta. Le expliqué y me dijo que para ella la vida tampoco era fácil. Tuve que sonreír. Su padre permaneció en silencio. Era la hora de la comida. No nos llevaron a un comedor como en las casas habituales, caminamos entre los árboles y llegamos a unas construcciones subterráneas, recubiertas de madera, en donde cada quien se sentaba en un lugar privado, y aunque había manera de mirarse a través de unos cristales, por alguna extraña razón no se podía pronunciar palabras. Cada quien tenía su charola de comida. Era como si estuviéramos comiendo en compañía de la naturaleza. Había unos orificios por los cuales teníamos que desechar las zozobras; nunca supe a dónde irían. Mi hermano y yo le agradecimos al Gran Señor la hospitalidad, miré el hueco de su cuerpo, yo quería que me dijera la solución para ser feliz, pero no me dijo nada. ¡Con un carajo!, ¿en dónde estaba la respuesta?
Su hija me miraba. Ella tenía un hermoso lunar, del tamaño de un ojo, en la frente.

 

 

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