Orizaba, Veracruz, 1961. Su libro más reciente es No sólo los caballeros, ilustrado por Édgar MT (Veinti6 Veinti8, 2025).
A partir de cierto punto
no hay retorno. Ese es el punto
que hay que alcanzar.
Franz Kafka
Alabado sea nuestro creador, que,
como dice Agustín, ha establecido
el número, el peso y la medida de
todas las cosas
Adso de Melk
Para Alfredo
Nunca aprendemos la ecuación, hay ciudades que celebran la sagrada geometría y respetan los preceptos de orientación con gran exactitud, otras no. Esta, en especial, no permite la línea recta ni la armonía de los números sagrados: ni siquiera el número 4, como los evangelios, ni sus derivados, no permite longitud ni brújula. Imán de lo adverso, recibe todos los espejismos. Recorremos una y 1000 veces la calle, ajena, angosta, húmeda y sombría, recorremos la calle de norte a este, de oeste a sur, de 1715 a 1934, y es noviembre, siempre noviembre, los mismos pasos, la misma vía que no reconocemos. Lo único que se puede asegurar es que siempre concluye en la plaza, en la escalera, en el número de habitación de 3 cifras, la cama que es angosta y permanece suspendida, la noche que nos descubre forasteros e insaciables.
Dices que fueron 6 días, pero no es verdad. Nuestros pasos siguen golpeando las 323 baldosas, los engañosos charcos, la peste, la imposibilidad de certezas, desde que se inventó esta locura de ciudad en la mente enferma del navegante, desde que los árboles se convirtieron en piedra y la niebla nos hizo conscientes de que éramos 2 elevados al infinito, y de una misma tierra tan lejana entonces, que la raíz vino de muy al fondo y nadie ha podido arrancarla.
Nunca logramos medir la longitud de esta calle, ¿715 codos?, ¿10 000 leguas?, ¿palmos? ¿será una circunferencia? La reconocemos en el estallido de la guerra, durante el siroco, en un cuadro que se desliza en el mar de titanio, en la mirada de San Sebastián y en los hilos de oro de una brasileña. No hay pérdida de rumbo, sólo un camino diferente cada día. Y la nave va, dijo el cineasta en el festival del ’83. La mistificamos en procesión, alabando a un hermoso efebo y a un músico enamorado, a las 12 000 diosas calvas de la bodega convertida en museo, hambrientos la devoramos, respetuosos de los precios de los restaurantes. 100 ducados del dux dentro de una libreta nos hacen jugar a que la realidad sí existe. Acariciamos las calles de papel brillante y silencioso, urgidos de un amor apenas destilado en aquella esquina aún más sombría, donde el tiempo es algo tan absurdo como la distancia o la cordura.
Todo y 1
es la misma geometría hierática, el mismo punto, la línea que huye para volver al inicio, tarde o temprano el tiempo, la luz, el silencio.
Todo y 2
la misma calle que se angosta, se ensancha, se vacía, se aglomera, huye, en un silencio perpetuo.
Todo y 3
la que serpentea y nos engulle. El recuerdo, imagen plana, lineal, que no es recuerdo, porque son tus ojos, tu boca y el sonido de tu voz que deletrea el nombre de cada plaza, río, canal, que no son sino sueños que atraparon con la perspectiva y el color los paisajistas, la polaroid y los celulares.
No importa ya la sombra ni la torre, el puente, la brumosa pareja de moros, el ave o la sirena que nunca dejó ver su cola. No importa el sonido de la copa y el vino cruzando la garganta, no importa el bar ni el famoso escritor, ni siquiera la espalda del pintor suicida abrazado a la fealdad de su mecenas. Sólo tú y yo, número cardinal, y esta calle que, como cada paso, desde siempre, a diario es otra y es la misma.