Desde el origen de la elaboración de objetos que dieran utilidad a la vida cotidiana del ser humano hasta nuestros días ha transcurrido mucha historia: descubrimientos, desarrollo de la ciencia y de la técnica, progreso desmedido, guerras, desigualdad, nihilismo. Hasta llegar a una realidad cotidiana en que las personas vivimos rodeadas de cosas, las más de las veces inútiles y huecas.

La mancuerna entre conocimiento y experiencia, que durante tantos siglos acompañó a la humanidad, en la vida contemporánea se disocia significativamente, a tal grado que busca desembarazarse de toda experiencia. «Actualmente ya nadie parece disponer de autoridad suficiente para garantizar una experiencia», comenta Agamben. En la Antigüedad, el problema central del conocimiento no consistía en la relación sujeto-objeto, sino entre lo uno y lo múltiple, entre lo inteligible y lo sensible: entre lo humano y lo divino. Esto significaba conocer con certeza, «aprender únicamente a través y después de un padecer» (Esquilo).

Entonces la imaginación era el médium del conocimiento, la mediadora entre la forma sensible y el intelecto. Pero la llegada de la ciencia volvió irreal a la imaginación, y la confinó a depender de la experiencia, de un yo empírico lejano del conocimiento verdadero. De ser sujeto de la experiencia, la imaginación pasa a ser sujeto de la alienación mental, de todo lo que queda excluido de la experiencia auténtica.

Para Giorgio Agamben, la poesía moderna —de Baudelaire en adelante— no se funda en una nueva experiencia, sino en su carencia, lo que implica un eclipse y una suspensión de ella. Ante esa expropiación de la experiencia, la literatura responde transformando esa expropiación en una razón de supervivencia y haciendo de lo inexperimentable su condición normal.

El extrañamiento —que vacía de experimentabilidad los objetos más comunes— se convierte así en procedimiento ejemplar del arte moderno que transforma lo inexperimentable en la nueva experiencia de la humanidad. Este fenómeno es clarísimo en Las flores del mal, en Rimbaud, en Rilke y en En busca del tiempo perdido.

En este número,Luvina publica textos literarios que proponen distintas relaciones con las cosas, en el sentido de las condiciones de la experiencia y del sujeto que le corresponde. Un sujeto suspendido entre dos mundos: por un lado se encuentra liberado de toda experiencia, pero por otro evoca con nostalgia las cosas en las cuales los hombres acumulaban lo humano: aquello que vuelve experimentables las cosas mismas y que por ello eran (son) vivibles y decibles.

Por otra parte, Luvina festeja los 80 años de Fernando del Paso, quien nos ha dado una obra resuelta, vívida, plena de historia y experiencia.

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