No hay humanidad más que donde hay comunicación entre seres humanos a través de la acción y del discurso. Tal premisa de Hannah Arendt nos lleva a considerar la trama humana como una serie de acciones con dimensión social, mediante un lenguaje que permite establecer una serie ilimitada de esas mismas acciones, repetirlas y codificarlas. Esta red de relaciones y actos —el trabajo— permite pasar de la mera amalgama de seres y de sucesos a la configuración de acciones bajo un orden y un sentido. Es así como se teje la experiencia humana que permite configurar un mundo sobre el cual ir plasmando nuestra experiencia.

¿Y qué es la experiencia? La manera como hombres y mujeres entran en contacto con el mundo, se lo apropian mediante el trabajo, lo transforman para volverlo propio. Entonces lo nombran para habitarlo, y por medio de ese contacto pasa a convertirse en condición de su existencia. Es esta construcción de sentido lo que forma un mundo en común con los demás, lo que llena el espacio que nos une y separa.

El horizonte determinado por el pensamiento y la acción, y vuelto posibilidad gracias al lenguaje para transmitirlo, es el cauce que permite, en este número de Luvina, resignificar y abrir posibilidades más allá de los linderos cotidianos, con textos literarios de diversa índole, para formar otras redes de relaciones de coexistencia humana vertidos en un espacio de individualidad y pluralidad, y así volverlos espacio público, común a todos, pero que nos trasciende y nos salva del olvido y la perennidad.  

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