Tecnología, en su raíz Tékhne, viene de habilidad. Ser hábil para moverse por el mundo ha sido una de las capacidades humanas que nos ha permitido controlar nuestro medio, dominarlo e incluso transformarlo. Ser contemporáneo es un concepto cambiante que depende de los avances tecnológicos conquistados y que han modificado la manera como se está en el mundo. Así, podemos historiar la vida humana desde la relación íntima, cotidiana, de cada persona con los avances tecnológicos. Si la imagen del mundo cambia, la visión de la vida de cada individuo se transforma. Y una de las revoluciones tecnológicas más violentas ha sido la que nos tocó presenciar en el paso del siglo xx al xxi, caracterizado, en buena medida, por la evolución acelerada de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación.

     Si —como lo piensa Roberto Calasso— leer es el único acto que une al hombre con la divinidad, conservando el hilo entre él y el mito que le da soporte existencial frente al misterio, leer es un acto de comunicación. Y la literatura, ese universo donde se encuentran los lazos con lo sagrado que transmutan lo vano en transcendencia. Justamente, el cambio vertiginoso al que nos han sometido los avances tecnológicos ha trastornado los modos de vivir, los códigos de vida. Los umbrales de posibilidades en las relaciones humanas se han convertido en un horizonte infinito, en el sentido en que Aristóteles lo definió como eso después de lo cual sigue habiendo algo.

     La actualidad se puede definir como el instante sin vértigo en un vacío que se llena continuamente con información, conversaciones al otro lado del planeta, amores virtuales. O el vértigo sin tiempo donde los minutos son y no son delante de la pantalla: ahí, en esa realidad irreal, ficticia pero real, que nos va devorando hacia un espejismo interminable.

     En este número, Luvina reflexiona sobre la manera literaria de explorar las nuevas posibilidades creadoras a partir de las experiencias en el ciberespacio. Y cómo de la imaginación literaria surgen nuevas comprensiones del aprovechamiento eminentemente práctico del saber científico —la tecnología que modela el presente que habitamos y los futuros hacia los que nos dirigimos o de los que nos apartamos—, y en qué medida el desarrollo de la técnica (y no únicamente en el ámbito de la informática, sino en general) propicia el surgimiento de escrituras cuya naturaleza excede la mera experimentación para cobrar forma como materializaciones de lo insospechable.

     Por otra parte, Luvina le rinde un merecido homenaje al escritor César López Cuadras, recientemente fallecido, quien dirigiera la revista durante ocho años.

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