Quizá lo único que nos vuelve humanos sea la muerte, ese punto final que nos regresa hacia nosotros mismos. Sin ambigüedad, sin incertidumbre, sin vacilaciones. La puerta que anula el tic-tac, la deriva de sucesos, la tierra movediza de lo que todavía no se completa. Mientras, el miedo y la violencia nos rescatan de la nada, o nos acercan al Todo.

Y el mal nos abre la posibilidad de ejercer la libertad, bajo el riesgo de disolver la noción misma de humanidad.

Robos, asaltos, asesinatos en serie, descuartizados, mutilados. Actos del todo inhumanos. Luvina se instala en los límites del fenómeno humano, ahí donde lo inhumano se padece diariamente y se imagina como la única posibilidad de cercarlo. Por eso Borges se preguntaba «¿Por qué crea Dios este mundo tan lleno de errores, tan lleno de horror, tan lleno de pecados, tan lleno de dolor físico, tan lleno de sentimiento de culpa, tan lleno de crímenes?».

En medio de la barbarie mundial, Luvina trata de rescatar gramáticas de la esperanza. Y rinde homenaje a Guillermo Fernández, amigo muy querido y colaborador, recientemente fallecido. Se une, también, a la pena nacional por el deceso de Carlos Fuentes, a quien haremos un merecido reconocimiento en el próximo número.

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