AL MOMENTO DE REDACTAR ESTAS LÍNEAS, recibimos la triste noticia del fallecimiento de Don Antonio Alatorre, maestro y amigo, a quien dedicamos este número de Luvina. Gracias a su trabajo hemos comprendido la historia del la lengua castellana y podemos visualizarla —a la manera del río Ebro— penetrar en España desde el norte hasta el sur, extendiéndose hacia este y oeste. La expansión de la modalidad lingüística castellana —nos dice Alatorre— implicó la ruina del leonés y del aragonés y la absorción del mozárabe, lo que significó una historia de luchas que emprendió Castilla para conquistar políticamente las tierras, de modo que su lengua logró crearse un espacio anchísimo, «totalmente desproporcionado a su inicial insignifi cancia» (Los 1001 años de la lengua española).

Porque el castellano era un dialecto menor, y además un dialecto inculto que fue diferenciándose del leonés, el aragonés, el mozárabe, el gallego-portugués y el catalán por la difi cultad de pronunciarlos. Siendo una cuña que escindió la masa más o menos homogénea de la lengua (el mozárabe), su reconquista es tan trascendente que —así como el Ebro lleva sus aguas al mar— este castellano logró cruzar los océanos y llegar a tierras americanas y a los muchos otros rincones del planeta donde actualmente se habla.

Por ello festejamos hoy al español como si lo viéramos brotar del Monasterio de San Millán de la Cogolla y de la Abadía de Santo Domingo de Silos, perdidos ambos entre los pliegues montañosos, en un pequeño margen donde se garabatearon las primeras incorrecciones en castellano —tímido— en forma de glosas, y en donde ocurrieron los primeros saltos de sentido. En esos saltos quedó inscrito el tiempo, pues la lengua española se ha cargado de vitalidad a través de sus obras literarias. Este número de Luvina da cuenta de ello: podemos percibir en cada uno de los textos publicados instantes de encantamiento, epifanías: la tensión interna que concentra la energía de la lengua y su propia memoria. O, como dice Gustavo Martín Garzo a propósito de Miguel Delibes, «una pequeña explosión de realidad que hace del texto el lugar de la restitución». O mejor: de la revelación.

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