Objeto estético, el espacio registra el acontecer de modos de vida, habitaciones dentro de las que se engendran y despliegan los rasgos de una humanidad que va cargando ese espacio de sentido y relatando el encuentro consigo. Utópica construcción íntima o ámbito público, su argumento se consolida hacia la congruencia de sí pero atendiendo a la armonía de su materialidad: al juego de la luz con la opacidad, al movimiento de volúmenes sobre el vacío. Tránsitos de lo real al sueño y de la configuración al derrumbe, estas habitaciones extraordinarias que ahora pueblan las páginas de Luvina reúnen en sus edificaciones lo cercano y lo distante, lo actual y lo milenario, lo imposible y lo perdido.

Desde la maqueta y la obra negra hasta construcciones de la imaginación. De África a la Ciudad de México, de la prisión hasta la torre de Montaigne, de Londres a la biblioteca personal, de Hamlet a Pedro Páramo. Ensoñaciones todas venidas de la vida misma, vueltas aquí coordenadas de un lenguaje martillado sobre las significaciones irreconciliables que poseen entre sí las palabras, como un recinto cerrado. Abrirlo para que los contrasentidos se sumen en la creación de una nueva arquitectura, e incidir en la memoria del mundo.

Por otra parte, Luvina festeja tres aniversarios de cardinal importancia para la poesía mexicana: 80 años Eduardo Lizalde, 70 años de José Emilio Pacheco y de la primera edición de Muerte sin fin de José Gorostiza. Tres efemérides, tres lenguajes, tres moradas excepcionales.

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