El acto de creación artística ha sido siempre un enigma. Dimensionar hacia lo eterno un mundo finito y trasponer los límites del silencio para formar mundos alternos, tiene un origen dionisiaco. Umbral que conecta al escritor con las esferas divinas, mágicas o perversas. Un punto de partida después del cual no existe retorno. Seguramente se trata de una voluntad interior de concretar —construir— lo que el artista imagina. Pero las más de las veces se necesita un detonante externo. El momento preciso de la escritura es dionisiaco: hay una embriaguez creadora gracias a la cual la inspiración queda sin freno y puede llevar hasta el delirio místico.