«Cuando estás metida adentro, el dolor es todo, te rodea, te incluye, es como una gran bola roja», escribe Ana María Shua: «Es el infierno». El infierno es una representación de lo otro, lo desconocido, lo que se encuentra más allá de la realidad visible. Desde la Antigüedad, las imágenes del infierno se centraron en la transformación de las almas ante el dolor y el mal; su paso por grandes dificultades y suplicios, a veces pasajeros, otras eternos. Esta iconografía proviene de ideas apocalípticas del fin de la humanidad. La proliferación de discursos e imágenes infernales es característica del nacimiento de la modernidad, dentro de un clima particularmente difícil con pestes, guerras políticas y religiosas, invasiones y conquistas: un tiempo de desestabilización, de crisis. Disonancia es la palabra contemporánea del infierno, del mal que nos duele y nos vuelve tan lejanos unos de otros, aunque en el hoy estemos unidos por una pandemia y la amenaza constante de un virus. Unidos en esa larga espera que es la enfermedad, dolientes y encerrados como en el infierno, porque el mal acecha incluso en nuestra propia morada. Sin embargo, el dolor que nos vuelve peregrinos en busca de luz puede desembocar en una prueba iniciática, la del alivio, la prueba —física o emocional— de haber vencido a la muerte (real o figurada) ante el dolor. Un regreso que se vuelve re-nacimiento.