Portugal es un país con una gran ventana hacia el Atlántico, por ello las ciudades importantes se encuentran en su litoral. Ese mirar hacia el mar le imprime a estas tierras un sentido de trascendencia, de viaje y hallazgo. También constituye un camino de ensoñación, de interminables ilusiones que topan con su propio final: con un destino: fatum, palabra de la que proviene fado, la expresión musical del alma de Lisboa. El fado, de tono melancólico, le canta a lo que se fue, a las glorias pasadas, a la patria perdida, al tiempo. Tal como las aguas, cuyo desenlace humano es la existencia que muere, el fado se llena de reflejos que murmuran lo cristalino de la vida y concluyen en el seno de un recuerdo triste como universo sumergido. Sin embargo, esa tristeza en el espíritu lusitano se trasmuta en saudade, nostalgia creativa, un resguardo de permanencia y memoria.