*** / Marco Antonio Rodarte Ledezma

Preparatoria 8

Tal vez mi historia sea como otras, acerca de un lugar como cualquier otro. Pero creo que no será así. Empieza con una chica que vivía en un bosque llamado Mein Teil, de Alemania, “el país de la cerveza”, amante del metal y de romántica prosa de escritores que se expresan mágicamente de sus calles.
    El pueblo es pequeño, desde el cielo parece una rosa en medio del campo. La  casa de la chica es la tercera más grande, pero no la más elegante. Es la quinta en medio de la calle (por ser un pueblo pequeño, no se nombran sus calles). De una esquina a otra la adornan banderas y carteles sobre la famosa “feria de la cerveza” del siguiente pueblo.
    Cada año, sin importar lo que sucediera, la chica se dirigía a observar los concursos durante la feria, que le parecían entretenidos e inclusive divertidos, por su peligrosidad, casi mortales. Entre los juegos existía uno que le llamaba la atención siempre. Consistía en una representación de batallas medievales en la que usaban armas reales como machetes, pistolas, etcétera, que la gente disfrutaba orgásmicamente.
    La chica siempre expresaba sus comentarios hacia la gente. Nunca se preguntaba por qué la gente la veía tanto, pero ella sí tenía dudas sobre ellos. ¿Por qué les gustaba la violencia? ¿Acaso eran estúpidos?  ¿No pensaban en los demás?
    Ella mantenía sus memorias vivas en palabras que esperaba  nunca se olvidaran, porque sólo al ser olvidadas se muere de verdad.
    Pero ese año no. Al llegar al otro pueblo observó a todos lados, buscó de un lado a otro un rastro de vida amargo que estuviera aún por esos lares insípidos, pero no encontró nada. Cansada de buscar, ya de noche, decidió quedarse en una casa abandonada. Medio dormida, se dio cuenta de que no se encontraba sola porque vio desde la oscuridad  un ser que parecía divino, algo imposible, era una especie de monstruo, seco, con un aura resplandeciente, un cuerpo deforme, unos ojos fijos  y cuatro enormes alas que sólo dejaban resaltar su cuerpo desnudo. La chica corría despavorida. El ser monstruoso volaba junto de ella diciéndole:
    –No te preocupes, no te haré daño. Además, no puedes huir de mí. ¡Ah!, perdón por mi descortesía, debí haberme presentado primero. Yo soy Sicheren Tod, y te seguiré hasta que dejes de soñar. –La chica, cansada, se detuvo para escuchar lo que el monstruo le seguía diciendo–: ¿Sabes?, no soy un demonio. De hecho, soy un ángel, fui asignado por Gott para cuidarte y obedecerte, fuiste elegida por tus ideas, por tus sueños. En especial ése en el que anhelas la muerte de toda la gente malvada. Ya  cumplí  tus deseos. Asesiné a toda esa gente que tú deseabas que muriera; si no me crees, cierra los ojos. –Cuando ella cerró sus ojos, sintió como si algo quisiera despedazarla. Entonces, él, suavemente y con su voz ciertamente amorosa, le pidió que abriera los ojos. Poco a poco ella se dio cuenta de que se encontraba en el  mismo lugar, pero esta vez todo lleno de sangre, entrañas y un olor exagerado a muerte, incluso el cielo, antes azul perla, se había tornado de un púrpura rojizo. Ella se desmayó. Al despertar, todo estaba normal, se encontraba tirada en el piso en medio de la ciudad, con una multitud que la observaba creyéndola muerta. Ella preguntó si algo había sucedido. Todos negaron con la cabeza, le dijeron que se había desvanecido repentinamente mientras se ajustaban los últimos detalles para el festival. Desconcertada, decidió  ir a su casa.
    Durante muchos años se preguntó si sólo se había tratado de un sueño o si había sido algo alterno a su realidad. En su cumpleaños 32 tuvo sueños recurrentes donde pasaba lo mismo, pero en otra ciudad. Miles de cadáveres al aire, olor a putrefacción, y el mismo ángel. Al despertar se daba cuenta de que toda esa gente había muerto. Las noticias anunciaban los homicidios. Ella tenía miedo de dormir y soñar, pues sabía que el ángel nunca la dejaría mientras continuara soñando.

 

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