Tres acercamientos / Adriana Díaz Enciso

1. La novela El golem, de Gustav Meyrink, inicia con una imagen que es también ensueño: «La luz de la luna cae al pie de mi cama, y se queda allí como una piedra grande, lisa y brillante». Lo que sigue es una serie de asociaciones entre el recuerdo de todas las piedras que han pasado por la vida del hasta entonces aún incógnito narrador, otra imagen suscitada por la lectura sobre la vida del Buda, en la que una corneja vuela hacia una piedra que parece un trozo de grasa, y la intensa ansiedad que hace presa del personaje.

      ¿Qué es, y en qué espacio se desarrolla esta sucesión de imágenes desencadenada por una sola, misteriosa y contundente? El narrador nos ofrece una clave: «No estoy dormido, ni estoy despierto, y en mi ensueño se mezclan cosas que he visto con cosas que he leído u oído, como ríos de distinto color o claridad que confluyeran».

2. El Nosferatu de Werner Herzog, de 1979, es un continuo manar de imágenes. Otro río. Entre ellas traigo a la memoria dos: el acercamiento en cámara lenta del vuelo de un murciélago, contra un cielo azul índigo de alucinada intensidad, y la cabalgata final de Jonathan Harker: pálido, débil, con la equívoca sonrisa del que, ya contaminado por el vampiro, es sin embargo libre porque es otro, lanzándose al galope a la infinitud del mundo por conquistar, el caballo levantando la arena con sus cascos. Son dos imágenes de una belleza plena, que viven en la memoria con independencia de la trama del filme.

3. Una mañana límpida de enero es manantial de imágenes. El cielo azulísimo es lienzo de verdad —en él se pintan las apariencias todas. Un lienzo hecho de luz, y aire. No sé qué son los pájaros que pasan volando: sólo veo su sombra nítida contra el blanco de las casas encaladas; negro su vuelo como tinta, gloriosa danza que creo poder tocar, aunque va por los aires y es sombra. Despliega el sol su brillo a ras de tierra, luz cegadora que no se puede mirar de frente, que nos deslumbra al dar vuelta a una esquina, al mirar hacia un lado para cruzar la calle, y nos desconcierta, volviendo nuestro caminar un movimiento entre cristales, sin peso, sin sitio en el mundo.
      Del autobús en su carrera por la mañana casi vacía, lo más sólido es la sombra: armazón, ventanas, asientos, cabezas, todo proyectado sobre la acera y las casas y el zacate, como un juego de niños. Ese autobús, el de la sombra, no puede andar sino en la alegría. Lo veo por la ventana, yo que avanzo a su paso. Es más real que nosotros. Se baja en una parada la madre con su hijo, un niño de no más de cinco años, y lo más tangible de ellos es su sombra, quebrándose la línea de sus piernas en el borde de la acera.
      Luego, durante la espera en un andén, las sombras son largas. Crecen los pasajeros sin darse cuenta en esas charcas distorsionadas de concentrada tinta enteramente inmaterial; caen sobre los pedruscos que dan cuerpo a la vía —una piedra rosada que en esta luz parece transparencia—; son descarnadas siluetas de Giacometti.
      El aire es frío, como grabado él mismo con buril. Intenso como la luz, como el sol que ciega, como estas sombras de cortante nitidez, y como el silencio que lo envuelve todo aunque haya ruido y voces, el aletear de las palomas. Silencio como otra cosa; como tiempo y figuras suspendidos, una intensidad de permanencia: imagen.
      Lo que veo esta mañana de invierno está contenido en la misma esfera que la luz de la luna al pie de una cama en El golem, que el vuelo del murciélago y la cabalgata de Harker en Nosferatu.

La mirada es un catalizador de la experiencia. Los ojos no son una máquina. Los ojos no son una pantalla. La pantalla no es mi ojo y la pantalla no es mirada. La imagen, para serlo de verdad, requiere del soplo humano (alma, ánimo, espíritu, intelecto, como se le quiera llamar).
      He mencionado las imágenes de El golem y de Nosferatu porque son las primeras que me vinieron a la mente al iniciar estas reflexiones, y si me han venido a la mente es porque me han acompañado durante un buen trecho de mi vida: decenas de años. Esa primera página de El golem se prendió de mí, se filtró en mi sensibilidad hasta el último intersticio y me condujo por la aventura entera de la novela en una Praga que no conozco sin, por así decirlo, esfuerzo de mi parte. Estaba literalmente encantada, presa de un hechizo. Mi estado de conciencia al leer la novela se transformó en ese estado de ensueño en que Pernath, el protagonista, empieza a hablar y a entreverar las imágenes que atraviesan sus ojos con las interiores: sensaciones, sentimientos, ideas, recuerdos, deseos. Es decir, imaginación. Esa luz de luna que es como una piedra que es como una mancha de grasa me cautivó como belleza, como misterio, como belleza además perturbadora, y en ella está contenida toda la melancolía, la fe, la angustia, el amor, el miedo en el alma de Pernath, y la novela entera.
      No recuerdo cuántas veces he leído El golem. Lo he ofrecido como material de estudio en cursos de literatura. Me viene a la cabeza cada que busco un ejemplo supremo de literatura como un arte trascendente. Cada vez que lo leo, la imagen de la luz lunar-piedra-mancha de grasa me toca con la misma intensidad, despierta el mismo asombro, su hechizo se multiplica.
      El artista austriaco Hugo Steiner-Prag sucumbió también al hechizo, y lo multiplicó en sus litografías que ilustran la novela. La imagen es ya infinita, algo así como una rosa; los laberintos de la vieja Praga son también laberintos en la conciencia y sensibilidad del lector, y en cada imagen creada por Mey-rink con la delicada pericia de un joyero, o aquellas transmutadas luego por la experiencia interior de ellas de Steiner-Prag, está cifrada la trascendencia, el significado visionario que rebasa al mundano y que es el verdadero objetivo del libro.
      En cuanto a Nosferatu, vi el filme por primera vez el día que dejé la casa de mis padres, a los dieciocho años. Había sido un día de violencia. De miedo y de opresión. Las imágenes de Nosferatu borraron todo eso, lo hicieron disolverse en polvo —la arena que levantan los cascos de la montura de Jonathan Harker. La película entera, como ya he apuntado, es una concatenación de imágenes (visuales, sonoras) que contienen el peso de la historia contada. Su exquisita belleza hecha de luz, de fotografía, la paleta de colores suaves, casi pastel (con excepción del cielo índigo en que vuela el murciélago; una sandía y la cresta de un gallo en la mesa del castillo; las mangas de un vestido, los labios rojos del vampiro); hecha de rostros hermosos como el de Isabelle Adjani, enérgicos como el de Bruno Ganz o casi hermosos en su patética monstruosidad, como el de Klaus Kinski; hecha de silencios, lentitud (¡una extática escena hecha de puras nubes!), movimientos lentos como los del sueño, y de la música lenta también, casi como el silencio, de Popol Vuh, hace que la recordemos no nada más como una historia, no nada más como el homenaje al Nosferatu de Murnau y, por lo tanto, el recuento de la historia de Drácula con ciertas variaciones, debido a las querellas de Murnau respecto a los derechos con la viuda de Bram Stoker, sino como imagen. Aquí utilizo el término en el sentido de imagen poética, y de símbolo. Cada uno de esos encuadres de sublime belleza contiene todo el significado, toda la carga emotiva, todo el peso de lo que formalmente la historia nos cuenta.
      Tampoco sé cuántas veces he visto el Nosferatu de Herzog. La primera vez escribí un ensayo sobre el filme para mi clase de cine; no recuerdo con exactitud lo que decía, pero sí que hablaba de su belleza suprema, y de la cabalgata de Harker en su nueva, numinosa libertad rumbo al mundo que se le entregaba en toda su amplitud, y estoy segura de que, palabras más, palabras menos, la esencia de mi descripción de esa escena era la misma que ahora. En cuanto al vuelo del murciélago (que ahí se revela hermoso), la imagen como anhelo me alcanzó hace muchos años, mirando la ventana durante una larga estancia en el hospital, y se transformó en una imagen nueva en uno de los poemas que escribí durante esa obligada suspensión de la vida: «Yo sé que en el azul no encontraré ese vuelo lento de alas de vampiro», dice un verso del poema, titulado «La Noche»; luego, unos años después, Santa Sabina tomó la imagen de Herzog para proyectarla en sus conciertos cuando interpretaban la canción, con letra mía, en que creamos a nuestro propio no-muerto.
      Cuento esto para ejemplificar cómo estas imágenes, de una novela y una película entre millares, encontraron terreno fértil en mi imaginación, en donde siguen vivas. Forman, de hecho, parte de mi vida, y están cargadas de significados que no puedo ni quiero concretar.
      Al escribir estas palabras pienso también en Georg Trakl, un poeta prolífico pese a su breve vida, que creó una obra compuesta enteramente por imágenes: escenas no narrativas que se repiten en infinitas variaciones, vueltas símbolo, que no explican nada y sin embargo penetran la subjetividad del lector de manera indeleble; imágenes a veces terribles, a veces de epifanía, todas de profunda belleza.
      En los ejemplos que he mencionado hasta aquí, un elemento clave es el tiempo. El tiempo de su creación, que está implícito en la imagen; el tiempo que ésta requiere de su medio (tinta sobre papel, objetos y luz captados por la cámara) para desplegarse; el tiempo que necesita del receptor para convertirse en contenido de su conciencia.
      Lo mismo sucede con las imágenes no literarias ni cinematográficas, sino simplemente imágenes aleatorias de la vida, de una mañana de invierno, que describo en el tercer punto al inicio de estas reflexiones. Entre la esencia de dichas imágenes y las de El golem o de Nosferatu, no encuentro diferencia. Y es que esas imágenes son, también, creadas. Son realidad (o lo fueron, en los momentos fugitivos en que vi esa luz y esas sombras), pero mi percepción prendió esa realidad al lienzo de lo imaginario, la unió a emociones, a un sentido de exaltación, de revelación, de asombro, y entonces esa realidad se convirtió en alimento (alimento del alma), igual que las otras. Para que eso suceda, el tiempo es también esencial. No nada más el tiempo objetivo en que el hecho sucede (el vuelo del pájaro, el avance del autobús o del tren, los pasajeros proyectando su sombra sobre las vías), sino también el tiempo de la mirada, y de la voluntad de mirar.
      Ese tiempo no existe, o es otro, para quienes, estando exactamente en el mismo lugar, surfean en sus teléfonos celulares. Sin dejar de ver imágenes que se suceden vertiginosamente, ahí sin embargo no hay imagen. No en el sentido poético. No, ciertamente, en ninguna forma que hubiera podido habitar, por ejemplo, un poema de Trakl. El vertiginoso, ansioso, neurótico, patológico consumo de imágenes en que vivimos buena parte del día los habitantes del siglo xxi no tiene un lugar en el tiempo porque es en esencia tiempo devorado y vomitado y vuelto a devorar y a vomitar, ad infinitum, y ahí nada sucede. Un hoyo negro, una anulación de la mirada. Podemos estar viendo Nosferatu en la pantalla, para distraernos del trayecto en el metro, interrumpiéndonos para revisar emails o textos o mensajes de WhatsApp, y no estamos viendo nada, ni hay imagen ni belleza ni poesía. Tampoco hay imagen en las obras más excelsas del arte cuando en un instante son neutralizadas por el teléfono que las fotografía en un museo o una galería, convirtiéndolas en una barrera impenetrable entre la obra original y el espectador que ya pasó de largo, también sin ver nada, y está ya fotografiando el cuadro siguiente, para verlo quién sabe cuándo, con quién, para qué, junto con las fotos de su desayuno o su café latte.
      La imagen, que es estímulo externo, no existe sin interioridad. Es por eso que, en esta vorágine de realidades inconexas reproducidas en incontables pantallas, hay tan pocas imágenes. Por eso, con los ojos fijos en nuestros rectángulos brillantes, estamos cada vez más ciegos. Pero basta con detenernos a mirar ese haz de luna que cae al pie de la cama como una piedra lisa, ese revolver de arena que dejan los cascos de un caballo a galope hacia el horizonte, la sombra negra como tinta que deja el vuelo de un pájaro contra el muro, para recobrar la imagen. Ahí el prodigio.