Poemas / Alberto Spiller

 

para Mon,
que esa tu mirada nunca deje de verme.

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Cesare Pavese

 

Primero fueron los ojos

Aunque ella dijera que no.
Que nunca hubo esa mirada que, sin embargo,
permanece tan real en mí como si la estuviera viendo ahora.

Al igual que esas cabezas que flotan como boyas en el espejo negro del mar;
y que ella dice que no son cabezas.
Que son cocos, sombras, que cómo van a ser cabezas.

Aunque yo las puedo ver: tan reales y no, como tú.
Pues dices que esa vez no me miraste,
y que pronto te vas a ir.

Anochece.

Y en ese mechón de luz moribunda, colgado entre el mar y el cielo como entre la vida y la muerte, flotan esas cabezas que no son cabezas.
Según ella.

Pero sus ojos están allí.
Los veo.
Sus ojos que agujerean la noche como si también fueran de atardecer, y que, al igual que éste, pronto desaparecerán.

Me voy a ir.

No sé si es ella que está pronunciando esas palabras, o la luz bermeja que, a cada minuto, se va tornando sombra.

¿Desaparecerán también estas cabezas?
¿Y ella?

 

Después fue la boca

Dos líneas encarnadas como lo pueden ser sólo algunos crepúsculos del trópico.
E igual de portadoras de misterios. De palabras dichas y no dichas.
De palabras nonatas.

Porque esa noche está segura que tampoco dijo nada,
pero yo me acuerdo que me estuvo hablando al oído, tan de cerca como le permitía
lo lejos que estaba. Estaba.

Pronto me voy a ir.

Volteo y parece que es una de esas cabezas que me lo está diciendo.
Si no son cabezas.
Que son cocos. Estás loco.

Ahora es ella la que habla.

Si bien la curva de sus labios podría confundirse con la de las olas, húmedas y tercas, ya casi invisibles, si no fuera por esas cabezas que no son cabezas y que, no obstante, se mecen en el horizonte delgado como si estuvieran prendidas de una última y agonizante raya de día.

Porque el mechón de luz se está haciendo más pequeño, morocho, tiñéndose cada vez más de lejanía.

Y allí, puedo oírlas, bocas mudas.
Mudas de promesas y llenas de adioses.
Es que ya me voy a ir.

Si tus ojos lo que dicen es lo contrario...

Bocas que besan y muerden, esconden y hieren,
en el mejor de los casos,
cuentan.

Y aunque tú no lo creas, lo que cuentan aquí es que ciertos días del año, cuando el cielo está nublado y el oleaje tranquilo, aparecen cabezas flotando.

Que es algo normal, lo mismo que en algunas playas al atardecer brotan los jejenes o, en otras, el plancton llena de estrellas las olas y las huellas de los caminantes en la arena.
Estrellas.

Ojos que se asoman a la eternidad.

Oscurece.