Una celebración de la lectura / Alonso Cueto

In memoriam † José Miguel Oviedo

 

José Miguel Oviedo fue un lector, un escritor y un testigo del placer de la lectura. Para él, disfrutar de un libro era inseparable del rigor crítico de la lectura. En muchas entrevistas afirmaba que aun cuando el crítico literario se propusiese ser lo más neutral en sus juicios, siempre partía de una mirada subjetiva sobre el texto. Los libros eran, para él, un compromiso con la vida en todas sus dimensiones.

      Compañero de carpeta de Mario Vargas Llosa en el colegio La Salle de Lima en 1948, la relación entre ambos siempre se mantuvo. Fue el mismo Oviedo quien declaró alguna vez que, cuando Vargas Llosa estaba pensando en un título para su primera novela, le sugirió La ciudad y los perros. Unos años después, en 1970, Oviedo publicó el primer libro importante sobre la obra de Vargas Llosa: Mario Vargas Llosa. La invención de la realidad. Poco antes había publicado otro ensayo fundador, Genio y figura de Ricardo Palma. Luego seguirían algunos textos clásicos, como La niña de Nueva York (sobre la vida amorosa de José Martí, 1990), Breve historia del ensayo hispanoamericano (1991) y la gran Historia de la literatura hispanoamericana, que apareció en cuatro tomos en 2001.
      Oviedo pertenecía a la raza de los ensayistas literarios que, como Emir Rodríguez Monegal, tenían lazos con el periodismo y la academia. Su prosa fluida y de frases cortas le permitía tratar los temas más profundos con claridad. Creo que el placer y el interés con que uno sigue cualquiera de sus textos radica en el hecho de que nunca separó la literatura de las experiencias vitales de las que se alimenta. Nunca olvidó que las obras literarias expresan las culturas, las convicciones, pero también las zonas oscuras del inconsciente, y que es en ese territorio donde existe la comunicación más profunda entre un autor y un lector. Escribir ensayos y estudios académicos era para él un ejercicio de la imaginación, un bien común. Pertenecía a la raza de los que aman la literatura por su lenguaje y su capacidad de representación, sin ideologías o moralejas. Era un escritor y un lector apegado a la diversidad y a los contrastes de la vida.
      Su trabajo en el periodismo literario (se inició como crítico del semanario El Dominical, del diario El Comercio, de Lima) lo educó en el arte de los buenos títulos. Algunos ejemplos aparecen en los capítulos de su Historia de la literatura latinoamericana: «El mundo penitencial de Juan Rulfo», «La aventura triangular de Cortázar», «Octavio Paz o la lucidez ardiente», y en el título de su libro de memorias Una locura razonable. En este volumen de quinientas páginas desfilan personajes memorables como Ungaretti y Allen Ginsberg (quien en una ocasión lo llamó «Ovieda, Ovieda»). Recuerdo especialmente uno de los primeros episodios, que cuenta cómo se selló su amistad con Mario Vargas Llosa en el colegio. Oviedo le regaló la foto de una reina de belleza, orlada de un arcoíris, con una dedicatoria: «A mi amiguito Mario Vargas Llosa». Luego ambos colaborarían en una revista escolar llamada Inca.
      Alumno y amigo suyo de cincuenta años, siempre me pareció que estaba celebrando algo. Allí seguían estando Beckett, Vallejo, Vargas Llosa, Orhan Pamuk (autor que adoraba) y tantos otros. Todos esos son motivos para seguir viviendo, parecía sugerir siempre en sus clases, libros y conferencias. Éstas son las razones para seguir charlando, para seguir leyendo, para seguir escribiendo. Es difícil aceptar que ya no estará. Pero sus palabras seguirán celebrando la lectura.