Tres primeras veces / José María Merino

1. Las friegas

Cuando yo era niño, en Villamañán, un pueblo cercano a León del que era oriundo mi padre, situado en una zona vinícola donde se preparaba un excelente vino llamado «clarete» —un nombre muy bonito que ha sido eliminado en la industria vinatera por no sé qué razones técnicas, aunque la palabra, a mi juicio, es mucho más sugestiva y eufónica que «rosado»— se celebraba el inicio de la vendimia con una fiesta llamada las friegas, que también ha desaparecido, aunque seguramente provenía de los romanos, que fueron los responsables de que llegase el vino a la Península Ibérica más de doscientos años antes de Cristo...
     La fiesta, rematada por una merienda colectiva, consistía sobre todo en que los recolectores, hombres y mujeres, utilizaban los primeros racimos para restregárselos los unos a los otros, en un frenesí jubiloso que los dejaba a todos manchados de mosto de los pies a la cabeza.
     A mi madre no le hacía gracia aquella fiesta, de la que mi padre hablaba con entusiasmo, y él iba a ella solo, para celebrarla con los amigos de la infancia.      Por cierto, mi padre pudo estudiar una carrera universitaria y hacerse abogado, pero los amigos del pueblo continuaron viviendo de sus labores campesinas. Uno de ellos, con el tiempo, emigró a Suiza y, pasados los años, cuando ya mi padre había fallecido, me llegó tras muchas vueltas la majestuosa invitación que le había enviado el antiguo amigo campesino emigrado para que asistiese a la boda de su hijo mayor, que al parecer tenía un buen cargo en la sede de la Unión Europea, en Bruselas, y se iba a casar con una hija de Lord Walpole, nada menos, «en la capilla del palacio». Esa noticia sí que fue otra «primera vez» en mi vida, pero volvamos a las friegas...
     Yo debía de tener ya siete años, y el día en que mi padre se disponía a ir al pueblo de su infancia a conmemorar la vendimia con las famosas friegas manifesté mi firme deseo de acompañarlo, lo que le pareció muy bien, aunque mi madre se mostrara bastante reticente. Como estaba segura de que me iba a poner perdido de zumo de uva, me hizo llevar un mandilón encima de la ropa más usada y vieja que pudo encontrarme.
     En mi memoria permanece la luz de aquella tarde, los saludos cordiales que iniciaron la fiesta, la recolección en el viñedo, por parte de todos, de uvas rojas que se transportaban en grandes cestos, hasta un espacio con arbolado, en el que estaba previsto merendar. Y cuando los cestos estuvieron depositados en el suelo, comenzaron las friegas, un encarnizado acometerse los unos a los otros para restregarse racimos por el cuerpo, la cara, los brazos, las piernas, entre risas y exclamaciones.
     Era la primera vez que yo participaba en aquello, y a pesar de mi edad infantil llamó mi atención la especial entrega que mostraban en su enfrentamiento los chicos y las chicas jóvenes, los mozos y las mozas, como se los llamaba, un enardecimiento sorprendente. Con el tiempo comprendí que, en aquellos años del nacionalcatolicismo, cuando los pecados más graves eran los relacionados con la carne —el sexo, la lujuria...—, en aquella fiesta mozos y mozas tenían un perfecto pretexto para tocarse los cuerpos, para acariciarse, aunque fuese en toques breves, con toda fogosidad.
     Aunque yo carecía aún de concupiscencia, aquellas friegas fueron para mí tan inolvidables que, con los años, escribí un poema sobre ellas, que no me resisto a transcribir:

Os hablaré de una batalla.
Unos contra otros en ardoroso ataque de racimos,
se escurre de las manos
aquella sangre gorda, salpicando
tibios borrones en las ropas
sacramentales, remendadas.
Nadie fue derrotado ni hubo heridos. Era
el día primero de vendimia.
Subía el olor del mosto
sobre los tiernos senos de las mozas hasta el trono
de Dioniso reidor.
Y entre el dorado atardecer volvíamos,
rebosantes los cuévanos, teñidos
de roja gloria,
cicatrizados y cantando como héroes.

 

2. La siembra

Mi padre era republicano y socialista. Sobrevivió a la Guerra Civil —su juventud facilitó las circunstancias para ello— y me transmitió sus ideas, sin dogmatismo y con el cuidado y el sigilo de la época, de modo que sigo siendo socialdemócrata... En mis años de estudiante milité en la llamada fude —Federación Universitaria Democrática Española—, pero, por influencia de un amigo, que ha llegado a ser un director de cine muy reconocido en España, me afilié al Partido Comunista, aunque mi militancia efectiva duró poco, por lo que voy a contar.
     En 1965 se me adscribió a una célula en la que adopté el nombre de Gerónimo, con ge, como solidaridad y simpatía por el indio apache y pese a mi admiración hacia John Ford. En la célula, los cinco que la formábamos —una hembra y cuatro varones— usábamos pseudónimos, aunque yo creo que todos sabíamos el verdadero nombre del responsable, que luego vino a ser un estupendo actor secundario del cine español.
     El funcionamiento de la célula era complejo. Nuestras reuniones tenían lugar, cada quince días, en la casa del responsable que he señalado. Para comunicarnos con él había que usar sólo el teléfono público. Nuestras citas, rigurosamente planificadas, tenían que llevarse a cabo en sitios poco significativos —un bar modesto, un rincón apartado de una plaza o de un parque— y debíamos irnos si nuestro interlocutor se retrasaba un solo minuto...
     Nuestra arma era una multicopista, que nunca supimos dónde se encontraba, en la que se imprimían hojas con formato de medio folio y textos muy sintéticos que criticaban con ferocidad el régimen de Franco por su condición de dictadura militar y opresora.
      
Fue emocionante la primera vez que, en su casa, Osmo, que tal nombre se había puesto el camarada responsable de la célula, nos repartió los panfletos para su «siembra», pues así se denominaba la distribución que debíamos hacer, esparciéndolos en pequeñas dosis por sitios significativos —puertas de colegios, iglesias, hospitales, mercados...—, en horas en que nadie pudiese vernos —es decir, durante la madrugada. La asignación de los espacios de siembra, lo que Osmo llamaba «los dominios», ocupaba casi todo el tiempo de nuestras reuniones.
     Y fue aún más emocionante la primera vez que, una noche invernal, con el paquete de panfletos en una bolsa que llevaba bajo el abrigo, recorrí mi «dominio» —al que había llegado con tiempo suficiente para regresar a mi vivienda en el último metro— lanzando los sucesivos fajos de panfletos, tras percatarme de que nadie me observaba, en los lugares estratégicos que la célula había señalado en el mapa del correspondiente barrio de Madrid.
Sin embargo, no es esa «primera vez» la que quiero recordar ahora. Nuestra célula conformaba una unidad de «operarios», pero había un nivel superior que determinaba cuáles debían ser nuestras misiones. En ese nivel superior estaban los «intelectuales», cuyo trabajo no era el de sembrar, sino el de programar las actividades de los sembradores. Mi amigo, el que llegaría a ser tan famoso como director de cine, estaba precisamente en ese nivel. Y un día, en una de las reuniones en casa de Osmo, supimos que existía al parecer mucho descontento entre la gente que trabajaba en los servicios públicos de transporte, y que había que incitarla a una huelga: los intelectuales habían determinado que nuestra célula distribuyese unos encendidos panfletos estimulantes de la huelga en las cocheras del metro cercanas a Cuatro Caminos, y en cuantas estaciones de metro y paradas de autobús fuese posible alcanzar.
     Después de reflexionar sobre el asunto, nos pareció que había que distinguir entre la siembra de los panfletos en las entradas de las estaciones de metro y las paradas de autobús, y la siembra en las cocheras, un espacio muy amplio, desprotegido de la inmediata cercanía de edificios de viviendas, y por lo tanto demasiado arriesgado para sembrar a pie. Osmo tuvo entonces la idea de que, así como la siembra en estaciones y paradas la harían paseando, como era costumbre, tres de los miembros de la célula, los otros dos sembrarían en las cocheras desde un automóvil, que sería precisamente el suyo, un Seat 600 que él utilizaba en su profesión de viajante de comercio.
     Fui yo el designado para acompañar a Osmo, y aquella aventura ha quedado también indeleble en mi memoria. A eso de las dos de la mañana, Osmo, que había maquillado con esparadrapo los números de las matrículas del coche para falsificar su identidad, me recogió en una placita cercana a la pensión en la que yo vivía y nos dirigimos a las famosas cocheras, a mis pies un gran fajo de panfletos y la ventanilla abierta, para irlos sembrando en los lugares adecuados.
     Para empezar, Osmo debía de estar tan nervioso como yo, porque, tras rodear el gran espacio en el que estaban aparcados los vagones e ir sembrando yo a puñados los primeros panfletos, no advirtió que entraba en la cochera, ya que el acceso era muy amplio y no había nada que lo impidiera, hasta que por el retrovisor descubrió que habíamos dejado atrás la caseta del guarda, que encendió una potente luz y salió agitando los brazos. Yo había seguido sembrando, y Osmo paró el coche para dar marcha atrás y girar, con objeto de salir de la involuntaria encerrona. «No dejes de sembrar», me dijo con resolución, mientras orientaba el coche hacia la salida por la que habíamos entrado inadvertidamente. El guarda, que había recogido uno de los panfletos, nos miraba inmóvil y estupefacto mientras volvíamos a salir.
     «Hay que largarse», dijo Osmo mientras yo arrojaba junto a la entrada los últimos panfletos. Sin embargo, algo llamó enseguida nuestra atención: junto a las cocheras había otro coche aparcado, que antes no habíamos visto. El coche encendió sus luces y se puso en marcha, con todo el aspecto de seguirnos. Osmo pisó el acelerador y fue buscando las calles marginales para intentar dejarlo atrás. Nunca he podido saber si aquel coche nos seguía, pero lo cierto es que, en determinado momento, Osmo torció a la derecha y se metió en una calle angosta, y muy poco después tuvo que detener el coche con un gran frenazo: sin advertirlo tampoco, había entrado en la calle de Cicerón, que no tiene otra salida que una escalinata que baja abruptamente hasta la calle de Raimundo Fernández Villaverde...

Salimos indemnes de accidentes y de capturas —creo que aquel coche que nos asustó no tenía nada que ver con la policía—, pero unos días después mi amigo, el luego famoso director de cine, me llamó a la pensión para vernos. Al parecer, habían detenido a Osmo. Había que congelar la célula. Y eso hicimos.

 

3. Las galeradas

En 1972 publiqué mi primer libro, uno de poemas titulado Sitio de Tarifa. Tampoco estaría mal como «primera vez» recordar mis andanzas en busca de editorial, pero lo que quiero contar ahora es lo que sucedió cuando por fin la encontré. Pertenecía a un modesto pero animoso editor, y una de las emociones seguras de mi vida fue encontrarme por fin con las galeradas del libro, para su corrección. Sin embargo, yo no sabía nada de corrección de pruebas, y tampoco conocía a nadie que lo supiese. Acudí a la enciclopedia Espasa, y aunque el vocablo prueba tiene interminables acepciones dedicadas a las artes gráficas y a lo jurídico, lo que a mí me interesaba apenas merecía diez líneas en las que no se explicaba nada concreto sobre cómo se afrontaban las pruebas de imprenta de un texto con propósito de enmendar los posibles errores.
     Por fin tuve la idea de planteárselo al propio editor, que me facilitó algunos ejemplos materiales provenientes de otros libros, y me puse a la tarea, descubriendo que no había normas exactas y fijas sobre el asunto. Lo cierto era que el impresor había cometido bastante erratas, y yo las señalé con todo cuidado en las galeradas, descubriendo por primera vez esa aventura de atravesar un texto impreso que me pertenecía...
     La aventura, como acabo de decir, fue para mí memorable... Sin embargo, el colofón no puede ser más triste: resulta que el editor debía dinero a aquel impresor, y como no se lo pagaba tuvo que cambiar de imprenta, y con las prisas no me dio las nuevas pruebas para que las corrigiese. El caso es que el libro salió con bastantes erratas... Además, como las páginas no iban cosidas al hilo sino pegadas al interior del lomo con alguna sustancia de muy poca calidad, al abrir cada ejemplar saltaban las hojas al aire...
     En fin, que la primera vez que abrí un libro de mi autoría, tuve una penosa impresión. Así es la vida.