Teorí­a sobre la falsedad de los números y el engaño de su secuencia / Rosario Loperena

I.
Lo primero es un finísimo pelo de gato. Un pelo de gato volando a contraluz por encima de la mesa. Casi invisible. Sin necesidad. Lo primero es la necesidad. Flotando. Casi invisible. Como el pelo del gato sobre una rebanada blanca de pastel. Sobre la crema. Se hunde y desaparece. Lo primero es la necesidad de caer. De vaciar los pulmones de sonido. Pelo de gato incrustado en el gusto del azúcar. La lengua ahora está preparada para otra primera vez. Para la falla.
Con las propiedades misteriosas del pelo.

I.
La lengua repetirá como si fuera. Porque la lengua no sabe mirar. De hacerlo. Sorpresa. Mira. La lengua sólo sabe disolver miel. El pelo de gato no se diluye. Lo minúsculo del gato será tragado. Un destello de mirada será asimilado. Lo primero es una mirada. Una mirada asimilada antes de sí misma. Miro cómo me miras porque te amo. La primera luz es una cortina japonesa. La cortina japonesa es casi una máscara. Una máscara para mirar sin ojos. Miras cómo te miro. Miras como lo haces porque el gato te dejó la mirada de gato en el ojo. Como la primera vez que será idéntica a la última. Para que descubras la dulzura detrás. La dulzura de la falla. Repetir. Como dar de comer. Como la virgen. Que la primera vez estaba menos limpia.

I. 
Lo primero es primero cada vez que se repite. Como la virgen que me invitó a cenar. A su casa de árbol blanco. Vacía. Como la crema del pastel sobre la que cae el pelo del gato. Con el instinto por debajo. Como el pelo. Como ella. Que mientras más se repite más se purifica. Hasta la luz de la repetición viva. Detrás del celo. Con el destello en el ojo detrás de una cortina. Como la primera vez. Que cada que volteo a mirarla es otra.

I. 
La virgen es una máscara. Para envolver el tacto y recibir. Como la primera vez cada vez hasta la náusea. Hasta el espanto vivo de lo rosa. Hasta que su velo se llena de astros. Como en lo primero. Cuando ella no era ella. Y se fue haciendo ella con cada primera vez que repetía. Hasta lo blanco. Y los astros del velo le estallaron. Me lo contó en la mesa. Ella horneó pastel. Para enseñarme. A mirar con mi máscara de ojos tus lunares. Al otro lado. De la cortina japonesa. Tus ojos son de lince recién parido. Destello. Dijo. Los hechos son piedras calizas. Me miraste como me miras. Con azúcar en la punta de los dedos. Como la primera vez. Que te amo. Que no tiene conjugación. Como la virgen. Que come piedras después del sexo. Para escucharse. Y me enseñó. Como la caída. Casi invisible. Con la liviandad del pelo. Su vuelo. De brazo que no es ala. Mi vuelo de felino. Disolviendo. El vuelo primero que es vuelo antepenúltimo. Su peso. La caída. Repita la caída. Repita. Repita. La caída. Sobre el blanco.

I.
La virgen me miró con pena. Por no entender. Por no entender lo que es pureza. Por conjugar. Que sí. Que si es. Que si la vida. Punzón que se repite. Como la lengua. Punzón caliente la embestida. Que enrojece. Como la mirada con la que me miras. Ella acuclillada. Destello. Lo inmaculado. Que permanece sólo por lo abierto. Como la crema blanquísima manchada en sus entrañas. Como ella. Que hinchó la mancha hasta la luz de hueso. Que por más revolcarse se blanqueaba. Que entre más polvo la repetición pulía. Como yo. Que soy trozo de impureza mirando por mi máscara. Impureza en bruto. Escuchando el consejo de mis piedras. La impureza se pule cuando canta. Que de canto fue gemido. Como la virgen. Como tú que me miras como me miras. Con destello. Como yo que te miro que te amo. En vuelo. Como el pelo que el gato dejó en el ojo. Como la primera vez. Que no soy bastante impura. Aún. Repitiendo. Como el árbol blanquísimo de fondo. Con la liviandad de no saber. Que te amo. Que se tiene necesidad. De disolver la necesidad. De disolver. Entre la lengua. Como la virgen. Hasta desaparecer. Entre el polvo. Caer. Hundirse. Hasta desaparecer. Como el pelo del gato. Flotando. Entre lo blanco. Como la primera vez. Hasta desaparecer. En la caída.

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