Materia prima. Poesía en el 2010 / Jorge Esquinca

Se trata de siete libros escritos por poetas mexicanos y publicados a lo largo del año pasado. No son, por supuesto, los únicos. «La poesía quiere palabras que uno pueda asumir en su destino», afirma Yves Bonnefoy. Más misteriosos son la travesía y el siempre incierto destino de los libros de poesía. Comparto aquí mis anotaciones de lectura.

Cuando imagino la sostenida aventura poética de Coral Bracho como un prisma, Si ríe el emperador (Era) viene a ocupar el sitio de un nuevo matiz en el espectro luminoso. Encuentro en este libro el fraseo característico —la trabajada maestría de una voz inconfundible— y la elegida contención a la que nos tienen acostumbrados sus libros más recientes. La adjetivación a la vez precisa y sorprendente, las imágenes de una sutil orfebrería. (Esa oscura transparencia fluctuante, esa marea visible que crecía / desde el fondo, ese vacío arremolinado, ese pulso…). Los tópicos se diversifican: una noticia leída en el periódico, la visión de unas palomas, el paisaje de la selva con sus habitantes o las azoteas urbanas le ofrecen la posibilidad de una lectura personalísima y se nos revelan en profundidad. Con audacia, Bracho explora las aristas más agudas de nuestra «realidad nacional», y expone —liberándolas de la retórica política— las malversaciones de un zafio proceder. Si tuviera que escoger un solo poema —¿pero por qué sólo uno?—, me quedaría con «Dame, tierra, tu noche», una hermosa plegaria hecha de sensibles materias que desembocan en luz.

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Sobrenaturaleza (Pre-Textos), así titula Hernán Bravo Varela a su tercer libro de poemas. No se precipitó para publicarlo, e hizo bien. La edición es sobria, casi aérea, como el tono y los ritmos de estos poemas hechos de versos que cantan con noble arte menor en la primera parte y se convierten en lúdica proeza en la segunda. ¿Alegría? Sí. ¿Regocijo y fiesta de las palabras? También. Lejos de toda ingenuidad, hay una calculada malicia en el andamiaje de cada poema, una temprana sapiencia que nunca demerita la espontaneidad de su dicción. Aunque parezca un contrasentido, no lo es. Y la intertextualidad y los homenajes se incorporan como por afinidad electiva: el primero, Lezama; Marosa di Giorgio, Paul Celan, Eros Alesi, San Juan de la Cruz… No hay un desplazamiento hacia el silencio porque sí, ni siquiera «a la manera de». Sino un volverse a lo que, de tan callado, permite hablar. Véanse, si no, estos versos de su «Poética»: Pero si dirigiera / mis pasos a tu inicio / dejándote de hablar / me mentiría. / Quiero decir ahora / destemplado, / el bosque al que me invierno. ¿La elocuencia de lo innombrable? Quizás.

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Nuevos desdoblamientos en esta Población de la máscara (Almadía) los que ofrece Francisco Hernández, esta vez ante la materia mutable de las artes visuales y sus temerarios oficiantes. Monólogos ante el espejo de la hoja en blanco, unas veces delirantes, vertiginosos; otras, calculados con frialdad de cirujano. No deja de ser asombrosa la capacidad de Hernández para, literalmente, saltar de sí y sumergirse con un mismo movimiento en las aguas de lo otro. Oigámoslo hablar en máscara de René Magritte: Yo soy la voz de los vientos / el secreto de estado y aquel / que en el mes de la vendimia / enciende su facultad imaginativa. De manera semejante la plasticidad de sus poemas corre pareja con la sustancia que nombra: desde la copla mardoniana hasta el verso conquistado a una siempre escurridiza libertad. El innegable poderío de una imaginación coherente consigo misma invita a pensar en Hernández como en uno de los más auténticos colonizadores del alma humana. Un catálogo admirable que recorre con los abismos y las grutas de una geografía reservada sólo a los más extremos espeleólogos.

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Con Degenerativa (Bonobos), Alejandro Tarrab carga de tensión las vetas y los hallazgos ya de por sí propicios en su anterior Litane. Citas, glosas, intervenciones, variaciones; des-construcciones y re-construcciones que ha ido detectando en la corriente alterna de lo visto y leído. Todo parece apuntar hacia la edificación de una ciudad sólo posible cuando es descrita. Pero los pasajes —bajo el augurio de Benjamin— se bifurcan o se desvanecen. Un incesante anhelo del origen sólo recuperable a través del fragmento, o de la plegaria, esa fracción de cielo. Como si una fuerza externa, extraña, que en realidad eres tú mismo, te orillara levemente hacia el derrumbe. Mutaciones de la voz que conducen a mutaciones de la grafía. El blanco, tal pareciera, es el plano (¿un plano ilusorio?). Hay en Tarrab un arquitecto que se desplaza a través de ciudades cableadas y reconoce, en la porción más nimia del espacio, un comienzo bizarro, una arqueología de lo imprevisto. ¿Hacia dónde se dirige? Quizá aquí lo que en realidad importe no sea el dónde sino el cómo. Observémoslo: Puedo decir, sí, que estoy lejos de lo conocido, que no tengo una actividad particular o que mi actividad son estos fragmentos, / estas caminatas cristalizadas.

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La lectura de Ernesto Lumbreras nos asalta con la constancia de un asombro que pareciera no tener reposo ni mengua. Así, esta edición bilingüe —la traducción al francés es de Françoise Roy— de Numerosas bandas (Écrits des Forges / Mantis Editores) conmueve por la familiaridad de las secuencias que rescata de libros anteriores y por la frescura de los derroteros emergentes. La bitácora del encaminador de almas se conjuga en tiempo presente con las manifestaciones más audaces de una incesante primavera. Lumbreras habita con pleno derecho ese rincón de tierra natal vuelto a conquistar mediante el humor y el juego de imágenes que se suceden, en torrente, a lo largo de su poesía; como un mago socarrón a quien diera lo mismo aparecer un pavorreal o un conejo: Tengo en mi azotea un macetón de margaritas. Diríase el esbozo de un templo bajo la lluvia, la fosforescencia de un niño enterrado. Triunfo de la analogía que se despliega sin reticencias y encuentra las relaciones subterráneas, los imprescindibles puentes.

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«Más que el tema, la encarnizada persecución de homosexuales registrada en la Nueva España durante 1657 y 1658, es, en realidad, la materia de este libro. En realidad, materia verbal: confesiones, cartas, edictos, testimonios», explica Luis Felipe Fabre en la nota que acompaña a La sodomía en la Nueva España (Pre-Textos). Y de esa materia verbal hábilmente modelada se componen los poemas de este libro en el que entran a escena personajes de varia ralea como la Santa Doctrina, la Carne y la Justicia, entreverados con «brujas de humo y leves mantos». Asistimos entonces a una representación para la que Fabre se vale, con astucia, con malicia, de las formas y los modos de la lírica doctrinal (el auto sacramental, el villancico) para dar cuenta de una historia escasamente difundida. Travestidos, subvertidos con implacable sarcasmo, los vehículos de la retórica eclesiástica revelan un trasfondo atroz. ¡Llueven fuegos sobre el Vicio! / ¿Es la Furia Celestial? / ¿Es la fiesta patronal? / ¡Llueven fuegos de artificio! Hogueras de la intolerancia. Hierros al rojo y potros de la ortodoxia expuestos en este libro con la rigurosa irreverencia de un poeta admirable.

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Entre las cosas más disfrutables de Datsun (unam), es que no se preocupa por ocultar su trama, el gozoso acto de su escritura. Valiéndose de una imaginería a la que le son propicios los modos del cómic y la caricatura, Xitlálitl Rodríguez le da cuerpo y alma a un personaje, un niño con nombre de automóvil (Datsun, pero también that sun) y sueños de herborista. En el fondo, es el clásico cuento del niño que se va de casa y se topa con una realidad inhóspita a la que necesita colorear, literalmente, con sus propias crayolas. Es el descubrimiento de lo diverso, su constatación: Las ciudades lejanas (si se toma en cuenta que el trayecto al corazón del extranjero es también una distancia) suelen tener un viento áspero y maltratado que sólo se amansa con la lengua local. Una lengua cifrada en la entonación del hablante. Rodríguez incorpora con naturalidad los códigos de las redes sociales, el uso del inglés (I am vertical but I would rather be a vertical garden), los juegos y las listas de palabras y se aventura, al final del libro, con la estructura del guión cinematográfico. Su propia fuga es inminente. Hay que seguirla de cerca.

 

 

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