La noche, a orillas de la Alameda / Juan Carlos Bautista

Una noche, luego de una tarde lluviosa, un viejo fue a sentarse en una de las bancas de la Alameda. La banca estaba mojada y tenía los travesaños fríos, pero el hombre la secó con un pañuelo y puso luego un periódico antes de ocuparla. Fingió —fingió para sí mismo— que miraba distraídamente el chorro de las fuentes. Pero la verdad es que miraba intensamente y con temor. Miraba a los maleantes que se adentraban al interior del parque, a los chichifitos que se guarecían debajo de los árboles, a las prostitutas silenciosas, a las locas que iban y venían. Unas que pasaron cerca de él, dijeron: «Mírala, carne de panteón en día de fiesta». Sin bajar la voz, sin compasión: «Qué bárbara la abuelita: viene por la nata de su bolillo».

El viejo observó con horror fascinado el descaro y el violento trajín de las locas. Crispadas, en manadas rabiosas, recorrían el parque ante el estupor de los transeúntes, riéndose sin cesar, jugando cosas frenéticas y yéndose sobre los hombres que pasaban, como una manada que cerca a su víctima con palabras gruesas. Qué talento para la obscenidad. A veces uno de esos hombres se detenía y las amenazaba, pero ellas soltaban la carcajada y arreciaban el ataque.

Pero no era a ellas a quienes buscaba Jerónimo. Esperó a que oscureciera aún más y entonces se levantó de su asiento y se internó en el parque. De la tierra emanaba un olor delicioso pero turbio, y el aire de la noche era un pensamiento siniestro de los árboles. En una de las bancas alrededor de la fuente de las danaides, vio a un jovencito muy serio. Un animal
en la sombra. Con resolución, Jerónimo caminó hacia él y se sentó a su lado.
La Alameda espejeaba con los charcos que había dejado la lluvia.

Miró de reojo al muchacho. Lo miraba, encogido como un sapo a la orilla del camino, el corazón rompiéndole el pecho. Al muchacho, que de
hecho era como un pájaro. De hecho, su cabeza tenía esa sintonía
de los pájaros, de quietud e inquietud, de curiosidad solemne. Inmóvil de pronto bajo la mirada disimulada del viejo. Y carraspeó. Lo cual bastó para que el cuerpo todo de Jerónimo se estremeciera atolondradamente. Los dos estaban incómodos. El muchacho movió el cuello vigorosamente para librarse de esa sensación.

—Qué me ves, abuelo —dijo de pronto.

—No, no… nada… —respondió Jerónimo, atemorizado.

—Bien que mestabas viendo, ¿qué no?

—No, de veras.

—Bueno.

El muchacho arrojó un escupitajo, un gesto que quería alejarlo de su infancia, y encendió un cigarro. Encender un cigarro es siempre un pretexto decisivo.

—No hay pedo —dijo.

—¿Cómo? —preguntó Jerónimo.

Pero «cómo» no era la pregunta sino «cuánto». El adolescente sonrió con desprecio.

Entonces se recorrió hacia el viejo, y éste, asustado, se replegó hasta el extremo de la banca.

—¿Quieres, abuelo? —le preguntó el chichifito, soplándole el aliento muy cerca de la cara, sonriéndose con labios oscuros y con el bozo encima de su belfo como un polvo.

Jerónimo abrió los ojos.

—¿Cómo…?

—¿A poco no sabes cómo?

—Cómo… —repitió Jerónimo como un hechizado.

Guardaron silencio un par de minutos.

—¿Cómo la ves? —le dijo entonces el muchacho, ajustando con la mano el contorno de su miembro—. Toca si quieres, abuelo. Toca.

Jerónimo titubeó.

—Dame tu mano, abuelo.

Las locas, que no perdían detalle de la acción, arracimadas alrededor de la fuente vecina, vieron cuando el viejo le dio la mano al chichifo, y soltaron la carcajada. Una pasó cerca de ellos canturreando.

—«Toma el llavero, abuelita…».

—Lárgate de aquí, puto —le dijo el chamaco mirándolo con odio—. No te vaya yo a partir la madre.

—Me la partías y no —le contestó la loca—, que nostoy manca.

—Lárgate —volvió a decir el muchacho.

—No te ofusques, miamor —le dijo ella—, pero acuérdate: es malo para la salud andar cuchariando caca rancia.

—Ya me las vas a pagar, puto —le dijo el chichifo.

Entonces el chamaco se volvió hacia Jerónimo y le ordenó:

—Vámonos.

Caminaron sin decirse nada; sólo de pronto se oía la respiración confusa del viejo. A la luz de la luna, el Palacio de Bellas Artes, todo de mármol blanco, con manchas de herrumbre en las orillas, brillaba como un huevo. Pero ni el viejo ni el muchacho voltearon a verlo. Las locas iban detrás de ellos, arrojándoles piedritas y retrocediendo cuando veían al muchacho voltear amenazante. Y gritaban:

—¡Mayate! ¡Pinche mayate!

 

*

 

Digamos que sintió miedo cuando aún no se atrevía siquiera a pensarlo, sintió miedo cuando al fin lo pensó, y más miedo aún, un miedo de muerte, cuando se decidió a cumplirlo. Entonces se encaminó, entumecido, arrastrado por un viento frío, al centro de la ciudad. Digamos también que era un viejo, es decir, un cuerpo viejo. Todo había comenzado desde unos meses antes, cuando, a la salida del metro Hidalgo, había visto un grupo ruidoso de muchachos. Muchachos delgados, rabiosos, de entre quince y veinte años, muy afeminados. Varias tardes fue sólo a eso, a verlos, y a sentir miedo. Noches como quien es llevado a contemplar un crimen. Miraba de reojo, se sentaba en una de las bancas a la orilla de la Alameda, y sentía toda su carne latir como un corazón desnudo.

La noche que llegó por primera vez, Jerónimo se sentó con delicadeza, con temor, y volvió el cuello lentamente, como entrando a un sueño de enfermo. Y de nueva cuenta los vio: muchachos pobres, de ropas opacas y pantalones ajustados y raídos. Parpadeó. Su cuerpo vibraba como a punto de ser poseído por el encanto, por la maldición de la esperanza. Los muchachos no lo veían, pero él podía observarlos como un cazador desde la maleza, y era como ver el apareamiento de los animales raros. Sus bocas se abrían enormes y afloraba de ellas una gran risa como gritos de aves. Salían palabras gruesas y amenazas. Qué sucios, pensó. Bajó los párpados: quiso esconderse en esa penumbra interior. Vio la oscuridad debajo de sus párpados. Una oscuridad poco sedosa, pero oscuridad al fin, y en ella se dejó arropar. Ahí podía sumergirse de nuevo y sentir ahora de manera más tibia y más segura. Débiles círculos, venas de luz fosforescente atravesaban esa noche de su carne. Ahora, clausurado todo lo demás, las voces eran el mundo; las risas penetraban su cuerpo. Los cláxones, los gritos repentinos, lo devolvían a la realidad. Fluían los sonidos, se desbocaban, se anegaban revueltos, hasta lo más hondo de su vientre. Entonces, buceando en medio de esos ruidos, y del frío que tensaba su piel, Jerónimo podía escuchar aquellas voces acercarse hasta su cabeza como un erizamiento de peces. La amenaza, ahora lo sabía, venía desde la profundidad de su propio cuerpo. Podía «verla» deslizándose en medio de la oscuridad como el lomo electrizado de un pez. Emergía, emergía, hasta romper con su hocico la superficie del agua. La piel. Las pupilas. Jerónimo abrió otra vez los ojos, espantado.

 

*

 

—¿Ya merendaste? —le preguntó.

El muchacho volteó con dignidad hacia otro lado.

—No.

—¿Quieres? Aquí adelante venden unos tacos muy buenos.

Miró con ternura la manera en que el muchacho comía: esa manera vigorosa, poco ritual. Su cuerpo, su energía, estaba concentrada en su modo de masticar, y se destilaba en las líneas del rostro, en las comisuras de la boca. El viejo parpadeó. Sonrió (de una manera imprudente, habría pensado si se hubiera visto), sonrió dichoso. El muchacho se estaba limpiando la boca con un pedazo de papel de estraza y volteó a verlo. Seguía siendo el amo, pero ahora era un amo bueno.

—Vámonos —dijo.

 

*

 

Cuando llegaron a su casa, en cuanto cruzaron el umbral, Jerónimo más que el muchacho pareció decepcionarse. A éste la visión que el lugar presentaba no le afectó en lo más mínimo. Pero Jerónimo, en cambio, se sintió apenado, como si toda su persona quedara expuesta ahí: toda su vaciedad, toda su inutilidad, la fealdad indecente, el olor mustio. Observó cosas que incluso nunca antes había advertido. La casa le pareció demasiado oscura; la ausencia de detalles personales lo apabulló.

—Siéntate —le pidió con timidez.

Jonathan dio una vuelta por la estancia. Volteó a ver las ventanas, se fijó en los cuadros sin gracia y luego volteó a ver a Jerónimo como si le preguntara de un modo suave: ¿Y bien? «No hay nada. Perdón, no hay nada», habría respondido él si no hubiera sido rebasado por esa mirada. Se sentó para estar un poco seguro. El muchacho también se sentó, pero su manera de hacerlo era natural, como si el mundo le perteneciera. Estar viejo es estar fuera del mundo. Y Jerónimo —siempre lo había sabido, pero ahora la certeza le dolía como una herida reciente— siempre había sido un viejo.

—¿Y qué? ¿No tienes una chela por ahí?

—No, pero ¿se te antoja un refresquito?

—Pues ya qué.

Fue hacia la cocina y abrió el refrigerador. Al ver la luz fría, los trastecitos de plástico, las sobras recogidas en papel de estaño, sintió mucha pena de sí mismo. Ese hombre pequeño que siempre había sido estaba ahí, guardado en el refrigerador entre restos de comida, ese hombre de suéter perfectamente planchado colgando de sus hombros, que llegaba en punto a la oficina, con su cara delgada y afilada y sus ojos tibios, ese hombre que sabía decir buenos días y buenas tardes, que soportaba las suspicacias de sus compañeros de trabajo, el solterón, el afeminado, suave, herido mortalmente al nacer, que creció débilmente como una planta cuidada con arrebato por una madre también muerta. Ese hombre estaba ahí: refrigerado, con un olor ni muerto ni vivo, un olor de encierro. «Caca rancia», pensó Jerónimo sin dolor, con una mueca que podía tomarse por sonrisa. Hizo a un lado varios contenedores y cogió dos refrescos.

Cuando regresó, Jonathan ya no estaba en la sala. Desde la recámara alzó un brazo; estaba tirado en la cama. Había encendido el televisor y la luz azul le confería a su cara morena una serenidad de ídolo. Jerónimo se sentó a la orilla de la cama, incómodo, como en casa ajena. El muchacho se rió varios minutos por algo que pasaba en la pantalla, pero de pronto, como si se acordara de un asunto, volteó a ver al viejo y lo miró asombrado.

—Ps ¿qué onda? —murmuró—. Despáchate tú mismo—. Y mientras lo decía se acariciaba el sexo y bajaba el zíper.

Afloró un sexo flácido aún, con el prepucio en punta y arrugado, muy oscuro, que a medida que despertaba iba cobrando una presencia vigorosa.

Pero hay que decirlo: los tímidos no saben comportarse con delicadeza cuando pierden los estribos. Jerónimo empezó a reír y a babear. Otro hombre, vulgar y violento, se hizo cargo de su cuerpo, de su mirada, de su forma de respirar. Una voracidad de mendigo que busca entre la basura. Un perro apaleado largamente en esa manera de arrojarse a la pitanza y defenderla con los dientes al descubierto. Luego volteó su cuerpo en silencio, un silencio monstruoso, casi mineral, como de tortuga que voltean al sol para que muera. Así era su cuello arrugado, de tortuga, saliendo dolorosamente de la caja torácica, un cuello como un trapo exprimido. Así era su nariz y su cara de hueso y sus ojos de pronto demasiado redondos y húmedos, que derramaban unas lágrimas grandes y pesadas, sin el más leve quejido. Y sentir arriba ese otro animal, ese animal bello, muy tierno, pero seguro como un caballo que acaba de ser parido y, sin trastabillar sino unos instantes, se pone de pie y se aleja de la madre. Un caballo joven con el pelo lustroso y duro y negro. Firme, con carnes que sólo de repente se sacudían nerviosas, y cuya cabeza estaba siempre en paz, acariciada por el viento. Un animal-animal encima de ese otro animal-piedra, un animal sin edad, o con demasiada edad. Un animal vivo como un dios adolescente encima de ese animal cuya vida apenas late.

Jerónimo cerró los ojos y se dejó arrasar. Volvió a ver la noche, las constelaciones. Volvió a sentir ese pez que atravesaba sus nervios y sus carnes como una flecha. Empezó a ver y a sentir su cuerpo, destrenzándose, desmadejándose, disolviéndose.

—Por favor, por favor… —balbuceó sin pensarlo. No había intención en ello. No había tristeza ni desesperación. Había tiempo, nada más. Abrió los ojos extrañado. El muchacho se le quedó viendo por un momento como si no entendiera y luego siguió agitándose.

Después, el muchacho se levantó, casi sin trámites, y comenzó a vestirse en silencio, pensativo. Ninguno de los dos dijo nada sino unas frases huecas, inacabadas. Afuera se oyeron varias risas, alguien gritó algo que no alcanzó a entenderse y luego el barullo fue alejándose. Lo que se oyó entonces fueron las voces de la televisión del vecino, y una risa estridente, casi estúpida, que tardó en sofocarse, como un hipo. El muchacho guardó en su pantalón los billetes que le dio Jerónimo y volvió a verlo con rabia rápidamente disuelta, con desgano.

—Ai nos vemos… —dijo muy bajo.

—Sí —dijo Jerónimo. Le hubiera dicho algo, algo más, pero no se atrevió.

Luego otra vez el olor a encierro, el latido del silencio. Jerónimo miró hacia la puerta por donde había salido el muchacho, seco de nuevo, y entonces se levantó de la cama, muy quedo, entumido, y se dirigió a la ventana: abajo iba el Jonathan saliendo del edificio. Era un niño, casi un niño. Pateó un charco y cruzó la calle. Jerónimo sonrió. En la otra acera, se reunió con un hombre que estaba recargado contra un árbol. El viejo los vio discutir algo por varios minutos; luego el hombre agitó el brazo y un hombre más, gordo y alto, se reunió con ellos. La escena era extraña, lenta, como una película sin sonido. Pero Jerónimo sintió un golpe de sangre fría cuando vio que Jonathan daba la media vuelta seguido por aquellos hombres y juntos se metían al edificio.

 

 

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