Bestiario / Miguel Maldonado

El camaleón
Se hace inadvertido. Se mueve como el más lento. Imperceptiblemente se acomoda. Un ojo sigue al moscón, el otro atiende a retaguardia. Es de esos insectos rechonchos, carnudos del tronco. Deliciosos. Acepta que le falta disimulo, en cualquier momento la mosca lo descubre, intenta ponerse más a tono con el verde higuera.
     El zumbido de los élitros perturba la atmósfera. Vuela en frenéticos ochos. Duda atraparlo por los medios comunes. Esta vez no habrá lance de lengua. Dirige su cuerno y dispara el rayo catalizador, el insecto suspende el vuelo en redondo, desciende suavemente en vertical y se deposita voluntariamente frente a la barbilla del camaleón, poniendo por delante la parte carnosa de su tronco.
     Ésta es toda la magia. Después del banquete ya se puede mover con soltura y perder todo disimulo, se aleja en busca de una higuera de caucho, árbol que atrae una avispa muy especial al paladar. En su trayecto, se promete cazar en las formas convencionales. Ya está bien de andar choteando la magia.

La cochinilla de humedad
(Diario de investigación)

Armadillidium vulgare
Bitácora de observación: Avanza contra el muro, su camino lo dispone el trazo zigzagueante de las tapias: gira en escuadra donde se cierne una barda y nace otra. Las antenas no regulan orientación, en un cuarto cerrado podría estarse dando vueltas sin percibir que ha repetido ruta.
     (Nota: Al no existir habitaciones selladas en las cercanías del laboratorio, hacer la prueba en las aristas de una caja cerrada).
     Único ser cuyo caparazón supera en largo a la silueta, obstaculizando el conocimiento completo por observación. Poco se asoma del animal, sobresalen del escudo las dos antenas y la punta de las patas. Difícil conocer la región ventral y partes posteriores, en cuanto se intenta voltearla, se enrosca al tacto.
     (Nota: no hay que esforzarse en enderezarla cuando esfera, se quiebra en sus segmentos y es imposible recomponer partes que todavía desconocemos).
     Se han de adivinar a simple vista las funciones ocultas bajo el lomo segmentado. Algo nos hace pensar que un sistema complejo de metálicos ensambles rotativos está a cargo de producir movilidad y regular la temperatura. Funciones controladas por la ingeniería mecánica y no de síntesis orgánica.
     (Nota: la técnica industrial se vería altamente beneficiada, así como la lógica maquinal en su conjunto, si un día se descubre lo que hoy constituye una sospecha: la mitad inferior de la cochinilla de humedad, invisible hasta ahora, guarda una nueva dinámica de funcionalidad en la aplicación robótica de la energía y un diseño revelador del ensamblado con respecto a sus partes. La revolución geométrica está muy cerca).

La víbora

Un tipo de africana, la anfisbena, se muerde la cola para tensar un círculo y rodar en aro tras su presa. Buena parte de las demás, cuerdas envenenadas, palos de rosa enferma, brazo de pulpo infecto, deben arrastrarse.
     Amantes del espanto han soñado ofidios alados y con patas, tigrísimas serpientes surtidoras de muerte. Pero la víbora, siento decirles a esos artistas del dragón y el basilisco, querendones de sangre, será simplemente una lombriz arponera, mero cable de alta atención.
Claro que nos asusta, pero basta un rodeo para evadir su atmósfera envolvente y continuar la marcha con un silbo alegre. Nos paraliza sin que sea del corazón: es el límite tolerable del terror, el monstruo presentable, la advertencia sutil de un horror latente merodeando.

 

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