Rebeldía del 900: instrucciones para crear un asesino / José Mariano Leyva

Una rebeldía engominada. Un sedicioso que se viste con chistera y chaleco de dos botones. Demacrado por el éter. Consumido aunque sin mostrar una sola arruga en su pantalón. Asistido por un báculo en cuyo mango lleva incrustadas piedras preciosas. Tal vez rubíes. Tal vez amatistas.
El bastón nada tiene que ver con su edad, forma parte de la elegancia. El rebelde exquisito apenas supera la veintena.
     xix a xx. Un cambio de siglo que realizaba demasiadas promesas. El bie-nestar de la humanidad asistido por la tecnología y la ciencia. Lo médicos y biólogos tenían la última palabra. En todo. La modernidad. El arte se soñaba aniquilado. Por su naturaleza más metafísica que metódica, debía callar, o al menos bajar la voz. Respetuosamente. El insurrecto elegante, sin embargo, hace caso omiso de las indicaciones.
     1900. El año en el que los escritores decadentes estallaron. Aunque los últimos estertores del xix ya fraguaban una rebeldía literaria que apuntaba sus baterías hacia los sostenes de la sociedad ideática. Positivismo versus decadentismo. En Francia, Joris Karl Huysmans, alumno dilecto de Zola y su naturalismo, sacaba una nueva novela contraria a toda estética materialista. Se había hartado de que las letras, como su ex mentor imponía, tuvieran que parecerse a las teorías del método de experimentación que en 1865 el biólogo Claude Bernard había expuesto en su libro Introducción a la medicina experimental. Así, 19 años después del biólogo, Huysmans sacaba A contrapelo: un compendio de hartazgos provocados por la vida moderna. El París de las luces, ejemplo de civilización, se tornaba, a ojos del escritor, en una sucesión de vulgaridades que no le provocaban sino repulsión. Mientras Zola declaraba convencido que el siglo xix había sido «un fracaso de siglo, el pesimismo retorciendo las entrañas, el misticismo enturbiando los cerebros», Huysmans presentaba una novela llena de misticismo, ahíta en su pesimismo.
     No se trataba de un simple antagonismo entre corrientes literarias. El naturalismo y la novela decadente —que Huysmans acababa de inaugurar con A contrapelo— eran representaciones de posturas éticas. De interpretaciones de vida. Una representante del optimismo; otra, rebelde, se deslindaba y atacaba. En donde Zola veía una civilización pujante, Huysmans observaba rusticidad. A contrapelo narra las aventuras de Des Esseintes. Un hombre de la nobleza francesa que había probado todo y todo lo había decepcionado. Había experimentado cualquier variación sexual que la modernidad sin ataduras atávicas ofrecía. Sexo con una gimnasta hombruna a quien Des Esseintes le pedía que lo hiciese sentir mujer. Sexo con una ventrílocua que imitaba a la perfección distintas voces, y a la que le solicitaba emular la voz de Baudelaire recitando Las flores del mal. Sexo con un jovencito de pocos escrúpulos. Nada. Absolutamente nada emociona a Des Esseintes. Su frenética carrera contra el hastío, el ennui como lo llamaban los franceses —espejo del spleen inglés—, lo lleva a experimentar con el arte, la literatura, la botánica, las piedras preciosas, los perfumes. Y al final: nada. Ninguna emoción. La sociedad civilizada, llena de ramplona permisividad, aunque orquestada con los acordes de la hipocresía, es develada como un engaño de las sensaciones.
     La diatriba de la sociedad que Huysmans elaboró recibió el veto de los académicos e intelectuales de prosapia. El propio autor lo cuenta: «A contrapelo cayó como un aerolito en el campo de feria de la literatura y produjo estupor y cólera. La prensa quedó desconcertada. Me trataron de misántropo impresionista y calificaron a Des Esseintes de maniaco y de imbécil complicado. Otros hombres importantes de la crítica de entonces se molestaron en aconsejarme que me sería conveniente y provechoso sufrir el azote de las duchas en una cárcel termal».
     Con su novela, Huysmans había colocado la primera piedra de la rebeldía más socorrida en aquel cambio de siglo. Una sedición que se tornó imán para muchos jóvenes en Europa, en América. Que se manifestaba en páginas literarias, no en expresiones de masa. En este sentido, era una rebeldía por completo acorde a su tiempo. Ese lapso albergaba sociedades sin nutridas poblaciones, que raras veces esgrimían sus desacuerdos lanzándose a la calle. Una rebeldía que se situaba en medio de dos periodos: el antiguo régimen —con sus monarquías y su orden vertical— y una pujante modernidad más poblada, en busca de ese concepto —hoy tan manoseado— que se llama democracia. Así, los decadentes se movieron en un breve espacio de transición que daba pie a una indocilidad expresada en la literatura. En el medio que, sin televisión, sin cine, sin radio, resultaba ser el más socorrido para el momento. Y no era poca cosa. Por vez primera los jóvenes comenzaban a hablar y a indagar, de manera pública, sobre temas que antes sólo eran propiedad de los doctos y vetustos. Sexualidad, moral social, ética individual. Y lo hacían echando mano de recursos propios de la edad: necesidad por alarmar a las buenas conciencias, imprimiendo buenas dosis de violencia en cada una de sus piezas intelectuales. Eran jóvenes. Querían ser notados. Deseaban imponer su orden particular al mundo.
     A contrapelo llegó a otros escritores que compartían el enojo por la época que les había tocado vivir. También en Francia, Jean Lorrain entendió la sentencia de Huysmans y la llevó por otros vientos. Lorrain sabía que en ese momento el escritor era una figura pública. Reconocida, seguida o denostada. Ciudades de poca gente, concentradas en espacios públicos clave. Encerradas en sí mismas a falta de agilidad en las noticias extranjeras. Con esta escenografía, los escritores eran lo más cercano que había a un rockstar. Entonces Lorrain intentó hacer amalgama de la fascinación y el repudio. Joris Karl ideaba sus personajes de ficción mientras mantenía una actitud sobria con su persona. Misántropo empedernido, apenas salía a luz pública. Jean por el contrario, contagió a su persona con su ficción. Diluyó la frontera entre sus personajes —excéntricos, excesivos— y él mismo para que las buenas conciencias y la civilización se alarmaran no sólo con su obra, sino también con su persona. Lorrain era homosexual y llevó su preferencia hasta la exageración. La posteridad dejó algunas decenas de efigies con su estampa. Arqueado de espalda, esmirriado, con los dedos repletos de anillos y joyas. Era casi como si elaborara una caricatura de su exquisitez. Además de sus preferencias sexuales, su físico sintetizaba un «dandismo de la putrefacción» como lo han señalado Patrick Favardin y Laurent Boüexière. Su rebeldía, más que ir a contracorriente, aceptaba los preceptos de la elegancia moderna y los exageraba hasta la hipérbole. «Jean Lorrain era un producto de extrema civilización. Disparatado, contradictorio…». Su insubordinación estaba cimentada en la consecuencia, como diciendo: «¿Desean que seamos elegantes, civilizados, refinados? Pues yo les mostraré la monstruosidad que se esconde en ese ideal».
     Lorrain también era adicto al éter, sustancia que se vertía en la bebidas alcohólicas para lograr la embriaguez con mayor premura. El éter, junto con la absenta —o ajenjo—, eran las bebidas que brotaban de manera recurrente en la ficción y en las reuniones de los escritores decadentes. La sustancia, como los propios escritores rebeldes, era un exacto producto de su tiempo. Sobre el éter nos dice José Javier Fuente del Pilar: «Se introduce a Europa al mismo tiempo que se extiende la afición por otra droga, la morfina. La época romántica había abierto una extensa botica de sustancias estupefacientes que provenían de los imperios coloniales, las más importantes eran el opio y el hachís; pero la segunda mitad del xix, y en particular el fin de siglo, trajo consigo una cierta quiebra de valores, una crisis intelectual y artística, que prefirió la peligrosa compañía de otras drogas, sobre todo la morfina, aunque también el éter y, como reina emergente, la cocaína».
     Las leyendas que tomaban a Jean Lorrain como centro comenzaron a volverse recurrentes. Unos decían que era posible saber diez minutos antes de que llegara a una cantina por el hedor a éter que despedía. Otros repetían en reuniones alternas una receta que Lorrain había dado a una famosa cantante de music hall: «Ensaladas de fresas con limón, coco rallado y éter». En este sentido, Lorrain llevó su rebeldía un paso más adelante. Continuaba siendo individual, en la medida que su creación primordial seguía siendo la literatura, pero de manera pública también tenía la capacidad de inquietar a algunas colectividades.
     Sin embargo, todo escándalo estaba fundado en su obra. Sin obra no habría lectores. Sin lectores nutridos no habría seguidores. Sin seguidores no habría fama. Y la fama era el espacio en donde Lorrain comenzaba a incomodar. Era notado. Tomado por líder. Solicitado como personaje público. Y en el borde del siglo xix, se esperaba que los hombres públicos —académicos, patriotas, científicos— fueran decorosos, dignos. Lorrain no buscaba eso. Entonces inaugura una imagen —pública, joven y rebelde— que sería recurrente a lo largo del siglo xx: el poeta maldito, famoso pero borracho. El artista genial, pero adicto a la morfina. El rockero carismático pero adicto a las metanfetaminas. Una imagen que, curiosamente, cada vez que se vuelve a emular, insiste en decirnos que antes de él nadie la había inventado. Un ilusorio sueño de unicidad.
     Las obras de Lorrain superan la veintena. Pero su trabajo más emblemático es sin duda Señor de Phocas, el cual, como la adicción al éter o como la corriente literaria decadente, nació en el borde del siglo: 1901. Señor de Phocas es clara heredera de A contrapelo. El personaje principal también está enfermo de hastío, y hasta él llegan dos opciones de vida, representadas por dos personajes: Claudius Ethal y Thomas Welcôme. El segundo le dice que para evitar el ennui se lance a otras latitudes geográficas. Que vaya a tierras exóticas en busca de novedades. Ethal es más contundente: le sugiere que se revuelque en el exceso, en lo artificial, para ser consecuente con su Gran Aburrimiento. Las dos opciones de escape vuelven a trenzarse en la discusión temporal. La opción de Welcôme tiene todo el sabor del turismo de aventura. Muy siglo xx. La salida de Ethal recuerda a un fumadero de opio. Demasiado siglo xix. Jean Lorrain sabe que la corriente literaria decadente era un rebeldía de mutación. Con un pie de un lado del río y el otro en la otra costa. Viejo Régimen. Modernidad. Muchos versados han creído que los decadentes auguraban en su literatura el fin del mundo. Pero, como lo dice Hélène Zinck, «los románticos de la decadencia se sabían colocados en la escena del final de un mundo, no en el final del mundo». Y de cualquier manera, conforme el siglo xx avanzó, las rebeldías cimentadas en el exceso decadente comenzaban a ser maniqueas. El artificio del artificio. Como lo dice la misma Zinck: «Políticamente, el dandy había sido neutralizado por una sociedad siempre dispuesta a fagocitar aquello que la ponía en peligro. El vicio se convirtió entonces en el arte de la pose, desnaturalización y acaparamiento pequeño burgués de una nueva moda. La desviación se exhibe en una lógica mercadotécnica y normativa. Se convierte en sinónimo de refinamiento cultural, de aristocracia del vicio controlado».
     El siglo xx supo apoderarse de cada una de las rebeldías que se fueron gestando en su repertorio. Supo comercializarlas, sacarles provecho, convertirlas en inocuas rabias.
     Pero la crítica decadente, más allá de los excesos, fue un espíritu difícil de aprehender. España encuentra en Antonio de Hoyos y Vinent a su decadente más formado. De Hoyos pertenecía al Viejo Régimen. Era marqués de la nobleza madrileña y, al igual que Lorrain, realizó un personaje excéntrico de su persona. También homosexual, el dandismo de su vestuario incluía un añejo monóculo y pañuelo de seda rosa en el bolsillo. Nacido en cuna noble, apoyaba a anarquistas y socialistas. Sin embargo, en más de una de sus obras criticó con virulencia los esquemas inamovibles de estas ideologías que, a ojos de Hoyos y Vinent, se volvían paradigmáticas. Y es que la paradoja decadente se regodeaba en las contradicciones. La literatura decadente está repleta de prostitutas nobles, asesinos de buen corazón, niños perversos, amores incestuosos, vírgenes que apestan a azufre. En el caso de Antonio: un monárquico que apoya la anarquía. Y las contradicciones forman parte de esa zona que difícilmente se puede comercializar. Un esquema retorcido no crea prototipos. Por más que se quiera emular la imagen, si no tiene incrustado —como una piedra preciosa— el vigor de la diatriba, la fuerza de la efigie se pierde. No alarma. No exalta.
     En Cuestión de ambiente, primera novela del autor español, fechada en 1903, un hombre honesto no tiene las habilidades para sobrevivir en el mundo moderno. Su mujer, noble y casta a ojos públicos, es en realidad una ninfómana empedernida. Pero nadie cree al esposo. El mundo moderno se rige más por la apariencias que por las realidades. Son las apariencias las que crean verdades. Al final, resulta más sencillo declarar demente al marido que aceptar que una duquesa pueda tener una vena prostibularia. El diagnóstico lo da un médico también muy moderno. El marido es encerrado en un manicomio. El primer día de reclusión, una mujer anciana, que antes había sido una prostituta profesional, con los cabellos amarillos y enorme suciedad en todas sus cavidades, se le acerca. «Hombre», le dice con voz ronca y aguardentosa, «¿buscas la esposa modelo de honradez, de honestidad y de virtud? Yo soy». Después, «separó las manos quitando el pañuelo, y mostró sus rugosos pechos flácidos y exhaustos; volvió la espalda y se alejó poco a poco, contoneando su cuerpo y haciendo oscilar sus caderas con lúbrico contoneo al ritmo de una indecente canción».
     En medio de las dos épocas que vivieron, los escritores decadentes le dieron otro giro a su rebeldía: el refugio en el pasado. En varios textos declaraban que preferían la vida del medioevo a la plétora que la modernidad ofrecía. La brutalidad era mejor opción que la simulación. El sentimiento descarnado antes que la civilidad hipócrita. La contradicción cerraba así su ciclo. La crítica se anotaba un tanto más. La rebeldía que intentaba mantenerse a flote. Pero lo anterior no significó la permanencia de la literatura decadente como desobediencia intacta. Antonio de Hoyos y Vinent vive hasta 1939. Su estilo va cambiando conforme la madurez llega. Sin el vigor y descuido de la juventud, su literatura comienza a mostrar signos de anquilosamiento. El decadentismo del cambio de siglo sigue siendo copiado bien entrado el siglo xx. Sin embargo, ajeno a las preocupaciones de su momento, los personajes se deslavan en un romanticismo con purulencias cursis. Y a De Hoyos y Vinent le sucede lo mismo. Su literatura cambió contenidos. Menos seres lúgubres y más protagonistas enamoradizos. Menos paradojas y más finales felices. Menos ímpetu y más prudencia. Menos medioevo y más modernidad.
     El decadentismo en el mundo atestiguó su propio final como rebeldía. Sin embargo, sentaron precedentes. Fueron las iniciales aves de mal agüero de una modernidad que se avecinaba. De un estilo de vida que se aposentó con bastante holgura en el nuevo siglo. Las invectivas decadentes tienen todo el poder de la primicia. Si los escritores decadentes no hubieran hecho el ruido que hicieron, otras batallas hubieran sido mucho más complicadas. Sus estridentes acordes lograron abrir el espacio de la opinión pública a los jóvenes. Ya luego sería labor de generaciones posteriores conquistar el espacio político e ideológico. Pero el camino estaba alisado. Esto, a pesar de que otros jóvenes insistieran en mantener viva la llama de unicidad de su propia rebeldía histórica. Y la crítica social —desde un coto por completo artístico— creó imágenes potentes. Retratos que por mantenerse sólo en la crítica, en la rebeldía, sin proponer soluciones ideológicas, conservan su sabor ácido a pesar de que los años han pasado. ¿Qué es más efectiva, la diatriba pura o la propuesta ideática?
     1900 y 2010. Una anécdota literaria que traspasa temporalidades. Es otra vez Huysmans quien la cuenta. El hastiado duque Des Esseintes se encuentra con Auguste Langlois, un jovencillo miserable. Lo ve en una esquina liando un cigarrillo del peor tabaco. Se acerca y le ofrece uno de sus finos puros. Auguste lo acepta sorprendido. Luego lo invita a cenar. Nada de medias tintas: van al restaurante más caro de París. «Pide todo lo que quieras», lo conmina Des Esseintes. El chico come como jamás lo ha hecho en su vida de indigencia. La comida viene acompañada del mejor tinto. Más tarde lo invita a un prostíbulo. La sorpresa del muchacho se mezcla con el agradecimiento. «Elige a la que quieras», le pide el duque. Langlois lo hace y se encierra con una prostituta destinada sólo a los políticos más poderosos. Antes de su voluptuoso festín, Des Esseintes le dice que dejará pagadas por adelantado algunas citas más en ese local para que el muchacho las use. La matrona del lugar, intrigada, sondea a Des Esseintes. «¿Ahora te gustan los jovencitos?», le pregunta. «Nada de eso», regresa el duque, y luego explica que en realidad lo que desea es hacer de ese muchacho un criminal.
     Y detalla: «El chico es virgen y ya tiene una edad en la que le hierve la sangre. Podría muy bien limitarse a ir buscando un plan entre las chiquillas de su barrio, y seguir siendo honrado en medio de sus diversiones. Pero, al contrario, trayéndole aquí, colocándole en medio de un lujo que ni siquiera él sospechaba que pudiera existir; ofreciéndole cada quince días una ganga de este tipo, acabará acostumbrándose a unos placeres que su nivel económico no le permite disfrutar. Pues bien, al cabo de tres meses, suprimo la pequeña renta que te voy a abonar por adelantado, y entonces hará cualquier fechoría, con tal de poder revolcarse en este diván, bajo estas luces de gas. Llevando las cosas al extremo, espero que cuando Auguste Langlois se encuentre robando en el despacho de algún hombre de dinero, llegará incluso a matar a ese hombre, si aparece oportunamente en ese momento. Entonces mi objetivo se habrá conseguido, y habré contribuido, en la medida de mis posibilidades, a crear un bribón, un enemigo más de esta odiosa sociedad que nos exige pagar un alto precio por cualquier cosa».
     ¿Simple crueldad? ¿Premonición pesimista? ¿Observación sagaz que golpea en la base de una sociedad a la que indolentemente nos hemos acostumbrado? ¿Rebeldía sujeta a su lapso histórico? ¿Insubordinación literaria que trasciende? Difícil saberlo. Tal vez quien mejor entienda la paradoja no sea un político que apoye la guerra contra el tráfico, tampoco un analista político preocupado por saber qué facción —ínfima en sus diferencias con su opuesto— gobernará el futuro. Tal vez habría que preguntarle a un indigente de hoy. A un muchacho que, sin tener mucho dinero para comer, sueña con manejar una Hummer y acostarse con Galilea Montijo. Para quien la paradoja de Huysmans deja de serlo. Un ser miserable que quiere pertenecer a la exultante modernidad. Afinar sus intereses a los del resto de la sociedad. Del siglo. Un menesteroso que ya piensa cómo unirse a las filas del Narco. De la modernidad.

 

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