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El futuro del cine / Hugo Hernández Valdivia PDF Imprimir E-Mail
Hugo Hernández Valdivia (Guadalajara, 1965). Crítico de cine y profesor del ITESO, colaborador de la revista Magis.


Desde hace algunos años
existen diferentes posturas sobre el presente y el futuro del cine que han dado lugar a polémicas y encontronazos. El día inaugural de la edición de 2017 del Festival de Cannes —en la que dos películas producidas por Netflix competían por la Palma de Oro—, Pedro Almodóvar, presidente del jurado, dio inicio a más de una controversia al afirmar: «Mientras siga vivo defenderé [...] la capacidad de hipnosis que tiene una gran pantalla frente al espectador » . En la lógica de la tradición, una película debe estrenarse en una sala de cine, proyectarse en la mayor cantidad de pantallas posible en el mundo entero y, después, continuar su vida en DVD o Blu-ray y en las plataformas de streaming. Este ciclo no es rentable para las compañías que llevan las películas a los hogares por la vía digital, pues la novedad sigue siendo un factor nada despreciable de rentabilidad, y Netflix produce películas y series, en primer lugar, para alimentar su espacio, lo cual ha generado desencuentros con algunos tradicionalistas. Al año siguiente de la declaración de Almodóvar, Cannes y Netflix tuvieron una ruptura: el director del festival francés hizo público que la compañía no podría participar en la sección oficial. Steven Spielberg, que tiempo antes había mostrado su oposición a que las películas tuvieran lanzamientos simultáneos en streaming y en las salas, lanzó más leña al fuego en 2019, al mostrar su inconformidad por la consideración para el Óscar de películas que tuvieron poca presencia en las salas. Señaló que deberían competir en los premios que se otorgan para la televisión e hizo compaña contra Roma (2018), de Alfonso Cuarón —cuyos derechos de exhibición compró Netflix y tuvo escasa difusión en teatros—, para que no ganara el Óscar a mejor película.
     Hay posturas más ecuánimes que no ven mayor problema en la exhibición simultánea en salas de cine y en streaming. Es el caso del actor Will Smith, quien fue miembro del jurado en la mencionada edición de Cannes y sostenía que hay público para todos los medios de difusión. En la misma línea se ubica el productor francés Vincent Maraval —quien participó en la producción de La vida de Adèle, de Abdellatif Kechiche, cinta que obtuvo la Palma de Oro en 2013—, con el argumento de que «no tenemos que imponer nuestro método para visionar filmes a otra generación » .
     Los defensores de la tradición y los partidarios de la novedad tienen claro algo desde algunos años: el cine puede prescindir del cine (la sala). La pandemia, que ha cerrado las salas de todo el mundo, lo ha confirmado. Que este asunto sea el que primordialmente ha ocupado los espacios en la prensa demuestra el poder de la industria, que se ha consolidado con poderosos estudios que no están dispuestos a perder sus privilegios ni a cambiar las reglas del juego que tantas ganancias les han dado. El meollo del futuro del cine, sin embargo, no se juega sólo en el terreno de la exhibición, en el que se ha centrado y concentrado la disputa. El asunto más importante, a mi parecer, está en lo que alimenta a los exhibidores: en las películas. Más allá del destino de las producciones, ¿las nuevas plataformas han provocado un cambio en la forma de concebir el fenómeno cinematográfico? ¿Es posible rastrear cambios sustanciales en el cine que se produce desde que Netflix existe? ¿Los realizadores han cambiado a raíz de la proliferación de las series y las producciones que van directamente al streaming? ¿El cine ha evolucionado?
     Martin Scorsese, quien se tuvo que conformar con que El irlandés (The Irishman, 2019) tuviera una casi nula exhibición en salas cinematográficas, recomendaba que al menos la película no se viera en las pantallas de los teléfonos celulares. El neoyorquino, como en su momento Alfonso Cuarón con Roma, tenía en mente la pantalla grande cuando realizó su majestuosa cinta. Sabía, como Cuarón, que ver la película en la sala oscura haría posible una experiencia más rica que verla en casa, en una televisión o en una tableta. El medio puede no influir en la comprensión de la historia, pero el cine es mucho más que historias. La emoción influye en la significación, en la apreciación. No obstante, ambos cineastas —como probablemente sucederá con Almodóvar y Spielberg— saben que en adelante será inevitable la vida en la hibridez (no perdamos de vista que el cine no nació en el cine: las primeras proyecciones se hicieron en el salón de un café parisino), y accedieron porque sabían que Netflix ofrecía las mejores condiciones para sus realizaciones.
     El mismo Scorsese manifestaba su preocupación sobre el futuro del cine en la ceremonia de recepción del premio Princesa de Asturias, que le fue otorgado en 2018. En el célebre discurso que pronunció para la ocasión, manifestaba que «estaba preocupado por el pasado del cine, sí, y muy preocupado por su futuro [...] me preocupa el ambiente, el clima que rodea al cine hoy en día. Por un lado, tenemos ahora lo que siempre hemos tenido: el constante menosprecio y marginación del cine. O bien es sólo escapismo, o, si merece la pena, es sólo porque expone un problema, un mensaje. Por otro lado, dondequiera que mires hoy en día, las veinticuatro horas del día, las imágenes en movimiento inundan nuestras vidas » . Asimismo, señalaba que el cine se ha convertido en «una corriente dentro de un enorme torrente de imágenes en movimiento » , en el que conviven la publicidad, las series, los videos de gatos o perros, los reality shows. «Todo » , subraya, «se ha convertido en lo que llaman “contenido”, una palabra que realmente no me gusta. Y el debate serio sobre el cine, el juicio crítico —particularmente en mi país— se ha cortado de raíz [...] Ahora que el cine se está devaluando continuamente, y al mismo tiempo la tecnología permite que cualquiera “haga una película”, ¿qué supone eso para los jóvenes? Es posible que necesiten expresarse en una película, pero ¿qué tipo de inspiración reciben? ¿Cuál será el resultado? ¿Se están erosionando los valores de nuestro mundo de tal forma que no podemos estar seguros de si están inspirados por el arte y por la verdad? ¿O simplemente por lo comercial? ¿A dónde van para conseguir esa valiosa inspiración? » . Al final es «la lucha por el espíritu » lo que está en juego.
     Poco tiempo después ampliaba su preocupación al señalar que las películas de Marvel, que han sido tan exitosas y son defendidas por hordas de fanáticos, no son cine. En un texto que publicó en The New York Times a finales de 2019, apuntaba: «Para mí, para los cineastas que llegué a amar y respetar, y para los amigos que empezaron a rodar películas al mismo tiempo que yo, el cine consistía en una revelación. Una revelación estética, emocional y espiritual [...] Muchos de los elementos que definen el cine tal como lo conozco están en las películas de Marvel. Lo que no hay es revelación, misterio o genuino peligro emocional. Nada está en riesgo. Las películas están diseñadas para satisfacer un conjunto específico de demandas y para ser variaciones de un número finito de temas » .No es gratuito que los cineastas, particularmente los que acumulan décadas de trabajo, manifiesten su preocupación con los medios de producción y de exhibición, pues ninguna de las bellas artes ha sido tan sensible al progreso de la tecnología como el cine. Éste ha cambiado con la llegada del sonido, con la posibilidad del color, con el aligeramiento de equipos, con el tránsito a lo digital. No obstante, no hay una gran diferencia entre las películas de los años cuarenta del siglo anterior y las actuales: apelan a similares dispositivos narrativos y formales. Se sigue apostando por duraciones de alrededor de ciento veinte minutos, por estructuras en tres actos, por dar el protagonismo al individuo. El futuro, como han probado las vanguardias —que introducen cambios que resultan fugaces o caducan pronto—, no ha reservado mayores rupturas en las películas. Así las cosas, no cabría esperar mayores cambios en las películas que se verán en los años por venir. Comparto la preocupación de Scorsese sobre el alimento espiritual de los jóvenes, pero no deja de ser un temor que habitualmente las viejas generaciones albergan sobre los jóvenes: ¿o ya nos olvidamos de los reproches que «los viejos » hacían al rock, que tanta maravilla y tanta sustancia nos ha regalado? Comparto la preocupación de Scorsese, además, porque con dos dedos de lucidez resulta muy difícil ser optimista sobre el futuro, no sólo del cine, sino también de la especie humana. No son tiempos para la fe, asunto que tanto atormentó al buen Andrei Tarkovski.
     No todos los cineastas son pesimistas por el futuro del cine, como el «iconoclasta » Peter Greenaway, quien se ha opuesto reiteradamente al cine convencional y ha sugerido diferentes formas para los productos y para la exhibición (en algún momento propuso que se viera en pantallas ubicadas en un espacio por el que el espectador no sólo pudiera, sino que tuviera que desplazarse). Para el británico, un nuevo cine tendría que dejar de contar historias, usar las nuevas tecnologías y difundirse a través de internet y de las pantallas de los teléfonos móviles: «El móvil es el nuevo fenómeno de la comunicación, es el cine en mi bolsillo, no asociado a directores caprichosos [...] Es más democrático, ahora todos podemos ser cineastas » . La democracia, en el cine y en la política, no es garantía de mejora (puede incluso empeorar el panorama), pero habrá que conceder la posibilidad de la existencia de un cine diferente con ambiciones, como sucedió en su momento con los cineastas del Dogma 95, que tan buen provecho sacaron de las entonces novedosas cámaras de video.
     Puestos a hacer apuestas sobre el futuro, habría que decir que no hay suficientes elementos como para pensar que habrá cambios sustanciales al paisaje que hoy vemos: la irrupción de Netflix no ha provocado un descenso en la calidad del cine ni ha cerrado sus puertas al mal llamado cine de arte; tampoco ha dado lugar a una verdadera evolución: los autores ahí han encontrado otras posibilidades, como reconoció Scorsese, quien afirmó que sólo esa compañía le permitió rodar El irlandés de la manera que quería. El temor de Scorsese está focalizado en su país, donde dice que ha desaparecido la tensión entre los artistas y los ejecutivos, que tan buenos dividendos dio en otros tiempos. Afortunadamente existen los franceses, como dice el personaje de El ciego (Hollywood Ending, 2002), de Woody Allen, y aun en Estados Unidos existe una fuerte tradición del cine independiente, mismo que habrá de ser, imagino, el gran bastión del cine por venir. Uno de los grandes asuntos por resolver es, precisamente, la distribución y la exhibición, actividades que hoy día se llevan la parte más jugosa de las ganancias. Con producciones más baratas no habría necesidad de que las películas tuvieran que proyectarse en miles de salas del mundo para recuperar la inversión y generar utilidades. La cadena tendrá ajustes, pero el cine seguirá cambiando: como sucede con la guerra, hay una industria detrás que no dejará de producir nuevos aparatos. Soy más escéptico acerca de la posibilidad de que vengan cambios radicales en las convenciones que lo han sujetado desde hace décadas. El curso de las vanguardias, como mencioné antes, así lo ha probado. Las salas de cine no van a desaparecer: cabría esperar más apuestas por el estilo del 3d y el 4d (que introdujo una inversión histórica: si el cine fue espectáculo de feria, el 4d llevó la feria a la sala de cine), es decir, dispositivos que ofrezcan algo que no se puede tener en casa. Coincido con Almodóvar en que la inmersión en la oscuridad de la sala permite efectos hipnóticos que no es posible tener en casa, y que ése es un aspecto fundamental del cine; habrá que ver si es esencial. La forma de ver cine es un daño colateral del capital, que llegó para quedarse. Puestos a hacer apuestas sobre el futuro, diría que seguirá habiendo salas de cine; no sé si el mal llamado cine de arte tendrá un lugar ahí, pero encontrará formas de subsistencia y difusión. El futuro del cine, presumo, dependerá tanto de la oferta como de la demanda. Los artistas, los autores, han probado una gran capacidad de sobrevivencia y aun en periodos oscuros han sabido iluminar su realidad; habrá que ver cómo lidian con el ego, pues es muy probable que no sean muy populares. Tengo dudas severas sobre el espectador, que cada vez es más conservador y nunca ha mostrado apertura ni disposición para lo que está más allá de la tradición. El reto, en el cine y en la vida entera, está en la educación, que al final moldea la forma de estar en el mundo... y el consume.


 
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