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Hay presente donde el futuro se hace realidad / Santiago Kovadlof PDF Imprimir E-Mail
Santiago Kovadloff (Buenos Aires, 1942). En 2019 publicó el libro ¿Quién sos? (Tetraedro).


Salvemos ante todo un equívoco arraigado. Contra lo que suele creerse, no cuenta con porvenir quien tiene mucho tiempo por delante, sino quien se encamina hacia el presente desde sus sueños y aspiraciones. Son ellos los que constituyen su futuro, es decir: lo que anhela verse realizado, lo que pide concreción, su lugar entre los hechos. No otra cosa es el futuro sino aquello que reclama inscripción en el presente. Sin que al hacerlo dejemos de estar expuestos a lo imprevisible, vamos en busca del hoy desde los proyectos que conforman el mañana y no cuando marchamos hacia el horizonte difuso e incierto de los días por venir. De no ser así, si lo que nos aguarda es primordialmente inasible y mal conocido, nuestra vida se agotaría en la discutible consistencia del instante, en la intangible actualidad del ahora, en una ciega sucesión de horas que nos enloquecería si un propósito esencial no la hilvanara mediante un sentido capaz de infundirle sustento y dirección.
      Desde sus aspiraciones supieron encaminarse hacia los desafíos de su tiempo los argentinos que fundaron esta nación: Belgrano y San Martín, Alberdi y Sarmiento. Todos ellos se empeñaron en responder a tamaños desafíos desvelados por sus proyectos. Fueron desde la abstracción de lo imaginado hacia la consistencia de lo vivido. Desde el futuro concebido como aspiración hacia el presente en el que esa aspiración se encarnó.
      ¿Qué decir de una vocación sino que es el mandato perseverante que el porvenir le formula a la actualidad para que la convierta en presente? Cuando, por el contrario, la inmediatez consume una vida, esa vida pierde orientación, libertad y consistencia. Es que, a mi entender, la existencia, en lo que tiene de provechoso, es insistencia en el despliegue de un propósito primordial. Carecer de ese propósito equivale a verse privado de una brújula decisiva: la que nos pone a salvo del azar o del arbitrio de los otros.
      Se ingresa protagónicamente al tiempo cuando se lo plasma desde el futuro, o sea desde el repertorio de valores personales que aspiran a regir nuestra vida, a orientar nuestra acción cotidiana.
      La niñez es sin tiempo. En ella, las horas se acoplan y no vulneran la vivencia de los días como un continuo. ¿Quién no lo sabe? En la infancia la vida es un hoy perpetuo.
      A los doce años ya no pude seguir jugando. Mis soldados de plomo, centro de mi emoción infantil, perdieron su embrujo. La fascinación que me despertaban se agotó. ¿Qué me ocurría? Lo presentía dolorosamente: había crecido. Una infinita desolación, allí entre mis juguetes quietos para siempre, me anunciaba la muerte de mi infancia. La eternidad había llegado a su fin. ¿Quién era yo si ya no era quien fui? No había en mí, aún, ningún proyecto capaz de liberarme de ese vacío. No tenía futuro todavía. No contaba con nada desde donde encaminarme hacia un presente con el cual dejar atrás mi realidad devastada. No era más que un niño expuesto a lo inmediato, sin planes, sin metas. Un náufrago entregado a la dura sucesión de los días privados de ensueño. Pero el futuro se fue configurando. Poco a poco. Paso a paso. El rescoldo de ese mundo perdido alumbró un proyecto. Y en él y con él, el deseo creciente, imperativo, de dar forma a un presente. Supe entonces, a los trece años, que sería un escritor.
      Es bien sabido: a diferencia de la infancia, la adolescencia nos arroja a la turbulencia de las horas desmadradas. Al perder inscripción en ese continuo, ellas nos fuerzan a encauzarlas mediante un propósito, un anhelo, una intención. Nacemos así a las primeras evidencias de la vida adulta. La infancia en ruinas nos impulsa a ir más allá. Y desde ese propósito de orientarnos y superar el vendaval desatado por el derrumbe de la niñez, planificamos como tarea el sentimiento del tiempo. Pasamos entonces, al ir reponiéndonos, a obrar en consonancia con lo que aspiramos. La palabra, a partir de allí, la tiene nuestro deseo. Es él quien dará sostén a la demanda de identidad.
      Sigo siendo, a la mucha edad que tengo, un hombre que ingresa a su actividad diaria desde sus sueños y con ellos. El sustento de mis días, el soporte que les imprime rumbo, como dije, es una vocación ya bien afirmada en mí a los quince años: la de ser un escritor. Es ella la que me permite seguir transitando desde el deseo hacia su despliegue. La que asienta mi tiempo en un sentido y lo arranca al tropel de las horas sin rumbo. La que convierte en presente mi futuro, aun cuando ese presente no llegue a ser nunca la configuración terminal de ese futuro. Es que si una vocación no se extingue, ninguno de sus logros puede bastarle aun cuando sean ellos, finalmente, los que le dan forma y vida posible.
      Al decir «Te quiero» manifestamos, a quien nos conmueve, dos cosas simultáneas: cuánto lo apreciamos y lo mucho que aún deseamos recibir de él. Es que «Te quiero» dice también «Quiero más». Lo que se nos da al amar nunca basta para saciarnos. ¡Remota enseñanza del griego, del judío y del romano: el deseo no se colma sino transitoriamente! Querer es verse a merced de lo insaciable; tener entre manos lo que nunca termina de ser nuestro. Cercanía y distancia a la vez. Riguroso bicefalismo.
      La literatura supo, desde siempre, retratar el éxtasis y el tormento del amor como vivencia simultánea de plenitud e insuficiencia. Bien lo expresan estos versos de Jaime Sabines: «los amorosos / viven al día, no pueden hacer más, no saben. / [...] / Los amorosos son los insaciables». Es que el deseo no se apaga con aquello que lo apacigua, sólo cede por un instante. El deseo, voz de un futuro que clama, incansable, por presente; por un presente que alcanzado se vuelve a desintegrar bajo la presión insomne de ese futuro, de esa demanda desenfrenada de más y más.
      Vayamos ahora a la Tierra. Ella nos prueba, a través de su brutal alteración climática, que su padecimiento también es el nuestro. Ella nos impone lo que le hemos impuesto. Su destrato, ahora lo sabemos, es un daño autoinfligido. El futuro desde el cual hemos venido a su encuentro no responde sino a un criterio depredador. Si hemos ahogado al planeta en un presente opresivo se debe a que hemos ido hacia él desde un futuro en el que no supimos concebirlo más que como objeto de explotación sin freno. Poco tiempo queda para sanear nuestro posicionamiento ante él. Poco tiempo, antes de que su desequilibrio termine por comprometer radicalmente nuestra subsistencia. La hondura de su malestar puede medirse por la profundidad del nuestro: regiones enteras sepultadas por las aguas. Otras quebrantadas por la sequía. Vida acosada por la muerte sembrada en el aire contaminado. Más y más gente sin hogar, errante, expulsada de su tierra repentinamente hostil, sin destino.
      No hay forma de que el flujo del tiempo resulte soportable si no se hace de la mera actualidad un auténtico presente. Donde nuestras aspiraciones no encuentran lugar, los excluidos somos nosotros mismos. Cuando el futuro pugna por incidir en la actualidad y no logra transformarla en presente, ella termina por extraviarnos en una deriva sin sustancia.
      Mi abuelo Samuel abrió dos ojos desmesurados cuando, a mis quince años, me excusé diciéndole que no sabía francés y que no podría emprender la lectura del libro que acababa de regalarme: una hermosa edición encuadernada del Diccionario filosófico de Voltaire. Acercó luego su mirada severa y perpleja a la mía y con su voz imperativa y grave sentenció como quien dice algo natural:
      —¡Me lo aprende!
      ¿Qué futuro me auguraba el abuelo Samuel al decirme eso? ¿Qué presente me invitaba a modelar? Donde yo había visto una barrera, él veía una oportunidad. Lo que para mí era imposible, para él era tarea. Inmigrante ruso, judío acosado por los pogromos zaristas, autor de una crónica en ídish de las colonias creadas en la provincia argentina de Entre Ríos, él se plantaba ante su nieto y a su modo le decía:
      —Aprenda a desear; que si el deseo de superarla gobierna el trato con la dificultad, usted se afirmará al enfrentarla.
      Guardo todavía entre mis libros esa esmerada edición francesa del Diccionario de Voltaire. Hoy, a bastante más de medio siglo de aquella tarde aleccionadora, creo seguir oyendo la voz de mi abuelo:
      —Perfeccione su presente, infúndale la potencia de los sueños que le dan vida. Dele consistencia a su propósito, gane sus días, uno a uno, con esos sueños. Que el futuro los oriente y les imprima su sello. Tal vez, pienso ahora, haya escrito estas páginas para honrar su memoria, esa hermosa idea que el abuelo Samuel tenía del porvenir.



 
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