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Dos dedos de ceniza / Gonzalo Calcedo PDF Imprimir E-Mail
Gonzalo Calcedo (Palencia, España, 1961). Es autor, entre otros libros, de Las inglesas (Menoscuarto, 2015).


Allí estaba el gordo Jack
, el comediante, treinta años después, desgranando nombres como si tuviese la lista de clase delante. Qué memoria. Anita Bellido, los hermanos Brandino, Teresa Miele, Arturo Mendoza, Nancy García, Oliver Astur, Lidia Ramiro... Sostenía entre las manos la taza de té negro que Sara, mi mujer, acababa de ofrecerle. Era una versión magullada del mismo Jack de siempre. El tiempo, al final, había dictado sentencia agrietando su estampa. Jack conservaba las redondeces adiposas de entonces, pero resquebrajadas. Una sopera de porcelana vieja. Se movía, en cambio, con la armonía de un bailarín. Se había dedicado toda la vida a los seguros, pero —«tranquilos, chicos, se trata de otra cosa»— no pretendía vendernos ninguna póliza milagrosa. Estaba encantado de vernos; al fin y al cabo había asistido a nuestra boda y nosotros a la suya con Patricia. Ah, Patricia Lamar, la belleza más díscola de la clase. Qué había visto ella en aquel mantecoso agente de seguros en ciernes.
      El gordo Jack, Jack a secas, dejémoslo así, posó la taza en el platillo y dijo solemne:
      —Mi mujer y yo estamos haciendo un viaje de despedida.
      Sara y yo nos miramos. Años de convivencia habían refinado nuestro código de expresiones, ese lenguaje tácito que arruga frentes o frunce labios. Intuimos el peligro; algo no iba bien, aunque Jack parecía divertido y locuaz. La víspera nos había anunciado que hoy, último domingo del año, pasaría por casa temprano para saludarnos. Una llamada telefónica que daba un salto en el vacío para ligar pasado con futuro.
      —¿Y dónde demonios has dejado a esa preciosidad? —traté de congraciarme, de dejar de llamarle gordo para siempre.
      —En el coche.
      —¿En el coche? —comprendí, al decirlo, que la incredulidad podía resultar dañina—. ¿La tienes prisionera o qué?
      —En una urna —aclaró Jack con dulzura y primor, como si ella fuese un arreglo floral. Platillo y taza entraron en reverberación. Acertó a posarlos en la mesa. El temblor le sacudía la papada. Su femenino sollozo, contenido hasta entonces, se escuchó en toda la casa.
      Sara se levantó, huyó en realidad.
      —Os dejo solos un momento.
      —Cariño...
      No conseguí retenerla. Me atreví a mirar a Jack tras un minuto incierto, descorazonador; el mundo conocido, con sus altibajos, se había desdibujado. Jack apoyó su espalda en el sofá. El cojín de terciopelo se desinfló enmarcándolo como a un monarca antiguo.
        —Fue todo muy rápido, amigo mío. Cuestión de meses. No se cumplieron los pronósticos de los médicos. Le deleitaba fumar y sus pulmones dejaron de funcionar. Luego ese bicho invadió sus huesos. La incineré, Davis. Lo que ella quiso. Lo dejamos hablado. También me pidió que repartiese sus cenizas entre los compañeros de instituto. Sí, ya sé que suena raro. Peculiar. Que es un disparate. Pero tengo que hacerlo. Intentarlo al menos. Por eso estoy aquí. Sigo el orden alfabético de la lista de clase. ¿Qué estupidez, no?
      El salón de nuestra casa acogía aquella confesión con bostezante indiferencia, como si el gusto por los muebles suecos de Sara replicara fríamente a la pérdida de Jack. Me pregunté si ahora debía abrazarle o seguir sentado. Excepto calificando a algún alumno embelesado por el medievo, no echaba mano de la compasión tan a menudo. Intuí que mi mujer estaba al otro lado de la puerta acristalada, escuchando al gordo con el vello de punta. Lo odiaría por haber agriado con aquella noticia su reserva de ánimo para afrontar la Navidad.
      —Jack... —dije. No sabía por dónde empezar; el consuelo no era una materia que yo dominase.
      —La gente en general es amable. Se ponen a buscar un botecito o un frasquito con desesperación. Se vuelven prácticos. Pero no sé lo que harán luego con su porción de cenizas. ¿Tiene eso importancia?
      —No, no la tiene —dije por decir.
      —Espero que no confundan a Patricia con un bote de especias.
      El viejo Jack —lo celebré porque eso me aliviaba— mantenía su acentuada vis cómica. Tras años riéndose de su gordura sin complejos había empezado a reírse del mundo. Las pólizas lo habían hecho rico, disponía de empleados y podía permitirse un año sabático. Sin Patricia al lado, sin embargo, se sentía disminuido. Me confesó que había perdido algunos kilos. Los diez dedos de la mano menos uno.
      —Toda la vida rogándome que no comiese tanto y al final se salió con la suya. Era una chica increíble.
      —Seguro, Jack.
      —No quiero entreteneros más. Es domingo. Un día sagrado.
      Jack se congestionó al levantarse; comenzaban a fallarle las rodillas, dijo. Sus meniscos eran cáscaras de nuez. Presentía una mala vejez, si llegaba a alcanzarla. Ahora que Patricia no cuidaba de él intuía un porvenir escuálido, raído.
      —¿Qué quieres que hagamos? —pregunté desvalido.
      —Salgamos a tomar un poco el aire, Davis.
      Lo acompañé fuera. El tiempo estaba de nuestra parte, como si el invierno se hubiera extraviado por otros derroteros. Se quedó mirando los juguetes diseminados por el jardín delantero, la represa de grava aplanada por diminutas manos, el puentecillo confeccionado con tres ladrillos, la endeble valla fabricada con los palitos de helado acumulados durante el verano en una caja de zapatos.
      —Lástima que nosotros no tuviésemos hijos.
      —No es tan agradable como parece —me puse a recoger camiones y grúas de plástico como si fuesen leña para la chimenea. Sara y yo criábamos a un niño contratista de obras y a una niña sacerdotisa que anotaba en su diario las manías de sus vecinos.
      Jack tiró de un remolque en el que, con sentido práctico, fue depositando lo que encontraba. Lo condujo hasta el pie del porche. Yo me desembaracé de mi carga sobre el parterre. Me sequé las manos al pantalón. El rocío también había empapado el bajo del pantalón de Jack. Las briznas de césped se pegaban a sus lustrosos zapatos de urbanita. Yo había cambiado mi pijama por ropa de andar por casa; abrirle la puerta en pijama me había parecido inapropiado. Un detalle banal a la vista de los acontecimientos.
      —Acabemos con esto —le dije como si lo riñera.
      Salimos a la acera, donde reinaba un bmw ajeno al vecindario.
      —Está ahí —señaló.
      —¿Ése es tu coche? —mezquinamente envidié aquella máquina.
      —Eficacia alemana. Hago muchos kilómetros al año.
      —Claro —yo conducía un Fiat con problemas de corrosión en los bajos.
      Le pregunté si iba a visitar a alguien más hoy y me contestó que Elías Tomaso vivía cerca, media hora de coche por los anillos y tréboles de la autopista. Eso si no se perdía y su dirección era la correcta; en los campamentos de verano, recordó, suspendía en orientación. En ese momento me entregó un papel con los pliegues muy marcados, las esquinas consumidas por el roce con el bolsillo.
      —Son los nombres de los que no he podido localizar. Por si puedes ayudarme. Mi teléfono está al final.
      —Claro. Haré lo que pueda.
      —¿Sigues dando clases en esa facultad de la que tanto hablabas?
      Asentí guardándome la nota como un pañuelo, aunque había cambiado de destino un par de veces. Los pulcros departamentos ajusticiaban a los flojos de carácter. No se podía medrar siendo pusilánime. Nada le dije, pero no pude evitar cavilar sobre el mapa de adoquines de la acera. El mañana, al final, había sido el esperado: el carácter de la adolescencia inútilmente contrariado. La asignatura de Historia había terminado siendo un refugio apropiado e inocuo para alguien que prefería mirar hacia atrás.
      —Yo he leído muy pocos libros —murmuró el gordo Jack con una despreocupación que lo indultaba.
      Nuestros pasos no podían evitar dirigirse al bmw. Jack me explicó que al principio llevaba la urna en el asiento delantero, sujeta con el cinturón de seguridad y abrigada con la americana, pero que se distraía demasiado hablando con Patricia. Le contaba los sobresaltos bursátiles de la jornada, rememoraba anécdotas. Fingía voces. Se había vuelto ventrílocuo. Ahora ella viajaba junto a las maletas, un bulto más. Levantó el capó. La tímida claridad de diciembre penetró en aquel interior enmoquetado. La urna era un severo jarrón de bronce. Ya oscurecido, ocupaba un nido de trapos en el hueco de la rueda de repuesto.
      —No he cogido ningún frasco —me disculpé.
      —Tengo yo. Por si acaso me hice con una buena colección.
      El elegido había contenido mermelada, se rio. Naranja amarga. La preferida de Patricia. Lo destapó y lo alzó a la luz.
      —Limpio, como debe ser.
      —Jack, yo creo que...
      —No estás obligado.
      Me dio lastima. Jack era un buen tipo. Se sentaba dos pupitres por delante de mí y su Patricia había ido al cielo. Jack estaba tan convencido de ello como de que la Tierra, desentendiéndose de todos nosotros, seguía girando sobre su castigado eje. Asentí enternecido.
      —De acuerdo.
      —Sujétalo con cuidado.
      Cuando acabamos con el trasiego, Jack me hizo entrega formalmente del tarro.
      —Dos dedos por barba.
      —Da mucho de sí —dije estúpidamente.
      —Patricia siempre fue una mujer espléndida.
      Y Jack se echó a llorar.
      Cuando nos despedimos —nuestro abrazo fue una torpe colisión de cuerpos y rostros que no terminaban de encontrarse—, el bmw me pareció parte de un cortejo fúnebre truncado por las circunstancias. Jack viajaría más solo que nunca. Dije adiós con la mano a través de la ventanilla. El motor palpitó sincronizado, efectivo; no iba a fallarle ahora. Tocó el claxon y algunos vecinos se asomaron. Ahí va Jack el gordo, les anuncié con el pensamiento. Una persona entera a pesar de la fatalidad. Feliz viaje, amigo. El reflejo del sol patinó sobre la carrocería del bmw y acabó apagándose en el asfalto. A Sara no se le ocurrió salir a despedirse, tal vez horrorizada por aquella delictiva transacción, como si las cenizas fuesen una sustancia pecaminosa, una droga gris que corrompía a los jóvenes. Era temerosa respecto a los peligros que acecharían a sus criaturas cuando creciesen.
      Me recibió en la puerta de casa puesta en jarras.
      —¿Qué piensas hacer ahora con esa porquería, Davis?
      Yo no podía creer que utilizase aquel tono conmigo; pensé que bromeaba y dije esquivo:
      —Ya lo discutiremos luego.
      —¡Ahora!
      —Vas a despertar a los niños.
      —Por Dios, Davis. Búscate otra excusa. Llevan horas levantados. Y han visto a su padre hacer cosas raras con un lunático desde la ventana.
      —Entonces les explicaré lo que ha pasado.
      —Ni lo sueñes —Sara me sujetó del brazo—. Ella no va a entrar aquí.
      Forcejeamos como críos peleándose por una pelota y mi mano dejó de sostener el frasco. Fue como si la misma Patricia pugnase por liberarse y huir de nuestra ruindad. El frasco quedó suspendido en el aire durante unos instantes, acaparando la luz. Jadeantes, seguimos su trayectoria de cometa a cámara lenta. Salvó la barandilla del porche, sobrevoló un rosal convertido en coral por el frío y se hizo añicos contra la rocalla del parterre donde Jack y yo habíamos aparcado la juguetería. La brisa esparció su contenido de un soplido.
      —Se ha roto... —murmuré. Pensaba rebañar la ceniza a puñados junto con la tierra. Honrar a Patricia. Se lo merecía.
      —Por supuesto que se ha roto. Suele pasar cuando se cae algo.
      Sara jadeaba rabiosa, aún excitada. Se había salido con la suya, pero, ¿a qué precio?
      —Recogeré los cristales —dijo tajante—. No quiero que nadie se corte.
      Entró en la casa, donde los niños la abordaron a gritos. Yo me senté en la escalera del porche. La vida se había vuelto extraña de repente, coja, renqueante. Una visita y todo podía cambiar, como si al pasar página la narración de un libro fuese otra. Los sedimentos de la historia, medité, aplastaban el tiempo, lo contraían. Un hojaldre revenido que despegar con el filo de un bisturí. El miedo al calendario y sus predicciones, afortunadamente, se había disuelto como un azucarillo. Ahora sabía a refresco, a playa y salitre, a remembranza.
      Mi hija pequeña apareció en el porche dispuesta a engatusarme. Sentí su afrutado aliento en el cogote, sus brazos colgándose de mi cuello.
      —Mamá ha dicho que has roto un vaso sin querer.
      —Sí, cariño —besé su naricilla—. Se me escurrió de las manos.
      —Perdonado —dijo, y me plantó un mojado beso en la mejilla antes de salir corriendo.

 
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