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República de El Salvador / Alberto H. Tizcareño PDF Imprimir E-Mail
Alberto H. Tizcareño (Ciudad de México, 1987). Autor de la novela inédita Casas caídas.


Los edificios son personas
. Yo vivía en uno idéntico a mí: funcionalista, fachada carcomida, interiores conservados. Vivía en el cuarto piso, en el departamento 40, al que en realidad correspondía el número 41. Entonces no conocía los motivos detrás de aquella omisión; pero más tarde supe que, como al 13, al 41 se le consideraba un número indeseable: se asociaba con un escandaloso baile de 41 maricones al que habría asistido un familiar de Porfirio Díaz. Aquella fiesta acabó tan mal que, todavía un siglo después, se dejaba sentir la resaca.
      Tenía veinticinco años y estaba crudo, cuándo no, el día que me mudé al 40.
      En las mudanzas se pierden los sartenes, las llaves inglesas y las actas de nacimiento, pero nunca los prejuicios: el nombre de la calle en que iba a vivir me avergonzaba. «República de El Salvador». El tercer mundo. Mi tía Mónica, que entonces radicaba al sur de la ciudad, solía afirmar que «desde Oaxaca hasta Buenos Aires, sigue siendo Oaxaca». (A los capitalinos nos gusta creer que nuestro código postal nos garantiza el derecho a decir estupideces).
      Otras pertenencias que tienden a extraviarse en una mudanza son los amigos. Pasaron días y ninguno se ofreció para ayudarme a desempacar, debido, tal vez, a que eran más cercanos a Rodolfo, con quien había vivido los últimos dos años. Yo lo había «abandonado», según ellos; al teléfono, me decían que la casa de Rodolfo se veía «desvalijada» desde que yo había sacado mis cosas, y que esto los entristecía porque el espacio que habíamos montado solía ser «precioso».
      «Ahora estoy mejor», les contestaba yo sin que preguntaran. «Vivo en un depa más grande». Incluso una covacha de cuatro metros cuadrados me habría parecido grande sin Rodolfo, a quien apodaban «Gordolfo» por obvias razones.
      Elegí el departamento 40 por los techos altos, los ventanales amplios y la vista: la Torre Latino sobresalía entre construcciones menores; el temblor del 85 apenas le había hecho cosquillas. Decidí que la Latino entrañaba un símbolo necesario para mí, ahora que mi vida se tambaleaba. Mentira: el simbolismo de la torre lo advertí mucho tiempo después, cuando ya ni siquiera rentaba ahí. Y aunque, en efecto, los techos altos y los ventanales amplios me gustaron, la verdad es que mi elección obedeció más a mi economía que a mis pretensiones estéticas. (Los subterfugios a que uno recurre con tal de no confesar que vivía en la pobreza...).
      Con todo, no miento cuando digo que mi vida se tambaleaba. La agencia de publicidad en la que había trabajado por cuatro años acababa de despedirme. Un despacho de cobranza me llamaba a diario para exigirme el saldo inmediato de mis deudas. Había muerto Manteca, el gato que me acompañaba desde los diez años —lo encontré acurrucado bajo mi cama, como un niño jugando a las escondidas—. Pepe, mi psicoanalista, me despidió con el argumento de que me estaba haciendo dependiente de él. (No me sorprendió la traición de Pepe: su consultorio era un cubo sin personalidad con muros de tablarroca y vidrieras reflejantes. No puedes confiar en alguien con mal gusto).
      «Hice bien en elegir este departamento», me decía por las noches —el Centro Histórico es una tumba una vez que se cierran los locales y las oficinas—. «Hice mal», me decía por las mañanas, cuando abría la tienda de electrónicos que ocupaba la planta baja del edificio: el encargado sacaba a la calle un ingente buffer que retumbaba al compás de la música. Vasos y platos bailoteaban diariamente en mis anaqueles, contagiados del frenesí de Shakira o de la cadencia monocorde de una pista electrónica.
      Tenía, a media cuadra, La India. Comencé a frecuentar la cantina no por el servicio ni por el ambiente, sino por su hermosa puerta art nouveau de madera tallada y porque las cervezas costaban veinticinco pesos. Pero, en general, bebía en casa botellas de vino de setenta y cinco que conseguía en los Ultramarinos Coliseo. Bebía y buscaba trabajo en internet. Bebía y asistía a entrevistas que terminaban demasiado pronto. Bebía y calculaba mentalmente hasta cuándo podría vivir con mis ahorros. Bebía y bailaba hasta el desmayo, y al despertar recordaba que había soñado con Manteca, que trazaba ochos entre mis pies.
      Al cabo de dos meses en mi nuevo departamento, conocía ya las diversas formas de la resaca: la lúbrica, que desencadenaba episodios de masturbación compulsiva; la neurótica, que me llenaba de reflexiones pesimistas sobre el futuro; la desnutrida, que se apaciguaba solamente después de haber saqueado el refrigerador. Despertaba convaleciente a diario, muy temprano, de modo que los recuerdos de aquella época están teñidos con los colores del alba. Amarillo. Violeta. Una tonalidad rosa que me hacía pensar en el agua de guayaba.
      Fue con esa luz que descubrí a los «paseantes». Personajes que deambulaban por mi calle cuando no había gente en el barrio y el tráfago no comenzaba aún. Rutinarios como fantasmas, desaliñados, alternaban sus apariciones; desde mi ventana, descubrí a la mujer que pasaba los miércoles, empujando un carrito del súper y gritando improperios destinados —creía yo— a un mal hombre: «¡Eres un hijo de tu reputa madre! ¡Puto! ¡Pocos huevos! ¡Me la pelan tú y tu puta familia!» Descubrí a la viejita que cada jueves se plantaba en el cruce con Bolívar y enseñaba los calzones, subiéndose la falda cuando el semáforo se ponía en rojo. Al hombre de los sábados, que arrastraba una muñeca ceñida por el cogote con un lazo, como una niña rescatada de la horca. A la señora de los domingos, que caminaba lenta como un caracol, abrazando una cobija. Y al Derviche, que vi por primera vez la mañana de un martes.
      La indigencia es un estado del alma. Hasta el vagabundo más simplón tiene la mirada de los santos. El Derviche, sin ojos, andaba por la banqueta con la soltura de un maestro de ceremonias, apoyándose en un bastón pulido y brillante. Bajo el sombrerito cónico que inspiró su sobrenombre, lucía una melena sebosa, y en su rostro, dos boquetes de carne rosada, arrugados como ombligos.
      Se ubicó al otro lado de la calle, a espaldas de mi ventana y de cara a dos casas que fungían como bodegas. No había yo reparado en el espacio que mediaba entre ellas; una estrecha franja en la que sólo un gato habría podido colarse y en la que el Derviche metió la mano. Hundió el brazo hasta que el pecho se topó con las salientes de los muros, impidiéndole llegar más allá. Hurgó con obstinación; los músculos faciales contraídos por el esfuerzo, como si lo que se propusiera extraer se le resistiese. Pero lo alcanzó al fin: retrajo el brazo lentamente y se llevó la mano al bolsillo del pantalón, sin darme oportunidad de echarle un ojo a lo que había sacado. Debía tratarse de un objeto minúsculo; me pregunté qué sería, por qué se encontraba ahí, cuál era su valor.
      Habiendo hecho lo suyo, el Derviche se alejó por la calle. Me pareció que sonreía, aunque la falta de ojos complicaba determinar la emoción que traslucía su rostro.
      A partir de entonces, me propuse vigilarlo. Cada martes, arrimaba una silla junto a la ventana y me sentaba a esperar. Mi pulso se aceleraba en cuanto lo veía aproximarse: sorprendido por la desenvoltura con que se movía por la banqueta, asombrado por la destreza con que hacía oscilar su bastón; enternecido con su pequeño sombrero y sus pequeños dientes. La vida del Derviche, creía yo, era una vida a escala, sin mayores contratiempos, y su rutina —plantarse ante la franja, meter la mano, sacarla— me tranquilizaba.
      Algo, sin embargo, se alteró la mañana en que el Derviche cambió su rutina: en vez de marcharse, luego de hurgar en la franja, volteó en dirección a mi departamento. Aterrorizado, me eché al suelo. Me había visto, pensé, con el corazón a punto de estallarme, y al cabo de un par de minutos me reincorporé para asomarme de nueva cuenta a la ventana. El Derviche aún estaba ahí; sonreía, con sus dos boquetes bien abiertos, puestos en mí como dos cañones listos para volarme en pedazos.
      Cuando por fin se marchó, noté que las rodillas me temblaban y pensé: sobreviví. Pero ¿a qué?
      Esa noche llamé a Pepe. Al principio se negó a atenderme, aduciendo que él ya no era mi terapeuta y que no tenía tiempo. Le hice una oferta: si me escuchaba en ese momento, no volvería a saber de mí. Accedió a regañadientes y entonces le relaté los acontecimientos de aquella mañana, con especial énfasis en el terror que me había infundido la mirada del Derviche:
      —Mira, creo que tienes demasiado tiempo libre y estás fabricándote conflictos —me dijo él—. Te sientes estancado. Tu trabajo solía ser muy demandante; eres adicto al estrés y necesitas ese tipo de situaciones para creer que tu vida se mueve. Consigue trabajo —remató—. Y busca otro terapeuta. Te voy a recomendar dos. Anota...
      No necesitaba su condescendencia, y menos a esa hora en que la sed me ofuscaba; le colgué sin más. Salí del edificio, crucé la calle y me situé frente al resquicio entre las dos bodegas, tan oscuro como si de ahí saliera la noche. Me proponía meter la mano en él, pero me lo impidió una certeza repentina: otra mano, fría y anquilosada, aguardaba en su interior, y un apretón suyo bastaría para volverme loco.
      Fui a La India. Tres cervezas y cuatro güisquis. Brindé con dos extrañas: a la salud de otros extraños, por la amistad, por el amor...
      —¡Y por Manteca! —propuse ya entonado.
      —¡Y por Manteca! —secundaron ellas al unísono, felices como si alguna vez lo hubiesen tenido entre sus brazos. (Los alcohólicos nunca cuestionamos la pertinencia de un brindis).
        No sé cuántas mañanas de martes pasaron, pero, en una particularmente fría, decidí seguir al Derviche. En el portón de mi edificio, esperé a que diera por culminada su tarea habitual y, cuando se disponía a retirarse, fui detrás de él. Anduvimos por Bolívar. Cruzamos Izazaga. Doblamos en Nezahualcóyotl. Dos sombras en la luz turbia del amanecer. El Derviche se detuvo frente a una ruina de estilo art déco, cuya puerta, removida quién sabe cuándo, se apoyaba sobre la fachada, junto al umbral. En los alféizares y en la cornisa crecía una hierba hirsuta; los mascarones se desdibujaban bajo una densa capa de musgo. Ése debía de ser el domicilio del Derviche, puesto que aquella era una casa sin ojos: le habían arrancado las ventanas de la planta alta.
      El Derviche silbó y, de inmediato, una mujer se asomó a uno de los vanos superiores: enchamarrada, la cara chamagosa, la cabeza envuelta en un pañuelo azul. Ella silbó en respuesta y él levantó el rostro, como si se propusiese mirarla. Ambos sonreían, e incluso yo, cuando reparé en que la mujer ya había salido de la casa y se arrojaba a los brazos del Derviche, reconocí que la ocasión ameritaba una sonrisa. Él se quitó el sombrero. Ella le plantó un beso en la boca y le dijo:
      —’Ámonos.
      Tomados de la mano, el Derviche y la mujer enfilaron rumbo a Lázaro Cárdenas. Se detuvieron en el cruce, debajo de un semáforo, y esperaron; se escuchó el tañido artificial de una campana. La mujer se apresuró a hurgar en el bolsillo izquierdo de su chamarra y sacó un teléfono. «¿Qué onda?», preguntó. «Ya, ya estamos aquí. Ahorita nos vemos».
      Los marchantes montaban sus templetes junto a la avenida. Los bares desalojaban a sus últimos clientes, aturdidos por los primeros rayos de sol. Una van roja con cristales polarizados se orilló junto al Derviche y su novia, quien deslizó la puerta corrediza y, antes de subirse, ofreció su mano al otro para ayudarlo a trepar al asiento trasero. Cuando ambos se encontraron a bordo, la van se arrancó y fue a perderse en el tráfico.
      Volví a la casa del Derviche. Traspuse el umbral y recorrí el lobby; el piso de mármol hendido, los muros tapizados de dibujos —gatos, perros, penes— hechos con carbón y gis. Subí la escalera, cuyos peldaños chirriaban bajo mi peso. Entré a uno de los cuartos que daban a la calle, repleto de botellas vacías, harapos, condones pisoteados y revistas deshojadas. Me asomé a la ventana: bolsas de plástico obstruyendo las coladeras, un árbol raquítico, dos ratas paseándose entre un zapato pringoso y un bidón de cloro. El reloj de la Torre Latino anunció que eran las 7 am, pero mi sed decía que era más tarde —la hora feliz; a Manteca le gustaba la cerveza y en aquella hora solía verterle un chorrito de Corona en su tazón, que él liquidaba con rápidos lengüetazos; luego soltaba un maullido apenas audible, como si se quejara por la escasa porción que se le había servido; entonces se encaminaba a la alcoba, donde se metía bajo la cama a esperar que me acostase; desde ahí, Manteca custodió mis sueños durante quince años, pero su última noche fue atípica: desairó el chorrito de cerveza que puse en su tazón y, en lugar de meterse al cuarto, fue a ocultarse detrás del librero en la estancia; a la mañana siguiente, lo primero que vi fueron la cola y las patas traseras de Manteca, que sobresalían bajo la base de mi cama; no tuve que palparlo para saber que estaba muerto: su pelo se había puesto opaco.
       A la semana de mi visita a la ruina déco, llamé a Rodolfo. Le conté que tenía un nuevo trabajo y que, en mi nuevo barrio, había hecho nuevas amistades y descubierto restaurantes, museos y hobbies. Sólo que a Rodolfo le parecía demasiado temprano para hablar de trivialidades:
      —Son las seis de la mañana. ¿Por qué no estás dormido? Andas borracho, ¿verdad?
      —Extraño a Manteca —le dije; la voz se me quebró.
      —Me voy a Nueva York en un mes —prosiguió él, sin dar importancia a mis lloriqueos—. ¿Quieres quedarte con mi depa?
      No recuerdo cuál fue mi respuesta. Tampoco recuerdo si me despedí de Rodolfo cuando le colgué. Lo que no olvido es que salí del departamento, bajé la escalinata y, de pronto, me encontré fuera de mi edificio, al otro lado de la calle, frente a las dos bodegas. La noche se iba. Metí la mano; hundí el brazo hasta que mi pecho topó con las salientes de los muros; hurgué con desesperación, sintiendo entre mis dedos la corriente de aire frío que circulaba por la brecha. Pero se trataba de aire, nada más.
      A unos metros, tambaleándose y golpeando la acera con el bastón, se aproximaba el Derviche. Pero también se tambaleaban las bodegas y las farolas; los adoquines, como las escamas de una serpiente, se erizaban.
      Cerré los ojos. El aliento del Derviche me golpeó en la cara.
      —Ya estarás contento... —me dijo.
      Los temblores se sienten menos con un par de tragos encima.

 



 
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