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Los siete viajeros (o Arte Povera) / Lídia Jorge PDF Imprimir E-Mail
Lídia Jorge (Boliqueime, Portugal, 1946). Autora de la novela Estuário (Dom Quixote, 2018). Es la ganadora del Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances 2020.

Homenaje a Germano Celant

Escribo estas páginas para que sean leídas durante el recorrido de un tren de alta velocidad hacia una ciudad del Norte. Las escribo para que las lea el hombre de gabardina verde que se sentó en uno de esos asientos a la mitad del vagón, ahí donde confluyen los asientos que miran para adelante y los asientos que miran para atrás. En ese espacio de encuentro, se abre una mesita doble en ambos sentidos, que parece una cosa doméstica colocada en medio del tren, algo comunitario. En esa superficie él debía colocar sus pertenencias, abrir sus dispositivos electrónicos, quitarse la gabardina, guardarla. Pero no fue eso lo que sucedió. Es temprano todavía para que el tren parta. Él necesita mirar a su alrededor, después de sentarse.
      «Perfectamente», pensó.
      Porque el hombre de la gabardina llegó puntual, a tiempo, y ahora que se instaló, el tren ya no tardará en arrancar. En la línea 2 de la estación todo está detenido. Quien va a viajar ya entró. Casi todos los asientos están ocupados. Son las diez de la mañana; una niebla cerrada, poco común, se instaló en la ciudad, e incluso ahí, dentro de la estación, esa neblina lechosa invadió el espacio. Envolvió hasta a los mismos pasajeros, que leen a medias periódicos y pantallas, medio dormidos, medio despiertos. En realidad, nadie habla, nadie levanta los ojos de las superficies cuadrangulares, nadie parece ser hijo, papá o mamá de cualquiera, cada uno llegó de su mundo, va para su mundo, cada uno cerrado en su mundo, nadie procreó a nadie, nadie procreará a nadie, pensó. Ahí adentro, en ese momento, la vida está suspendida, y lo que queda de ella está esperando que la lleven a otro lugar. ¿El tren arrancará de inmediato? ¿Sin aviso, sin vida, sin sonido, a tiempo, rumbo a la ciudad del Norte? Entre la inmovilidad y el movimiento, un pensamiento surge: «Y, sin embargo, todavía no va a partir», pensó, mirando por la ventana.
      Todavía no va a partir, porque alguien se acerca corriendo por el andén, un grupo de personas que agitan chamarras, mochilas, un grupo humano ruidoso, sin aliento por su retraso. El hombre de la gabardina verde debía ya quitársela, mas no lo ha hecho todavía. En cambio, imagina que, si el grupo entra en ese vagón, los únicos lugares libres serán los que se encuentran junto a él. Sí, están entrando en el vagón número 1, el primero en el orden del andén, el último de la serie. Menos mal, pues si no fuera así, el tren podría haber arrancado dejando a la mitad del grupo en tierra. Pero no sucede así. Como si el último instante se hubiera prolongado en varios, el grupo entró, sus rostros apresurados entran al vagón. Los encabeza un hombre joven, con los boletos en la mano, su mujer e hijos detrás. Un tumulto repentino agita la niebla detenida en ese espacio. ¿Dónde estarán sus asientos? Es obvio, alrededor de la mesita doble, donde hay cinco lugares vacíos. Habiéndolos descubierto, los pasajeros retrasados dejan sus objetos en el suelo y se disponen a instalarse.
      «Perfecto», pensó él, mirando amorosamente su artefacto electrónico, posado sobre su mesita correspondiente.
      Lo quita de ahí. 
      El tren arranca sin ruido. La respiración exhausta de quien llegó con retraso se mezcla con el deslizamiento falsamente neumático sobre los rieles. Enfrente del hombre de la gabardina, se sentaron los dos niños de entre seis y ocho años, a su izquierda se sentó el que debe de tener diez. El padre, con una gorra de visera larga, después de poner las mochilas en lo alto del maletero, se sentó en el asiento frente al del hombre de la gabardina. La madre de los niños, muy joven, se sentó junto a la ventana, con la niña en brazos, una niña completamente vestida de color rosa. El grupo humano alegre, movedizo, está sentado, callado, triunfante, pues finalmente llegaron a tiempo. La paz del inicio del traslado arrulla al vagón.
      «He aquí una familia», pensó. «Madre, padre, cuatro hijos, una familia a la antigua, todavía las hay. Aún sobrevive este primitivo tumulto...».
      Quietos, silenciosos, cada uno disfrutando su lugar, allí están los seis elementos. Están bien instalados para un largo recorrido. Pero no pasa mucho tiempo antes de que los chicos quieran asomarse por la ventana a ver el paisaje lechoso por donde aún se asoman sombras de edificios, de puentes, siluetas de carros que corren a lo largo de vestigios de calles. Los dos chicos, sentados uno frente a otro, primero se arrodillaron sobre el asiento, mostrando las suelas de unos tenis demasiado grandes para sus pies, después trataron de ponerse de pie sobre los asientos de terciopelo, para acercarse al vidrio. Vigilante, el padre se levantó y los obligó a sentarse. Un poco avergonzados, ambos miraron hacia el hombre de la gabardina como si la orden proviniera del pasajero que está sentado enfrente, y no de su padre. El padre dijo en voz alta, regañándolos:
      —¿Qué les dije? ¡Muestren más educación!
      Los dos niños se golpearon recíprocamente, despacio, con golpecitos cortos, por debajo de sus chamarras. El mayor, el que estaba al lado del hombre de la gabardina, se levantó y golpeó con entusiasmo a sus dos hermanos más jóvenes.
      La madre de los niños, sentada junto a la ventana, estaba amamantando a la pequeña. Los largos cabellos de la joven madre, extendidos, caían sobre su pecho, cubriendo como una cortina la succión ansiosa de la hija, mientras sostenía sus piernitas en forma de rombo rosado. Le dijo a su marido:
      —Dales de comer, Jeque. ¿No ves que están insoportables?
      El marido se quitó la gorra para estar más cómodo. Los pasajeros en torno del núcleo empezaron a inquietarse. No se movían, no decían nada, pero seguían con molestia creciente los movimientos de aquel padre, que eran ruidosos y rápidos. Cosas de plástico se agitaban como si dentro de las bolsas hubiera algo animal que caminara. Parecía que llevaban cucarachas dentro de las bolsas. El ruido incomodaba a los pasajeros de enfrente, a los de atrás. A pesar de todo, quedaba todavía un motivo para la esperanza. Tal vez, con la merienda, ese tumulto se calmaría. Entre la muerte y la vida, el hambre, el hambre en primer lugar. Y entre el hambre y la saciedad, el pan. Helo aquí. De dentro de una de las mochilas, el padre de los niños tomó tres panes envueltos en servilletas blancas. Los más pequeños se abalanzaron sobre ellos. La pequeña, del otro lado, junto a la ventana, seguía chupando la leche, el padre se había vuelto a poner la gorra y ya estaba cerrando los ojos, pero el niño de diez años abrió su pan, le quitó la rebanada de jamón rosado, untada de mantequilla, y empezó a balancearla en el aire. Abrió la boca, sacó la lengua, moviéndola en varias direcciones, queriendo atrapar la rebanada. Cuanto más la lengua salía y daba vueltas, más alto se balanceaba la rebanada en su mano.
      —¡Mira, mira, Jeque! —dijo la muchacha madre, inclinando hacia adelante a la pequeña.
      El padre abrió los ojos, saltó hacia el hijo que jugaba al columpio con la rebanada de jamón, y antes de que llegara hasta él la gran mano del padre, el niño ya tenía los ojos cerrados y se protegía el rostro con el brazo. Entonces la rebanada de jamón se cayó y fue a posarse sobre la mesita del vecino de asiento. De pie, en medio del corredor, el padre pidió disculpas, pero no terminó la frase, pues al mismo tiempo, del interior de su chaleco se escuchó con fuerza el sonido de una salsa latina. Por unos momentos, todo alrededor se puso a bailar. Palabras en español chocaron en los vidrios. El padre contestó de pie, en voz alta:
      —Sí, soy yo, Jeque... Pero ahora no puedo contestar, estoy en un tren con mi banda...
      Retomó la vigilancia de sus hijos, les gritó:
      —¡Callados y quietos! ¡Pórtense bien, como les he enseñado!
      Afuera, la llanura seguía sumergida en una niebla cerrada, el paisaje adormecido, pero ahí, dentro del vagón, todos los pasajeros se habían despertado.
      —No se preocupe... —dijo el hombre de la gabardina, limpiando la mantequilla que estaba todavía en la mesa.
      Después de la limpieza, se levantó y se quitó cuidadosamente la gabardina verde. La inspeccionó, la dobló por el revés y la depositó en el maletero. La gabardina había sido de su padre, y tenía cincuenta años con él, porque el padre la había adquirido para festejar el nacimiento de su hijo. El hombre de la gabardina verde imaginaba lo que habría sucedido si acaso la rebanada de jamón con mantequilla hubiera aterrizado en la manga o en el frente de aquella pieza de ropa que había sido de su padre. Habría sido un desastre. No lo fue. Estaba bien protegida, extendida y guardada, muy en alto, por encima de su cabeza.
      —No tengan cuidado —les dijo a los niños.
      Y no lo tenían, no era preciso recomendárselo. En ese momento, el chico del jamón estaba a gatas, andando por el suelo, porque había dejado caer el pan. Cuando se irguió, de nuevo el padre lo esperaba, y se puso las dos manos sobre la cabeza, mientras se reía del golpe que iba en su dirección.
      —¿Te ríes? ¿Te ríes? —preguntó el padre, imponiendo respeto con un grito.
      La pequeña, en los brazos de su madre, empezó a llorar. El niño de diez años, no. Ni sus hermanos. Los tres estaban recibiendo sopapos, cerraban los ojos, levantaban los codos, se defendían de los golpes como si hubieran ido a un gimnasio a entrenarse en defensa con los codos, pero no lloraban.
      —¡Van a ver cuando lleguemos a casa! —dijo, en voz muy alta, el padre.
      Y, recurriendo a su fuerza de hombre, se puso junto a cada uno de ellos y los inmovilizó como si fueran muñecos de trapo. ¡Que se movieran ahora, que trataran de hacerlo! Los pasajeros estaban pendientes de ese movimiento que sucedía exactamente en medio del vagón, un verdadero palco giratorio abierto en todas las direcciones. Por lo demás, todo el interior del tren estaba quieto, a excepción de ese palco abierto. Todo movimiento adicional que se planteara sería una mentira, todo lo que se movía estaba concentrado en esa familia. Ya lo dije, entre la inmovilidad y el movimiento, un pensamiento.
      Un pasajero de enfrente ya se había levantado varias veces y empezado a fotografiar a la familia, o tal vez a grabarla, tal vez con la intención de mandarle a alguien la imagen de la escena escandalosa que estaba ocurriendo en ese viaje. Era evidente que había una amenaza muda en esa grabación sin palabras. El pasajero grabador se sentaba, se levantaba, volvía a grabar. Sólo Dios sabía por qué ese pasajero amenazaba al padre de los niños con ese artilugio electrónico.
      El padre se quedó viendo al artilugio electrónico que lo filmaba o fotografiaba y se dio cuenta de que era intérprete de alguna acción que otros podían considerar equivocada, aunque era adecuada para él, y se sentó. Todos se sentaron. La pequeña se calló, y se puso a mamar de nuevo, la madre le cubrió el rostro con sus cabellos, el padre se puso su gorra con visera, los tres niños se quedaron callados, calmados, como si hubieran necesitado esa pelea para encontrar su debido lugar. El tren corría detenido, y los seis miembros de la familia, cansados, se dormían. Pasó algún tiempo. La somnolencia arrullaba de nuevo al vagón. Entonces se escuchó que alguien abría la puerta corrediza del fondo, y por ella apareció el inspector.
      «Qué bueno que todos duermen», pensó el hombre de la gabardina verde. Entre la fotografía de una familia y su verdadera vida, hay siempre una batalla.
      Habían atravesado la batalla.
      El inspector se aceraba, caminando entre los asientos, dirigiéndose amablemente a los pasajeros, a la izquierda y a la derecha, intercambiando palabras breves, algunas sonrisas, todo sin ruido, una sombra amable, protectora, caminando en sentido contrario al movimiento del tren, hasta llegar al punto donde se unen los asientos que miran para enfrente con los asientos que miran para atrás. Los niños, la joven madre, todos dormían, los rostros cansados, las pestañas cerradas. Sólo el padre se despertó para mostrar los papeles blancos al inspector. El inspector miró detenidamente los papeles y dijo algo en voz baja al padre de los niños. Educadamente. Pero el padre de los niños preguntó en voz alta:
      —Cambiarnos, ¿pero por qué?
      El inspector volvió a hablar quedo, muy quedo. Hasta que extendió los brazos y dijo ásperamente:
      —Simplemente porque ustedes no son de aquí. Comprenda.
      —¿Por qué dice que no somos de aquí?
      Ahora todo sucedía en voz alta.
      —Porque este es un vagón Confort. Y ustedes no son del vagón Confort. Tienen que atravesar este vagón, pasar por el 2, pasar por el restaurante-bar, y después entrar en la zona Turística, y es ahí, en la Turística, donde están sus lugares. Si los números son los mismos, es por casualidad, no soy responsable de eso.
      Y como el padre de los niños no se movía, el inspector perdió la paciencia y, de mal modo, dijo:
      —¡De prisa!
      —Jeque, vamos —dijo la muchacha madre.
      La muchacha madre ya se había levantado, tomado su bolsa de madre, llena de muñecos de Hello Kitty, cargado a la pequeña, y los niños, apenas despiertos, habían comprendido que se habían instalado donde no debían y miraban a su alrededor, asustados, caminando, con sus tenis gigantes, detrás de su madre. El tren zigzagueaba. El padre de la gorra de visera larga era el último de su familia en comprender y doblegarse a las reglas del camino de hierro. Se levantó. Empezó a andar detrás de su familia, a grandes zancos, encogiendo los hombros, cargando mochilas y bolsas. En torno a él, todos los pasajeros de ese vagón estaban despiertos, pero nadie decía una palabra ni se miraban entre sí, una mezcla de vergüenza por la expulsión, y una mezcla de alivio porque finalmente la paz estaba llegando. Como se sabe, entre el bien y el mal, una mortaja. Un suspiro. Finalmente, llegaron la paz y el orden, porque ellos no eran de allí. Y el inspector se acercó al hombre de la gabardina verde, contrariado, sudando, como si hubiera atravesado una tormenta en el mar. Revisó el boleto. Comentó:
      —Hay que tener paciencia, hay que tener paciencia...
      —Muchas gracias —dijo el hombre de la gabardina.
      Éste pregunto aún:
      —¿Van a tener que atravesar todos estos vagones?
      —Sí, su vagón es el primero, precisamente el que está junto a la locomotora...
      Entonces, en la planicie por donde el paisaje corría ahora a toda velocidad, el tren silbó dos veces, un silbido lúgubre como los silbidos de los trenes, porque cada uno de esos sonidos separa dos tiempos irreconciliables. Uno hacia el frente, otro hacia atrás, y en el medio una fracción de nuestro tiempo privado se despedaza. Miró hacia el paisaje blanco en donde surgían figuras de árboles que iban y venían, desaparecían, sombras de sombras que desfilaban, y pensó que todo podría haber sido diferente. Pensó, sintiendo un peso sobre el pecho. A medida que sus pensamientos se expandían, su pecho descendía. ¿Cómo no se le había ocurrido?
      ¿Por qué no había pensado hace un momento en que podía perfectamente haber pagado las multas, pagado los excesos, pagado todo lo que fuera necesario, para que esa familia hubiera continuado en el lugar que el azar le había proporcionado? ¿Por qué razón, él, el hombre de la gabardina verde, no había colaborado con el azar, no había permitido que ese grupo humano lleno de vida hubiera continuado ahí, durmiendo a su lado? Él, que transportaba en su utensilio el modelo de una torre biónica que debía ser construida en medio de un oasis futuro, en Arabia Saudita, un oasis que todavía no existía en el desierto, tanto esfuerzo, tanta pericia, tanto riesgo en su pantalla, tanto cálculo, tanta conquista sobre la aerodinámica, tanta riqueza líquida, espesa, oscura, arrancada a las profundidades de la arena, tanta conversión de dólares en euros, él, testigo y agente de toda esa energía intercambiada, y no había sido capaz de decidir, en el momento exacto.
      ¿Quién era él en verdad en esta vida? ¿Para qué servía? ¿Para qué había venido a este mundo? Se acomodó en el asiento y volvió a ver la silueta del hombre, el joven padre, soportando el desaire. Volvió a ver a Jeque, saliendo del vagón, vencido. Una, dos, tres, veinte veces. Cerraba los ojos y no dejaba de verlo. Una debilidad suya, que lo asaltaba de vez en cuando, quedar preso de imágenes como ésa sin poder avanzar, y repetirlas, repetirlas, sin poder contenerse. La gabardina verde que llevaba, otra debilidad.
      Desde que su padre se la había heredado, la usaba en los días en que había algún riesgo. Independientemente de lo que sucedía, así el resultado fuera bueno o malo, la vieja gabardina desgastada, mil veces lavada en seco e impermeabilizada, le amortiguaba los golpes, le amortiguaba las alegrías. Golpes y alegrías que necesitaban ser amortiguadas, para que el ser humano permaneciera fuerte, seguro, equilibrado. Ya fuera llevándola puesta, ya fuera doblada en el fondo de su maleta, viajaba con ella por todo el mundo. Su debilidad ante la gabardina, y su debilidad ante la familia de ese hombre, aún joven, llamado Jeque, eran dos debilidades. Dos debilidades en un solo día eran demasiadas. Detestaba las debilidades. Pensándolo bien, no quería saber nada más de la familia de Jeque, iba a dejar de pensar en esa imagen inquietante. No quería, no. Entre la decisión y el hecho, el firme paso humano. Y el hombre de la gabardina miró el paisaje difuminado de blanco y pensó en el encuentro que tendría con otros arquitectos, venidos de lejos para discutir entre sí, en la sala de reuniones de un hotel, ahí en la ciudad del Norte, aquel maravilloso proyecto. A él le había tocado colaborar con el diseño de la punta de la torre biónica, desde donde se vería, incluso de noche, la mitad de la Tierra. Ese día iba a ser muy importante en su vida, él no podía volver a pensar en esa familia. Estaba decidido.
      «Cuando lleguemos a nuestro destino, voy a quedarme atrás, esperar a que desaparezcan, no los quiero volver a ver».
      Pero no fue eso lo que sucedió.
      Escribo estas líneas para que las lea el hombre de la gabardina verde, para que recuerde siempre cómo sucedió precisamente lo contrario. Se puso la gabardina, muy vieja, la que tenía un cinturón muy largo, muy amplia, solapas enormes, hombreras militares, un objeto proveniente de los viejos años setenta, y esperó a que todos los pasajeros bajaran, corrieran, desaparecieran al fondo. Sólo después salió. Con el rostro serio, apresurado, caminó a lo largo del andén. Cuando se preparaba a bajar los escalones subterráneos, sintió a alguien a su lado. Era un niño. Era el chico de diez años. El chico extendió la mano, la abrió y en la mitad de la mano tenía un botón de pasta verde. El chico balbuceó:
      —Lo encontré, era mío, pero mi papá me ordenó que lo entregara.
      Lo que el niño le entregaba era un botón de la gabardina que había encontrado en el piso del vagón. Él tocó el frente de la gabardina, y era verdad, le faltaba un botón.
      Regresó.
      Sentados en una banca de la estación de la ciudad del Norte, ahí estaba la familia. Comían, otra vez, porque entre la vida y la muerte, el hambre. Y entre el hambre y la saciedad, el pan. El padre y la madre de los niños, así como los hijos, comían panes envueltos en servilletas de papel. Había latas sobre la banca. El hombre de la gabardina verde abrió su portafolio, pasó la mano por la billetera. Contó uno, dos, tres, cuatro billetes. Pero se detuvo. No podía hacerlo. Era necesaria otra cosa, más elevada, digna, a la altura de lo que había pasado, no eso. Buscó sus tarjetas de presentación y sacó una. Subrayó el teléfono, la entregó al padre de los niños, que entonces se levantó. La muchacha madre también se levantó con su pan y su pequeña en brazos, y los chicos se subieron a la banca para quedar a la altura de la tarjeta y del botón. El padre se quedó viendo, muy sorprendido, ese papel. Repetía:
      —Claro, sí, si un día lo llego a necesitar, le llamo. Y no se vaya así nada más, porque yo no tengo tarjeta, pero tengo teléfono. Voy a dictarle el número. También usted, si alguna vez lo necesita, palabra de honor, llámeme. Para usted, lo que necesite.
      Cuando el hombre de la gabardina verde retomó su camino hacia el hotel, llevaba el botón que se desprendió de la gabardina guardado en la faltriquera, y los artefactos electrónicos en la mano. Llevaba el equipaje perfecto. Pero no iba solo. Lo acompañaban varias mochilas, varias bolsas, varios panes envueltos en papeles blancos, tres latas de Coca-Cola, una alegría, una tristeza, una interrogación, cuatro niños, una pareja, y él mismo, un hombre solo, una gabardina vieja, dos estaciones de tren, unos cabellos de muchacha que le llegaban a la cintura, los pañales del niño enrollados, puestos al lado del banco en el andén, una computadora de arquitecto donde estaba escondida la torre de una ciudad futura en medio del desierto, dos hombres, un apretón de manos, el remordimiento de uno, la vergüenza del otro, frente a frente, la incomodidad de todos, y en medio de esa mezcla de seres y estados, visibles e invisibles, una revelación, sin nombre, llamada la pobre pobreza de los hombres. De vez en cuando alzados del suelo, por un botón. O algo parecido. Y eso es todo, Jeque. Es todo.

Traducción del portugués de Blanca Luz Pulido.

 
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