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Finalista Luvinaria - ensayo / De regreso al cuaderno amarillo / María González PDF Imprimir E-Mail

X Concurso Literario Luvina Joven

Mención honorífica
      Tomando como pretexto un recuerdo ficticio y el regreso a la infancia, la autora presenta un ensayo íntimo y con profundos tintes líricos sobre la inefable naturaleza de las palabras y su volátil transparencia.

 

De regreso al cuaderno amarillo
María Berenice González Godínez
 Licenciatura en Letras Hispánicas, CUCSH

En la montaña de un pueblo cercano a la laguna aparece cada ciertos años una puerta de madera vieja con una campana que suena para llamar a su elegido. En realidad no se sabe cómo es seleccionado, pero si la suerte te alcanza podrías ver esa puerta. Quienes entran ahí se pierden por décadas, llegan a un mundo ajeno pero tranquilo, tanto, que se distraen caminando en ese hermoso mundo. Sin embargo las dificultades comienzan cuando al salir no encuentran nada igual, ni siquiera la montaña, entonces regresan a su casa y todo es diferente, porque sin darse cuenta, afuera, en la realidad, transcurrió mucho tiempo.
                  Ésta era la historia que me contaba mi abuelo cuando era niña. Me gustaba escucharla una y otra vez, porque imaginaba cada objeto, cada espacio, pero también me asustaba pensar que un día podía encontrarme con esa puerta. Ahora que han pasado los años me pregunto si esa historia era verdad, si era una leyenda del pueblo o si mi abuelo la había inventado; es una lástima que ya no pueda preguntárselo, pero de algo sí tengo la certeza: fue una anécdota que me invitó a imaginar, que me hizo pensar en mundos fantásticos y sobre todo, que me enseñó a escuchar las palabras. 
                  Me gustaría decir que las palabras son nuestras desde el instante en el que aprendemos a hablar, pero más bien nos adueñamos de ellas cuando comprendemos su imagen y su voz, cuando descubrimos que son intangibles en la mente, pero sólidas en los hechos. Por eso cuando era muy pequeña pensaba que el mundo de los adultos era mejor y creía que los niños éramos unos ingenuos viviendo en un planeta de papel que en cualquier momento sería arrastrado por el aire. Suponía que los mayores conocían secretos y que los ocultaban con las palabras. Escuchaba las pláticas de los adultos como si se tratara de una lengua lejana y misteriosa, llena de conceptos extraños.
                  Conforme iba creciendo veía cómo descifraba ese lenguaje y cada vez me interesaba conocer más. Después la curiosidad me hizo preguntar por la escritura; las palabras en el papel eran más complicadas, con formas dispares e inexplicables y cuando no sabía escribir imaginaba que las letras tenían algo mágico, porque creía que cuando alguien las leía cambiaban su vida para siempre. Desde entonces desee conocer el idioma de los adultos y me esforcé por aprender la escritura. Quería saltar al mundo de los grandes para no vivir más en un espacio de ingenuos, donde el idioma era minúsculo y sólo era sonido vacío.
      Hoy veo que aquél mundo de papel sí se lo llevó el aire y percibo cómo el tiempo quebró las horas de aquel tiempo de ensueños. Si pudiera, haría un retorno a ese lugar de niños y prestaría más atención al idioma de las ilusiones, regresaría a las tardes en las que mi mamá me enseñaba a escribir en mi cuaderno amarillo. Entonces le preguntaría “¿Las palabras que escriba valdrán la pena o se quedarán empolvadas en las hojas?”, “¿las palabras tendrán un sentido o serán frases sin nombre?”. Quizá entendería que el idioma de los adultos no es como pensaba. Me daría cuenta de que el mundo de los mayores es más ilusorio que el de los ingenuos.
      Aquél planeta sí era de papel, frágil pero amplio, era blanco y no había nada, pero aún así estábamos nosotros, los ingenuos, y permanecíamos esperando que algo sucediera, sin embargo todo era bueno, porque de niños nunca esperamos algo malo. Confiábamos en las horas y añorábamos sin temor el futuro, porque éste era un sueño y los sueños sólo podían ser positivos. Con seguridad pensaba que había nacido para caminar, que caminaba para correr y que corría para brincar. Todo tenía una causa y un sentido; cada acción era un descubrimiento.
      Imaginaba que podía volar sobre las alas de un dragón teñidas con azúcar de la lluvia y confiaba en que me arrullarían majestuosamente en un atrapasueños de chocolate. Mis pensamientos eran así, infantiles, iban muy lejos y no temía a ninguno, pero aun así quería comprender todo el lenguaje de los mayores y me desesperaba al no conocer todas las palabras. Vivía con la sensación de que al saber más conceptos entendería mejor la realidad. Por eso aprendí a leer y escribir con emoción, mientras que en cada oportunidad buscaba significados, pues sentía que de esa manera el planeta crecía.
      Desde entonces las palabras han sido mi alimento cada día, aunque no de la misma forma. Cuando me presentaron la literatura todo se movió, fue como si hubiera ido caminando por unas escaleras rectas y de pronto cada escalón se fuera desprendiendo para organizarse hacia distintos lados. Lo sé, esta descripción no parece la mejor, sin embargo fue algo parecido, porque efectivamente mi camino monótono se modificó y supuse que a partir de ese instante cada historia leída transformaría una parte de mí y de mi vida. Conocer la literatura me hizo volver a cuestionar las palabras, pero sobre todo me incitó a querer aprender el lenguaje de las ideas; había regresado a esa ingenuidad.
      Mientras más leía reafirmaba que las palabras no me pertenecían, que ya sabía hablar, leer y escribir, pero seguía siendo un universo desconocido que aumentaba su tamaño. Leía un libro tras otro, casi como una obsesión, pero como si se tratara de una paradoja, tenía la sensación de que las palabras eran infinitas, más complejas, y al mismo tiempo sabía que los significados ya no eran de diccionario. Observaba que en cada novela, en cada cuento y en cada poema se escondían, posiblemente, cientos de significados y sentidos en las frases. Yo entendía algo, pero mi papá me decía una interpretación distinta, después cada uno de mis compañeros formulaban otras posibilidades. Ahí fue donde asimilé que en cada palabra estaban guardados millones de mundos y que investigar su significado sería imposible, porque no había dónde hacerlo. Por ello, en mi afán por comprender el lenguaje, decidí escribir historias, quise entrar en ese espacio secreto en el que podría crear sin límites, en donde, tal vez, sabría ver y escuchar los conceptos hasta sentirlos más cercanos.
      Contemplar las palabras
      sobre el papel escritas,
      medirlas, sopesar
      su cuerpo en el conjunto
      del poema.
      Eso escribió José Agustín Goytisolo y concuerdo, porque las palabras son como pequeños seres con un cuerpo que respira y que actúa según donde se encuentre; están vivas. Cuando comencé a escribir poemas supe que cada letra está hecha de líneas, que es imágenes y memoria; en cada frase he dejado parte de lo que soy, he puesto un poco de mi historia y de mis ilusiones. Las palabras eran mías poco a poco, es cierto que sigo siendo ingenua como cuando era pequeña, porque el lenguaje es eterno, pero ahora, ese mundo ilusorio me gusta y no es inconveniente. Las ideas son mi materia, las palabras nunca serán mías, es verdad, tampoco serán tuyas, ni de nadie, pero nos eligen y deciden dónde quieren estar en los textos.
                  Ya no podré volver a los viejos años infantiles, aquél idioma que yo pensaba vacío y sin sonido tenía más ruido que ninguno. Desconocía el lenguaje de los mayores, pero mis palabras tenían muchos significados, similar a como sucede en la literatura. Ignoraba que el diccionario no era completamente la respuesta, porque la imaginación es una mejor herramienta. Ahora lo comprendo, mas también me pregunto ¿Qué pasará con lo escriba? ¿Quiénes lo leerán?
                  No lo sé, pero aun así seguiré buscando nuevas ideas, al mismo tiempo que he decidido abandonar las viejas palabras en una esquina, hasta que el frío humedezca el papel y diluya los bordes de la “b”, la “n”, la “s”, todas. Ha llegado el momento de arrugar los lugares comunes, las frases incoherentes. Es tiempo de aventarlas al aire y que en una voltereta no caigan en el mismo lado, a mi lado. En el futuro podrán buscar mis palabras para guardarlas en una caja fuerte o podrán evadirlas, después de todo sólo son letras enganchadas, hechas de líneas y no sucede nada. Así son las ideas, así son las palabras, así es la literatura: todo y nada simultáneamente. Es el mundo donde cabe todo y también el que esconde secretos con metáforas, porque en la literatura no es relevante que sea real o ficción, sino lo que nos hace sentir y lo que dejamos en ella. La literatura es esa posible puerta en la montaña de la que me habló mi abuelo. 


 
 
 
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