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Finalista Luvinaria - cuento / Roll ‘n’ rock / Christian Anguiano PDF Imprimir E-Mail

X Concurso Literario Luvina Joven

 

Roll ‘n’ rock
Christian Alejandro Anguiano Molina
Licenciatura en Escritura creativa, CUCSH

Lado A. Recuento
La última noche que hablé con mi abuelo, le dije que alguna vez quise ser escritor. Le conté, envueltos por el humo del cigarro, que mi primera historia la escribí cuando tenía diez años, después de nuestra primera visita al mar. Aún recuerdo que trataba sobre un hombre que se perdía entre las olas y su familia hacía hasta lo imposible por encontrarlo con vida. La escribí porque mi abuelo me dijo que le daba muchísimo miedo morir ahogado. Así que le compuse un cuento donde desaparecía arrastrado por la marea y le inventé una familia preocupada por él. Me tomó quince años poder contarle aquello. Mientras le revelaba ese secreto, pude percibir en su rostro un atisbo de culpa. No dijo nada una vez que terminé de contarle. Acabamos con nuestros cigarrillos y él se fue a dormir. Esa misma noche hice la llamada y al día siguiente vinieron por nosotros.
                  Mis padres murieron en un accidente de tránsito, por eso quedé al cuidado de mi abuelo paterno, un hombre que tuvo la desgracia de ver a su esposa morir en sus brazos y sufrir la pérdida de su hijo y su nuera. Mi abuelo se hizo cargo de mí desde entonces. De él aprendí todo: cazar conguitas, romper botellas de cerveza llenas de agua con la palma de la mano, fumar una cajetilla y media de cigarrillos al día, y no extrañar a los muertos. Él se encargó de alimentarme, de darme sapes cada que abría la boca de más y de pagar mis estudios hasta tercero de preparatoria. Mi abuelo decidió instruirme en sus gustos musicales: Buddy Holly, Fats Domino, Chuck Berry y el gran Elvis. Ponía vinilos viejos en su tocadiscos y cantaba con muy mala pronunciación cada melodía; se emocionaba, tocaba una guitarra de aire y movía las caderas. Él me mostró el mar a los diez años y a esa edad aprendí a nadar entre las olas. Esa vez, cubiertos hasta las rodillas por el agua, me dijo que el término Rock ‘n’ roll es una expresión náutica: “Rock es un balanceo de adelante hacia atrás”, y mecía sus viejas caderas para ilustrarme; “y roll es como un meneo más o menos así” y se movía como si un péndulo lo dirigiera. Aquella vez, mi abuelo me confesó que su mayor miedo era morir ahogado.
                  Mi abuelo dejó de trabajar y de escuchar música a los setenta años. Sus articulaciones ya no eran las mismas y el aire se le iba con el menor esfuerzo. Yo estaba seguro que era culpa de las dos cajetillas que se fumaba al día. Cuando mi abuelo ya no se pudo levantar de la cama, me tocó a mí hacerme cargo. Entonces dejé la escuela para siempre. Al principio fue difícil encontrar algo bueno y los intentos fueron bastantes: cargador en el mercado, cuida coches, repartidor. Hasta que encontré un trabajo como mesero de un modesto restaurante. Entonces la pandemia estalló en el país y a todos nos mandaron a nuestras casas.
                  Como no podía quedarme de brazos cruzados, decidí salir a la calle a buscar trabajo, pero resultó casi imposible encontrar algo y todo se puso peor conforme pasó el tiempo. Todas las noches, con menos dinero en la cartera, regresaba a casa sin resultados. Mi abuelo se sentaba conmigo en el comedor y me ofrecía un cigarrillo. Platicábamos unos cuantos minutos, viéndonos de frente. Nunca hablamos del virus. Estoy seguro de que nunca supo de él y, si así fue, tal vez se enteró por la televisión, pero nunca por mi propia boca. Cuando nuestra plática terminaba, él se marchaba a descansar. Yo me preparaba algo de comer o de plano no comía nada para guardarle algo al viejo al día siguiente.
                  Todas las mañanas me despertaba muy temprano para tratar de obtener un poco de dinero. Seguramente esos trayectos o el contacto con alguien fue lo que me infectó. En las noticias y en todas partes anunciaban que si sentías algún síntoma o sospechabas de estar contagiado, tendrías que comunicarte a un teléfono para asesorarte o darte atención médica. Primero inició con un dolor de garganta, pero para el quinto día, las flemas salían con un hilito de sangre y caminar representaba un esfuerzo sobrehumano.
                  Cuando asimilé que estaba contagiado en verdad, pensé en no volver a casa. Si mi abuelo se contagiaba era posible que no saliera bien librado a diferencia de mí. Pero no tenía a dónde ir. Ya no me quedaba ni un quinto en la bolsa, así que tenía que decirle a mi abuelo que un virus podría matarlo y que yo estaba contagiado. En mi trayecto a casa, planeé todo mi discurso para advertirle que no se me acercara. Pero al llegar, lo encontré en la entrada. Algo en su mirada me decía que ya lo sabía todo. Cuando lo escuché toser, supe que ya estaba infectado. Aun así, me sonrío como pocas veces. Descubrí que le faltaba un diente. Mi abuelo me pasó el brazo por los hombros y me ofreció uno de sus cigarrillos. Nos sentamos a fumar en silencio, mirando ambos hacia la distancia, en direcciones distintas.
      Después de varios cigarrillos, le conté aquella historia que escribí a los diez años. Le pregunté si aún sentía miedo de morir ahogado. “Siempre he tenido miedo, Reynaldo. Siempre”, me dijo. Después de un largo silencio, se levantó y se fue a dormir. Esa misma noche, hice la llamada para que pudieran salvarlo antes de que fuera demasiado tarde.

Lado B. Rebobinar
Usted morirá ahogado. El agua rodeará su cuerpo y le inundará los pulmones hasta matarle. Pronto abrirá los ojos. Regresará a la vida. Al principio verá nublado y sentirá que la cabeza va a explotarle. Escupirá toda el agua almacenada dentro de usted y el aire de la superficie llegará hasta su boca para meterse en sus pulmones. Sentirá las ráfagas de oxígeno en su interior y creerá que asciende. Tocará con sus pies la arena y su cabeza surgirá de entre el agua. Su cabello se secará de inmediato y comenzará a ser visible en el exterior. Pronto, el sol le quemará los hombros. Caminará de espaldas para salir de esas aguas funestas. Llegará a la orilla de la playa y sus pies se secarán enseguida. Sentirá la arena caliente. Será muy incómodo, pero habrá que retroceder para que el ardor disminuya. Se sentirá enfermo. Ese día decidirá morir ahogado, porque no tiene otra salida y ahora se aleja poco a poco del agua que será su muerte.
                  No tardará en darse cuenta de que alucina. Todo será mentira y estará postrado en una cama de hospital, ahogado en flemas, con un tubo incrustado en la garganta, un tubo que le succionará el aire de los pulmones para almacenarlo en un tanque de oxígeno. Poco a poco el tanque le robará el alma y no podrá hacer nada porque usted es un moribundo que no puede moverse, un viejo a punto de exclamar su última palabra.
      Pasará días con el tubo incrustado en la garganta. El tiempo avanzará y se sentirá cada vez mejor. El aparato le seguirá robando el oxígeno. Cierto día, los médicos le quitarán aquel artefacto de su interior. Le costará mucho respirar y las enfermeras se alejarán lo más rápido que pueden de usted. Soltará un grito ahogado porque ya no le quedan fuerzas. Sus ojos estarán hinchados y la primera gota de llanto pasará de la almohada a sus mejillas, ascenderá hasta acumularse en el rabillo del ojo donde se dispersará por sus lagrimales. Así, una a una, hasta dejar seca la almohada. Se lamentará, sentirá un gran dolor en el pecho y las flemas le impedirán respirar. La enfermera aparecerá para consolarle por última vez. Sus sollozos invadirán el cuarto en aquel hospital y sus chillidos pronto serán gritos: “¡¿Por qué? ¿Por qué te lo llevaste?!” La enfermera, con mucha pena en el rostro, le anunciará que Reynaldo, su nieto, acaba de morir, y que hicieron hasta lo imposible por salvarlo. Entonces la verá retirarse consternada.
      En ningún momento podrá olvidar a su nieto. Recordará la historia que le contó sobre el hombre perdido en el mar. Recordará que él tuvo que abandonar sus estudios para procurarle y que usted lo cuidó todos estos años. Recordará la muerte de su hijo y su nuera, el asesinato de su esposa quien perdió la vida en un asalto. Recordará el nacimiento de su único hijo, su boda, la música que escuchaba en su juventud, su noviazgo, los días de infancia, los primeros instantes de su propia vida. Aquella mañana le dirán que su nieto está muy grave, pero que harán todo lo posible por mantenerlo con vida. La tarde siguiente le informarán que su nieto ha empeorado su salud, pero tres días después rezará por él y le avisarán que está mejor.
      Los doctores se encargarán de extraer analgésicos de su cuerpo con jeringas que introducen vacías y sacan llenas. Escupirá medicamentos en un vasito de papel y tragará flemas con sangre que saltarán hasta su boca para almacenarse en su garganta. Los días pasarán y se sentirá un poco mejor. Consumirá las mismas pastillas y las flemas tragadas serán menores.
      Una mañana, le pedirán que se levante de la cama y lo acostarán en una camilla con un panel transparente para aislarlo. Un par de paramédicos con trajes de plástico lo empujarán fuera del cuarto y lo conducirán por largos pasillos. Juntos entrarán a un elevador que los dirigirá a la planta baja. La gente en la sala de espera lo verá con espanto, pero de inmediato calmará su expresión. Saldrá del hospital. Los paramédicos le llevarán directo a la ambulancia y cerrará los ojos mientras lo suben a la parte trasera. Escuchará por última vez el ruido de la sirena. Recordará que hace tiempo no escucha al gran Elvis. Recordará que se llama Roll ‘n’ rock por el movimiento del mar. Sentirá el balanceo arrítmico de la ambulancia, adelante y atrás, izquierda, derecha. Pasarán los minutos y se detendrá la ambulancia afuera de su propia casa. La sirena dejará de escucharse. Los paramédicos lo bajarán mientras usted está sobre la camilla. Lo conducirán hasta la entrada de su casa, pasarán por la sala y lo meterán a su cuarto. Abrirán la cápsula para bajarlo y usted se sentará en el borde de la cama. Le tomarán la temperatura y le pedirán que abra la boca. Usted preguntará por su nieto, lo llamará con fuerza, y los hombres desconocidos saldrán del cuarto. Escuchará ruido en la sala. Una flema en el piso saltará hasta su boca. Toserá. Toserá mucho. Alguien tocará a la puerta y escuchará las sirenas que inundan el ambiente.
      Toserá con fuerza. Usted se quedará dormido enseguida. Dormirá durante diez horas, se sentirá más cansado y soñará con el mar. Soñará ser un hombre ahogado que pierde a toda su familia tras su muerte. Soñará el final de sus días. Despertará ya de noche. La habitación estará a oscuras. Encenderá la luz y un puñado de flemas en el suelo se introducirá en su garganta. Toserá. No podrá dejar de toser. Creerá que son los cigarrillos y que no debió fumar antes de dormir. Ya lo estaba dejando. Escuchará desde su cuarto la voz de su nieto que seguramente habla por teléfono con alguien.
      Recordará la historia sobre el hombre ahogado y toda esa mierda que él le contó sobre ser escritor. Se sentirá culpable. Se dirigirá a paso cansado al comedor y ahí estará él, tosiendo levemente. Hablarán, hablarán por horas y entre más hablen, menos sabrá de su nieto. Usted mirará en dirección contraria a la de él. El humo en el aire se le meterá en la boca y usted lo soplará en aquella colilla para formar un cigarrillo. Repetirá el proceso hasta regenerar aquel cilindro. Reynaldo y usted se levantarán de sus sillas y saldrán a la entrada de la casa. Él le devolverá el cigarrillo intacto y lo introducirá a la perfección en la cajetilla. Usted le pasará el brazo por los hombros y mantendrá una sonrisa que se desvanecerá de golpe. Verá cómo su nieto se aleja poco a poco. Toserá por primera vez frente a él. Su nieto caminará de regreso y se perderá en la inmensidad de la calle como si esa noche fuera la última que sabrá de su existencia.





 
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