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Cuaderno gris / Luisa Valenzuela PDF Imprimir E-Mail
Junio 2010

¿Cómo escribir esto?
      No, no es ésta la pregunta, la pregunta es ¿cómo escribir? Y punto. Qué hacer para recuperar el milagro de encontrar una vez más las palabras, las palabras para decir aquello que está del otro lado de la anécdota, de la fácil, banal descripción de hechos que no van más allá de sí mismos. Es decir entender, intentar entender, porque de eso se trata el escribir aunque sea una exigencia inalcanzable. Inalcanzable por suerte, y por eso mismo insistimos. Y procuramos sacar algo de la nada gracias a esa entelequia llamada arte, aunque ahora el vocablo arte acarree connotaciones pretenciosas. Adjetivo que viene del verbo pretender, es decir anhelar, aspirar, soñar con un más allá del decir que dice mucho más, aun a pesar nuestro.

He sido una viajera impenitente y obcecada. Llena de pasión, y me viene de lejos, de la infancia y sus aventuras mentales.
      Mi primer medio de transporte fue la imaginación, cuando exploraba el terreno baldío a la vuelta de la manzana de la casa materna en Belgrano, inventando aventuras de todo tipo. Pero a lo largo de años —los muchos años, aunque no tengo conciencia del tiempo transcurrido como pérdida, sino como acumulación— abordé todo tipo de vehículos. Desde los grandes transatlánticos a los barcos de carga, a la feluca egipcia; de los aviones a hélice a los jumbos, y los rickshaws y los tuc-tucs y hasta algún manso camello o elefante, para no hablar del noble equino, caballos de todo tipo, de monta y de tiro. Viajé a tracción a sangre animal, vegetal y hasta humana (los ciclotaxis). Todo, menos tracción a sangre propia.
      Así hasta marzo de este año 2010. Para el largo viaje que duró casi dos meses —viaje al fondo de la noche—mi medio de transporte fue un virus. Anónimo él, indetectado, por fortuna finalmente expulsado de mi organismo; un virus que se alojó en mi cerebro y mientras vivió hizo estragos. Es decir, su trabajo de virus. Y me transportó al fondo oscuro de mí, borrándome de un plumazo los recuerdos de ese viaje. O casi. Por eso mismo trataré de reconstruirlo ahora que puedo. Y me animo. Porque hasta hace una semana no quería saber nada de nada, y ahora sí, quiero saber. De esto se trata el estar en vida. Y el retomar la escritura.
      La voy recobrando, a la escritura, y una vez más salgo al encuentro de ese decir que nos permite ver las palabras a trasluz. Me hace bien. Porque al emerger del largo letargo estaba convencida de no poder escribir más, y no me importaba; imposible recordar que el escribir es una forma de pensar, de estructurar la llamada realidad, de exprimirla para tratar de extraerle algún sentido. Como quien exprime un limón, digamos, o hace jalea de una fruta que de otra forma resulta indigerible. ¿Se le agrega azúcar a la realidad, se la endulza al escribirla? En absoluto. Es sólo una metáfora.
      Hablando de lo cual...
      «No despertar a los perros que duermen», me conminó el neurólogo cuando mencioné el recuperado impulso de escribir.
      Un estúpido.
      No despertar a los perros significa no despertar en absoluto, así de simple, no permitirse el lujo de acceder a ese conocimiento que se dice prohibido, ¿y quién lo dice?
      Prohibido.
      Como si el conocimiento acatara la ley, tuviera ley.
      Como si los perros dormidos no descendieran del lobo y aullaran en las noches de luna o sin ella para despertar a las incautas, valientes, las más empedernidas almas.
      Alma es aquello que llevamos adherido al cuerpo.
      Nuestro cuerpo: el alma lo constituye y habilita.
      Lo entendí a las patadas pero supe entenderlo.
      Por eso mismo la pregunta:
      ¿Y el cuerpo, qué? ¿Dónde ponerlo? Porque lo que es acá nos incomoda.
      Pobre cuerpo doliente sin memoria del dolor, desreconocido. Intocable (y fue tan tocado en esos días, casi dos meses de desmemoria y desamparo) para después:
      ¡No se acerquen!, como un grito.
      Ni mencionarme el cuerpo se podía, nunca usar esa palabra descorporizada, la palabra cuerpo.
      Y los nervios vibrando en armónico al son de la palabra cuerpo. Aterradora.
      Chirriantes ellos, los nervios, como si alguien estuviese rascando una pizarra con las uñas. Ese mismísimo alguien que supo proferir la muy profana, la palabra cuerpo.
      Me perdí de mi propio cuerpo, y la energía me quedó despatarrada por el aire de mi entorno y yo tan fuera de aquella que supe ser yo. Mi cuerpo.
      Una amiga terapeuta llegó cierta tarde «quizá haya pasado otras tardes por mi habitación en la clínica, pero yo sin registro de movimiento alguno. Llegó una tarde, digo, y captó la dispersión de mi energía y se preguntó qué hacer y sólo atinó a masajearme los pies y eso me fue reubicando, reinsertándome en mí.»

Un poco.
      Así en dos, tres oportunidades, hasta que cierta aciaga tarde sintió que podía hacerme hablar, devolverme al lugar de la palabra, que era su oficio.
      No hablaremos de tu enfermedad, me dijo; no, hablemos del cuerpo. Tenés que amigarte con tu cuerpo, me propuso a modo de consuelo.
      Y fue un desgarro.
      La eché de la habitación. No pude seguir más, llamé a la enfermera. Tengo un ataque de pánico, le dije a la enfermera.
      ¿Tuvo antes ataques de pánico?, preguntó ella.
      No, nunca.
      ¿Y entonces cómo reconoce los síntomas?
      De oídas los reconozco, de leídas, de esta sensación que no puede ser otra cosa, como un mar embravecido, un tsunami interno, un fuego crepitante, llamaradas, incendio de desesperación total, la propia vitalidad dispersa rebotando en las cuatro paredes de la habitación en la clínica, y yo ahí, en la cama en un fuera de mí que no es furia ni locura ni metáfora:
      Es estar salpicada en todas partes y no estar para nada en el propio lugar allí donde corresponde, el propio cuerpo, esa casa del alma. Y del lenguaje.
      Cuatro acercamientos tuve a lo inmencionable de mí, cuatro ataques de pánico o de nervios. Nerviosa y todo como suelo ser, nunca antes supe y espero no volver a saber de esos temblores, la imposible desazón, ese fuera de sí y el desconcierto. Y las cuatro veces estuvieron relacionadas con el cuerpo.
      Los temblores resultaron necesarios para hacerme saber lo lejos que estaba yo de mí.
      Escindida.
      Si la víctima del ataque viral había sido mi cerebro, ¿por qué me sentía tan apartada de mi cuerpo, su único sostén, su continente?
      Porque el cuerpo no es continente ni sostén del cerebro —al menos no sólo eso.
      Es el propio ser, es quien es y soy yo, y la palabra yo que antes despreciaba. Todo esto está hecho a medida para calzar el cuerpo como un guante.
      Ser el cuerpo.
      Entonces heme aquí, re-integrada.
      Por fin vuelvo a sentirlo todo mío, a mi cuerpo, y a la vez sé que no tengo derecho a sentirlo así porque soy de él, de mi cuerpo, o mejor somos uno, mi cuerpo mi mente y yo.
      Un solo ente.
      Y anduvimos tan pero tan disgregadas, tan sufrientes cada cual por su lado.
      El dolor sin embargo se olvida, imposible traerlo a la memoria física cuando ya se ha evaporado. Sólo queda el relato del dolor y de aquello que fue vivir fuera del cuerpo y no poder unir las piezas, ni siquiera poder mentar esa palabra: cuerpo.
      Fue el mayor horror, que perdura aún como amenaza y por eso ahora escribo y escribo, para recuperar mi cuerpo.
      O recuperar la noción de habitar cómodamente el propio cuerpo, materia de escritura.



 
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