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El incantatorio poder de las palabras / Godofredo Olivares PDF Imprimir E-Mail

El hombre es la palabra y la palabra
      es fundamento de todo lo creado.
      Ramón Xirau

En un principio José Luis Rivas fue para mí tan sólo un nombre que figuraba en alguna página de los suplementos culturales o en el directorio de La Gaceta del Fondo de Cultura Económica, que aparecía mes a mes durante los años ochenta del siglo pasado. Luego su nombre surgió como traductor de un libro de Michel Tournier que adquirí con interés curioso, El vuelo del vampiro. Una reimpresión de 1996 que realizó el Fondo de Cultura Económica. La primera edición fue impresa en 1988, y un día espero encontrarla en alguna librería de viejo. En ese entonces yo sabía muy poco de Michel Tournier y sólo había leído unos textos en el número 5 de Casa del Tiempo,de la uam, de 1992, y su novela La gota de oro, que publicó Alfaguara también en 1988. En diversas pláticas con José Luis me enteré de que se animó a realizar esta temeraria traducción de Tournier por iniciativa del escritor Adolfo Castañón. Temeraria porque, una vez sumergido en la traducción, José Luis se percató de que ciertos trozos sobre Jean Genet y Alphonse Boudard representaron serios problemas, por el lenguaje imbuido en ambientes estremecedores de personajes adictos, de hospitales y manicomios. También le fueron difíciles algunos pasajes sobre Stendhal; por ejemplo, cuando el autor de Rojo y negro conoce a Lord Byron. José Luis creyó, en primera instancia, esclarecer esos pasajes en los propios diarios de Stendhal; pero, al consultar los cuatro tomos de la edición de Aguilar que posee, se dio cuenta de que no se mencionaba nada de aquel encuentro que tuvo lugar en Milán, en un palco del teatro de La Scala, y que el propio Stendhal tan sólo anotó el 16 octubre de 1816: ÇYesterday Lord B charming angel’s profilÈ. Es decir: ÇAyer, Lord B, encantador perfil de ángelÈ. Durante dos años, José Luis investigó diversas temáticas, y algunas veces consultó a la escritora y traductora Fabienne Bradu, y otras al propio Adolfo Castañón, sobre ciertos términos lingüísticos. Al igual, debió de leer demasiados libros para edificar esta monumental traducción. Según el propio José Luis me manifestó alguna vez, El vuelo del vampiro le significó ir a más, crecer en un proceso incesante de formación, hasta quedar medianamente satisfecho con la traducción. Aunque esta mediana satisfacción en algo se diluyó cuando Antonio Alatorre, también traductor, le comentó: ÇMira, José Luis, que el libro se deja leer muy bien en español, se deja leer muy bienÈ. No fue un entusiasta y directo elogio, pero fue bastante, viniendo de Antonio Alatorre, que siempre era contundente, duro, seco y tajante.
      Mi encuentro personal con José Luis Rivas ocurrió por el azar, durante la Feria Internacional del Libro de Guadalajara del año 2000, o 2001, no logro precisarlo. Estábamos terminando de comer Juan Villoro y yo, en un restaurante cercano a la Feria del Libro, cuando alguien llegó a la mesa y le comentó a Juan que José Luis Rivas había sufrido una complicación de salud y no se sentía nada bien. Juan me pidió que lo acompañara a ver qué le pasaba. Lo encontramos ya algo repuesto y con la intención de irse a descansar al hotel donde se hospedaba. Me ofrecí a llevarlo en mi auto para mayor prontitud y él aceptó. Al llegar al hotel, como aún no se recuperaba del todo y el mareo continuaba, lo acompañé hasta su habitación. Tan pronto entré, quedé sorprendido de la cantidad de libros que aparecían por todos lados. José Luis me comentó que todos esos libros los había adquirido en cuatro días de andar merodeando por la fil.
      Al día siguiente nos volvimos a encontrar en la fil y José Luis Rivas comenzó entonces a ser para mí un Virgilio en aquellos reinos librescos.
      Nos adentrábamos en las múltiples editoriales y me comentaba sobre ciertos autores poco conocidos, libros raros o difíciles de encontrar. O mientras recorríamos los pasillos, bebíamos algunos tragos o durante largas comidas, iba disertando sobre anécdotas de escritores, sus avatares en la vida, las lecturas que recién había realizado o deseaba lograr. A partir de entonces, en cada fil, a la que él asistía, u otras veces, en la Feria de Minería, la amistad se fue consolidando. Tengo presente que durante la fil de 2004, José Luis realizó dos acciones directas que me fueron muy favorables, y por las que aún permanezco agradecido. De la primera, José Luis tuvo conciencia, ya que ocurrió cuando me invitó a publicar en la editorial de la Universidad Veracruzana, siendo él entonces su director. La segunda acción fue de manera inconsciente, y creo que por este texto va enterarse. Aconteció dentro de la fil, mientras escudriñábamos los títulos de la editorial Paidós: José Luis me señaló un libro rojo y me recomendó con entusiasmo que no dejara de leer a ese filósofo francés, André Compte-Sponville. Por supuesto que no lo desoí y de inmediato compré aquel libro, titulado El amor, la soledad. Esa misma noche comencé a leerlo. Este delgado libro rojo fue para mí una tabla de salvación a la que me aferré durante varias semanas. Y es que yo, en aquellos días, naufragaba en la intensa tormenta de un rompimiento amoroso.
      José Luis Rivas es un ser forjado en y con palabras; escritas, imaginadas, dichas, inventadas, lúdicas o soñadas cuando es poeta. Palabras investigadas, leídas, traducidas, comprendidas, asediadas y acuñadas siendo traductor o ensayista. Palabras revisadas, corregidas, acomodadas, desechadas al ser editor. Palabras escuchadas, dictadas, cuidadas, manipuladas, cuando fue amanuense. Las palabras lo habitan o él habita en las palabras.
      El mismo José Luis ha escrito lo siguiente:

Fueron los griegos, nada menos, quienes nos revelaron que el acto de hablar no es sólo la facultad más propiamente humana, sino el más grande don concedido al hombre en el orden de la naturaleza, el poder que lo sustantiva y convierte en rival de los dioses. Y nos revelaron asimismo que en el poeta, en el hacedor de palabras, en el cantor —Homero ciego, Orfeo descuartizado—, tal ambigüedad adquiere un acento todavía más intenso, es decir, un tinte trágico, según lo ha esclarecido lúcidamente George Steiner, para quien el poeta es el ser que guarda y multiplica la fuerza vital del habla; pues el cantor «procede inquietantemente a semejanza de los dioses; sus palabras tienen ese poder que, por encima de todos los demás, los dioses querrían negarle al hombre, el poder de conferir una vida duradera». Como dijo Montaigne de Homero: «Y en verdad que a menudo me extraño de que no alcanzara él mismo, que inventó e hizo respetar en el mundo a tantas deidades con su autoridad, la condición de dios». El poeta es hacedor de nuevos dioses y perpetuador de hombres: así viven Aquiles y Agamenón, así la gran sombra de Áyax arde todavía, porque el poeta ha hecho del habla un dique contra el olvido, y los dientes agudos de la muerte pierden filo ante sus palabras.
       
      El párrafo que acabo de citar pertenece al prólogo que escribió José Luis para la Ilíada que cantó Homero y que se publicó en la Biblioteca del Universitario por la editorial de la Universidad Veracruzana, cuando era su director general Joaquín Díez-Canedo.
      La faceta de José Luis Rivas como ensayista es poco o casi nada mencionada. Ya que ciertamente son escasos sus ensayos y algunos han quedado relegados como prólogos, epílogos o introducciones a ciertos libros o antologías. Sólo por acentuar, menciono tres de ellos: «Intempestivo traductor de la poesía de Friedrich Nietzsche», ensayo que aparece en Cancionero de la emoción fugitiva, de Francisco A. de Icaza; «Pórtico», en la antología poética de Octavio Paz Poesía, pan de los elegidos; y «El sentido de la distancia», dentro de los ensayos que forman Ernst Jünger: tres siglos; homenaje en sus cien años de vida.
      Este prólogo a la Ilíada lo considero un maravilloso ensayo. El mismo José Luis me platicó sobre el proceso de su escritura y de las afanosas relecturas e investigaciones que debió realizar para escribirlo. En una veintena de páginas, nos hace volver la atenta mirada a Grecia y a sus obras artísticas, que son cimiento de nuestra civilización, arte y cultura occidentales. Y de esas obras clásicas y monumentales, la Ilíada, prístino eslabón de la larga cadena que forma la literatura europea. Cito otro breve fragmento que escribió José Luis en este prólogo: «Homero fue el modelo de Virgilio, quien a su vez lo fue de Dante y Milton[...] luego a Shakespeare —por intermedio de Chaucer— su Troilo y Crésida, a Racine su Andrómaca y, ya en la época moderna, a Tennyson, Katzanzakis y James Joyce, y en una época más cercana a nosotros, a Giono, Sartre, Savinio, Álvaro Cunqueiro, Derek Walcott y Baricco».
      Cierro con otro párrafo que aparece también en este prólogo:

Me aventuro a afirmar que Homero —ha escrito George Steiner— fue el primer gran poeta de la literatura occidental porque fue el primero en comprender los infinitos recursos de la palabra escrita. En el sabor de la narración homérica, en su soberbia madeja, brilla el deleite de un intelecto que ha descubierto que no necesita confiar su creación a la frágil encomienda de la memoria. En el comienzo de la poesía de la magnitud de la Ilíada se encuentra la escritura.

Gracias, José Luis Rivas, por el incantatorio poder de tus palabras escritas y orales, por tu permanente e inquebrantable amistad, y, sobre todo, por ser para mí un fabuloso Virgilio en esta Torre de Babel llamada vida.

 
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