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Sigilosos v(u)elos / El dolor está en las raíces de las cosas / Verónica Grossi PDF Imprimir E-Mail

 

a Amy Williamsen, requiescat in pace

I.
 La mejor filosofía se nutre del dolor, así lo han expresado grandes pensadores como Nietzsche o Heidegger. El dolor recorre la más grande literatura, como Judas, la obra maestra del Premio Nobel israelí Amos Oz, con la que cerró su vida, o las Almas muertas, del ruso Nikolái Gógol, novela que lo llevó al suicidio.
      ¿Qué hacer con este dolor? ¿Cómo llegar a tocarnos para sentir la cercanía? La soledad nos hunde en una búsqueda constante de vida o de autoconocimiento, como diría Nietzsche. Lo dionisíaco, la vida en su plenitud y movimiento, o lo apolíneo en su armonía dentro de los límites de la forma, cierran en un consuelo temporal nuestro terror hacia lo infinito.
      ¿Cómo acogernos? ¿Cómo sentirnos acompañados en este recorrido solitario que termina en otro abismo, el de la muerte? Las formas indescifrables de la naturaleza, cada vez más lejanas y abrasadas, nos rodean. Inmersos en el lenguaje, arrojados del origen, el arte es la forma de aproximarse, la posibilidad de palpar algo asociado a la vida. El lenguaje nos da ser, nos da atisbos de identidad para también sumergirnos en su vasto piélago de obnubilaciones; el vaivén de olas contrarias que nos destierran de la conciencia a la extrañeza del sueño. El dolor está en la raíz de las cosas.
      El jardín está al otro lado. A través de un espejo oscuro intentamos penetrar esas formas. ¿La penetración es acaso siempre una violencia? ¿Cómo envolver algo con la mirada? ¿Cómo traducir lo que escudriñamos con las palabras? ¿Cómo liberar aquello que según Kant queda sometido por la razón en forma de conceptos insuficientes, en ese momento de quiebre en que la imaginación o la fantasía corporal rompe su subyugación jerárquica para dar lugar a la experiencia estética de lo sublime, el fugaz vislumbre, a través de los sentidos, de lo inefable, a pesar de nuestra minúscula dimensión? Entonces, el cuerpo naufragando en conceptos renace para abrir esa posibilidad de contacto con la vida en su máxima extensión y movimiento, en su misterio primigenio, aquello que quedó excluido de las formas apolíneas. Lo luminoso, lo armónico: un consuelo frente al horrísono talud de lo ignoto, la impenetrable oscuridad de las cosas. Esas formas construidas por el hombre, los conceptos, no son el hogar primigenio. Son una búsqueda o viaje hacia la simulación de una armonía fundada en una simiente, las hojas de los árboles que cintilan como estrellas, dentro del caleidoscopio cambiante del universo. Como diría Ungaretti:

Questo è l’Isonzo
      E qui meglio
      Mi sono riconosciuto
      Una docile fibra
      Dell’universo

Il mio supplizio
      È quando
      Non mi credo
      In armonia

Una vara pensante. Una vara solitaria en medio de un mar de susurros ininteligibles. ¿Cómo comunicarse con las plantas? ¿Cómo rememorar su lenguaje para sentirnos parte de una pintura o paisaje mayor que nos cobije y arrulle, lejos de la maquinaria conceptual de dominación? Permanecemos solos sin poder palpar el sentido de los zumbidos, casi inaudibles, de los insectos. Los pájaros vuelven. Nosotros quedamos taciturnos, erguidos o cabizbajos, lejos de las flores, flotando acaso cada noche, dormitando en balbuceos, en un flujo indetenible de palabras-enigmas, de máscaras irreconocibles. Somos en el lenguaje, como apunta Heidegger. Nuestra inconmensurable pequeñez: un latido de vida desde la palabra, más allá de la zozobra. Salir del naufragio, hacia la quietud, para reconocer, por el lenguaje y los/sus sentidos, la inteligencia mayor del vuelo de las aves, la dadivosa cooperación de las abejas.

II.
Las olas heladas de abril te arrastraron, cada vez más lejos. La sensación de hundirse y no poder subir. Sofocada, en un torbellino interminable. No poder respirar, los golpes en el pecho, en la respiración. Los pulmones buscan aire, cada vez más lejos, te vuelves minúscula, las fuerzas se acaban. Forcejear con brazos y piernas y cada vez caer. No queda la voz. Los gritos anegados bajo el agua. Lejos de todos. ¿Dónde estás tú? No puedo abrazarte. No me escuchas. Ya estás del otro lado. Nosotros aquí te veíamos, desde la arena cálida, asustados. No te pudimos alcanzar. Ya no te vemos. Ya no te oímos. Transitaste a ese otro lugar desconocido, el lugar del espanto o del olvido. Pero ahora, desde esta orilla, avizoramos las olas en una creciente marea. Inesperadamente. Con el susto en la boca, enmudecemos.

III.
¿Cómo escuchar el dolor del mundo? Zumban las abejas, centellean los colores. Se visten de tiernos verdes los retoños.
      Desde el sosiego, un viento cálido llama a lo minúsculo a retomar sus ritmos. Alborecen los gorjeos. El lenguaje es el punto de contacto con el mundo: la intimidad entre los mortales, las divinidades, la tierra y el cielo (Heidegger). Desde el aislamiento, el punto de enlace es ahora una herida. Los conceptos han sido el filo de la espada contra el mundo. El engañoso antifaz del poder que adoptamos como rostro. La soledad de las imágenes. Sin embargo, el murmullo del lenguaje primigenio pervive en las raíces de los árboles. ¿Cómo reencontrar ese punto de contacto, de intimidad? Buscar la voz en el flujo de la sangre o de la savia, en el cuerpo, en el mundo y su florecimiento.

IV.
 Cruzar la frontera. Atisbar, desde la presencia, la lejanía. El camino es el dolor. La respiración ofrece un ritmo, la felicidad momentánea del cuerpo vivo, de sus órganos, como fuerza y consolación. Alcanzar la altura con el talle. Sentir el flujo del lenguaje. Ser en el lenguaje. Caminar por la tierra con su arrullo, en movimiento hacia el océano. La mirada como cristal oblicuo divagando hacia los árboles, sus ramas, la rugosidad del tronco, las formas sinuosas de los tallos, el afán de los insectos, su persistente cultivo y compañía. Los frutos fulgurantes en el atardecer. El pan y la mesa, después de la travesía. En la entrada, la frialdad de la piedra, el umbral hacia el hogar. El reconocimiento del origen en el lenguaje. El dolor del mundo está en las raíces de los árboles.
      Acariciar con las palabras. Presentir las murmuraciones de la tierra, palpar su humectante oscuridad. Detenernos ante un caracol, una larva. Las tonalidades cambiantes del ocaso. ¿Cómo desplazarnos hacia ese punto? La confluencia del mundo y el lenguaje en un intersticio, una diferencia inabarcable, una sima. Las divinidades: el bien, la verdad y la belleza. Abstracciones doradas por la luz del sol, cuyo rostro no podemos mirar de frente. La calidez de la luz, el tacto del viento, los aromas de la arcilla. Pisarla en su plena desnudez.
      Nadaste en el agua fría para quedar sin respiración. En ese momento todo fue dolor. Tus brazos no podían más. Aspirar era cada vez más difícil. Buscaste asirte de las olas. Te vapuleaba un remolino interminable. Sucumbiste ante el jadeo. El lenguaje de las aves, parpadeando a lo lejos. El testimonio del universo. La soledad. En esta otra ribera, quedamos resguardados. Pero ahora las olas crecen y nos llamas.

V.
 ¿Cómo traspasar la frontera para no caer en la asfixia de las olas? Te llevaron. Ahora, las palabras zumban, buscando el lenguaje de las abejas. ¿Besamos con palabras las formas de la vida? ¿Son acaso un bisbiseo nacido de los sueños? ¿Está el origen en un río bajo la tierra o en la distancia inconcebible de las galaxias? La soledad contra el lenguaje o en el lenguaje. El zambullirse en las aguas con un braceo doloroso. Un desplome cada vez más sorpresivo. No caber en las palabras. En la raíz del lenguaje: el grito del espanto. Un túnel hacia el ahogo, sin el abrazo.
      Salir del agua para palpar la calígine azulada del amanecer. Sentir el frío. Sus filos. Caminar hacia el dolor. Agudizar los sentidos, deteniendo brazos y piernas. Entornar los párpados hacia el asombro por la labor de las lombrices. Colocar el oído en las palpitaciones de la tierra. Inundarnos de estremecimiento ante la vida microscópica que nos sustenta. Rozar la frágil suavidad de las corolas. Los rojizos multiplicados en naranjas y ambarinos. La maravilla a cada paso, en un jardín. La piedra ahora tibia. No abarca la pupila la gradual revelación de la luz. El dolor detrás de los ojos. El cansancio de las extremidades. La creciente debilidad frente al bramido. Cada noche. El misterio del placer. Presentir una afinidad por la unión de los lenguajes. Del otro lado de las palabras. De los conceptos. Esa unión a través del dolor en su elíptico avanzar hacia la florescencia. Y la caída paulatina hacia el silencio humedecido por los vapores de la fantasía.
      La algarabía de las palabras. Un lazo hacia la extensión colorida de lo viviente. Buscar refugio en la contemplación de los capullos. Su cumplimiento a pesar de nuestro acoso.
      No todo dolor se nutre de la vida. Un desconsuelo sordo, espinoso, coagula voces, sofoca el respirar de hojas y frutos. Un dolor o infierno en forma de llamas. Un quemar para desaparecer. Una ceguera. Un cerrar los ojos frente al destello de verdores. Un dolor, alejados del mundo y de su ritmo, de su unión o lazo con el cielo, la tierra y las divinidades.
      Desterrados de nuestro origen y ser en el lenguaje. Salir del lenguaje para hacer la guerra. Atacar la vida y su sustento, su posibilidad. Apalear a lo más frágil, a lo más tierno. Enloquecidos, disgregarnos en aislamiento mudo, lejos del abrazo.
      Sentirse acompañados. Bailar en sintonía con el misterio. Respirar la vida, palpar sus húmedas raíces, su movimiento apuntando hacia la eternidad de las estrellas, como en el poema de Ungaretti:

Dopo tanta
      Nebbia
      a una
      a una
      si svelano
      le stelle

Respiro
      il fresco
      che mi lascia
      il colore del cielo

Mi riconosco
      immagine
      passeggera

Presa in un giro
      Immortale.


 
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