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El elemento Macguffin / Raymundo Ruiz PDF Imprimir E-Mail

Al final de esta semana, o antes si los cálculos no me han fallado, morirás, me dijo el médico que desde pequeño me ha atendido. No supe qué decir. Me paralicé. Pensaba al mirarlo: Este hombre ya está cansado, lo veo desganado, distraído. Luego, cambié de opinión: Estoy ante una inminencia en su área y nadie mejor que él conoce mi estado de salud. Había ido a verle después de tres años. Fui por un dolor intenso que tenía en el pecho. Al explicarle de qué se trataba, desvió su mirada. Desinteresado, pensé. Luego de unos segundos creí que se había dormido con los ojos abiertos, hice varios aspavientos, di un ligero golpe a su escritorio para que reaccionara. Lo siento, de pronto observé un libro que daba por perdido, dijo. El inocente ¿Sabes por qué es tan especial ese libro para mí? No es que me interese la literatura. Me recuerda a mi esposa, la hermosa señora Dulce María Jáuregui. Yo, como hombre de ciencia, tengo la obligación de ratificar, constantemente, mi habilidad para hacer diagnósticos. Las matemáticas nunca fallan. Así que desde nuestra segunda cita, después de comer, le pedí a mi hermosa Dulce María que me acompañara a la librería Alberti. Debo reconocer que aquella librería era un lugar fascinante para los amantes de la literatura. Ella, muy inteligente, me dijo que ignoraba mi gusto por la literatura, pero como agredido, aclaré el mal entendido: No me interesa la literatura, de hecho, lo que quiero comprobar en realidad es la certeza que tengo luego de hacer unos cálculos. Sumas y restas me han ayudado a pronosticar que encontraremos a un escritor profesional en esa librería entre las 4:29 pm y las 5:15 pm. Sucedió lo que deduje. Encontramos en la librería Alberti a Ian McEwan. Lo vi, estaba entre los estantes, leía de manera desquiciada. Tenía sus gafas casi empañadas, había comenzado el proceso de salivación. Ese tipo es estupendo. Busqué cualquier libro suyo para que lo autografiara y así poder dar testimonio de aquella tarde. En realidad ese libro, El inocente, es importante para mí no porque el gran Ian McEwan lo haya autografiado, ni tampoco porque da testimonio de la certeza que tengo al hacer diagnósticos. Es importante porque mi hermosa Dulce María me confesó, en nuestra luna de miel, que gracias a que no me gustaba la literatura sino la ciencia se había percatado de ser yo el hombre de su vida.

      Al escuchar aquella anécdota, recordé una entrevista que Ian McEwan concedió a Hugo Alconada a propósito de su programa de entrevistas 99%. Recuerdo perfecto las palabras de Ian cuando explicaba lo afortunado que era al tener un enorme estudio en Inglaterra. En su estudio tenía dos escritorios. Uno de ellos con una longitud de doce pies destinado a contener un enorme monitor Apple. Esto me llegó de la memoria porque tenía varios días lidiando con la idea de olvidarme de mi oficio de escritor, después de todo, no había logrado mucho en ese terreno. Aun con el fraternal apoyo de mi esposa, que piensa que soy el tipo más creativo que he conocido. Nunca me atreví a preguntarle si era verdad lo que me decía o si se trataba de una forma elocuente de animarme. Ha sido tal mi obstinación por crear literatura retadora del statu quo que me he enclaustrado en una pequeña habitación, congelado, seco, mi mente es un árido campo. La salida ha sido dejar el proyecto en el que había trabajado. No me incentiva la lista enorme de rechazos editoriales a mi obra. Al contrario, esa es la razón que me ha hecho considerar dejar este oficio, prefiero hacer eso que crear literatura mediocre. Debo reconocer que, de no lograr hacerme de una carrera en la escritura me dedicaré a la excavación de pozos. De tal manera que dejaré este insostenible peso que llevo al no poder ser sostén de mi familia, reconozco que no he cumplido con la obligación de ser proveedor en casa. Estoy a poco de desistir, lo reconfirmo, considero dejar de ser fiel a lo único que sé hacer.
      Me di una última oportunidad: buscar otros temas a desarrollar. El tiempo apremia, ya no estoy en edad de perder el tiempo, es una consigna que llevo tatuada de un tiempo cercano a la fecha. En medio de esa búsqueda surgió la inquietud de rastrear los procedimientos, formas y manías que los escritores adoptan al crear sus obras literarias, especialmente aquellos que tienen el mismo fundamento que yo. Y es ahí donde dejé el último trabajo literario.
      Y qué te trae por aquí, me preguntó el médico mientras limpiaba sus lentes. Tengo un dolor en el pecho, le dije. Se puso en pie, tomó el estetoscopio. ¿Cuándo comenzaste con las molestias? El lunes al mediodía. ¿Que estabas haciendo? Ayer, muy temprano, al terminar de correr encontré en el suelo la licencia de conducir de Enrique Vila-Matas. Por un momento no lo podía creer, se trataba de lo más cercano que había estado a un escritor. Encuentro afinidad con Vila-Matas. Sabe, doctor, que entre otras cosas, al igual que él, me atrae romper el discurso oficial, quebrantar lo establecido. De ahí mi asombro al encontrar su licencia de conducir. Pensé en la posibilidad de conocerlo, de conversar acerca de su método de trabajo, en fin, vi una seria oportunidad para mejorar mi desempeño en la escritura. Decidí entregar su licencia de conducir a la Secretaría de Movilidad. Ellos serían el medio para acercarme a Vila-Matas.
      Ya en las oficinas de la Secretaría, en contra de mi voluntad, esperé paciente mi turno. Mientras lo hacía pensaba cómo ganarme la confianza de Enrique Vila-Matas. Pensé en llevar libros para que los firmase, y mientras los autografiaba aprovecharía para decirle cuánto lo admiraba y mi ferviente deseo por escribir grandes obras literarias. Un segundo, me dije, si lo pienso bien, de hacer eso seré un novato ante los ojos de Vila-Matas; aunque en realidad lo soy, pero conviene más a mis propósitos mostrarme como un novel, ciertamente, pero un novel que sabe a dónde va, que tiene la seguridad de haber encontrado una voz propia. En lugar de llevar sus libros le preguntaré: ¿Enrique, de dónde surge esa convicción tuya por construir una obra que reta al statu quo? Me responderá: ¿De qué me hablas? Enrique, tu trabajo es omnipotente, veo que has perdido la noción del alcance que tiene tu obra en los lectores. A lo que él respondería: Yo sólo sé que soy un enfermo de literatura.
      Al entregar la licencia, le dije a la enorme señora: Por favor, señorita, dígame cuándo estará aquí Enrique. Le puedo decir que mi matrimonio y mi futuro como escritor dependen de la conversación que espero tener con él. Me observó. Me pidió que esperara. Caminó lenta, entró en una oficina. Minutos después llegaron dos policías, me tomaron por los brazos pidiéndome que los acompañara. Estuvimos largo rato en un interrogatorio improvisado. El señor Vila-Matas reportó el robo de su vehículo hoy por la mañana en el Parque Metropolitano mientras hacía su rutina de jogging. ¿Qué estaba haciendo usted en el mismo lugar? Iba yo a responder pero agregó: Son muchas coincidencias, señor Zambra. ¿Insinúa que robé el automóvil del señor Vila-Matas? No hubo respuesta. Salieron del cuartucho. Estuve solo un largo rato.
      ¿Cuál es tu edad?, preguntó el médico. El viernes cumplo sesenta y siete. Macguffin es el padecimiento eterno que llevas en la sangre. Eso te lo detecté a los dos años y siete meses de edad, si mis cálculos no me fallan. Enseguida te confirmo. Se levantó de la silla, entró en el armario, luego de unos minutos salió con un expediente en la mano. Abrió la carpeta, señaló con el dedo la parte principal de la primera hoja para que me cerciorara de que era mi expediente. Me pidió que leyera el recuadro de observaciones. Fecha de muerte: 3 de noviembre de 1996. No es necesario que me hables de los extraños casos que se te han presentado, especialmente los sucedidos durante los recientes días, dado que uno de los síntomas del padecimiento Macguffin es alucinar. Cuando me hablaste del dolor en el pecho, estuve pensando en el diagnóstico médico que había realizado hace más de setenta años.
      Al enterarme de que mi muerte ya estaba programada para esta edad, que mis padres lo sabían y que nunca me lo habían dicho, comprendí que mi vida era una tragedia, y yo no lo sabía. No me quedó más que aceptar lo inevitable. Ya tenía pensado saltar al vacío, como lo hizo en su momento Juan Marcel que sin hablar del asunto se suicidó. Tal vez brinque desde el mismo lugar. Lugar alejado de la sociedad, húmedo. Le ganaré a esa enfermedad ridícula, con nombre ridículo, saltaré al vacio minutos antes de morir. Deseo sentir en mi cuerpo el aire frío mientras caigo al vacío, cerraré los ojos y me concentraré en el placer que evoca el frío.
      En todo ello pensaba al dirigirme a casa. Como bien atinado me dijo un día un anciano mientras hojeaba un libro de Kundera: Al final de la vida siempre necesitamos estar cercanos al amor. En ese momento, necesitaba tanto a mi novia, a mi esposa, a la mujer que me había aceptado desde que éramos colegiales.
       Al llegar a mi casa fui directo a la mesa de trabajo para escribir lo que sucedió. Nada más importaba en el mundo: escribir, meterme en lo más profundo de mis pensamientos, bajar al archivo de Word las reflexiones que comenzaron desde que salí del consultorio. Escribí durante dos horas. Me detuve al darme cuenta de la hora: 12:39 am.
      --Aún no llega Paula, dije.
      Salí a la cochera para cerciorarme de que no estuviera en el automóvil esperando que abriera la puerta, pues me sucede a menudo que al escribir no me entero de nada más. En la calle todo parecía normal. Una suave corriente de viento frío me recordó la última vez que besé a mi esposa, porque era precisamente al besarme cuando mi cuerpo experimentaba una cálida sensación que nunca pude encontrar en ninguna otra ocasión. La suave corriente de viento frío también me recordó el salto al vacío de Juan Marcel. Casi de inmediato me sacó del trance otro recuerdo de mi esposa que me hizo darme cuenta que había olvidado la textura de sus labios.
      Entré preocupado a la casa. Observé la sala, todo estaba acomodado en el mismo lugar que Paula había dispuesto. Aquella tarde ella había ido con sus colegas a un café y yo al doctor para la revisión. Antes de despedirnos quedamos en vernos en casa a más tardar a las once pm. Cálmate, me dije, quizás todo sea parte de ese extraño padecimiento que me tiene prácticamente muerto. Yo no sabía que era real y que era producto del eterno padecimiento Macguffin. Morir a los sesenta y siete años con alucinaciones severas, en mi caso, una especie de sufrimiento. Entonces, pensé que jamás había ido al doctor, que jamás había viajado en tren y que obviamente nunca había charlado con Martín Caparrós. Pensé que todo había sido producto de las alucinaciones. De inmediato, se me ocurrió que la única manera de distinguir entre lo real y lo ficticio sería encontrar el álbum fotográfico, sería mi esposa quien me salvaría nuevamente. De inmediato me di a la tarea de buscarlo.
                  Confirmado, no existe Paula, me dije. No he encontrado ninguna fotografía de ella. Sólo se trata de mí todos estos años. Yo en Puerto Vallarta, yo en Barcelona, yo en mi estudio, yo en el jardín, yo con mis padres, yo en reuniones con amigos. En mi casa no existen otras pertenencias más que las mías. Al buscar más cosas relacionadas con Paula encontré en el estante libros de mi autoría: El mal de Montano, Kassel no invita a la lógica, Historia abreviada de la literatura portátil. También aluciné acerca de mi incapacidad para crear literatura retadora del statu quo, pensé, he escrito estos libros durante los pasados años. En fin, estoy tranquilo, ahora mismo podría morir.



 
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