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Libros / Una autobiografía intelectual de Bárbara Jacobs / José Ramón Ruisánchez PDF Imprimir E-Mail

Quiero describir este libro, pensarlo; poner en común una idea acerca de Rumbo al exilio final. Pero, sobre todo, decir que lo que me causó este libro la primera vez que lo leí fue emoción. Y sigo emocionado.

      De acuerdo con su autora, Rumbo al exilio final es una autobiografía intelectual. El término es, desde luego, adecuado, pues este libro narra la historia de una escritora privilegiando los momentos que la llevaron a ser primero una lectora, luego una escritora privada y, relativamente tarde, una escritora publicada, premiada, traducida. Al mismo tiempo, su manera traiciona la definición más seca de «autobiografía intelectual», pues Jacobs lee este éxito de currículo con un escepticismo elegante, con suave y agradecible wit.
      Cito el arranque de Rumbo al exilio final:

Encaramado encima de mi cabeza, con las manos debajo del chorro de agua, enjabonado, Papá me enseña a lavarme las manos. Trato de fijarme bien, parada de puntas para alcanzar a ver cada paso de la acción, la punta de los dedos y la barba sobre el borde frío del lavabo de porcelana blanca. Más que la filosofía y la forma de la enseñanza, me llaman la atención las manos de Papá, grandes, dedos largos, uñas cortadas al ras, limadas, limpias. De pronto entre la espuma reluce en su dedo anular izquierdo la argolla sencilla de oro igual a la que tiene Mamá.

Además de la cualidad imitativa del ser humano que señalaba ya Aristóteles, aparecen aquí las agudas dotes de observación. La niña admira a su padre. Pero al mismo tiempo es la adulta que recuerda y evoca con tal precisión que vuelve a ser esa niña. Y entonces la autobiografía intelectual es también un recuento de los cuerpos que ha sido su cuerpo y de los cuerpos que han cobijado, acompañado y dejado a su cuerpo. De los cuerpos y sus atributos, sus movimientos e inmovilidades. Pero ya diré más de esto; por el momento, termino este pasaje del libro:

Al día de hoy, cada vez que me lavo las manos me viene a la mente este recuerdo de Papá, aunque con el tiempo le he ido dando otros sentidos, figurados, según los define el diccionario. Mientras Papá me enseñaba a lavarme las manos y yo aprendía, al mismo tiempo me enseñaba a desentenderme de lo que me estorbaba o de lo que no me hacía falta, aunque no, tal vez, de lo que me inquietaba. Quizás he aprendido a desentenderme de lo que me estorbaba o de lo que no me hace falta, pero, ciertamente, ciertamente no he aprendido a desentenderme de lo que me inquieta. Papá sí aprendió, supongo; yo no. Yo vivo de lo que me inquieta.

De este fragmento, quiero señalar cómo Bárbara Jacobs logra de manera muy sutil evocar los procesos de la rememoración, y cómo un recuerdo, una estampa, una viñeta, va con el tiempo revelando su potencia alegórica. Sin explicar mucho, Jacobs repite algunas palabras y nos hipnotiza. Crea, dentro de su prosa, la canción de la canción; recurre a las cifras mágicas del cuento de hadas. Sus repeticiones, además, me obligan a prestar más atención a las palabras: no es lo mismo lo que estorba o lo que no hace falta, que lo que inquieta. Y entonces, gracias a esa dicción, la palabra brilla en su diferencia, es singular e insustituible. Pero, además, personalísima. La compartimos, pero al mismo tiempo me obliga a pensar a qué imagen mía equivale esta ablución iniciática.
      Desde todo esto, necesito repetir la oración: «Yo vivo de lo que me inquieta». Qué definición brillante de lo que es ser escritora y de su manera de estar en el mundo.
      El libro está hecho de fragmentos más bien breves que prescinden por completo de títulos o de fechas, separados por un asterisco centrado. Muchos de los fragmentos iniciales forman la constelación familiar. Pero, además, en el recuerdo de abuelos, padres, hermanos, se entrevera la historia. Dice sobre Norma, su madre:

Romántica como era, conservó celosamente un ejemplar de Don Quijote que le regaló el médico que la atendió en la Ciudad de México, cuando, recién regresada de estudiar en Montreal, Canadá, a finales de la década de 1930, volvió a casa enferma, tuberculosa, como corresponde. El ejemplar de Don Quijote que su médico y enamorado, el doctor Solares, le regaló es de la Editoria Séneca, fundada por el poeta refugiado español José Bergamín, está encuadernado en piel color rojo y tiene la dedicatoria a mamá en tinta azul de otro refugiado español.

Así, aparece el tema del exilio español, como un fondo, en medio del tema de la migración libanesa; aparece aquí el ir y venir que incluye a Estados Unidos y a Canadá, y que al final también la explica a ella. Pero además ha aparecido una cosa: que al ser tocada por la narración y por el recuerdo, ha dejado de ser un mero producto de la industria. Del ejemplar del Quijote cuenta que:

A pesar del apego, de la devoción con que en la mesilla de noche, de dos repisas y con puerta, Mamá guardaba entre atados de cartas y misales precisamente ese ejemplar de Don Quijote, de niña logré entresacarlo para escribir, con letra infantil y con lápiz, la palabra Mamá en su canto, travesura que con los años y con la identidad de escritora que había alcanzado me valió, por fortuna, que Mamá me lo heredara a mí. De las dos ediciones que tengo del Quijote en español, ésta que heredé de Mamá es la que más aprecio.

Esto la lleva a los otros ejemplares del Quijote que posee y que le resultan significativos; uno en inglés que le regalaron sus empleados a su padre y éste heredó a su madre, quien se lo dejó a ella; otro en ruso que su hermano Lorenz le regaló. Y esto la lleva a recordar finalmente que:

La edición que leí de Don Quijote, en 1973, en circunstancias en que tuve que guardar cama durante dos o tres meses, debido a una cirugía de la columna vertebral, fue la de Aguilar, en papel biblia y con múltiples notas a pie de página, introducción, índices, con ilustraciones.

Jacobs dice que deseaba ser bailarina. Pero que no lo fue. Más adelante habremos de enterarnos de que precisamente estos meses en cama son lo que marca el final de ese intento. A pesar de todo, yo digo que es bailarina. La manera en que lleva a cabo su recorrido está más cerca de la danza —con su ir que siempre es presagio de un regreso— que de la aséptica línea recta de la cronología.
      Un ejemplo: el tema del Quijote no se cierra en las líneas que acabo de citar, sino que reaparece más adelante, cuando llega a Augusto Monterroso, otro exiliado en este libro lleno de nómadas. Dice Jacobs que «el autor que más amó, entre absolutamente todos, fue Cervantes, y la obra que más amó, entre absolutamente todas, fue Don Quijote. Releía ese libro constantemente, lo conocía a fondo, lo citaba desde adentro, lo soñaba, escribió sobre él, dio un curso sobre él». Dice que entre los papeles de Monterroso que ahora están en Princeton existe una entrevista a Cervantes que no se coleccionó en ninguno de sus libros.

Pero lo que busqué con más acuciosidad —dice Jacobs—, y que no encontré, fue un ensayo que Monterroso quería escribir sobre un tema en el Quijote que se refería a lo que se hace por primera vez, creo recordar. Con frecuencia me hablaba de él, lo llamaba «El primo», pero creo que finalmente no dejó escrito ni siquiera el título en los cuadernos que revisé, casi todos, por otra parte, prácticamente en blanco.

Se une al del Quijote el tema de lo no llevado a cabo. ¡Qué ganas de leer ese ensayo que el gran Monterroso planeó tanto como el personaje de «Obras completas», su cuento sobre el perro y el puercoespín!
      Pero como señalé arriba respecto a la danza, éste es un libro donde lo deseado se realiza en secreto o de una manera diferente a la que se pensaba. ¿Qué mejor libro sobre las cosas que se hacen por primera vez que éste? ¿Qué mejor definición de Hacia el último exilio, que un libro donde se hacen las cosas por primera vez?
      Aparecen en el libro entrañables escenas de lectura, la primera muy hermosa, en un momento en que la niña no sabe leer pero imita el gesto lector de su padre... con el libro cabezabajo. Escenas inaugurales de escritura, incluyendo el primer intento de publicar en una editorial que la lleva a su primer taller, absolutamente horroroso, hasta traumático. Quiero compartir uno de estos pasajes. Cuando conoce en Acapulco a otro jovencísimo aspirante a escritor, dice:

Igual que yo, para los momentos de nuestro primer encuentro, Philip escribía y leía continuamente, igual que yo, bilingüemente, y, asimismo igual que yo, lo hacía de esa manera, apenas tanteadora, de todos modos impulsada por una evidente ilusión, desmedida y descabellada como sólo surge y se presenta a esa edad en la que un escritor que empieza a serlo puede reconocer y sentir que lo es, y que, por lo tanto, puede y debe atenderla y seguirla como si tuviera una certidumbre plena, completa, de lo que está haciendo, y no el vacilante tanteo con el que lo hace.

¡Qué delicioso es ese entusiasmo evocado! Pero brilla así por contraste. Es tan rico porque se dice desde la calma, no sólo desde un momento de suprema serenidad, sino con un tono absolutamente dominado.
      Jacobs cuenta que quería estudiar medicina, para luego especializarse en psiquiatría y convertirse en psicoanalista. Pero dice que igual que no fue bailarina, a pesar de haber estudiado psicología, tampoco llegó a ser psicoanalista.
      Digo yo, empero, que este libro demuestra también, de esa manera que he venido explorando, lo contrario. El psicoanálisis se trata en buena medida de explorar la repetición (uno de sus cuatro conceptos fundamentales, según Lacan), repitiendo lo inquietante, permaneciendo en las texturas sonoras de una palabra hasta que la hace resignificarse. Pero también recordando con la misma destreza y certeza que sus primeras veces lo que se convirtió en habitual: la veintena de libros, la columna en La Jornada, los años con sus dos parejas:

Lo cierto es que estas dos parejas, de Vicente y Alba por una parte y, por la otra, de Monterroso y yo, fuimos amigos cercanos durante algo más de treinta años y hasta el final de los días de Alba y Monterroso que, con treinta días de diferencia, murieron en enero y febrero de 2003. De esa manera, cuando Vicente y yo quedamos viudos, continuamos como una pareja la amistad que siempre había sido de las dos parejas.

La verdad es que no sé escoger entre sus evocaciones de infancia y esta manera tan sobria de conmovernos con la historia del amor maduro, de pensar a sus compañeros con una inteligencia amorosa francamente rara:

Mientras que Monterroso me llevó al mundo, Vicente propició que yo fuera el mundo por mí misma. Vicente propició que mi capacidad de iniciativa propia amaneciera, despertara, se desarrollara y creciera en las tres vías de mi formación, la existencial, la emocional y la intelectual.
       
      Esta mezcla entre lo que sucede por primera vez y lo que se repite, pero que en su repetición hace aparecer lo nuevo; este baile que, pasando de un tema a otro de manera sabrosa, como si fuera una conversación, hace que avance el tiempo y que se complete este autorretrato, explica también por qué este libro de una centena de páginas es al mismo tiempo un libro largo. La primera vez es uno de esos libros que apartan todo lo demás que uno está o tendría que estar leyendo. Yo lo cargué a todas partes, incluyendo a la biblioteca donde supuestamente estaba investigando otras cosas. Y lo leí de día y de noche. Después quise volver a leerlo, con calma y lápiz, subrayando lo importante. Sólo que lo importante, lo divertido, lo tristísimo, lo memorable es casi todo. Y ahora, de nuevo, lo reseño porque es otra manera de seguir leyendo este libro que no me deja.
      Quiero terminar con un párrafo crucial, que dice mucho del punto del que parte este libro:

Como decía al principio de estas páginas, yo me estoy preparando para partir y, por más que la urgencia de la determinación o de la intuición de hacerlo ahora me haya sido impuesta, por razones que no viene al caso registrar aquí, yo no estaría habilitada ni capacitada para hacerlo de no haber sido por el ejemplo y la enseñanza de mi hermana, en especial en lo que se refiere a la manía de la acumulación, la clasificación y la archivística, si es así como se llama a esta tendencia nuestra, pero que en todo caso, a mí me está haciendo posible despedirme en orden, sin caos y sin drama.

Espero que esté rigurosamente equivocada y que siga despidiéndose durante muchos libros más.

Rumbo al exilio final, de Bárbara Jacobs.
      era, México, 2019.



 
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