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Pequeña tragedia griega / Atenea Cruz PDF Imprimir E-Mail

Proemio
Nunca se puede explicar bien a bien cómo termina una atorada en estas chingaderas. Comienzas por escribir un poemita cursi en la secundaria para la clase de Español, luego continúas por impulso, porque estás enamorada, porque te sientes incomprendida, qué más da. El caso es que vas perdiendo la vergüenza y de pronto publicas un poema en el periódico, ganas el concurso de composición literaria de la prepa y le vas agarrando el gusto. Un día lo asumes y empiezas a relacionarte con la gente del mundillo literario de la ciudad (no importan las dimensiones de la ciudad, todas tienen uno... al menos). En dicho ámbito hay dos vertientes principales: los bohemios exhibicionistas y los lobos solitarios. Hubo un tiempo en el que no sabía en cuál bando me encontraba porque, aunque me gustara convivir con otros de mi estirpe, en cuanto alguno proponía asistir a un slam poético yo salía disparada de las reuniones. Supongo que todo se resume en esto: escribo poesía, ése es mi don y también mi condena.

Canto primero
No voy a decir que caí en las redes de las anfitrionas del encuentro por obra de un engaño magistral, al contrario, yo sola me puse de pechito: no consideré mayor problema ser incluida en el programa del Octavo Encuentro de Poetisas Ecológicas por el Empoderamiento de la Tierra. Turismo cultural, le llaman. Qué equivocada estaba. Todavía ahorita, nomás de acordarme, me arrepiento. Pero así es la vida del poeta: se viene al mundo a sufrir.
      Voy a omitir los detalles de falta de organización porque errar es de humanos y para no pecar de plañidera. Baste decir que, luego de diez horas de viaje en autobús, me tocó esperar otras tres y media en la central camionera antes de que alguien pasara por mí. Ranulfa, la coordinadora, una mujer bajita con ojos de psicópata y risa bobesponjiana, ni siquiera se disculpó; fue su marido quien intervino:
      —Queríamos llegar antes, pero había un perro hambriento afuera de nuestra casa, no podíamos irnos sin darle de comer, tú sabes. Lo malo fue que no teníamos croquetas y tuvimos que ir a la tienda; encima, no había de la marca que compramos, la que dona una parte de sus ganancias a perros de la calle, ¿sí sabes cuál?
      No dije nada, ¿para qué? Me puse en plan fatalista a esperar lo peor. Y vaya que tenía razón. Partimos al aeropuerto para recoger a dos de las tres poetisas internacionales del cartel: una morocha cuyo labio superior me hizo pensar que en Colombia no habían oído hablar de la depilación con cera, una señora dulce de mediana edad y una anciana de pelo blanco trenzado que vestía chaleco de piel con flecos y botines de danza, quien al parecer era una reputada actriz mexicana de la que yo jamás había oído hablar.
      De ahí nos fuimos a un hotel situado en la mitad de la nada. El resto de las invitadas del encuentro era un enjambre de clichés: morrales y tenis con la efigie de Frida Kahlo, camisetas del Che Guevara o huipiles, declamadoras de Sabines y Benedetti; todas con sus plaquettes autopublicadas o editadas por algún instituto de cultura de San Juan de los Camotes.
      La ceremonia de inauguración fue en el salón de eventos de la Asociación Ganadera, acondicionado con unas ciento ochenta sillas (que era probablemente el mismo número de habitantes de aquella pequeña ciudad norteña). En medio del escenario estaban dispuestos una mesa y un biombo decorados como para una boda ranchera por el civil: tul blanco, guías naturales de julietas y extensiones de foquitos navideños. «No me avisaron que nos íbamos a casar con la poesía», dije riéndome. Todas me vieron feo. Supe que estaba sola. Me dieron ganas de dejar de escribir poesía y ser persona decente.
      El flamante encuentro comenzó con una interminable lista de presentaciones de autoridades cuyos discursos protocolarios luchaban por la corona al más soporífico. Luego siguió una mesa magistral donde las tres únicas poetas ecologistas no nacidas en México se echaron sendos panegíricos exaltando la importancia de la poesía en la lucha contra el calentamiento global y la urgente necesidad de abandonar el uso de popotes. La francesa leyó un poema cuya pronunciación dejó extasiadas a las presentes, pero cuál no sería su decepción cuando leyó la versión en español, que era casi una lista de supermercado (la dulzura de la fresa / la sensualidad de la piña / la excentricidad de la pitaya / la voluptuosidad del chayote / así es tu amor para mí...). Sentí que me iba a dar un derrame cerebral.
      Por fortuna, me sacó de este trance el entreacto artístico: un ballet folclórico local que había hecho una adaptación «figurativa» del Huapango, de Moncayo: tres chicas de vestido tapatío blanco atravesado por listón tricolor zapateaban descalzas en el mosaico con el furor de los pueblerinos dispuestos a comerse el mundo. A la mitad de la pieza surgió un chico ataviado como caballero águila azteca, tremendo penacho y una jícara en la que ardían pedazos de hojas escritas a máquina: su intervención estelar consistía en tomar los papeles en llamas y apagarlos con sus propias manos. El número fue a todas vistas doloroso para el desgraciado chico, que dejó la sala oliendo a chamusquina. Las muchachas volvieron a salir de camerinos para abrirle paso a una mujer con vestido tarahumara que imitó una suerte de ritual prehispánico. Nunca como entonces estuve tan consciente de la extensión de la obra de Moncayo, ni sentí tanto repudio hacia mis raíces.
      El magno evento inaugural cerró con un fino brindis consistente en queso crema con totopos, vino tinto de tetrabrik y refresco en copas de plástico. Al llegar al hotel, descubrimos que el restaurante estaba cerrado. Cuando le preguntamos a la organizadora por la cena, respondió con un lacónico: «Pues el brindis era la cena», alzando los hombros. Tuve ganas de pegarle, me contuve porque la vida me ha enseñado que nunca debo seguir mis instintos cuando tengo hambre.
      Me fui a dormir, junto con las otras tres poetas con las que compartía la habitación, pensando en la relatividad del tiempo y cuánto pueden extenderse tres días.

Canto segundo
Debo confesar que la perspectiva de que la segunda jornada comenzara con lecturas en preparatorias me animó bastante: los jóvenes me devuelven la esperanza, hay quienes se entusiasman por la poesía con tal de perder un par de horas de clase. Tal como lo soñé, el grupo de bachilleres estuvo atento y receptivo, vaya, un amor. Luego de un tremendo panegírico a cargo de la maestra de ceremonias (una mujer que gustaba de acentuar su gigantismo con zapatillas de tacón alto y chongo de cebolla), cada una de las siete poetisas tuvimos una breve intervención. Fue grandioso: unos chicos nos aclamaron, otros nos preguntaron por el secreto de la poesía, la maestra del grupo en el aire nos compuso unos versos; entre vítores pidieron más poemas, pero cuando tomé el micrófono la giganta intervino:
      —Ya no hay tiempo, todavía falta partir el pastel.
      —Pero los chicos quieren que leamos —repuse.
      —¡Sí, otro poema! —gritaron.
      —Hay que aprovechar —dijo otra poeta (muy cursi, por cierto).
      —Que no, ya no.
      Y no hubo más lectura.
      El momento incómodo se resolvió con sendas rebanadas de pastel de chocolate y vasos de Coca-Cola.
      Lo siguiente en nuestras apretadas agendas era volver al Salón Ganadero, donde la anfitriona aguardaba por nosotras, presa de un ataque de histeria (a decir verdad, nunca la vi en otro estado): las sillas estaban ocupadas en su totalidad por estudiantes que tomaban un taller de poesía que el maestro impartía con una guitarra y hacía falta darles botellas de agua a todos para evitar el golpe de calor.
      —Agarren esas cajas y repártanlas —ordenó.
      No es que yo repela el trabajo físico, pero me pareció de muy mal gusto poner a las invitadas a fungir como edecanes. Me puse digna.
      —Yo no vine a servir aguas —respingué.
      La anfitriona me vio con la cara que imagino se pone antes de tener una embolia y me dijo que estaba bien en un tono que sonaba a mentada de madre. Se metió a la oficina, muy ofendida, para después mandar una serie de whatsapps con fotografías de los roles de las «entrevistas en medios», hechos a mano en una hoja de libreta cuadriculada. Cuando revisaba uno buscándome, apareció una foto más con mi nombre tachado y reasignado para una lectura en un canal de música grupera... justo a la hora de comer. Hasta ese momento me empezó a parecer buena idea quedarme callada.
      Hacía un calor espantoso cuando llegamos al minúsculo estudio. Como sólo había un micrófono de solapa (del cual se apoderó la insigne actriz desconocida), las otras cinco tuvimos que turnarnos uno de cable. No sé si fue por la hora, el hambre o la temperatura, pero cada poema me pareció peor que el anterior (incluidos los míos, por supuesto). Aunque quién sabe qué tan subjetivo sería mi juicio, porque el esposo de una de las locales decidió ponerse a ver videos en su celular y se abstrajo de tal modo que el camarógrafo tuvo que pedirle que bajara el volumen.
      Cuando volvimos al Salón Ganadero me enteré de que a las demás les habían dado tortas de barbacoa y nadie nos guardó una. Mi furia fue tan grande que ninguna musa podría ayudarme a cantarla. «Para que aprendas a no andar de bocona», me dije y fui a buscar una tiendita.
      Las lecturas de esa tarde fueron intrascendentes. De mayor interés fue el espectáculo con el que nos agasajaron «para cerrar la velada con broche de oro»: una rondalla juvenil, liderada por un maestro que se la pasó haciendo chistes sobre rifar a los adolescentes espinillentos entre las menopáusicas poetas. Sería un crimen pasar por alto el hecho de que sólo los chicos, ataviados con anacrónicos trajes de terlenka azul cobalto, tocaban la guitarra; mientras las chicas se limitaban a cantar, enfundadas en minúsculos vestidos de coctel rojos y zapatillas plateadas. El repertorio estuvo compuesto de versiones acústicas de éxitos gruperos.
      No hubo brindis, pero al llegar al hotel nos esperaba una dotación de frías hamburguesas de pollo en charolas de unicel y refrescos de lata. Como algunas poetas la estaban pasando estupendamente, sugirieron leernos poemas unas a otras al lado de la alberca. Tomé mi hamburguesa y me largué a mi habitación.

Canto tercero
El último día brilla aún en mi memoria por su intensidad. La jornada dio inicio con un tendedero poético ecológico en el que no se pararon ni las moscas, debido a que coincidió con la verbena del pueblo: lo descubrí por error mientras deambulaba por el centro en busca de una farmacia para comprar una caja de analgésicos. Estaba harta de escuchar a la anfitriona gritar poemas por un megáfono para «atraer» al público. Lo cierto es que también quería alejarme lo suficiente como para que no me relacionaran con ella.
      A esas alturas ya me había hecho la fama, con toda justificación, de ser la amargada del encuentro. A eso de las dos de la tarde llegó un viejo camión escolar gringo para llevarnos de paseo. El recorrido turístico arrancó con una visita a la única iglesia del pueblo, que estaba cerrada. Luego, quizá porque al fin Dios decidió mostrar un poco de misericordia, hicimos una escala en un Oxxo y nos fue dada la gracia de comprar alcohol. Yo, que rara vez bebo, corrí al refrigerador y pude comprender a José José.
      La siguiente parada fue en el casco de una vieja hacienda en la que no había pasado nada importante, ni se distinguía por su arquitectura, pero que era punto obligado porque fue construida durante la Revolución.Nos obligaron a recorrer hasta el gallinero, donde las más entusiastas se entregaron al furor de emular a la Adelita y la Valentina en una orgía de fotografías con celular. Tras una hora bajo el sol norteño, subimos al camión casi desmayadas. Las cervezas se habían calentado; sin embargo, gracias a ellas y a una bolsita de botanas pude mantenerme en mis cinco sentidos.
      La carta fuerte vino después de treinta minutos más en carretera: un balneario natural. El sitio era literalmente, discúlpeseme el cliché, un oasis en el desierto (aunque mejor, porque olía a carne asada y vendían elotes en vaso). Se trataba de un lugar famoso porque el río tiene unos pececillos que te exfolian los pies, como en Japón o en un spa muy caro. Al contemplar el agua y la sombra de los árboles se nos iluminó el rostro. Pero bien dice mi madre que no hay felicidad completa: «Tienen quince minutos, ya casi es hora de que regresemos al camión», dijo la anfitriona. El desconcierto fue tal, que dos poetas se aventaron a la alberca con la ropa puesta. Yo me arremangué con mucho trabajo las perneras de mi pantalón (era atubado) y maldije mi sino. 
      La noche nos alcanzó con una elegante cena de sándwiches y refresco, previa a la última velada poética ecologista, en la cual la anfitriona consideró pertinente volver a escuchar los poemas de las tres escritoras extranjeras y, con ello, fomentar en mí impulsos xenofóbicos. Tras otra serie de discursos (¿qué es un evento oficial sin una sarta de discursos anodinos?), cuando creí que todo había terminado, subió al escenario un bohemio que, guitarra en mano, repasó el repertorio casi íntegro de Roberto Carlos y Alberto Cortez. Nos dieron las once sin poder marcharnos. Yo llevaba más de dos horas recibiendo miradas como puñales de la anfitriona, debido a que opté por sumergirme en las profundidades de Facebook.
      Casi a medianoche comenzó la entrega de reconocimientos. Dudo que haya sido mera coincidencia que mi nombre apareciera hasta el final de la lista y, por ello, no alcanzara la bolsa con un kilo de nueces finas que les entregaron a las otras veintitantas poetas participantes. Por supuesto, lo tomé como una afrenta personal. Abandoné el salón junto con otras tres solidarias rebeldes que querían ir a buscar una taquería. Nada. Acabamos en el sitio de taxis, donde esperamos veinte minutos por un taxi. Mientras tanto, las otras llegaron al hotel.
      En nuestro cuarto, Ranulfa dormía la mona, perdida de borracha, en una de las camas (por suerte, no era la mía). Como regalo adicional había una nube de humo de cigarrillo en el techo. Hasta ese momento noté que una de mis compañeras de habitación no asistió a la lectura para quedarse a beber con aquélla.
      —Shhhh, no la despierten —dijo al tiempo que ponía en el televisor un canal de música relajante para niños—, miren qué tierna se ve cuando duerme.
      Colapsé. Salí furibunda a localizar al marido y le exigí que se la llevara cargando si era necesario, lo cual no pudo, debido a los kilos de más de su adorada consorte. A la distancia, las otras poetas comían nueces y de nueva cuenta compartían sus poemas a la orilla de la alberca, con el corazón y su fe puestos en el poder transformador de la palabra. Tanta afectación hizo que quisiera aventarles una piedra, pero me aguanté porque soy feminista.

Coda
Al día siguiente, a pesar de que por una vez la comida estuvo lista temprano, comí sin ganas. No hay chilaquiles en el mundo capaces de aligerar el tiempo que tardó en aparecer el autobús que nos llevaría de regreso a la civilización y la libertad. Nunca sentí tanto desprecio por la poesía como cuando vi a las demás despedirse entre lágrimas y alabanzas mutuas, abrazando sus bolsas de nueces finas y repartiendo fotocopias de sus versos.
      Ahí, en el lobby del cuasi abandonado hotel, minutos antes de acabar con aquel vergonzante episodio de mi vida, tuve una epifanía: debía convertirme en narradora. Así comienza este cuento.



 
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