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Poemas / Ana Belén López PDF Imprimir E-Mail
Cedro blanco.

 

Cedro blanco para la mesa.
Sin clavos.

Cedro blanco para sostener
los platos
los vasos
los libros.

El cuerpo en una esquina.

Cedro blanco para sostener
las flores
el cuerpo
la esquina.

 

La silla está en el lugar de la mesa

una luz entra por la ventana
hacia el hueco que dejó

los pétalos de las flores
cayeron
podridos
se pintaron de café

el mundo suena más sordo
más lento
más quedo
más constante

las voces anuncian
lloran
lamentan

me llevan a mi propia
madeja.

 

Un vestido se desliza por el cuerpo.

Al cruzar las rodillas
detiene el olor de su textura.

No son los colores de la noche
son los hilos de su trama
los que cruzan la oscuridad.

Detenida, también
la memoria ata sus manos a los tobillos.
Un olor a vino
cruza la puerta
un olor a perfume
sale por la ventana
un olor a sudor se detiene en el cuerpo
las piernas
rasgan el último pedazo de seda.

 

El árbol de flores amarillas.

Brazos extendidos
hacia el horizonte.

Hacia la pupila
de la cámara que fija su tallo
en la cabeza del niño que lo escala.

La historia del árbol
se terminó cuando arrancaron sus raíces
desde el centro de la casa

y la rama moribunda
rompió el vidrio de la ventana.

 

La silla, contra la silueta,

contra la luz,
se borra despacio
mientras alarga la sombra
de la tarde que regresa.

Tengo una silla roja.

Tengo un gato sobre la silla.

Tengo un año y una mañana.

Tengo la sombra alentándome a seguir.

Otro año. Sentada sobre una silla roja
para escribir sobre su silueta.

 

Encontré un mapache en mi camino al faro.

Instintivamente frené antes de ver
el bulto en la banqueta.
Estaba muerto, tal vez atropellado.
La peste del cuerpo se extendía
mientras las moscas zumbaban
alrededor de su antifaz.
Sentí pena.

Un animal muerto, está frío, aunque tenga pelaje.
Lo supe cuando acaricié a mi gato moribundo
y sentí su cuerpo frío.
Su pupila se dilató y cerré sus ojos.
Es extraño, pensé, hace tanto calor
y está frío.

No hubo nadie para cerrarle los ojos al mapache.

 

Una flor deshidratada.

La luz golpeando el ventanal.

La cera de una vela que chorrea despacio.
El brillo del polvo en la luz.
El sonido diferente de la mañana.
Un jardín que despierta lejos del mar.

Una silla vacía, una taza roja.
La música de un radio que se apagó hace años.
Cosas simples.

Ni visibles
ni palpables.



 
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