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El manuscrito de Sabas / Juan Fernando Merino PDF Imprimir E-Mail
—Mira lo que encontré en la basura —me dice Sabas la quinta o sexta vez que voy a buscarlo.

      —¿Qué cosa? —le pregunto mientras me acerco al árbol en que durmió la noche anterior, observando con curiosidad un puñado de páginas arrugadas (y presumo que malolientes) que extiende en mi dirección.
      —Es un manuscrito —responde con una sonrisa amplia, algo muy poco frecuente en él—. El manuscrito de una novela. No figura el título ni el nombre del autor, pero por lo que alcancé a leer parece muy interesante.
      —¿Y de qué trata? —pregunto al llegar debajo del cruce de ramas sobre el cual se encuentra recostado en posición casi horizontal.
      —Hay de todo un poco —responde enderezándose a medias para verme mejor—. Es muy variada: hay un tipo que está medio chalado y que se la pasa espiando a sus vecinos de apartamento y tomando notas sobre ellos en una vetusta máquina de escribir. Hay dos músicos que viven en el mismo edificio y se juntan con otros dos para tocar en las estaciones del Metro… pero uno de ellos tiene un pasado misterioso o peligroso, o algo. Y en el mismo piso del músico argentino vive la viuda de un famoso cantante de rock, una mujer muy excéntrica que escucha las mismas canciones una y otra vez y nunca sale a la calle… En fin, una novela muy variada, ya te digo. A mí me ha gustado mucho. Lo único malo es que está incompleta.
      —¡Ah, qué lástima! ¿Y le falta mucho?
      —No sé. Porque se interrumpe de improviso cuando empezaban a resolverse los cabos sueltos. Deben de faltar varios capítulos, supongo. O muchos. Pero de todos modos vale la pena leer lo que hay.
      Sabas (desconozco su apellido), «El habitante de los árboles», como lo llaman los jardineros y barrenderos del Parque Inwood Hill, sin rencor, incluso con cierto cariño a pesar de que a veces vacía los cubos de basura o dispersa la que ya estaba reunida y lista para su recolección, está siempre mostrándome las cosas curiosas que encuentra en distintos sitios de aquel parque grande —el segundo en extensión en Manhattan después del Parque Central—, que desde hace un lustro se ha convertido en su sitio de residencia durante la mayor parte del año. El día que lo conocí, hace poco más de tres meses, me enseñó un calendario viejo y descolorido con paisajes de alguna nación o naciones del Medio Oriente; la siguiente vez, tres días después, un volumen de relatos de Borges al que le faltaban la cubierta, el prólogo y la mitad del primer cuento; luego una daga árabe, una salamandra de cobre que se había encontrado en un barrizal al lado de uno de los manantiales… 
      No lo había visto en dos semanas, a pesar de mis caminatas casi cotidianas por los lados de la ciénaga Muscota, una de sus zonas predilectas para pasar la noche. Hasta hoy que lo encuentro en lo alto de un castaño en otra parte del parque, cerca de la salida hacia Indian Road, hojeando el manuscrito incompleto.
      —¿Me dejas echarle un vistazo? —le pregunto.
      —Por supuesto que sí —contesta, desgajándose del árbol y poniéndome en las manos el montón de hojas arrugadas—. Llévatelo a casa. Como lees tanto, me gustaría que me dieses tu opinión. Lo que te parezca. Con toda franqueza.
      —De acuerdo, Sabas. Dame tres o cuatro días. ¿Dónde te busco para devolvértelo?
      —Aquí mismo.
      —Pero si cada vez te encuentro en un sitio distinto del parque.
      —Esta semana búscame aquí; voy a dormir en este árbol.

El primer encuentro con Sabas ocurrió así:
       A principios de junio, una mañana muy temprano hacía un recorrido largo por los senderos peatonales cerca de la ciénaga Muscota, cuando de repente escuché una voz a mis espaldas:
      —Ahlan Wa Sahlan. ¡Salaam Alaikum!
      En un primer momento no entendí de dónde venía el saludo en árabe hasta que distinguí, semioculto entre el follaje de un fresno, a un hombre de barba y cabellos largos, entrecanos. El árbol se elevaba sobre unas rocas y tan cercano a la orilla de la ciénaga que algunas de sus ramas inclinadas rozaban el agua. Me acerqué hasta poder verlo casi entero. El hombre (¿cincuenta años?, ¿sesenta?, ¿más?; difícil de decir con aquellos pelos y la piel tan curtida) leía un libro cómodamente instalado en medio del árbol, con la cabeza, la espalda y el brazo izquierdo sobre una rama gruesa; las piernas y el brazo derecho apoyados en sendas ramas más delgadas. Vestía pantalones oscuros de pana, camisa color verde oliva, un chaleco delgado de flecos y botas estilo militar. La ropa se veía desgastada, no muy limpia ni cuidada pero tampoco andrajosa. Su mirada era inquisitiva, intensa, y la expresión de su rostro la de una persona igualmente intensa y pensativa, como la de aquellos que dedican mucho tiempo, tal vez demasiado, a leer y a pensar.
      —Buenos días —saludé en inglés.
      —Hola, muy buenas —me respondió en perfecto español, con un deje caribeño.
      —¡Ah! ¿Eres cubano?
      —Nací en Puerto Rico, pero ahora vivo en los árboles de Nueva York.
      —¿Qué estás leyendo? —le pregunté para iniciar la conversación, picado por la curiosidad a la vista de un personaje tan insólito.
      —El albergue de los pobres, de Tahar Ben Jelloun, un escritor marroquí excelente. La novela es en el fondo un homenaje al Ulises de Joyce, pero sitúa la acción en Nápoles a finales del siglo xx, en una especie de corte de los milagros que regenta una matrona entrada en años y en carnes. Es un texto muy denso; a la vez una metáfora sobre la decadencia de Europa, las fraternidades inesperadas, las afinidades electivas y los paraísos perdidos…
      Me quedé perplejo, claro. ¿Cómo era posible que aquel hombre silvestre, desgreñado y evidentemente muy lejos de la llamada existencia «normal» se expresara como un erudito o un catedrático? Por supuesto que hasta allí llegaba mi expedición por el parque aquella mañana: tendría que detenerme y averiguar quién era y qué hacía aquel individuo que instalado en un árbol leía a un novelista marroquí.
      —No sé nada del autor —dije—. Pero algún día me gustaría leer el libro.
      —Te lo prestaría cuando termine, pero está en árabe.
      —¡En árabe!
      —Nada de raro tiene… Eso era lo que hacía antes: investigar y enseñar filología y literatura árabe. Antes de retirarme a vivir así como ves, como debe ser.
      —Durmiendo en los árboles…
      —No siempre. A veces paso la noche en una gruta o en algún sitio despejado entre los matorrales. Y desde luego tengo un pequeño cuarto cerca para guardar mis cosas y mis libros y guarecerme cuando llegan las noches más heladas. No me hace falta nada más; comida siempre encuentro en el parque, tengo lectura de sobra y una pensión de veterano de guerra.
      —¿Del ejército americano?
      —Lo que pasa —continuó diciendo sin responder a mi pregunta— es que yo vivo con un pie en el siglo xxi y otro pie hace trescientos mil años, cuando éramos primates. Y en un momento tuve que tomar una decisión. Si hubiera seguido viviendo y trabajando como lo hacía, en este momento no estaría durmiendo en un árbol y me habría muerto hace años. 
      —¿Pero no te preocupa?
      —¿Qué cosa?
      —Esto… dormir a la intemperie. O, en medio de la noche, caerte de un árbol sobre las rocas.
      —¿Por qué me voy a caer si estoy en perfecto equilibrio?
      —Entiendo —dije, aunque aún no entendía demasiado.
      —La clave está en distribuir bien el peso, como en casi todo.
      —Claro, ya veo. ¿Y dónde enseñabas literatura árabe?
      —Si no te importa, ahora quisiera seguir leyendo; es la mejor hora para leer. Pero ven a buscarme otro día y seguimos hablando. Me llamo Sabas. Y casi siempre estoy por esta zona del parque.

Cuando termino de leer el manuscrito y regreso a buscarlo al parque Inwood dos días después, esta vez a mediados de la tarde en lugar de temprano en la mañana, no está en el mismo fresno, pero lo encuentro cerca de allí leyendo una novela de misterio (otra de sus pasiones, al igual que las leyendas medievales y los cantares de gesta) y fumando uno de sus cigarrillos sin filtro. Lleva puesto el chaleco de siempre, pero viste una camisa diferente, azul claro.
      —¿Qué te pareció? —me pregunta en cuanto me ve llegar.
      —Muy interesante, muy original —contesto, sacando un cigarrillo y sentándome a su lado. Me ofrece fuego.
      —Bueno, suelta...
      —Ya te digo, me pareció una novela original, muy diferente a todo lo que he leído. Tiene pasajes muy buenos, muy bien escritos, pero creo que hay partes que confunden al lector. A veces parece que la hubiese escrito un narrador omnisciente, otras no, o que los capítulos hubiesen sido escritos por distintos autores… No sé, tiene vaivenes demasiado fuertes, cambios de tono, de dirección narrativa, pistas claves que no se vuelven a nombrar, desaparecen personajes, aparecen otros de repente…
      Por primera vez en todos nuestros encuentros, se fruncen sus facciones y me habla con impaciencia, casi con enfado:
      —¡Qué rápido juzga a veces la gente! Y qué superficialmente lee…
      —Pero Sabas, me pediste que te diera una opinión franca y honesta y que...
      —¿Te puedo hacer una pregunta?
      —Sí, claro.
      —¿Tú eres exactamente igual todos los días, las semanas y los meses del año? ¿La misma actitud, entusiasmo y ritmo de vida? ¿La misma disposición de espíritu para emprender algo o crear algo?
      —No, por supuesto que no.
      Se pone de pie, apaga el cigarrillo en la palma de la otra mano y lo arroja lejos.
      —Entonces eres un lector descuidado y un mal crítico. Porque yo pienso que un buen crítico se daría cuenta de que el novelista no escribió los capítulos en un mismo momento de su vida. Y por supuesto que no con la misma claridad de mente y disposición de ánimo. Resulta evidente que cuando escribió ciertos pasajes el autor estaba distraído o agotado o mucho más caviloso que de costumbre. Pero para un buen crítico y un lector sagaz lo más importante es el conjunto de la obra. Y que la trama avance. ¡Por qué tiene que ser siempre igual la narración! ¡Siempre pareja y predecible! ¿Por qué esa manía de los lectores?
      —Seguramente tienes razón, Sabas; es un punto de vista válido —digo, tratando de apaciguarlo—. Muy válido. Pero ven, siéntate y seguimos hablando. Todavía no te he dicho lo mucho que me gustaron varios pasajes. Y uno de los personajes principales, el que espía a sus vecinos.
      —No se trata de una telenovela, amigo. Una cosa es una telenovela para complacer a todos y otra cosa muy distinta es una obra literaria ambiciosa… ¡Que puede ser novela río, novela cascada, turbamulta o tempestad o novela tsunami!
      —Lo siento, Sabas; es posible que me haya apresurado en los juicios —le digo en un tono bajo, conciliatorio, sorprendido y un poco alarmado con su reacción.
      Poco a poco el lector de los árboles se va calmando… Me pasa el brazo por los hombros y me ofrece uno de sus cigarrillos. Nos sentamos a fumar en silencio, mirando ambos hacia la distancia, en direcciones distintas.
      —Por cierto —le digo después de un rato—, me pareció muy peculiar, muy críptico, lo de aquel personaje que es al mismo tiempo recolector de basura del Municipio e informante del detective.
      —Yo no le veo nada de curioso ni de críptico. La basura es nuestro otro lado, amigo; el inverso y el reflejo de toda civilización. Y un don magnífico para quienes sabemos aprovecharla. ¡Si yo te hablara de las cosas que he encontrado en la basura! Te digo más: yo podría sobrevivir perfectamente con lo que recupero de la basura… Eso y las frutas de los árboles, algunas noches un pescado que saco del lago…
      —¡Excelente! ¿Entonces ya no te hace falta nada del mundo exterior?
      —Solamente los cigarrillos. De vez en cuando un café o un vino.
      —Cuando quieras que te traiga de la ciudad vino o unas cervezas o cualquier cosa, me lo dices.
      —Mientras menos se necesite de Nueva York, mucho mejor… Pero sabes, no he logrado dejar el cigarrillo. Ni el vicio de los libros.
      —Yo tampoco.
      De repente, después de otro silencio largo, Sabas se pone en pie y saca del bolsillo interior del chaleco otro puñado de hojas, igual de sucias y arrugadas que las primeras.
      —Creo que este capítulo te va a gustar más —me dice—. Se llama «El tándem del mal». Seguramente te va a parecer más ágil, más compacto. No te lo di la vez pasada porque no había terminado de leerlo. ¿Quieres llevártelo a casa?
      —Sí, claro; gracias.
      —Espera; se me ocurre una idea mejor: te lo leo en voz alta. Siéntate sobre aquel tronco.
      —De acuerdo.
      —Han pasado seis días desde que me vi obligado a conocer íntimamente a mis vecinos. En vano. Una de las pocas conclusiones útiles de esta primera parte de la misión es lo poco útil que resulta la observación directa de otros ocupantes de un edificio. Después de tres días seguidos de sus noches —con breves intervalos para dormir diez minutos aquí, veinte allá, para comer un bocado, acercar o vaciar el balde con las necesidades humanas— vigilando la sala comedor alcoba de la actriz veterana, el sofá-cama de la suscriptora del Wall Street Journal, y las porciones de los cuatro dormitorios que se alcanzan a divisar desde mi ángulo, la información servible que he recopilado es muy limitada. Casi desdeñable. Porque a mí, la verdad, me tiene sin cuidado que el lituano del 7-F y la novia del empleado de la Autoridad de Tránsito que alquila el 7-J ensayen posiciones eróticas múltiples mientras el pobre funcionario se gana el pan diario con el sudor de la monotonía

El capítulo es largo y cuando Sabas termina de leerlo ya es noche cerrada. Me ha gustado, mucho, así que no tengo que hacer ningún esfuerzo por mostrar entusiasmo y darle ese placer al habitante de los árboles, a quien evidentemente le gusta el texto y le ha encantado tener audiencia para leerlo en voz alta.
      —Excelente —le digo—. Creo que es mi favorito hasta ahora. Es muy superior a los precedentes; el ritmo y los diálogos están muy bien logrados. Me recuerda los relatos de...
      —No hace falta que sigas —me frena en seco—. Si te gusta, simplemente dilo y ya está. ¿Qué necesidad hay de compararlo con otros capítulos, con otros libros, con otros autores? Cada creación literaria es única e independiente de todas las demás. Un texto te gusta o no te gusta. Y punto. Se acabó.
      —Oye, Sabas… —digo mientras enciendo otro cigarrillo—. ¿No te enojas si te pregunto algo?
      —No, no me enojo… Aunque depende. Pero dispara.
      —La novela es buena, de verdad. Ingeniosa, original. Y tiene fragmentos memorables. Entonces no tiene ningún sentido que el manuscrito haya terminado en la basura. Por eso mismo me he estado preguntando si acaso…
      —¿Y por qué no iba a terminar en la basura? Varias veces te he dicho que allí se encuentran verdaderos tesoros.
      —Sí, ya lo sé. Es sólo una sospecha que me ha entrado. ¿No estarás escribiendo tú la novela? O la tienes ya escrita y…
      —¿Yo? ¡Ja! ¡Cómo crees! Con todo lo que yo he vivido, el día que me diera la gana podría escribir algo muchísimo mejor y ganar millones. Pero no me interesa. ¿Para qué?
      Con todo lo que ha vivido Sabas ¡Cuánto daría yo por entender los enigmas y los puntos suspensivos de aquella vida! Desde el primer encuentro se convirtió para mí en un personaje excepcional, único, y ha pasado a ser poco menos que una obsesión. Al fin y al cabo, no todos los días conoce uno a un individuo que duerme en los árboles (o en las cuevas o entre los arbustos) y enciende hogueras para leer de noche. Un hombre que además de letrado, viajado y de palabra certera, ha sobrevivido una guerra, una semana deambulando por calles y caminos de la antigua Babilonia, varios tratamientos psiquiátricos y seis meses en una clínica de reposo. Pero no resulta nada fácil reunir las piezas para armar el rompecabezas. En parte porque hay temas y épocas de su vida de los cuales le gusta hablar muy poco. O nada. Y en parte porque a veces parece cambiar de historia o de recuerdos y me cuenta algo muy distinto a lo que me había contado antes, incluso contradictorio.
      A grandes rasgos, y sin poner la mano en el fuego por la verosimilitud de todos los datos, Sabas nació en un pueblo de pescadores en el noreste de Puerto Rico. Su padre enviudó cuando él era niño y contrajo segundas nupcias con la prima menor de su madre. A los diecisiete años Sabas viajó a Nueva York con una beca y siguiendo una pasión de su juventud por los poetas egipcios y la Escuela de Traductores de Toledo estudió Filología y Literatura Árabe Moderna en la Universidad de Columbia. Al terminar el posgrado aceptó un puesto como profesor visitante en una universidad de San Francisco. Al terminar ese contrato regresó a Nueva York, donde fue aceptado como profesor agregado de Filología de su alma mater.
      —Hasta que cometí el error de mi vida y todo cambió —me contó una mañana de lunes que lo encontré particularmente sombrío, desvelado—. Me enteré por un colega de la Facultad de que el Pentágono estaba buscando a como diera lugar traductores e intérpretes del árabe para la misión militar en Irak. Jamás en la vida me había pasado por la cabeza ir a una guerra. Ni por un minuto. Yo no sé disparar un arma, ni forzar puertas, ni siquiera leer un croquis. Dulce bellum inexpertis. La guerra es dulce para quien no la ha padecido. Y la paga era muchísimo mejor que en la universidad, casi cinco veces más, y en esa época yo tenía deudas y planes. Así que de buenas a primeras renuncié a la universidad y fui a dar a Irak, a la base española en Diwaniya, que los gringos estaban apoyando con todo porque era como la tuerca suelta de la coalición. Al llegar me asignaron la traducción de correspondencia y de documentos interceptados, pero después de tres semanas y media me ascendieron a intérprete de los interrogatorios. ¡Me ascendieron! Hijos de puta… Aunque no debería denostar a otros porque todo fue culpa mía. ¡Y además por la paga! Yo lo único que había querido toda la vida era leer, dar clases de árabe, seguir estudiando, de vez en cuando escribir algo, vivir en paz. Y se me ocurrió meterme en aquel lodazal. ¡Maldita la hora! Jamás te podrías imaginar lo que tuve que presenciar y tuve que traducir para los militares durante aquellas noches. ¡Hijos de puta! ¡Hijos de mala puta, hijos de mala puta perra! Hasta que no pude más. Una madrugada, después de ocho horas de interrogatorios «reforzados», como los llamaban ellos, a dos jóvenes de una aldea vecina acusados de estar planeando un atentado, supe que había llegado a mi límite. Y que no podría soportar un día más conviviendo con aquella barbarie. Con aquellos torturadores o con sus comandantes desquiciados. Comprendí que tendría que salir de allí, como fuera, y que si lograba sobrevivir a aquella guerra maldita, tendría que dejar atrás todo lo que había sido mi vida hasta entonces. Volver a vivir como un ser humano. O un primate sin sevicia. En todo caso volver a lo más simple, a lo esencial. A esto. Esa noche, cuando ya habían cerrado todas las puertas de acceso, escapé del infierno. Casi que con lo puesto. Y me eché a vagar, al principio sin rumbo, por los senderos ensangrentados de Babilonia.

—No vas a creer lo que encontré esta mañana —me dice Sabas a manera de saludo un par de semanas después, ya a finales de octubre, cuando me ve caminando hacia su árbol.
      —Déjame adivinar —digo en cuanto llego a su lado, entre curioso y divertido.
      —Mira. Una veintena larga de páginas del mismo manuscrito. Dos capítulos casi enteros.
      —¿Y dónde las encontraste?
      —En el mismo sitio. El mismo basural.
      —¡Después de tantas semanas! Me parece muy extraño, ¿no crees?
      —De extraño no tiene nada, amigo. Las cosas aparecen cuando aparecen. Ni antes ni después. ¡Pero vas a ver qué bueno es lo que viene! ¿Quieres que te lea unas páginas?
      —Si te parece, Sabas. Yo no tengo prisa.
      La temperatura ha empezado a bajar rápidamente. Sabas desciende de su árbol y reúne ramas y hojas secas para encender una hoguera.
      Me siento sobre un tronco. Sabas comienza a leer. La noche va cayendo sobre la ciénaga Muscota. Por alguna razón que apenas vislumbro mientras escucho a mi amigo Sabas, el habitante de los árboles, me inunda una sensación de bienestar, casi que de alegría.
      Poco a poco iré comprendiendo que pase lo que pase y vaya donde vaya después de mi estancia en Nueva York, de una manera u otra siempre habrá de acompañarme el manuscrito de Sabas.



 
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