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Poemas / Sudeep Sen PDF Imprimir E-Mail
La escarcha de los helechos

Frente a mi mesa, los cristales de la ventana están cubiertos de escarcha —si bien no hiela en el interior de la casa. Fuera, el calor húmedo tropical que precede a la lluvia de la tarde convierte la vista de las frondosas palmeras en epítome de envolvente languidez y plenitud.

En mi estudio el ambiente es fresco, tal vez frío debido al aire acondicionado, si se compara con el calor de afuera. Las leyes más elementales de la física y de la geometría hacen que lo que contemplamos a simple vista se transforme; cambie de un estado a otro, aunque se trate de un fenómeno meramente transitorio.

Hay ecuaciones matemáticas precisas que permiten corroborar estas visiones, algoritmos debidamente probados —pero, para mí, las ensoñaciones dan más rienda suelta a la imaginación que el sentido estricto y definido del espacio.

Las hojas de las palmeras de afuera son grandes, enormes, como inmensas hojas de helechos, sus contornos definidos por las nítidas puntadas que se ocultan tras sus invisibles costuras. Su fuerza y dignidad deben emanar de la elegancia de su disciplinada espina dorsal.

Todo esto se parece mucho a la mirada de un sofisticado observador —un visualizador— que contempla la misma escena desde distintos estados de ánimo, equilibrio, pensamiento e imaginación.

 

El verde del monzón

Verde es el color más ostensible para mí estos días —verde aceite opalino, verde plátano, verde aceituna, verde seco—, la miopía verde de los políticos; el verde arsenal de guerra, el verde sotobosque —todos ellos entrelazados y cual maleza, verde e inestable, y nadie que los pode o mantenga bajo control.

Este estallido de verdor ha tenido un efecto cegador en mi sistema. Los médicos naturistas, tan de moda ahora, están equivocados —en vez de producir un efecto sedativo y calmante, el verde tiene un efecto nauseabundo y particularmente inquietante sobre mí.

Verde bilis, verde vómito, un delirio con Frankenstein, el esputo verde y espeso de los tuberculosos, verde mugre, el verdín de los aseos sucios y del agua estancada de las cunetas que bordean los caminos —verde hermoso, verde horrendo, verde saludable, verde húmedo, verde monzón.

El monzón ha llegado —persistente en su empeño, verde de celos. La lluvia va a estar presente por un tiempo, siempre apresurando y nunca sofocando el despliegue insidioso, monocromático y camaleónico del verde.

 

Metal pesado

Los encargados de desguazar los barcos, en serpenteante fila india, se deslizan hacia los monumentales cascos anclados en el delta enfangado y azotado por la lluvia. Éste es el cementerio de barcos de Gujarat, donde se abandona a las grandes reinas de los mares para que rememoren su gloria y esplendor pasados.

A la mayoría de estos obreros se les contrata por días —cada uno de ellos, como un soldado de infantería en una procesión de hormigas, es una pequeña y demacrada pieza en ese engranaje gigantesco de carne y metal—, la mayoría de ellos sin formación alguna en el oficio de desmantelar gruesas placas de metal. Sus cuerpos, del color del barro, brillan, mientras su resplandeciente sudor y el reflejo viscoso del agua cáustica en la marisma amenazan con evaporarse al sol.

Pero hay esperanza —esperanza para una colonia de gente que se afana por ganarse la vida y sobrellevar una existencia precaria y miserable—, esperanza de que el suelo virgen se mezcle con el óxido venenoso de los barcos para que ambos aprendan los efectos de la contaminación —y esperanza también para el observador curioso que busca imágenes que despierten y estimulen su imaginación.

Los barcos se alzan, empapados en lluvia, esculturales a pesar de sus esqueletos desmantelados y a la vista de todos. Trozo a trozo, serán progresivamente desguazados y vendidos como chatarra, y muchas de sus partes serán vendidas como piezas de museo en tiendas de antigüedades de las grandes ciudades.

Nunca evocó la chatarra semejante fascinación y belleza ante mis ojos. Y eso a pesar de la poco convencional composición de este panorama húmedo —la escena en cierto modo tenía un halo de expansibilidad que desafiaba las evidentes imágenes de trabajo, fatiga y muerte.

 

Penumbra

         El sol intempestivamente regresó
                  detrás del profundo rebaño de nubes

Luego de muchos días de indócil luz
Incierta. Emergió cubierto de lino anudado,

Tal y como sostengo el cielo en mi mano
Como un pedazo de papel arrugado. Franjas

         De azul profundo no parecen interferir con
                  Los blancos, los parches de algodón, que

Tanto migraban, moviéndose al menor
Asomo de brisa. Solté el papel de mi puño

intenté planchar las arrugas y componerlo,
fue en vano. Los pliegues habían trazado un nuevo terreno

         así como las nubes en el cielo
                  nunca repiten el mismo diseño, jamás

 

Versiones del inglés de Dolores Herrero
(«La escarcha de los helechos», «El verde del monzón»
y «Metal pesado») y de Raúl Jaime («Penumbra»).






 
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