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Poemas / Shankha Ghosh PDF Imprimir E-Mail

Apareces
con tu cara
fría como nube, sin luz como la luna,
tus senos son como ondulaciones de una tierra
que se ha llorado hasta la quietud del cansancio,
estiras tus ansiosos brazos gastados, largamente esperanzados,
fatigados de rezos, hacia ese furioso cielo enorme.

Alrededor de ellos se acumulan tinieblas,
mechones de pelo,
mil notas musicales,
en los solitarios vientos sin límite.

Lentamente, la creación logra estar preparada:
                  Como si en un terrible momento benditamente dulce
las nubes de su deseo estallaran
en rayos de un insoportable trueno que perforaran el centro
de tu pecho extendido, ansioso, erguido,
hacia la felicidad total de la unión.
Luego, alejando todos los desechos
de este mundo caído, desaliñado y húmedo, 
se revela
                  una bella fresca acariciante
                                    mañana.

 

Lápidas blancas

Esa noche cuando volvía a casa,
en el corazón de la ciudad
montones y montones de lápidas sin nombres atravesaban la niebla;

al principio parecían
filas y filas de monjas hincadas, inmóviles,
cristalizadas en oración;

en la brisa invernal
el mundo temblaba cargado de culpa por la fragancia
del eucalipto;

pero luego
la niebla se hizo muro,
la oración se volvió reproche de esas piedras blancas,

lisas, sin epitafio, cuando
volvía a casa.

 

En la curva

Hoy no me corresponde hablar,
sin embargo, déjenme decir:
Aquí estoy parado en la curva del camino,

ante mí
el largo tronco despojado de sus ramas
frío y silencioso,

dentro de las hendiduras de su corteza envejecida
ocultas
las capitulaciones de tantas décadas,

también, posiblemente,
los recuerdos de haber protegido a algunos,
el ascenso y el descenso del hacha.

Luego,
los sonidos y las huellas de los muchos pasos que se desvanecen
hacia el Ganges.

Déjenme aquí,
arruinado por la edad, ciego y
sin hijos.

 

 

Lo sagrado

Aquí yazgo en el crematorio. Diles
que tal alboroto no conviene
a la construcción de una pira.

Ellos, a mi cabeza, mis pies, junto a mí,
son todos tus siervos.
Diles.

Diles que permitan que la infinita pise mi pecho
y suelte su larga cabellera,
las estrellas que resplandecen en su corona. Déjalas que escapen

y, del collar sin nombre ensartado de cráneos,
que gotee, que lo sagrado gotee,
frío,
  en mi rostro frío,
    pecho frío.

 

Versiones de Víctor Ortiz Partida, a partir de las versiones
del bengalí al inglés de Nandini Gupta.



 
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