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Poemas / Mamang Dai PDF Imprimir E-Mail

Los días en nuestras manos

Pensé que habías muerto
y nadie me lo decía.
Quién diría,
mira, las nubes de lluvia se hinchan
porque no pueden hablar.

Quién diría,
la hermosura de los árboles ha fracasado este año,
esperan en vano;
porque el sol calla
lo que sabe del tiempo y la distancia.

Como una red que cae
la naturaleza nos atrapó
con las canciones de las nubes que se acercan.

Refugiándose en este pueblo
equilibrado en el filo dentado de los momentos,
¡mira!, paso a paso, he conseguido un campo
inmenso de posibilidades.

 

Atesora la canción

La tarde le pertenece a la paloma
que llora su caída del cielo.
El festín de la vida está dispuesto ante nuestros ojos,
pero el momento del tictac no revela nada del tiempo,
ni sus huellas ni su significado.

La noche.
El sol se va
con su carcaj repleto.
Cada palabra que pronunciamos ahora es un recuerdo
hasta que el sol regrese.

Atesora la canción.
Toda la noche.
No pierdas el acorde
que une todas las cosas.
La lluvia cae de las colinas
empujada por nubes grises,
y una blanca, ordinaria luna
de pronto atrae nuestra mirada hacia arriba.

El amanecer.
El brillante grito del pavo real.
La luz de la mañana toca la hierba.
Es hora de irse.

No todas las cosas que sabemos nos sanarán.
No todas las cosas que tememos nos matarán.

 

Nube y montaña

Las nubes suspiran,
bajan,
más bajo.
Entre la tierra y el cielo
las hermanas nubes
tan apasionadas, aferradas a este espacio;

cambiante forma y sombra
pero nunca nos dejan,
nunca.

Mira esta tierra,
bajando más.
¡Mira !
Mirando hasta que las nubes se desvanecen,
absortas en la meditación de las colinas.

Versiones del inglés de Víctor Ortiz Partida.



 
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