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Poonachi o la historia de una cabra negra / Perumal Murugan PDF Imprimir E-Mail
1

Había una vez una cabra en un pueblo. Nadie sabía dónde había nacido. El origen de una vida ordinaria nunca deja rastro, ¿verdad? Dicho esto, la llegada de la cabra al mundo fue de algún modo inusual.
      Aquel año no había llovido mucho en ese tramo de tierra semiárida conocido como Odakkan Hill. Los últimos años habían sido iguales. Si en un día excepcional llovía durante media hora, algunos advenedizos hablaban de «lluvia torrencial». Nunca habían vivido una temporada de lluvias en la que el agua cayera sin parar durante todo el día a lo largo de varios meses. Cuando la lluvia era abundante, maldecían: «¿Por qué llueve tanto?». Estaban hartos de tener que proteger sus pertenencias de la lluvia y de terminar empapados cada vez que salían. Pero hasta un enemigo debe ser recibido con cortesía. Si maldecimos y ahuyentamos la lluvia, que nos trae riqueza y prosperidad, ¿por qué tendría que volver a visitarnos?
      Meditando así sobre la falta de lluvia, el anciano estaba sentado en una colina cercana a su terreno y observaba el cielo con la mirada perdida. Era un granjero perteneciente a la comunidad de Asuras. La cosecha acababa de concluir en todos los campos. El rendimiento había sido modesto. Pero aun después de la cosecha quedaba algo de hierba verde y exuberante en los terrenos. La capa de rocío ayudaría a que la hierba soportara el calor del sol y sobreviviera otros cuantos días antes de secarse por completo. Aunque poseía algunas cabras que podía llevar a pastar allí, el anciano anhelaba tener una cabra más para alimentarla y criarla en tan sólo dos meses.
      Había una pequeña concavidad bajo la colina donde se hallaba sentado, más allá de la cual se extendían campos bañados por el sol. Le encantaba sentarse allí al atardecer para admirar el espectáculo de la sábana carmesí que se tendía sobre el horizonte. En días en que llevaba a pastar a sus cabras a ese lugar, así como en otras ocasiones, se retiraba hasta después de contemplar la colorida exhibición que se desplegaba en el cielo. Si por alguna razón se la perdía se sentía agraviado, como si le hubieran robado algo precioso. «Siéntate en el campo y mira el cielo un rato. Te despejará la mente», solía mofarse la esposa del anciano.
      Un día, mientras disfrutaba el atardecer, sus ojos fueron atraídos por una visión insólita en el largo sendero contiguo al terreno. Una silueta enorme se movía en la distancia. Parecía como si el tronco de un árbol despojado de todas sus ramas se hubiera arrancado de su sitio para echar a andar por el sendero. El anciano se puso de pie instintivamente. En los momentos siguientes quedó claro que lo que observaba era la figura de un hombre, estirada por la luz del ocaso.
      El anciano conocía a toda la gente de la zona, incluidos los niños locales de todas las edades. ¿Quién podía ser, entonces? No lograba adivinarlo por la manera de andar. En el espacio entre un paso gigantesco y el siguiente, pensó, un hombre de uno ochenta de estatura podía recostarse y extender los brazos libremente a ambos lados.
      Era la hora del crepúsculo y la figura se movía con rapidez, quizá porque quería llegar a algún lugar antes de que cayera la noche. Parecía que iba a pasar justo por la colina en unos cuantos segundos. El anciano creía que no había un alma en la región que no conociera. Tampoco había imaginado jamás que sería fácil que alguien lo ignorara y se alejara. ¿Quién era ese gigante?
      Unos instantes después, el balanceo de su mano derecha y su brazo izquierdo doblado aparecieron a la vista. Al advertir que el gigante se apretaba el brazo izquierdo contra el pecho, el anciano se preguntó si sería inservible. Si cobraba tal impulso moviendo sólo el brazo derecho, ¡a qué velocidad andaría si hiciera oscilar también el izquierdo! Para tratar de averiguar la identidad del gigante, el anciano bajó de la colina hacia el sendero.
      El gigante era una figura imponente, alto como media palmera y ataviado únicamente con un taparrabos atado a la cintura. El taparrabos parecía aletear en la brisa. Aunque el anciano lo divisó desde lejos, el gigante había acortado la distancia en un santiamén. Daba la impresión de que pasaría volando y se perdería para siempre en cuestión de segundos. Temeroso de que se le escapara, el anciano gritó desde cierta lejanía:
      —¿Quién anda ahí?
      El gigante se detuvo en seco.
      —Soy yo, samiyov —respondió.
      Su voz sonó como una avispa que se abriera paso en un trozo de madera. El anciano todavía no podía identificarlo. Pese a que el gigante aún se encontraba a cierta distancia, el anciano tuvo que alzar los ojos para ver su rostro.
      —¿Quién eres? —preguntó—. Pareces ser nuevo por aquí.
      —Para nada —contestó el gigante—. Pertenezco a esta región. Deambulo de pueblo en pueblo tratando de vender esta cabrita. Aún no he hallado a un comprador. Tiene un día de nacida. Por eso estoy yendo a cada campo, samiyov.
      —Si vas al mercado la venderás muy rápido —dijo el anciano.
      —¿Quién comprará a mi bebé en un mercado, sami? —rio el gigante.
      Este tipo es muy arrogante, pensó el anciano.
      —Los hombres llegarán uno tras otro, le sujetarán la quijada y le mirarán los dientes. Le rodearán la cintura con los dedos, le jalarán las ubres y le acariciarán el lomo. ¿Acaso no hemos visto a las pobres cabras expuestas como si fueran joyas en los mercados? ¿Acaso permitiré que cualquier mano vieja toque a esta bebé hermosa? Por eso no me atreví a llevarla a un mercado. No está en mí criar a esta cabra y ganarme la vida con ella. Así que vago de pueblo en pueblo intentando encontrar a alguien que la cuide como se debe —explicó el gigante.
      Parece que la lengua de este sujeto también se alargará como su cuerpo, pensó el anciano. Echó una ojeada a la cabrita. Era apenas visible. Quizá descansaba cómodamente en el hueco del brazo del gigante. En la tenue luz del ocaso no se le podía distinguir con claridad. El anciano estaba reacio a acercarse.
      —Dices que has ido a varios pueblos. ¿Nadie tuvo el dinero suficiente para comprar esta pequeña maravilla?
      —Ah, los hombres de fortuna abundan como los gusanos de la fruta. Lo que escasea son los corazones buenos. Sólo un hombre de buen corazón podrá tener a mi bebé —dijo el gigante.
      Se agachó y dejó a la cabra en el suelo. Su espalda era tan ancha como una losa de granito. Cerca de sus pies se retorció un gusano grande y gordo. Al enderezarse, se quitó el turbante para secarse el sudor del rostro y el torso.
      —Mire, no es una cabra cualquiera. Su madre dio a luz una camada de siete crías. Luego de que parió a la sexta, pensé que ya había terminado y que sólo restaría el cordón umbilical. Pero entonces se le contrajo el cuerpo y pujó con fuerza una vez más. Así salió la séptima cabrita, que cayó como un pedazo de estiércol. Es un verdadero milagro, mírela nada más —dijo el gigante.
      Una brisa agradable se había levantado con el atardecer, pero el sudor corría por el torso del gigante como un riachuelo. El anciano lo observó con asombro mientras detenía el flujo con el turbante y se secaba. ¿Qué clase de hombre es?, se dijo, ¿vendrá de otro planeta? El gigante continuó:
      —No puedo seguir dando vueltas, sami. Mis días están tocando a su fin. Le dejaré esta cabrita y retomaré mi camino. Cuide de ella, samiyov.
      Alzó a la cabrita y la depositó entre las manos del anciano. Al principio éste sintió que un mazo le había rozado los dedos, pero enseguida se topó con una flor en sus palmas. Nunca antes había visto una cabrita tan minúscula. La contempló azorado. Su forma inquieta le cabía a la perfección en la curva del brazo. La cabrita era totalmente negra, del negro lustroso de un escarabajo. Con la mano reposando en la garganta del animal, el anciano levantó la vista. El gigante había desaparecido, disolviéndose en la oscuridad al final del sendero.
      —¡Yov, yov! ¿No quieres algo de dinero a cambio? —gritó el anciano.
      Pero el gigante no pudo oírlo. El anciano permaneció inmóvil, observando cómo la figura se reducía a una mancha y después se esfumaba por entero. Al girar con lentitud, el anciano fue presa de la ansiedad. Había anhelado tener una cabra más que pastara en la hierba verde. Por azar, esta pizca de estiércol había llegado a sus manos. ¿Cómo iba a criarla hasta que fuera adulta?

 

2

El anciano subió la colina y entró en el campo. Había recogido hierba para llenar una cesta. Después de colocar a la cabrita en la cama de hierba levantó la cesta, se la puso sobre la cabeza y echó a andar. La oscuridad había llegado como una niebla humeante que comenzaba a instalarse despacio en el cielo carmesí hacia el Poniente. Era hora de volver a casa. Alguien como el gigante, con sus zancadas largas, habría llegado quizá en un santiamén.
      El cobertizo de paja del anciano se localizaba relativamente cerca del campo. Para llegar a él debía atravesar el terreno, tomar el camino de barro, cruzar la orilla del lago y luego avanzar penosamente por el extenso sendero que serpenteaba por los prados semiáridos.
      Para cuando el anciano alcanzó el sendero, su sombra se había empezado a desvanecer. Optó por dar pasos largos, apresurándose para llegar a casa antes de que estuviera demasiado oscuro para ver dónde pisaba. En todo el trayecto había campos cortados. Aquí y allá distinguió a algunos hombres que regresaban al hogar con sus cabras después de llevarlas a pastar a la hierba nueva. Si no fuera por la cabrita ya estaría en casa con la cesta llena de hierba.
      Mientras avanzaba oyó de golpe que la cabrita balaba una y otra vez en un zumbido constante. La miserable no sólo había consumido su tiempo sino que además lloraba, pensó el anciano molesto. Entonces vio a un grupo de pastores que corrían hacia él desde las cuatro direcciones, gritando:
      —¡Dhooyi, dhooyi!
      El anciano se detuvo en seco, sintiendo que algo andaba mal. Parecía que una ráfaga de viento quería arrancarle la cesta de la cabeza. La asió con fuerza. Un hombre se adelantó velozmente, tomó al anciano del brazo y lo estabilizó. De otro modo habría caído de bruces en la tierra. El hombre retiró la cesta de la cabeza del anciano y la puso en el suelo. Tras recobrar la compostura, el anciano preguntó sin aliento:
      —¿Qué sucede?
      —Voltea —dijo el hombre, apuntando al Poniente. Agitando las alas, un ave enorme volaba hacia la colina donde ya había oscurecido.
      —¿Qué llevas en la cesta que atrae a un pájaro tan grande? —Dos o tres hombres se aproximaron al anciano con aire inquisitivo—. ¿Una rata que atrapaste en el campo?
      Entretanto, la cabrita se había incorporado con lentitud en la cesta para gemir: «Mmmm». El anciano aún estaba demasiado asombrado para hablar.
      —Traías a este gran gusano negro en la cesta. Por eso atacó el águila —rio un hombre al alzar a la cabrita.
      —Es una cabrita, viejo —dijo otro hombre.
      La cría se retorció como lombriz en manos de quien la había alzado. Todos los pastores la observaron con asombro.
      —¿En serio es una cabrita?
      Se la turnaron para examinarla. El anciano se sentía avergonzado. Si los pastores no la hubieran visto al descender sobre la cesta, el águila se habría llevado a la cabrita entre las garras para devorarla.
      «Mírenla», pensó el anciano. «Este instante de peligro debió estar en su destino». Después se dirigió a los pastores:
      —Como la providencia, ustedes se presentaron en el momento preciso para ayudarme. Además de perder a la cabrita, podría haberme caído con la cesta y roto una pierna. ¿Qué habría hecho entonces? Tengo a una mujer en casa. Todos los días me da de comer porque trabajo y gano algo de dinero. ¿Me cuidaría si me viera tendido en cama con la pierna rota?
      Un pastor en taparrabos que sostenía en una mano a la cabrita dijo:
      —Su barriga está vacía, viejo. Mírala. Tiene tanta hambre que no puede ni abrir los ojos.
      El pastor gritó «Bu-ck-oo, bu-ck-oo» y sus cabras vinieron corriendo hacia él. Eligió a una hembra y le puso a la cabrita en la ubre. La cabrita estaba demasiado débil para alcanzar el pezón, así que el pastor se lo metió en la boca. Era quizá la primera vez que la cabrita intentaba mamar de una ubre. Luego de batallar un poco, logró agarrarla con firmeza y la succionó. Cuando las primeras gotas de leche tocaron su lengua, descubrió un nuevo sabor y empezó a amamantarse con entusiasmo.
      —Esta cabrita es inteligente —dijo el pastor que había dispuesto la alimentación. Al cabo de unas cuantas succiones que le empaparon el vientre, la cabrita sintió que le dolía la quijada y soltó el pezón—. Anda, bebe un poco más. Así pasarás una noche sin punzadas de hambre —insistió el joven, haciendo que la cabrita continuara amamantándose otro rato. Después la levantó para entregarla al anciano—. Parece un gusano, pero gracias a su actitud ya es toda una adulta —dijo.
      Los pastores se alejaron con sus rebaños. Luego de asegurar a la cabrita en la cesta y cubrirla de hierba, el anciano retomó su camino. «No sé cuántos riesgos más correrá esta criatura», caviló. «¿Podrá sortearlos o sucumbirá a ellos? ¿Quién sabe qué le depara el destino?».
      A la anciana no le gustaron el aspecto ni los ruidos de la cabrita. Se dirigió a su esposo con el ceño fruncido:
      —¿Dónde recogiste esta gatita? ¿Para qué la necesitamos? —Cuando el anciano la sacó de su error, ella alzó al animal y exclamó azorada—: En efecto, es una cabrita.
      Toda la noche los ancianos repasaron la historia de cómo había llegado la cabrita a sus manos. Tenían ya dos cabras. Una de ellas había dado a luz apenas el mes anterior. Tres crías: dos machos y una hembra. Los tres animales brincaban y jugaban en el patio delantero. La otra cabra estaba preñada y alumbraría dentro de un mes aproximadamente. Habían vendido las crías de su camada previa al carnicero hacía tan sólo diez días. También tenían una cría de búfalo, una novilla. Si pastaba durante un año más, estaría en edad de aparearse y entonces podrían venderla.
      La pareja pasaba sus días ocupándose de algunos cultivos en el medio acre de tierra contiguo a su cobertizo de paja, llevando a pastar las cabras y atendiendo la cría de búfalo. El anciano se responsabilizaba de pastorear las cabras en los campos y de buscar forraje para ellas y la novilla. Usaba esta labor como excusa para vagar por terrenos y pueblos, bromeando con la gente y disfrutando de la camaradería. Su esposa casi no salía de casa. Como sus necesidades eran pocas, iba al mercado una vez al mes para comprar provisiones. Ambos visitaban a su hija una vez al año para el festival anual en el templo del pueblo, que implicaba ausentarse durante una quincena. Era su única hija, y ellos no deseaban más que pasar el resto de sus vidas con la serenidad mantenida todos estos años.
      Esa misma noche la anciana puso un apodo a la cabrita que parecía gatita: Poonachi. Una vez había tenido una gata llamada así. En memoria de esa mascota amada, la cabrita también se llamaría Poonachi. La habían adquirido sin gastar ni un centavo. Ahora, de algún modo, debían cuidarla. Su esposo le había contado una historia vaga acerca de un demonio parecido a Bakasura con el que se topó y que terminó dándole la cabrita como obsequio. La anciana se preguntaba si podía habérsela robado a un pastor. Alguien podría venir a buscarla mañana. ¿Y si su esposo le había contado esa historia para ocultar su crimen?
      La anciana no estaba acostumbrada a prender lámparas por la noche. La pareja cenaba y se retiraba a dormir cuando aún había luz del crepúsculo. Esa noche, sin embargo, ella tomó una gran lámpara de arcilla y la llenó con aceite de castor extraído el año anterior. No había algodón para el pabilo. Arrancó una tira de un taparrabos desechado por su esposo y la convirtió en mecha.
      Miró a la cabrita a la luz de la lámpara en el cobertizo como si viera a su propia hija después de mucho tiempo de separación. Su cuerpo no presentaba puntos calvos ni magulladuras. El animal era completamente negro. Mientras observaba la lámpara, sus ojos abiertos de par en par eran claramente visibles. En su rostro había un rastro de fatiga. La anciana pensó que la cabrita lucía demacrada porque no había sido alimentada de forma correcta. Debía de tener apenas unos cuantos días de nacida. En su corazón enraizó la determinación de que de alguna manera debía criar al animal hasta la edad adulta.
      Llamó al anciano para que acudiera a ver a la cabrita, que parecía un grumo negro brillando bajo la lámpara en la noche profundamente oscura. El anciano le jaló con cariño las orejas que aleteaban y dijo:
      —Vaya suerte que tienes de vivir aquí.
      Hacía mucho que marido y mujer no se entregaban a una charla tan amena. Gracias a la repentina entrada de la cabrita en sus vidas acabaron hablando de los viejos tiempos.

 

Traducción de Mauricio Montiel, a partir de la traducción
      del tamil al inglés de N. Kalyan Raman



 
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