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El ojo / Moushumi Kandali PDF Imprimir E-Mail
Bajo un intenso aguacero iluminado por relámpagos, una chica con la tez de una granada madura llora por su amante en una tierra lejana. Flashback a una escena de la pareja en una noche de amor. En sobreexposición, la imagen de un abejorro que chupa néctar de una flor abierta... Intermitente, la escena se proyecta una y otra vez en el escenario mental de Ramananda. Los rayos lunares gotean como plata líquida de las brillantes hojas de la limonia plantada en medio del arrozal; mientras pedalea camino a casa, tararea: «kahan gayo mori bedardi balma» (1).

La intensa luz del sol de la tarde entra por la ventana. Masdan corrió las cortinas para atenuarla y nuevamente se echó sobre el almohadón...

Mientras cruzaba el somnoliento vecindario —a estas horas en brazos de Hypnos—, Ramananda se detuvo en seco: a lo lejos, la luz de una lámpara de barro cintilaba entre los orificios del muro de barro y bambú. La luz se contoneó en la retina de Ramananda... Incitante... llamándolo con un susurro seductor... Escurridizo como un gato, Ramananda avanzó cautelosamente, y se asomó al hueco anidado con disimulo entre el estiércol y la seca yerba. Y —un estremecimiento recorrió desde sus pantorrillas hasta su entrepierna, antes de endurecerse como una vara— ahí, ante los ojos de Ramananda...

¡Poesía! Madan es afecto a escribir poemas y cuentos. He aquí la causa de que su descripción revista tan gruesa capa de lirismo: el delicado calostro de la luna de la quinta noche, Virahotkanthita Nayika (2); las relucientes hojas de la limonia; y la luz de luna goteando como plata líquida. Metáforas a borbotones; sobredosis de hipérboles; torrente de símiles. Con todo, escuchábamos sin protestar, digiriendo los verbosos bocetos de Masdan. Porque en la hora en que el abrasador sol de mediodía se apacigua en un atardecer silencioso nosotros le damos gusto a la boca. Un mal necesario, pero ¡vaya que es un placer tentador!

En este mal necesario de ocioso chismorreo, nos entregábamos a la holganza: recostados en la cama o en el piso, la mayoría más bien tumbados contra las paredes, fumando o arrollando cigarrillos, todos mirando fascinados —con los ojos de la imaginación— por la rendija en el muro. El sudor escurre de Ramananda mientras espía al par de serpientes enroscadas que ondulan febrilmente sobre el lecho de bambú. Dos blancas piernas de mármol que suben y bajan con ritmo de cadencia enloquecedora... Algo también sube, baja y se desliza por nuestros nervios fervientes y nuestros corazones desbocados. Aun cuando la presencia de una lámpara en una escena erótica a la luz de la luna resulta ligeramente difícil de aceptar, una leve fricción en el ritmo lírico, tampoco altera el gusto del platillo. El reparo era por supuesto una minucia técnica, porque, si no hubiera una lámpara, ¿cómo se habría percatado Ramananda del fragoroso y amoroso combate mientras regresaba de la última función?

A buen seguro que la narrativa o los sitios porno en línea ofrecen mayor variedad. Sin embargo, conectarse con un encuentro directo como éste brinda algo genuino. Los seres reales y los encuentros reales tienen su encanto. Y además, la minuciosa descripción, como una bebida que se paladea a sorbos, provoca la emoción de un escarceo. Y ahora esta excitación consume todo nuestro juicio. La pregunta crucial de cómo Madan supo la antigua aventura de Ramananda, su tío, es a todos efectos irrelevante. En este momento nos hemos convertido en Arjuna, del Mahabharata, con nuestra vista clavada al hoyo en el muro. Nos sumergimos en las profundidades de un mar prohibido pletórico de misterios sin fin.

Tenemos la vista ofuscada —todo luce borroso en la luz menguante—, y entonces ella irrumpe como un relámpago de luz cegadora. Como un ramalazo de aire tórrido, su aparición desparrama todo. El apetitoso potaje con el caldo de los pensamientos eróticos cocinados a fuego lento se estrella contra el frío y duro piso. La sesión dominical de «sólo para hombres» alcanza su clímax con un estallido en seco. Estábamos agotados, tras batir ese océano de oscuros pensamientos procaces con el monte Mandar (3) de nuestro deseo, al cual hicimos girar con el giro sibilino de la serpiente de nuestras palabras. Nuestros ojos estaban sedientos de ese preciado néctar…(4) o acaso por su belleza investida en amarillo narciso... o quizá por la habitación en claroscuro, es que seguíamos deslumbrados, sin mirarla en realidad —con tan sólo los curvados contornos de su silueta de clepsidra flotando en nuestro campo visual. Somos una raza de animales nocturnos petrificados por un rayo de luz. En silencio la devoramos con avidez. «Está oscuro, prendan la luz y dejen de verme con miradas machistas», vocifera. Roto el encanto, la frase «miradas machistas» nos hizo reír. ¡Ajajá! ¡Ella está en la onda de Griselda Pollock y Linda Nocklene! (5) Sacudiéndose los chasquidos de nuestras risas con un ligero batir de hombros, saltó como un mono para sentarse en el espacio libre entre las pilas de libros y la mesa con las piernas extendidas. Su comportamiento suele ser así. Irregular, sin par. En realidad, descuidada, liberada y abierta. El único miembro femenino en nuestra pandilla de chicos es también nuestra confidente. Nuestra hermana del alma. A despecho de sus virtudes, no le pasaríamos esto. Bijoy no se quedó callado. Parando el mandoble de sarcasmo con el escudo de su sonrisilla irónica, a su vez contratacó. «Deja de parlotear sobre la mirada. ¿Qué hay de masculino y femenino en el acto de ver, eh?». Una cerilla chisporroteó y la chispa lamió la boca del repelente en espiral de la marca Tortoise, mientras por la ventana resonaba una orden para el chico de Dulces Kalita: «¡Una goza y seis tés!» (6).

Apartando sus ojos de la goza, Bijoy prosiguió: «¿Por qué el diablo es el único que debe avergonzarse? ¡Como si sólo los hombres fuéramos mirones! ¿Acaso las mujeres no se echan un taco de ojo?».

Ajá —las sierpes de la codicia y la lujuria que acechan enroscadas en los oscuros recovecos de la mente—, ¿desaprovecharían la oportunidad de alzar sus capuchones dentro de la sangre de las mujeres también? ¿No desfallecen por lamer con la mirada y pasar sus lenguas aunque sea una sola vez? ¿Acaso en los nichos más recónditos de su mente, las chicas no cuelgan imágenes sudorosas y húmedas del hombre de sus sueños? Al igual que Ramananda, ¿no anhelamos espiar por esa rendija prohibida aunque sea una vez en la vida? Por qué culparlo, si en algún momento todos nos hemos sentido atraídos a ese electrificante agujero. O al menos, bulle en nuestra sangre la intención. Como cuando avivamos los rescoldos de la chimenea con un abanico de bambú, nuestras miradas indecentes encienden las llamas de la lujuria. Despojados ya del manto de la decencia, calentamos con su fuego nuestros apetitos desnudos. ¡Aah! ¡Igual que una hoguera en una noche helada! ¡Reconfortante... deliciosa... relajante! Y como Raikka, el asceta, nos dedicamos a rascar nuestras costras —rasca rasca rasca—, una, dos, una y otra vez sin parar.

Sentado a orillas del río, Raikka, el asceta, rascaba sus llagas mientras indagaba el sentido de la vida... La eterna verdad detrás del universo. La sarna en el cuerpo de Raikka representaba su sed por la verdad final... El prurito sin tregua de un alma que no ceja su indagación más allá de la apariencia. Sin embargo, nuestra sarna es producto del aguijón de nuestros apetitos carnales. Como burbujas sobre la linfa de un lago, las ronchas brotan en nuestro cuerpo una y otra vez. Vaya que el ardor corporal ha extendido su dominio. Ahora todos tenemos sarna. Tan sólo el otro día surgió una pandilla de modernos Raikka entregados a rascar sus llagas con fruición: un niño pequeño había caído en un pozo con una profundidad de veinte metros. El angustioso combate por la vida se convirtió de inmediato en un espectáculo apasionante. Con todas las televisoras trasmitiendo en vivo, el país entero siguió el drama; y el terror y el sufrimiento del pequeño niño desnudo atrajo al instante miradas impuras: los modernos Raikkas que han perfeccionado su papel jugando al mercado. Como comensales en torno a la boca del pozo, salivaban ante el supremo placer de pelarse a sí mismos... rasca... rasca... rasca...

Revoloteando muy lejos del espionaje masculino de Ramananda y de la libido femenina, nuestra conversación había volado de la comezón de Raikka, el asceta, a posarse sobre un pequeño atrapado en un pozo de veinte metros. De pronto timbró el móvil de Avinash, Bijoy encendió otro cigarrillo y Madan salió para destender la ropa, cogió el cigarrillo de labios de Bijoy, y tras un par de rápidas caladas, nos arrojó el pestilente humo. Con un mohín, dijo: «Los tuyos se ha vuelto totalmente cínicos —hipercríticos. Un niño pequeño cae dentro de un pozo; todos los canales cubren su rescate en vivo y una marea de compasión inunda el país —sin importar las diferencias de casta y de fe, todos se arremolinan en templos y masyids para orar por su salvación. ¿No lo pueden hacer sin ridiculizar las emociones auténticas de la masa sencilla?».

Nosotros también echábamos humo, pero no por causa de esas sencillas plegarias o por esas mentes simples o por sus sentimientos puros. Arrojábamos nuestro enojo a la negra mancha al fondo del tinglado de todo ese teatro: a los taimados directores y productores del melodrama situados tras bambalinas. No se nos escapaba que habían aprovechado al desfalleciente niño atrapado en el pozo dos largos días para armar un teatro. El heraldo de la obra era el conductor del canal, con su parloteo incesante y los gestos solemnes de un comentarista en la final de la Copa Mundial de Futbol... En el mismo plano se encontraban quienes opinan en el estudio: los políticos, astrólogos, gurúes, santones, expertos en fengshui, fanáticos religiosos, líderes feministas, una estrella de cine ataviada con ropa de diseñador que le cantaba al niño «tum jiyo hazarou saal» (7), los anuncios del locutor —«participa en esta operación para rescatar a este niño... llama o envía un sms a...»— y la pantalla del televisor transcribía los mensajes recibidos: «valiente-hijo-de-la-India-siéntate-en-el-regazo-de-la-madre-tierra-hasta-que-vuelvas-al-regazo-de-tu-madre», alguien canta por teléfono «tum mukkadar ke sikandar» (8), sus nombres, direcciones y datos parpadean sin cesar en la pantalla... El niño abandonado en el pozo llora lastimeramente mientras un insecto venenoso se arrastra lentamente hacia él, una nueva escena se sobrepone, corte a un acercamiento a una fiesta de cumpleaños. Una chica con los labios pintados, enfundada en un vestido brillante y con una maang tekka adornando su frente, rebana el pastel mientras otros rostros relucientes con sus ropas a la última moda se apretujan contra ella cantando «Happy birthday to you». Todos festejan el pastel de cumpleaños —las rebanadas están cubiertas de una gruesa capa de crema de vainilla con una superficie de chocolate—, porque el niño atrapado en el pozo cumple años; un pastel que supera los sueños más delirantes del niño. El cigarrillo de Bijoy se apagó. Con un gesto de cansancio, silenciosamente ella expulsó, además del humo, su enfado. Las volutas se desvanecieron en el vacío; agobiados por la soledad y el silencio nos quedamos callados. Silenciosamente, conversábamos con nosotros mismos. De hecho nos veíamos siendo parte de esos otros ladinos Raikkas del presente, rascándonos las llagas codiciosa y placenteramente —al tiempo que nos sacudía un latigazo de culpa. Mientras seguíamos la trasmisión en directo de esa lucha de vida o muerte, secretamente, sin que lo percibiéramos, ocurrió una metamorfosis inesperada. Sinceramente, no percibimos en qué momento ni cómo la mirada de simpatía se había convertido en una visión sadomasoquista. Bien para reconfortarnos o bien para engañarnos a nosotros mismos, extendíamos un manto de simpatía imaginaria y recostados en la comodidad de nuestros lechos, consumíamos despreocupadamente nuestras golosinas favoritas mientras saboreábamos, con los ojos cerrados, las atroces escenas de crímenes y violaciones. Las secretas aventuras de Ramananda y sus secuaces estaban a la vista. Esa aventura clandestina, aunque natural, con sus apetitos de carne y hueso, había terminado de una forma antinatural y desconcertante: propagándose en un imperio de roñosos.

Un estridente pitido y un chirrido de llantas resonó sobre el clamoroso griterío sacudiendo nuestro silencio. A escasos metros de distancia, el tren de la noche recorre las vías a toda velocidad. Sobre el antepecho de la ventana abierta, ella contempla, reclinada, el traqueteo mientras se pierde en la distancia. En la orilla opuesta a los pitos y los gritos, la silueta de la ciudad se desdibuja borrosa y tenue —un mero retazo de tela roja descolorida que pende del gigantesco ficus al otro lado de las vías ondeando al viento, como una bandera roja hecha trizas luchando contra el viento—, con una mirada todavía más destrozada, ella voltea y pregunta: «¿Recuerdas a Gudiya?».

¡Sí! La recordamos muy bien. La cara de Gudiya (9), sus ojos con grandes ribetes de kohl, los recortes con noticias de su vida... Todo.

Era 1999. Apenas diez días después de su boda, el esposo de Gudiya debió integrarse a su regimiento, pues la guerra había estallado en la frontera. Desaparecido en combate, se le declaró desertor. Tras una espera de cuatro años, convencidos de su muerte, destinaron a Gudiya a otro hombre, según dicta la tradición. Un año después de esta segunda boda, el primer marido, quien había sido hecho prisionero de guerra, regresó y comenzaron los problemas. Los ancianos de la aldea decretaron que la embarazada volviera con su primer marido. Pero como el hombre se mostraba renuente a educar un niño ajeno, el asunto se complicó...

Sí, recordábamos a la afligida muchacha sentada en el estudio de un espantoso programa llamado Reality Bytes, en un drama que duró horas. Como un interminable convoy cuyos carros se perdieran en la distancia, las escenas desfilaron en su mente, mientras apoyada contra el marco de la ventana continuaba mirando el horizonte. En torno a la mujer preñada de ocho meses, se apeñuscaban espectadores frenéticos, personalidades respetables —maestros, madres, padres, hermanos, gurúes religiosos, pilares intelectuales de la justicia y custodios de la tradición—, entre una audiencia de un millar visible y de otros millones invisibles. Ella yace en el centro del compacto alboroto... El premio de una partida de dados flanqueado por sus dos maridos. El humilde locutor convoca: «Hey, gente, sean jueces de esta búsqueda de justicia... ¿quién debería tener la mano de esta mujer?». El estudio retiembla con la batahola de las discusiones —un juego que alcanza su vertiginoso clímax bajo los cientos de proyectores y micrófonos, más excitante que la final del Mundial de Futbol o que un partido de críquet entre la India y Pakistán. Mientras continúa la andanada de telefonemas y mensajes de texto, bajo el fulgor de las luces y el sonido, el primer esposo relumbra... Porque él es un héroe de guerra —un guerrero invencible—, mientras que el otro es un simple plebeyo, incapaz de brillar con elocuencia ante las masas, mudo y silencioso. Ignora que vivimos la edad de la demagogia y que el lenguaje de la reticencia ha muerto. ¿Y la mujer? Apenas si es un objeto inerte, una posesión material, uno más de los bienes de la casa. Luego de horas postrada en el piso, con su vientre hinchado, poco a poco se ha ido envarando; atormentada por el hambre y la sed, la pequeña muñeca en su interior llora en la silenciosa oscuridad golpeando el vientre con su cabecita; azuzada por dardos de luz y sonido, sufre vértigo, pero nadie tiempo para eso. Naderías insignificantes: el tribunal de justicia está para decidir asuntos más trascendentes. Para los avasalladores contextos de la maquinaria estatal —partidos políticos, fuerzas armadas, multinacionales, el cuarto poder, etcétera—, materias tan insignificantes e irrelevantes, como el hambre, la sed, el amor o los derechos, les importan un cuerno. En la apoteosis de este excitante juego, entre el revolucionario volumen de mensajes de texto que, mientras el trofeo llamado Gudiya vuelve junto al primer hombre, proclaman el veredicto de millones de ojos invisibles, las calles atronaron con estruendosos petardos y grupos que gritaban consignas, el canal reluciendo con el aumento de los porcentajes del rating y los ingresos por publicidad. Después de este prolongado atracón gourmet de entretenimiento, nos fuimos a dormir, al igual que Gudiya. Rodeada por una parvada de mujeres, ella se recostó en su camastro de bambú. La resguardaban los vecinos del pueblo y el enjambre de reporteros y camarógrafos, mientras grupos de gente se arremolinaban a su puerta codiciando dar un vistazo al singular espectáculo. Al centro de la multitud que desfila con orgullo, el héroe de guerra recibe felicitaciones. Declara: «Dejaremos que el bebé esté un rato con su madre; más tarde lo enviaremos a su verdadero hogar». La gente aplaude ese gesto de humanidad mietras él sonríe orgullosamente. Entre el alboroto, todos observan que la mujer yace inmóvil sobre su camastro, con la mirada vacía, pero en realidad nadie la ve. Aunque no padece enfermedad alguna, sin embargo yace en posición fetal sobre el camastro. Dos meses después da a luz a un objeto, frío e inerte. Al cabo de otros dos meses, Gudiya aún no se levanta. Los médicos diagnostican que está bien. Sin embargo todos los días vomita sangre por dentro y por afuera, mientras agoniza palmo a palmo, hasta que finalmente un día muere con plena entereza.

El pequeño dentro del pozo, o el asesino violador sentenciado a muerte, con su vida en la prisión seguimos diariamente, cuya lucha por sobrevivir convertimos en un juego entretenido, en una venta de preciados deseos, habían sido nuestras golosinas. A ellos, por lo menos, no los empujamos a la muerte. Pero ¿a Gudiya? Ese delicado rostro ovalado, con los ojos delineados con kohl resplandecientes de vida... Tras arrastrarla por un sendero de abrojos, la arrojamos dentro de ese pozo sin fondo que es la muerte. Y sobre su cuerpo cayeron nuestras miradas profanas como miles de dagas apuñalándola; triturada por las escofinas de nuestras creencias feudales. Esa pesada carga que no supo sobrellevar en vida es hoy nuestro legado. En nuestros hombros, la carga pesa más cada día. Agobiados y sometidos por el peso, comprendemos que somos marionetas. Marionetas del ojo, ese gigante investido con el abrumador poder de la riqueza y la autoridad. El omipotente, indomable e invisible amo de todas las miradas injuriosas.

Subimos a la azotea huyendo del sofocante y húmedo aire caliente del interior. Nos azotó una ráfaga de aire tórrido. Como cuando el techo exhala un aliento vaporoso y cálido bajo nuestros pies. A través de la fachada en tinieblas con millones de puntos cintilantes, vislumbramos una torre muy alta levantada sobre una colina lejana. Una excelsa torre de luz erguida verticalmente; un centinela al pie de la ciudad. Mientras contemplaba esa arquitectura futurista construida por una trasnacional, Avinash murmuró, como para sí mismo: «No recuerdo el nombre de esa torre, sin embargo en algún lado he leído sobre ella, me parece que también vi un dibujo, ¡ah! El cerebro se había tomado unas vacaciones, ocurrió durante la época medieval o poco después, en algún pequeño país europeo, ¿no? ¡Qué importa, al diablo con los detalles, el hecho en sí es de suyo interesante! Cierto monarca desarrolló una prisión con un diseño único. Una torre imponentemente alta, desafiando los cielos, con una cúpula como corona en el centro de un anillo de celdas circulares. Las celdas estaban llenas de criminales infames —traidores, revolucionarios, ladrones, asesinos. Claro que la historia calla respecto a si en verdad eran criminales. Porque sin duda el solo hecho de oponerse al tirano en turno bastaría para recluirte de por vida. Apostados en el domo en la cúspide, el gobernante o los guardias podían ver a todos los prisioneros: sus miradas hurgaban dentro de cada celda; los convictos no tenían privacidad. Las celdas se encontraban situadas tan debajo que sus moradores no podían divisar a sus vigilantes en la cúpula cimera. Intenta imaginarlo, sentirlo... No hay un solo momento que no te vigilen: observan todos tus actos, dormir, comer, tu enojo, soledad, incluso orinar, cagar y masturbarte. Y aunque sabes que te observan, eres impotente porque no los ves. Ni siquiera puedes revirar con la mirada. Al principio eres presa de la furia, pero incapaz de nada, lentamente aceptas tu predicamento, derrotado, convirtiéndote en un objeto apático e irracional. ¡Oh! Vaya proceso de deshumanización paulatino, esa torre vigía, símbolo de la tiranía, el poder ilimitado y el sometimiento total al Estado...».

Escuchamos a Avinash, inmóvil, como un objeto inanimado en la frontera en penumbras del grisáceo crepúsculo que lentamente se transforma en una noche oscura como el carbón. Al escuchar ese cuento espeluznante, poco a poco surgieron en nuestra imaginación vívidas imágenes... De pronto sentimos como si también nosotros fuéramos prisioneros de esa cárcel con paneles. Vigía en el centro de la cúpula que culmina la torre, el invisible y gigantesco ojo nos observa sin cesar... El ojo comienza sus sucias jugarretas con nosotros... Abre su palma y nos hemos convertido en marionetas inertes como un saltamontes inerme. El ojo juguetea con nosotros, a ratos nos hace cosquillas, en otros nos arranca una pierna. Con las alas de su cuenca planea sobre nosotros... Cae en picada con su mirada avasalladora, desnudando nuestros deseos más secretos, todos nuestros goces íntimos expuestos a su escrutinio... Y ahí, ahí, paralizando nuestra razón y sentidos con su mirada hipnótica, el ojo busca reinar como supremo emperador de un imperio de sarnosos.

Traducción del inglés de José Homero, a partir del original en asamés.


1   Canción melancólica que lamenta la ausencia del «cruel amante » . (Todas las notas son del traductor).

2   Virahotkanthita Nayika es el nombre del segundo tipo nayika o heroína, de acuerdo a la clasificación de Bharata en su tratado sobre las artes escénicas, Natya shastra. Para él, son ocho los diferentes estados que atraviesa la pasión amorosa, los cuales se convierten en tipos para las representaciones de este sentimiento en las diversas artes: danza, teatro, música, pintura…. La virahotkanthita es la amante que espera el regreso de su amado. A menudo se le representa aguardando en un jardín, lecho o pabellón.

3   Alusión a la montaña Mandara, que aparece en los Puranas, donde se usa como molinillo para batir el océano de leche. El episodio del batido del océano de leche es un mito fundacional del hinduismo. Aparece en el Mahabharata y también en el Bhagavata Purana y en el Vishnu Purana. Mientras el monte se usa como base, la serpiente Vasuki acepta fungir como la cuerda que sacudirá el molinete. El oceano de leche es uno de los siete exóticos oceanos lejanos que hay dentro del planeta. La representación de este episodio que llevaría a obtener el néctar de la inmortalidad es un tema popular dentro del arte jemer, tanto en Camboya como en Tailandia.

4   Nueva alusión al mito del océano de leche: el episodio ocurrió porque tanto dioses como demonios buscaban extraer el néctar de la inmortalidad del océano de leche.

5   Griselda Pollock: teórica feminista y de estudios poscoloniales. La autora escribe incorrectamente el nombre de Linda Nochlin, igualmente autora feminista experta en arte y en estudios de género.

6   Nombre popular en la India para referirse al narguilé o hookah. La aspiración del tabaco suele acompañarse con la ingesta de te o café; de ahí la petición al vendedor.

7   «Tum jiyo hazaron saa» es un popular canción de cumpleaños incluida en la cinta Sujata (1959), un clásico del cine indio.

8   Tema principal de la cinta homónima Muqaddar Ka Sikandar (1978) de Prakash Mehra. Trata de un huérfano que al crecer se convierte en millonario.

9   La historia de Gudiya, cuyo relato se expone en el texto, tuvo un final trágico y se considera ejemplo tanto de la arbitrariedad de las decisiones de los jueces musulmanes como de la humillación pública y de la inmoralidad de los medios. Murió de septicemia en 2006, de ahí que sea un recuerdo reciente en la historia de Kandali, escrita en 2008.



 
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